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Agricultura

Un viaje sin retorno desde l’Albufera

Valencianos que llegaron desde la zona arrocera a Isla Mayor hace 70 años cuentan cómo era el cultivo por entonces, cómo fue el proceso de adaptación y cómo el municipio aljarafeño hoy es su tierra

18 dic 2016 / 09:37 h - Actualizado: 18 dic 2016 / 09:56 h.
  • Un viaje sin retorno desde l’Albufera
    Rosario Sanz, Pepe García y Julia Rúa son historia viva del origen de Isla Mayor, su actual tierra. / Manuel Gómez
  • Un viaje sin retorno desde l’Albufera
  • Un viaje sin retorno desde l’Albufera
    Estampas de isleños y valencianos trabajando juntos en los campos de arroz en los años 50. En las imágenes se ve cómo nivelaban la tierra con un trineo tirado por caballos y cómo la siembra se hacía a mano. / El Correo

Alguno lleva 70 años viviendo entre los arrozales de Isla Mayor, pero en su voz sigue impreso ese acento melódico de los valencianos. Llegaron con sus padres para enseñar a los habitantes de la zona las técnicas de uno de los pilares económicos de este municipio aljarafeño. Un cultivo que gracias al trabajo de andaluces y valencianos ha convertido las marismas en los campos de arroz más rentables de España.

La mayoría llegó entre los años 40 y 50 de la mano de la empresa Rafael Beca y Cía. Juan Girona fue uno de ellos. Con el testimonio de las fotos en blanco y negro cuenta que su hermano «vino como encargado de los Beca a enseñar las técnicas del arroz porque en Valencia estaba muy arraigado y aquí se cultivaba desde hacía poco tiempo». Juan vino por primera vez en el año 54 para la siega, pero cuando acabó la campaña se volvió a su Almussafes natal, a escasos nueve kilómetros de l’Albufera. Un año después volvió, esta vez para quedarse. Tenía 16 años.

Con la nostalgia de las imágenes en las manos recuerda lo diferente que era el cultivo hace 60 años. Dispar en la forma porque antes «se sembraba a mano y con la ayuda de caballos y mulos». Para trabajar una hectárea se necesitaban seis o siete hombres, «hoy un tractor puede sembrar fácilmente 10 hectáreas al día». Por entonces el arroz se trillaba también a mano y «en una era se ponían las haces que luego se llevaban a la planta que había en el pueblo para hacer papel», explica Girona.

Pero diferente también en las condiciones de cultivo. Acostumbrados a trabajar en parcelas pequeñas, divididas en anegadas –equivalente a 831 metros cuadrados– en l’Albufera, los arrozales del Guadalquivir eran tan extensos como desiertos y se medían por hectáreas. «Esto era un barrizal, había mucho desnivel y se aplanaban con trineos arrastrados por caballos que cargaban el barro en la pala», recuerda Girona. Pero ahora el láser lo hace solo, explica con fascinación.

Conocieron lo que fue Isla Mayor cuando se le conocía como El Puntal e incluso antes de que fuese bautizado como Villafranco del Guadalquivir. Antes, por supuesto, de que reivindicasen su identidad como pueblo. Venían de municipios con más de 20.000 habitantes y desembarcaron en pleno campo. Maruja Vibó, la mujer de Juan Girona, recuerda como con diez años tuvo que cambiar sus costumbres cuando dejó Sueca –municipio arrocero por excelencia– para venir con su padre a cultivar las tierras. Primero se instalaron en el pueblo Alfonso XVIII, hoy pedanía de la Isla Mayor que construyeron los arroceros; «pero después muchas familias se trasladaron al campo por comodidad». No había coches y el viaje de casa al campo se hacía pesado en caballo o bicicleta.

Fueron muchas las penalidades que pasaron, recuerda Pepe García, un valenciano de Masalavés, que vino con su padre a trabajar las tierras de los Beca; más tarde comprarían aquellas hectáreas que labraron. Llegaron a sufrir cuatro años de sequía a causa de la salinidad del agua del río con la que regaban que hicieron brotar rabia e impotencia al pensar que cuarenta años de trabajo se podían ir al traste. Sentimientos que Julia Rúa, de Catarroja, plasmó en un poema –abajo–. Fue al inicio de los años 80, y muchos, ante la imposibilidad de cultivar, optaron por hacer las maletas y volver a su Valencia a la campaña de la naranja. Pero su casa estaba en Isla Mayor y volvieron para seguir labrando un cultivo que hoy genera más de 90 millones de euros.

Aunque aquello ya es historia, reivindican más atención por parte de las administraciones al cultivo. García cuenta que el Estado tan sólo ha ido una vez a limpiar los canales, fue precisamente en los años de la sequía, «echaron albero y en apenas ocho kilómetros». Tras 60 años todo sigue igual. «Los canales de riego siguen siendo de barro, mientras que en zonas como Lebrija son de cemento, y las carreteras permanecen de grava», detalla resignado Girona. «Aquí todo se ha creado una riqueza a base del dinero y el esfuerzo de los agricultores, andaluces y valencianos, pero luego nos tienen un poco abandonados», coinciden. Desde hace más de dos décadas están pidiendo un sistema de riego que no dependa de la salinidad del agua y una esclusa para el paso de los barcos.

El abandono llegó también a las calles. Rosario Sanz, natural de Sueca, recuerda cómo tuvo que recoger su cola del traje de novia porque la calle no estaba asfaltada o cómo Pepe iba de traje y botas de agua a una boda. De hecho, cuando la asfaltaron cada casa tuvo que pagar su trozo de acera, cuentan Sanz y Rúa, que además de paisanas son vecinas.

Reconocen que al principio se crearon algunas diferencias entre valencianos y andaluces. La lengua era el rasgo que más marcaba la diferencia, de hecho, entre ellos y de puertas para adentro siguen hablando la lengua con la que Joanot Martorell relató la historia de Tirante el Blanco –Tirant lo Blanch–. Tanto es así que sus nietos entienden a la perfección el valenciano, a pesar de no hablarlo. La lengua también generó algunas diferencias anecdóticas dentro de la familia. Rosario, que llegó con apenas un año de vida, creció hablando valenciano, pero sus hermanos, andaluces de nacimiento, prefirieron no aprenderlo, «cuando me enfadaba con uno de ellos le hablaba en valenciano y me decía a mí háblame en español, yo le respondía que también era española», cuenta riéndose. Su hijo tampoco mostraba mucho interés por aprenderlo, pero ante el reto de la lengua gala, hablar con su madre en valenciano animado por la profesora le ayudó a aprobar una asignatura «para la que no daba pie con bolo».

La lengua la mantienen, pero también la gastronomía. Entre sus recetarios no falta la paella valenciana –de pollo y conejo–, como tampoco el arroz al horno, el all i pebre –guiso de anguilas–, el arròs amb fesols i naps (con alubias y nabos), el embutido o las monas de pascua que regalan a sus nietos cada lunes de Pascua, día que los mayores aprovechan para ir al campo a celebrar una fiesta de gran arraigo en Valencia.

Las fallas no las celebran porque ya han adoptado las costumbres andaluzas. Pero sí recuerdan como a principios de los 60 un grupo de valencianos creó un monumento con referencias a la Giralda y al Miguelete para celebrar el día de San José. Una unión de tierras que hoy celebran cada Día de Andalucía cuando decenas de paellas hacen la delicia de los andaluces y de los valencianos que hoy sienten a Andalucía tan suya.

En su habla, en sus costumbres y en sus recuerdos siguen siendo valencianos. Pero para el ajeno la identidad varía según se sitúe. «Aquí somos los valencianos, allí me llaman el sevillano», dice medio resignado Girona. Pero su tierra ahora está junto a su familia, sus hijos y nietos. «Los primeros años, cuando volvía de Valencia, se me caía la lágrima, pero ahora allí ya no me queda nada», sentencia con los ojos vidriosos Pepe García.


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