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Diario de un soldado

Un soldado profesional gana de media 1.000 euros y su trajín diario no difiere en demasía del de un ciudadano al uso: horarios cerrados, rutina laboral y un mes de vacaciones

09 feb 2017 / 23:36 h - Actualizado: 10 feb 2017 / 12:22 h.
  • Soldados del batallón Bhelma IV marchan delante de la torre de control del esta unidad de helicópteros de maniobra. / Txetxu Rubio
    Soldados del batallón Bhelma IV marchan delante de la torre de control del esta unidad de helicópteros de maniobra. / Txetxu Rubio
  • Las hélices ornamentales distinguen a este reconocido batallón. / Txetxu Rubio
    Las hélices ornamentales distinguen a este reconocido batallón. / Txetxu Rubio
  • El Cougar, un helicóptero polivalente donde caben 20 soldados. / Txetxu Rubio
    El Cougar, un helicóptero polivalente donde caben 20 soldados. / Txetxu Rubio
  • El soldado Sergio Corona, del regimiento de artillería antiaérea, posa junto a un misil ornamental. / Txetxu Rubio
    El soldado Sergio Corona, del regimiento de artillería antiaérea, posa junto a un misil ornamental. / Txetxu Rubio

Es un jueves cualquiera y el sol ha salido por donde siempre. Nubes bajas difuminan una ciudad que se dibuja, cada vez más lejana, en el retrovisor empañado. Río, tierra yerma y depósitos flanquean un periplo corto en el que ya ha mudado, en cuestión de segundos, el paisaje que nos absorbe. De la conurbación al campo abierto. De calles con utilitarios a buques mastodónticos. Y del asfalto, a la gravilla suelta. Definitivamente, Sevilla ya es historia.

Apenas han pasado treinta minutos de las 8 de la mañana y la entrada a la base de El Copero destila actividad. Coches, tránsito de personas y trajín de mercancías. Antes de desenfundar el DNI –toca identificarse–, una insignia patria centra la atención. Bandas rojigualdas, nomenclátor del lugar y un Todo por la Patria descomunal viven junto a una garita de apariencia endeble, custodiada, eso sí, por soldados armados hasta los dientes. «Fotos aquí no, por favor». Cortesía, con extrema normalidad, a primera hora del día. La misión de los periodistas que dictan nombre y apellidos en la garita no es otra que narrar la cotidianidad. La no noticia, que podría decirse. Pero llegados hasta este punto, que levante la mano ese al que no le asalte la duda: ¿qué diantres hace un soldado profesional un jueves aleatorio de febrero?

Para empezar, correr. Correr desde muy temprano. Un tropel de runners con chándal del Ejército van y vienen, pese a la inmisericorde manta de agua que baja del cielo. Lluvia tenue, pero insistente. Agua y sudor a las 9:00 A.M., hora Alpha. Correr no es una obligación, pero sí lo es realizar ejercicio. Es el primer mandato al que se enfrentan las unidades del Ejército de Tierra de El Copero.

La jornada laboral del soldado ha arranca a las 7:45 con una rutina indispensable: formar la compañía, cantar las novedades diarias y en ocasiones, leer un pasaje de historia castrense. Solventado el trámite, llega la preparación física. Hablábamos de correr, pero también es posible machacarse en el gimnasio.

Ya acreditados, hemos superado el perímetro de la base, y frente a la entrada se abre una avenida. El Copero, en término de Dos Hermanas, fue antiguamente una base aérea, hasta que el Ejército de Tierra la recibió como uno de sus enclaves neurálgicos en la Península en 1975. Además, en Sevilla, en Capitanía, se ubica el Cuartel General de la Fuerza Terrestre del Ejército de Tierra (FUTER). A ambos lados de la calzada se levantan vetustos edificios. La visita, en la que nos hace de cicerone el comandante Ruiz, de FUTER, arranca con un paseo por la vía principal. Otro oficial se une, en este caso, de Bhelma IV, el famoso batallón de helicópteros de maniobra de la Fuerza Terrestre del Ejército de Tierra. Es el brigada Bejarano.


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Un grupo de soldados que acaban de hacer ejercicio pasan junto a nosotros con actitud relajada, y al lego en la materia que escribe le sorprende la ausencia de saludo militar. Los estereotipos no se han hecho esperar. «Cuando no están con ropa militar, como ahora, que vienen en chándal, no es necesario saludar a un superior pese a estar en la base y de servicio, sin embargo, fíjate cómo si se disponen en actitud firme. Es un hecho educacional», explica Bejarano, con delicada intención de enseñar.

La instrucción en El Copero es constante. Aunque la jornada habitual de trabajo para la gran mayoría de la tropa aquí destinada va de las 7:45 a las 15:00 –como la de gran parte de la población– siempre hay turnos de guardia, ejercicios de maniobra que superan este lapso u otras actividades. En el caso de Bhelma IV, la instrucción de vuelo ha de hacerse bajo todas condiciones, incluido, cómo no, el vuelo nocturno. Además de este batallón de helicópteros, la base alberga otras dos grandes unidades de interoperatividad, el RAAA74 (Regimiento de Artillería Antiaérea) y el REW 32, el regimiento de guerra electrónica. «Los hackers de la guerra». En esta base existe además una pequeña dotación de Guardia Civil, y es pertinente tener en cuenta a otra unidad independiente de las anteriores, encargada de los servicios de la base.

9:30 A.M. y la mañana ya está lanzada. Bejarano nos presenta a Garzón, cabo de Bhelma IV que regresa de hacer ejercicio. Tiene 33 años, es de Coria del Río y trabaja como tirador. Esto es, un operador a bordo de un helicóptero. Sigo traduciendo: lo suyo es la metralleta. «Dar seguridad a la unidad», explica él. Entró en el Ejército en 2005, motivado por una razón vocacional: «Siempre me ha gustado». Su devoción castrense es también una salida profesional solvente, siempre y cuando consiga los méritos y procesos oportunos para que con 45 años no tengas que dejar de pertenecer a las Fuerzas Armadas Profesionales. En esos supuestos, el Estado sigue reservando una pensión que ronda los 7.500 euros anuales.

Al fin y al cabo, el soldado profesional es como un funcionario de administración. A las 7:45 entra en su puesto, y a las 15:00 pica billete. Con salvedades: que no respinguen situaciones especiales ya referidas –guardias o maniobras, básicamente– y que además, su disponibilidad no entiende de horario: «entrenados para estar siempre preparados».

Garzón se compromete a enseñarnos cómo es su trabajo. Para ello, tiene que seguir con la rutina diaria. Ducha, desayuno y ropa de faena, en este caso, uniforme militar. Lo esperamos en los bajos de la torre de control de la pista de helicópteros de la base, el punto clave y neurálgico del Bhelma IV. Allí me explican lo que son helicópteros polivalentes, cuya función no es atacar, sino apoyar a la ofensiva. La torre es la base de operaciones, donde se traza el plan de vuelo y se notifican a AENA las maniobras. Generalmente, la instrucción diaria consiste en dos salidas al campo, para coger bagaje y explorar zonas marcadas. Pero el día no es el más indicado. La bruma que domina el horizonte se acentúa, y las nubes bajas con chirimiri dan al traste con la posibilidad de ver un Superpuma despegando. «En situaciones de necesidad, estas condiciones no hacen imposible volar, pero hoy no hay esa necesidad».

Garzón llega con traje de campaña. Kit de supervivencia al cinto, casco integral con capacidad de visión nocturna y botas futuristas. «Están preparadas para desabrocharse automáticamente». La indumentaria de un soldado profesional está cuidada al detalle, en este caso, para sobrevivir. El cabo de Coria del Río habla ahora con franqueza: «Nunca he sentido miedo ni he tenido momentos de peligrosidad, aunque el hecho de volar ya entraña peligro en sí». Lo dice mientras enseña una pequeña linterna de infrarrojos. Cualquier parecido con una película yanqui de acción es pura coincidencia.

Este jueves no se volará desde El Copero, pero eso no es óbice para ver las hélices de sus águilas de acero, aunque sin batir. En el hangar esperan los brigadas Fernández y Calero, mecánicos especialistas en helicópteros. Llevan toda la vida en el ejército, encargados de que los aparatos surquen sin el mínimo problema el cielo. En Sevilla quedan una decena de helicópteros que son los que habitualmente realizan instrucción. El día a día de Garzón, más allá del entrenamiento a bordo de Superpuma o Cougar –los dos modelos de Bhelma IV– consiste en realizar prácticas de tiro a pie, con fusil o pistola, en una zona acotada de Camas.

Es el momento de cambiar de tercio, pero antes, toca visitar la cantina. Ha pasado de largo la hora del desayuno, pero los oficiales que por ahora marcan nuestra visita nos enseñan también un rincón imprescindible de la base, con una explicación igualmente importante. La cafetería ya es común para todos los habitantes de este pueblo militar. Desde hace un año, la arcaica separación de tropa y oficiales en distintos lugares para comer o simplemente tomar café fue revocada. «Es bastante mejor así, una decisión muy bien acogida por todos», narra Bejarano, que se despide cuando tomamos rumbo de la otra gran unidad de El Copero, el regimiento de artillería antiaérea.

El RAAA 74 trabaja con una misión definida: «los que matan a los helicópteros», cuenta un soldado en una distendida charla. La artillería antiaérea combate las amenazas desde aviación. En otra extravagante explicación, serían aquellos que se encargan de lanzar misiles de defensa.

Antes de conocer cómo funcionan, la plana mayor del regimiento nos espera. El teniente coronel Mora Figueroa hace de perfecto anfitrión en la sala de juntas de la unidad. Allí figuran las imágenes de dos artilleros de postín, Daóiz y Velarde. Precisamente el día de publicación de este reportaje, 10 de febrero, plana mayor y gran parte del regimiento de artillería estarán celebrando los fastos por el 250 aniversario del nacimiento del primero de ellos, Luis Daóiz, héroe sevillano del levantamiento de Madrid ante la invasión francesa.

Saludados los mandamases, pasamos a la acción. O al menos eso pensamos, pero en artillería tampoco hay instrucción vistosa hoy. «Los días así hacen otras labores, que siempre son necesarias», explica un oficial. Ni helicópteros volando ni misiles antiaéreos, este jueves cualquiera va resultar poco épico. «Esto no es como en las películas», me reiteran.

Sergio Corona es el soldado que sirve de modelo de un día al uso en artillería. Nació en Pedrera hace 34 años, y acumula 11 en el Ejército. En su caso, además de una vocación que reconoce, ve en su profesión una salida laboral interesante. «Ahora es incluso más complicado entrar, porque hay mucha demanda», explica con tino. Su función en el RAAA74 es la de apoyo directo y mantenimiento del sistema, véase, lanzadoras, radares y cegadores. Lo de tirar misiles, está más restringido. Uno al año. Se trata de un adiestramiento específico que, como otras maniobras, se realizan en sitios como el Médano del Loro, en la costa onubense. Otras maniobras tienen lugar en la provincia de Córdoba o en Chinchilla (Albacete).

Además de los ejercicios diarios en El Copero o de las labores de maniobras en otros puntos de la geografía española, integrantes de este regimiento participan en misiones especiales, como el caso de Corona, que pasó seis meses en Turquía, en una labor de apoyo al país otomano. «No tuvimos que disparar ni un misil», narra satisfecho.

En un extremo de la base, tres baterías antiaéreas sirven para la instrucción diaria, aunque hoy, meteorología mediante, el entrenamiento descansa. Visitamos entonces un taller un tanto especial. En él nos muestran un radar colosal, hoy en reparación. Esta es otra labor menos visible, pero tan importante como la propia instrucción. Tener en perfecto estado de revista un aparataje militar que en este caso es vital para las funciones de la artillería antiaérea.

Ese es el día a día de un militar en El Copero. Ejercicio, desayuno y tareas, no siempre, de instrucción o maniobras. Ser soldado profesional cuadra con la vocación de la tropa de esta base del FUTER, pero además les otorga una salida laboral convincente. El sueldo medio de las Fuerzas Armadas ronda los 1.000 euros, aunque las misiones, en las que se reclutan como voluntarios, les permiten aumentar sustancialmente los ingresos. Eso sí, a costa de abandonar el estatus de cierta comodidad que puede otorgar trabajar, en horario semicerrado, en una base.

Conocida la rutina, no cabe más que despedirse. Arrecia la lluvia y se acerca la hora del almuerzo. Los soldados podrán realizarlo en la base si están de servicio; si no, en el comedor tienen un módico precio de dos euros. La inmesa mayoría de la tropa no pernocta en El Copero, es éste solo su lugar de trabajo.

Mientras cruzamos de nuevo la barrera, ahora de vuelta, pienso que la vida aquí es tranquila. Atrás quedaron momentos como cuando tres helicópteros Cougar abandonaron en julio de 2002 a toda velocidad la base para integrar el comando que llegó hasta el islote Peregil para defender su soberanía española o los tristes acontecimientos que se vivieron en Afganistán en 2005, cuando soldados de esta base fallecieron tras un accidente de dos helicópteros. Y se queda grabada en la memoria una frase oída aquí, que decía algo así como que «un soldado, ya sea de Pedrera, Ankara o de Baltimore está preparado para la guerra, pero no hay nada que sepa hacer mejor que la paz».


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