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Pintura

Virginia Bersabé: la pintura y la memoria de la piel

La joven artista astigitana prepara una muestra de su obra más reciente en el Museo Municipal de Écija

25 feb 2018 / 07:59 h - Actualizado: 25 feb 2018 / 07:00 h.
  • La pintora Virginia Bersabé posa junto a una de sus ‘abuelas’. / M.R.
    La pintora Virginia Bersabé posa junto a una de sus ‘abuelas’. / M.R.

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Virginia Bersabé acaba de cumplir 28 años. Licenciada en Bellas Artes en 2013 por la Universidad de Sevilla, donde realizó también el Máster Arte: idea y producción, vive a caballo entre su Écija natal y París, donde trabaja para la PDP Gallery. Formó parte de la decimotercera promoción de la Fundación Antonio Gala y, a pesar de su juventud, colecciona becas y premios en concursos de pintura por toda España y en el extranjero, desde el Sáhara a la India pasando por Argel o Grecia.

Ahora prepara para marzo una exposición en el Museo Municipal de Écija, que para ella tiene algo de idea romántica, de volver al lugar de origen con un repaso a su obra más reciente, una búsqueda de la memoria y la piel a través del color.

La pintura de Virginia Bersabé es una continua investigación del color para narrar historias. Sobre todo los de mujeres mayores, ancianas, a las que la joven artista pinta desnudas o semidesnudas, buscando en los tonos de la piel la memoria, el pasado y el presente de las modelos.

Por eso en sus retratos no se reconoce el rostro de las mujeres pintadas, para que la mirada del espectador busque en zonas que por lo general son olvidadas.

A Bersabé la interesa sobre todo indagar en el color para indagar en la memoria y, por qué no, también en la pérdida de esta. Desde 2011 lleva la joven ecijana buscando la memoria de esas ancianas desnudas en los efectos cromáticos que le fascinan. Pero no acierta a decir cómo empezó a pintar esos retratos, «porque yo los llamo retratos, aunque no aparezca una mirada o una cara», dice. «Acaban siendo un retrato físico, corporal, de una presencia, de una persona».

Sus retratos de abuelas desnudas empezaron sin proponérselo. «Mi abuela pasaba mucho tiempo en casa por problemas familiares, mi madre estaba en el hospital con mi padre y mi abuela pasó a ser mi madre», relata con naturalidad. «Yo estoy entonces empezando ya con mis investigaciones pictóricas más serias y comienzo a pintarla a ella, a mi abuela, imagino que porque era un pilar fuerte en casa, y porque mi familia es muy matriarcal también».

De pintar a su abuela –primero vestida– empieza a tratar a las amigas de esta y a conocerlas y también a pintarlas. «Y mi abuela se va desnudando y empiezo a entrar de lleno en la piel y en la mujer», señala Bersabé, que reflexiona mucho sobre la importancia, la búsqueda del color. «Soy muy escrupulosa con el color, igual que un literato con las palabras», dice de forma gráfica. A eso suma sus viajes al Sáhara, a Argelia, a Marruecos, a Creta, a la India –dos veces– que le permiten «conocer muchas pieles, muchas huellas en esas pieles y muchas pieles de diferentes lugares».

«Como pintora me apasiona el color y se unen las dos cosas: lo que es la piel, la memoria de esa mujer y el color que es mi obsesión absoluta; y uno esa geografía y esa historia con esa mujer. Empiezo a descubrir otras cosas, otros colores, otros aromas, las mismas mujeres con los mismos problemas, cómo la misma memoria sigue quedando reflejada en la piel, pero el color y la zona geográfica es muy diferente», relata.

Con 26 años y sus abuelas se fue a París. Y en París ¿qué pinta la ecijana Virginia Bersabé? «Llegué porque la PDP Gallery quería ampliar plantilla y un compañero muy amigo de la facultad llevaba varios años trabajando con ellos y siguiendo mi trabajo y me contrataron», resume, «y pinto lo mismo que aquí, porque lo bueno con ellos es que me dan absoluta vía libre, así que... abuelas para adelante», ríe.

Dicen los expertos que Virginia Bersabé es una de las artistas emergentes más importantes. Ella prefiere dejar esos juicios a los críticos y centrarse en su obra, a la que siempre llama trabajo. Da por cerrada su última colección, Manojo de recuerdos, y anda metida de cabeza en la nueva, Mirada al sur. El título lo ha sacado de los poemas de Aurelio Arturo, un poeta colombiano al que ahora está leyendo. Empezó con Almas de cántaro, una «expresión muy típica» con la que ya daba a conocer sus retratos de abuelas. Y la expresión de manojo le atraía «porque es lo que cabe en la mano, lo que te llevas, al fin y al cabo».

Las almas y los recuerdos, la memoria, están muy presentes en su producción pictórica, igual que la continua investigación sobre el color. Indagando sobre uno y sobre otras surgió el trabajo de la joven pintora ecijana en cortijos abandonados, en los que pinta los rostros y las cabezas de sus mujeres. «No sabría decirte por qué llegué a eso, la idea me viene de forma muy natural», medita. Y explica que, con 17 años, hizo un curso de grafiti y las prácticas la llevaron del estudio al campo y a unir sus retratos de abuelas a esa «arquitectura efímera, decadente, que asocié con mis mujeres». Quizá porque ellas estaban perdiendo la memoria y los cortijos no tenían ya tejado, lo que se presta a la metáfora pictórica.

A Virginia Bersabé le quedan muchos años en la pintura. Ella tiene claro que es lo suyo. Le apasiona. «No me veo en otra a pesar de lo duro que es, de las dificultades, de la inestabilidad... Tienes que sacrificar muchas cosas, es una carrera de fondo muy compleja. No es fácil, pero ¿qué no es difícil en la vida?», concluye.


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