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¡Ay que te como, que te como!

Casi tan terrorífico como el Ratón Vacilón de la Feria, el cine ha erigido al tiburón en un socorrido animalillo con el que aguarnos el baño cada verano

20 ago 2018 / 09:16 h - Actualizado: 20 ago 2018 / 07:00 h.
  • El tiburón, un animal que el cine contemporáneo ha convertido en un villano de primera categoría. / El Correo
    El tiburón, un animal que el cine contemporáneo ha convertido en un villano de primera categoría. / El Correo

Sorprende que haya quien se sienta sorprendido porque (casi) cada verano la pantalla se llene de escualos de pelaje cada vez más quinqui. Al fin y al cabo, Steven Spielberg fue el autor del primer blockbuster veraniego de la historia del cine, Tiburón. «Pensé que eras mi amigo, ¿cómo me has hecho rodar esta película con peces?», espetó el director al productor, Sid Sheinberg. La idea de un tiburón malvado que atacaba a bañistas no podía ser más lela y, sin embargo, aquella cinta iba a marcar un antes y un después. Tras verla ningún hijo de vecino se bañó igual de a gusto ni en Honolulu ni en Chipiona.

Desde aquel lejano 1975 la fórmula se ha ido repitiendo cada verano. Solo era cuestión de exprimir una línea de guión que ha demostrado ser infinita; la de un animalillo (o varios) dispuesto a devorar domingueros. En el pasado Howard Hawks ya lo intentó con Pasto de tiburones (1932), pero en ella los amoríos acababan por imponerse a los escualos. En 1981 –con la cinta de Spielberg erigida ya en una obra maestra con secuelas mediocres– el italiano Enzo Castellari lo intentó con un título de nula capacidad de vaticinio, El último tiburón. En los albores del año 2000 el especialista en (malas) cintas de acción Renny Harlin se marcó Deep Blue Sea con un bicharraco marino alterado genéticamente. Fue pasto de cines de verano y hoy luce más indigesta en sus 90 minutos que toda la filmografía junta de Pajares y Esteso.

Lo peor de Shark Attack es que originó una trilogía de películas. La primera la perpetró Bob Misiorowski en 1999 bajo la original premisa de un biólogo marino que –¡oh sorpresa!– descubre que los tiburones han comenzado repentinamente a desarrollar un insaciable apetito por la carne humana. No todo iba a ser carnaza, en 2003 Chris Kentis pergeñó un relato que todavía hoy luce como una de los más angustiosos acercamiento a ese miedo atávico que los humanos tenemos cuando nos sentimos desprotegidos en el mar. Su título es Open Water e ir a verla es la mejor opción que tiene cuando termine de leer el periódico. Pero si no está del todo sobrio, entonces tal vez pueda emborracharse con los lisérgicos fotogramas de Sharkman (Michael Oblowitz, 2005), otra de experimentos genéticos en la que se da a luz a una criatura... mitad humano, mitad tiburón (!). El director Paul Shapiro se apuntó a la serie B en 2005 con El ataque de los tiburones, cinta simplona que, al menos, exudaba una llamativa mala baba en las escenas de violencia. En 2008 un Stephen Baldwin de recogida protagonizaba Tiburones en Venecia. Y sí, va de tiburones por los canales de la ciudad italiana, para qué engañarles...

En 2009 un señor llamado Jack Perez filmó Mega Shark versus Giant Octopus; o lo que viene siendo un tiburón blanco a la pelea con un calamar gigante. Luego (alerta spoiler) como se ve que el primero ganó, lo pusieron a pelear con un cocodrilo prehistórico y hasta con un robot marino. Eso por ahora. Y como a Spielberg no se le ocurrió incluir a ningún pez en su Parque Jurásico ya lo hizo por él Kevin O’Neill en 2010 creando a DinoShark.

Con El arrecife, de Andrew Traucki (2010), nos topamos con una cinta potable, un survival muy llevadero con altas dosis de tensión. Una película australiana que compone un excelente díptico estival con la más reciente Infierno azul, de Jaume Collet-Serra (2016); un one-woman-show con Blake Lively sola y asediada todo el metraje por un pececito con los colmillos robados a todos los vampiros de la historia del cine.

La joya de la corona de Syfy es Sharknado (2013) que ya va por la trilogía. ¿Cómo no se le ocurrió antes a nadie que un tornado podría arrastrar a tiburones voladores hasta la mismísima Gran Manzana? Pero si creíamos haberlo visto todo memoricen un nombre: Misty Talley. Ella es la directora de Santa Jaws (2018), una película que aún no se ha estrenado y en cuyo cartel vemos a un tiburón ataviado con un gorrito de Papa Noel.

CRÍTICA DE CINE: ‘MEGALODÓN’

*

EEUU, China, 2018. 118 minutos. Director: John Turteltaub. Intérpretes: Jason Statham, Bingbing Li, Rainn Wilson, Ruby Rose, Winston Chao, Cliff Curtis, Robert Taylor, Masi Oka.

Que nadie mire por encima del hombro a nadie por afirmar que Megalodón está al mismo nivel que otros hits de la cartelera como Han Solo o Misión Imposible 6. Todas forman parte del detritus estival para mascar palomitas mientras el lorenzo arrecia ahí fuera. Por si fuera poco esta nueva adición al cine de escualos dura sus dos horas por lo que, como mínimo, amortizará el aire acondicionado del cine por el precio de la entrada. Lástima que no fuera finalmente el vitriólico Eli Roth (Hostel, El infierno verde) quien se hiciera con el control del mastodonte marino, cuya dirección acabó recayendo sobre la mesa del aseado John Turteltaub, especialista en naderías hollywodienses. Así las cosas, el divertimento es eso, una trepidante (a ratos) cinta de acción de la que pueden disfrutar razonablemente los niños, los papás, los adolescentes y hasta la abuela a la que quizás le duela un poco la cabeza con tanta cacharrería como vemos en el filme. Tenemos en la coctelera una historia de amor cincelada con miraditas y fanfarronadas de guión, una niña pedantona que pulula por el set continuamente y un héroe (Jason Statham) hinchado de esteroides que demuestra que sus tórridos músculos pueden más que las muelas prehistóricas del tiburón que la codicia humano ha despertado de las profundidades. En ese sentido al menos no se pasa por alto el mensaje ecologista, expuesto con total claridad; lo que sumado a unas competentes escenas de acción punteadas por un inmenso e incomprensiblemente tontorrón escualo, al desfile de submarinos (o más bien naves espaciales adaptadas al fondo del mar) y a la música rimbombante pero efectiva de Harry Gregson-Williams, hacen de este Megalodón un entretenimiento, siendo magnánimos, aceptable.


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