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Toros

La Puebla era una fiesta

La salida de San Sebastián ha vuelto a ser el preludio del multitudinario encierro organizado por Morante de la Puebla por quinto año consecutivo. Juan José Padilla fue el encargado de lanzar el chupizano

19 ene 2019 / 17:00 h - Actualizado: 19 ene 2019 / 17:05 h.
  • Un momento de la celebración de San Sebastián vivida este sábado en La Puebla del Río. Fotos: Ayuntamiento La Puebla
    Un momento de la celebración de San Sebastián vivida este sábado en La Puebla del Río. Fotos: Ayuntamiento La Puebla

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Hemingway escribió una vez que París era una fiesta. Podía haberlo escrito exactamente igual si hubiera pasado el día 19 de enero de 2019 en la Puebla del Río. El Guadalquivir no es el Sena. Pero tampoco le hace falta. El pasito de San Sebastián –venablos y flechas en la mañana gélida- se abría paso desde la parroquia hasta la esquina del Reloj mientas los ánimos se disparaban. En la fachada del antiguo ayuntamiento cigarrero aguardaba una auténtica multitud que terminó de ponerse a punto con el estreno de la marcha de Francisco José Escobar y el cántico compartido del himno del santo. La fiesta ya no podía tener vuelta atrás...

Faltaban muy pocos minutos para que doblara el día. Era la hora convenida para que sonara ese chupinazo que iba a tronar en el cielo marismeño por quinta vez, pleno de salud y catalizado por Morante de la Puebla, verdadero rey de taifas de esta jornada jubilosa que llegó hace cinco años para instalarse en el corazón de los cigarreros. La meteorología perdonó el envite y, mientras los músicos se abrían paso entre el gentío, la aparición de Juan José Padilla –era el encargado de lanzar el cohete por invitación expresa de su compañero- en el balcón consistorial desató un auténtico clamor. “¡Padilla maravilla!”, tronaban los cigarreros enarbolando esos pañuelicos que se han convertido en emblema de esta fiesta compartida que, dicen, dobla la población de la localidad hasta llenarla de 20.000 almas. Y por fin salió Morante tocado por su inseparable boina invernal. El diestro de La Puebla es el verdadero gestor de esta nueva forma de ver, sentir y gozar las fiestas de San Sebastián. Y los tres vivas al santo patrón entonados por el Ciclón de Jerez fueron el preludio del chupinazo que, por fin, estalló siete minutos después del mediodía.

La Puebla era una fiesta

Aún hubo que esperar un buen rato para que los erales y los mansos encerrados en el corral improvisado en un solar de la calle Larga pudieran ser soltados. Una segunda traca de pólvora asustó a los animales. El portón permanecía abierto pero los bichos se resistían a salir. Eso sí: la salida de uno de los bueyes acabó espoleando a la tropa de reses hasta la plaza de toros instalada en la explanada de las antiguas cocheras del tranvía. No fueron ni dos minutos. La carrera, despoblada de mozos en sus primeros trancos, se fue espesando a la vez que se apuraban esos 700 metros de adrenalina, emoción y culto atávico al dios toro. La lluvia caída con nocturnidad había convertido la carrera en una prueba de obstáculos. No faltaron mozos caídos por el suelo pero el capotillo de San Sebastián –como el de San Fermín- evitó males mayores. Los erales de Dolores Rufino alcanzaron la placita portátil sin demasiados contratiempos. Mucho más complicada fue la tarea de introducirlos en los corrales efímeros en los que tenían que aguardar su lidia en la novillada vespertina.

Para entonces el santo ya estaba iniciando su vuelta a la parroquia, acompañado de la compañía de honores y la banda de música del Regimiento de Artillería Antiaérea El Copero 74 de Sevilla. Los parroquianos, que se las vieron con una becerra lidiada en capea, se disponían a dar buena cuenta del arroz popular preparado en el parque. Y es que en La Puebla no cabía un alfiler. El poder de convocatoria del cigarrero más universal -se llama Morante- ya se había visto confirmado en la víspera. Un encierro infantil e incruento había servido de prólogo a la definitiva hora de la verdad. Hablamos de público familiar, festivo y definitivamente identificado con esta cultura ancestral.

Aún había cinco chavales vistiéndose de toreros que tenían que lidiar por la tarde los erales de Dolores Rufino soltados por la mañana. Tocaba andar pendientes de la meteorología que respetó, al menos, hasta la hora del paseíllo. Era el turno de los jóvenes novilleros Jaime Gonzalez-Ecija, Diego Vázquez, Emiliano Ortega, Lolillo Soto, Joselito Sánchez de Morón y los forçados portugueses capitaneados por Joao Braga, que intervendrían durante la lidia del eral rejoenado por José Manuel Fernández. La fiesta había triunfado.


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