lunes, 24 septiembre 2018
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Zacatecas

Concha García narra su último viaje a Zacatecas (México). Allí se reuniría con un grupo de poetas y descubriría que los estereotipos se derrumban con rapidez y que un grupo de poetas se parece mucho a un grupo de turistas que rodea un monumento o un restaurante. Al fin y al cabo, en las reuniones que tienen los poetas no todo es poesía aunque todo resulta muy poético. Este es el principio de un relato que tendrá continuidad en próximos números de Aladar

13 ene 2018 / 09:51 h - Actualizado: 13 ene 2018 / 09:51 h.
  • En Zacatecas, las construcciones se adaptan a su accidentado relieve. <br />/ Fotografía de Pascual Borzelli Iglesias
    En Zacatecas, las construcciones se adaptan a su accidentado relieve.
    / Fotografía de Pascual Borzelli Iglesias
  • Zacatecas
  • Las casas en México se decoran con figuras e ilustraciones que se ríen de la muerte. / Fotografía de Pascual Borzelli Iglesias
    Las casas en México se decoran con figuras e ilustraciones que se ríen de la muerte. / Fotografía de Pascual Borzelli Iglesias
  • Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
    Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
  • Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
    Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
  • Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
    Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
  • Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
    Ensayos de ‘Rojotango’ de Erwin Schrott. / Fotografía: Carlos Gustavo Allidi Bernasconi
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Llegué a Ciudad de México a las 5 de la mañana del 4 de diciembre pasado, y en el aeropuerto me dije: ¿qué hago a estas horas? Tomé un taxi desde la propia terminal y le pedí que me llevara al hotel situado en Colonia Roma. No tenía ni idea de la distancia que había entre un lugar y otro. El taxi recorría calles muy mal alumbradas y entre aquella oscuridad urbana no podía adivinar si me gustaba o no la ciudad. En el hotel, el recepcionista, con mucha calma me dijo que hasta las ocho no podía entrar en la habitación y le rogué disponer de ella antes. Miró parsimoniosamente varias fichas, luego un largo listado y me dijo: ¿es usted una de las poetas invitadas, cierto? Sí, –le dije– y tuvo consideración dándome una habitación en la primera planta desde donde solo se veía un patio con más habitaciones. Me eché sobre la cama hasta que adiviné que había amanecido a las ocho de la mañana. Colonia Roma es uno de los barrios más dañados por los terremotos que asolan la ciudad. También es un barrio moderno, lleno de cafés y librerías. La avenida Álvaro Obregón lo divide en dos. Está lleno de casas catalogadas, en ruinas algunas. Aquí se encuentra la casa donde vivió el poeta Ramón López Velarde durante los tres últimos años de su vida. Ahora es la Casa del Poeta. Como todo tenía que verlo a golpe de instante apenas pude recrearme en cada uno de los edificios o cafés vistos a vuela pluma con el poeta panameño Javier Alvarado y la directora de la Casa, también poeta. Nada más lejos que la imagen de una directora es la que tiene Carmen Maza, que se fue a vivir a México desde su Gijón natal. Se me iban cayendo los estereotipos a medida que pasaban las horas y era tanto el estímulo que recibía que comencé a ser otra. Recordé el relato Borges y yo: «Yo camino por Buenos aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas...», y así hasta que nos fuimos encontrando en la Casa del Poeta un número considerable de quienes nos íbamos a reunir al día siguiente en Zacatecas. Que nadie piense que un poeta es igual a todos. Ninguna palabra puede generalizar a nadie ni nada.

Cuando me bajé del autobús, después de casi nueve horas de viaje desde México DF, tenía una sensación moviente en mi cuerpo y pensé: ¿y si no vuelvo a recuperar la estabilidad? Llegamos a un hotel muy lujoso a las afueras de Zacatecas. La ciudad, situada a 2.400 metros sobre el nivel del mar, en la época colonial española fue uno de los mayores centros de extracción de plata; queda la huella en sus edificios coloniales. Me abstengo de comentarios acerca de la ambición europea que ha recorrido todos los siglos. En el último tramo del viaje podía divisar algunas torres y cúpulas. Las construcciones se adaptan a su accidentado relieve, y como siempre que llego a una ciudad desconocida, me dieron ganas de recorrerla entera. Había dos grandes inconvenientes. La peligrosidad de la misma a aquellas horas -no es un mito la pobreza de México-, tampoco lo era la extrema belleza que guardaba la ciudad y mi imposibilidad de desviarme del grupo de poetas.

Nos bajamos todos los poetas y nos agolpamos en la recepción, hacia tanto frío que no apetecía dar una vuelta para descubrir el entorno. Mi habitación era una suite, mucho más grande que el apartamento donde he vivido varios años. Desde la ventana, al fondo, vi pasar un tren de mercancías y me detuve a contemplarlo antes de abrir la maleta. En unos minutos pasaron de nuevo a recogernos para llevarnos al centro de la ciudad, a la casa del poeta Abel García Guizar. Era una casa muy decorada al estilo mexicano, decenas de figuras de barro e ilustraciones riéndose de la muerte. Al fondo, junto a la cocina, una escalera de caracol conducía a su salón privado llamado Pulgatorio, escrito con una cuidada caligrafía. Cuando miré hacia arriba estaba tan mareada que no tenía cuerpo para ascender, por lo que me ofrecieron una plataforma, donde me acomodé acompañada por el atento fotógrafo Pascual Borzelli. La sala estaba llena y Leticia Luna leyó sus poemas. Su voz me acogió.

Contemplaba la preparación de una bebida que nos ofrecerían al final. La bebida era dulce. Bajamos poco a poco con Humberto Avilés, Antonio Rodríguez Jiménez, Carmen Nozal, Mohamed Ahmed Bennis, Federico Bonasso, Guadalupe Ángeles, Minerva Margarita Villarreal, Ulises Córdova, Margarita Laso... entre muchos más, y el poeta zacatecano José Jesús Sampedro, que organiza el festival de poesía «Ramón López Velarde» desde el año 1988 y dirige dos revistas, siendo él mismo un gran poeta. No todo era poesía, pero sí resultaba muy poético.

La noche cerrada no me dejaba ver Zacatecas mientras comencé a ganar estabilidad física imaginándome la ciudad por la ruta que ofrecen las titilantes luces lejanas. Por la mañana nos fuimos todos de nuevo a la explanada de la Alameda para una ofrenda floral al político Francisco García Salinas (1786-1841). Pude ver el amplio paseo, y las construcciones blancas en planta baja que me retrotrajeron a algunos pueblos españoles. El día era muy hermoso y tras la ofrenda pude escaparme un rato –muchas veces pienso que los encuentros de poetas son parecidos a los grupos de turistas agrupados en torno a monumentos o restaurantes-. Me esperaban quince mesas de lectura y un viaje a Jerez que relataré en la próxima entrega.


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