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El día que el rey pisó la marisma

Una jornada y un ciclo en el que se proyectarán varios documentales recuperan la fundación el 3 de mayo de 1928 de Alfonso XIII, primer núcleo habitado del término municipal de Isla Mayor

03 may 2017 / 08:57 h - Actualizado: 03 may 2017 / 09:43 h.
  • Alfonso XIII (en primer término, segundo por la izquierda) y su séquito en un punto de las cercanías de Alfonso XIII en su visita de 1928. / El Correo
    Alfonso XIII (en primer término, segundo por la izquierda) y su séquito en un punto de las cercanías de Alfonso XIII en su visita de 1928. / El Correo
  • Acto de la colocación de la primera piedra de la iglesia. / El Correo
    Acto de la colocación de la primera piedra de la iglesia. / El Correo

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Las calles son de tierra. De pantano seco. Y el rey se adentra en un paraje inhóspito que nace a la idea de hacer fértil la añeja marisma sevillana. Una historia que roza las nueve décadas y rescata el símbolo de aquella aventura de hacer habitable la marisma con la restauración del acta fundacional del poblado Alfonso XIII.

Corre el 3 de mayo del año 1928, en plena dictadura de Miguel Primo de Rivera, cuando el séquito real visita por segunda vez el lugar. El puñado de calles y casas dibujadas en mitad del campo salvaje con nombre prestado por un monarca es hoy, en 2017, una pedanía de Isla Mayor. Y lo que era un experimento agrícola es la mayor explotación arrocera del país. El sueño se ha cumplido.

El rey Alfonso XIII, hace 89 años, deja a su paso el documento original ahora restaurado por el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH). Con la exposición pública del acta y una muestra de 40 fotografías de la época, el Ayuntamiento de Isla Mayor recupera las primeras páginas de su reciente e intensa historia.

«En la Isla Mayor, término municipal de La Puebla del Río –la independencia llegó con la actual democracia–», arranca el acta, «reunidos al sitio Veta de la Senda de aquel predio donde se funda el poblado denominado Alfonso XIII, que formará parte del plan general de explotación agrícola de las Islas del Guadalquivir».

El monarca, entonces, «dignóse colocar la primera piedra de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen», el templo más antiguo levantado en el poso de tierra que dejó en su retirada el lago Ligur. La emblemática losa alberga en su interior «una copia de la presente acta, monedas de oro, plata y cobre acuñadas en el actual reinado y algunos ejemplares de los periódicos de Sevilla correspondientes al día de la fecha», reza en el manuscrito fundacional.

En el pergamino aparecen otras personalidades de la época, caso del cardenal arzobispo Eustaquio Ilundain, quien «bendijo las obras». Las escenas de la visita real y la creación del poblado son captadas por las rudimentarias cámaras del primer tercio del siglo XX.

Unas 40 de esas fotos están recogidas en la exposición que ilustra la presentación del acta fundacional. Las instantáneas hacen un recorrido en blanco y negro por la génesis de la faraónica obra de ingeniería que traza de surcos la marisma.

Memoria recuperada

Al hilo del evento, el Ayuntamiento isleño ha organizado una jornada sobre la historia local en la que participa el profesor Matías Rodríguez Cárdenas, autor de varios libros sobre la zona, caso del reciente La Isla Mayor del Guadalquivir a través de sus personajes. Voces de un poblamiento marginal entre el río y Doñana.

En días posteriores, un ciclo «en torno al origen y colonización de Isla Mayor» deja la proyección de varios documentales. Por ejemplo, títulos como El cultivo del arroz en la marisma del Guadalquivir, La larga odisea del arroz o El canal de los presos.

Cuentan la historia de un proceso colonizador que explota en los estertores de la Guerra Civil española y acepta el empuje de miles de colonos de origen valenciano. La misma tierra salvaje que retrata la premiada película La isla Mínima.

La memoria recuperada, al cabo, del incesante pulso humano a esa suerte de finis terrae (fin del mundo) andaluz que fluye al abrigo del río Guadalquivir. El rincón atado al delta y la sedimentación fluvial, donde apenas varios cientos de habitantes conforman una de las aldeas más pequeñas de Sevilla. Una suerte de mundo. Un vergel que rodea a isleños y alfonseños, hoy sí, con miles de hectáreas de fecundo arrozal.


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