jueves, 23 noviembre 2017
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Personajes por Andalucía

El joven soñador que terminó haciendo política

Entrevista a Fernando Rodríguez Villalobos, presidente de la Diputación de Sevilla. Me mira con paciencia, esperando a que coloque mis cosas sobre la mesa. Mientras, juega con un bolígrafo. Lo mueve entre las manos, pulsa ese botoncito del extremo que hace que la punta salga o se esconda. Comenzamos a charlar sin prisas, bromeamos sobre la edad que ya nos obliga a quejarnos cuando nos la recuerdan, intentando que las palabras vayan reposando en el otro

23 sep 2017 / 09:21 h - Actualizado: 23 sep 2017 / 13:43 h.
  • Fernando Rodríguez Villalobos expresa sus sentimientos y cuenta sus experiencias personales y profesionales. / Reportaje gráfico: Jesús Barrera
    Fernando Rodríguez Villalobos expresa sus sentimientos y cuenta sus experiencias personales y profesionales. / Reportaje gráfico: Jesús Barrera

Nació en La Roda de Andalucía, el 4 de marzo de 1952. Es un político muy veterano. Buen conversador, cercano en el trato y muy alejado de la arrogancia o de lo pretencioso al construir su discurso.

Me interesa mucho poder entender la Andalucía que le recibió al nacer, cómo recuerda él esos primeros años en La Roda de Andalucía.

«He tenido la suerte de nacer en una familia. Con unos padres sacrificados para que sus hijos estudiasen. Yo he mamado del seno de esa familia la solidaridad, las relaciones... Éramos una familia con mayúsculas. En aquellos tiempos vivía en una zona rural en la que había unas diferencias abismales con la ciudad y con las áreas que la delimitan. Eso te marca hasta el punto de tener complejo de ser cateto. Cuando salías fuera de la provincia no se te ocurría decir que eras de La Roda de Sevilla; decías que eras de Sevilla porque eso vestía más. Sin embargo, hemos logrado, después de pasar los años, sentirnos de pueblo. Y a nadie se le ocurre decir que es de Sevilla si es de, por ejemplo, Castiblanco de los Arroyos. Hemos trabajado para sentirnos orgullosos de ser de pueblo; ha costado sudores y lágrimas porque siempre ha habido...».

Sin acabar la frase, mueve las manos de arriba abajo, con los brazos ligeramente extendidos y las palmas paralelas al piso, como queriendo dibujar cierto desequilibrio entre las partes. Hace referencia a la encuesta que dice que el 70 por ciento de las personas prefieren vivir en un pueblo.

«Se han equipado con infraestructuras, equipamientos y servicios que se les presta al ciudadano y que no le envidian en nada a los que se prestan desde la ciudad. Esto ha sido obra de muchos dirigentes, fundamentalmente locales que creyeron en que esto se podía transformar».

Pero, entonces, ¿los pueblos tienen algo que ver con los de aquella época? ¿Cómo han evolucionado?

«Los vecinos en ese momento vivían solo y exclusivamente del sector primario, del campo, y actualmente ese sector ha pasado a segundo plano porque le ha ganado la batalla el sector industrial. Ese pueblo de los años sesenta era agrícola y a nuestros abuelos y padres les debemos esa transformación. Fueron visionarios, se dieron cuenta de que había que cambiar, de que el sector primario no daba para comer. Fueron capaces de montar una estructura de cooperativa de primer grado. Luego, ellos mismos, supieron inventar las de segundo grado para que el valor añadido se quedara en el pueblo. Los pueblos que tenían cerca el nudo de ferrocarril o una carretera nacional cercana, como es el mío, pisaron el acelerador y se convirtieron en pueblos industriales con lo que la creación de empleo o la renta per cápita cambió mucho. En general, no tiene nada que ver lo que había en Andalucía con lo que hay actualmente».

Fernando Rodríguez Villalobos habla con cierta pasión al referirse a su tierra, a los logros de los abuelos y padres que supieron ver más allá de lo que ofrecía una situación dura que había que superar. Le invito a que me descubra su propia evolución. Por ejemplo, me encantaría saber cómo llegó a la política. Y lo resume con una sola palabra: «Inexplicable».

«Era un soñador. Y pensé, a los dieciocho o veinte años, en transformar mi pueblo. O tenía mucho dinero para montar una fábrica muy grande y dar empleo a todos (que no lo tenía) o me tenía que inventar otra cosa. Y me fijé en los ayuntamientos. Todavía no eran democráticos. Ya se olfateaba el cambio hacia la democracia, pero no lo eran. Dije: Y si me hago alcalde de mi pueblo ¿podría cambiar todo esto? Y por ahí me metí. Pero mira, fui capaz de aprobar unas oposiciones y tener la vida resuelta con veintidós o veintitrés años. Por tanto, nunca quise estar en política para ganar más o algo así. No, no. Los que me conocen saben que soy una persona muy normal».

Seguimos nuestra conversación y Fernando Rodríguez Villalobos habla de lo bueno que es ser resolutivo e imaginativo en política, que eso le ha ayudado mucho en su carrera profesional.

«Hay que estar permanentemente inventando cosas para mejorar la vida de la gente. Eso es lo que hacemos los políticos decentes».

Recuerda que la forma de tratar a los hijos es reflejo de lo que harás con los demás. Por ejemplo, presume de aplicar políticas de igualdad en casa para que su hijo y su hija gocen de las mismas oportunidades en el seno familiar.

«Al final, nacer en un ambiente sano, vivir tus primeros años de vida en un ambiente bueno, entrar en un colegio con gente normal... me ha enriquecido. Muchas de las cosas no he tenido que aprenderlas para ponerlas en práctica. Por eso ejerzo más la práctica que la teoría».

Es extraño escuchar a un político hablar de la familia para explicar lo que trata de hacer en política. ¿La familia es la compañía necesaria para un político durante su carrera?

«Necesaria, imprescindible y en toda su amplitud. En los momentos de más complejidad es bueno poder mirar a la cara a alguien que te quiere y que te dé aliento. Cuando tengo mis bajones me gusta estar acompañado de mis hijos. Una simple comida o un paseo. Y me relajo».

Le comento lo importante que me parece que los políticos dejen ver su lado más humano. Vemos gente, pero no vemos personas. Es bueno que sepamos que tras un político hay una persona y que los políticos no olviden que en el otro lado lo que hay es eso, personas. La distancia entre las partes es muy peligrosa actualmente. ¿Por qué no se dejan ver más?

«Puede ser que haya políticos que piensen que si los ojos se humedecen la sensación es de debilidad. Otros que piensan que el político debe transmitir seguridad y eso no puede ser cuándo se te ve un poco débil... Eso es un error. El político se debe mostrar tal y como es. En ese sentido nunca he tenido ningún tipo de complejo. Si he tenido que decir una cosa la he dicho. Igual luego me he arrepentido, pero lo he dicho y me he quedado tan fresco. En realidad, como político no tengo nada de lo que arrepentirme. Nada. Bueno, tengo ahí una cosa. Me separé de mi mujer y eso para mí fue un golpe. Le dedicaba tanto tiempo a la política... Aquel que no es capaz de delimitar el tiempo que debe dedicar a su trabajo y, por otra parte, a su familia o a su ocio, lo pasa mal. Yo estoy tratando de equilibrar ese tiempo que dedico a unas cosas y otras. Pero, si es verdad, que se lleva mucho tiempo y el sentido de la responsabilidad agrava el problema».

Ser alcalde debe ser un reto personal muy importante, ¿verdad?

«Mi etapa de alcalde, también, me ha hecho forjarme como persona. El cura de mi pueblo, un hombre ya muy mayor, tenía muy buenas relaciones conmigo, y decía en broma: entre los casamientos civiles y el confesionario que tienes en el despacho, me vas a quitar la clientela. (Ríe al recordar la anécdota) Allí te contaban cosas íntimas, cosas de pareja que te obligan a poner orden en el desorden».

¿Qué queda del profesor de instituto?

«Creo que lo único que conservo es alguna pedagogía gracias a la que, me dice la gente, se enteran de lo que digo».

Me preocupa que los políticos no entiendan que comunicar es parte fundamental de lo que hacen y que parece que muchos han renunciado a ello. Que hay que ser un poco profesor de instituto para hacer política.

«Hoy se pueden aprender muchas cosas. Pero aquel que no ha nacido con la genética que te permite este tipo de labores lo tiene muy difícil aunque las técnicas de aprendizaje sean extraordinarias. Para comunicar hay que estar convencido de lo que se dice y, muchas veces, el político no lo está. Pero si estás convencido, es más fácil. Mira, tengo una anécdota. En el primer acto que hice como político, escuché cómo decía uno a otro que era mejor que me dedicase al campo, que era un desastre. Fue en el cine de mi pueblo y había unas trescientas personas. Diría tantas tonterías que los que estaban allí al lado debieron pensar que era mejor que me dedicase a cualquier otra cosa que no fuera la política. Y, fíjate, al final he llegado a ser algo en política».

Charlamos sobre los nuevos políticos, sobre esas cosas que ni entienden los políticos veteranos ni los ciudadanos. Nuevas formas de hacer política que resultan inexplicables. Y eso nos lleva a recordar la época de la Transición.

«La imagen que tengo de aquellos políticos es la de la altura de miras, la de políticos de raza. No tiene que ver nada el ambiente que se vivía en aquel entonces con el vivimos hoy. Ellos sabían que el futuro de nuestro país pasaba necesariamente por ponerse de acuerdo, por dejar las diferencias a un lado. La esencia de la política en la Transición era ideológica».

Miramos el reloj y nos encontramos con que el tiempo ya no está allí.

El sol sigue anclado en el azul intenso. La brisa ni está ni se espera que llegue, de momento.

Nos despedimos y aprovecho para confesar a Fernando Rodríguez Villalobos que regreso a casa pensando en que es una suerte conocer a personas que son capaces de aportar, de ofrecer lo que saben a cambio de nada. Un privilegio que hoy no es fácil de disfrutar.


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