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'La Pasión'

Aquella sonrisa limpia

No he conocido jamás una sonrisa más limpia que la de mi padre cuando hablaba de Curro Romero. Pero mi padre lloraba cuando hablaba de Curro, «su Curro»

07 may 2017 / 11:06 h - Actualizado: 07 may 2017 / 11:09 h.
  • Aquella sonrisa limpia

Recuerdo la cara del hombre que me engendró como si la tuviera delante ahora mismo, aquí, cerca de mi corazón y de mi plaza de la Maestranza. Mirándome, haciéndome partícipe de su religión currista, explicando una y otra vez los andares del faraón, sus medias verónicas, aquellos naturales tan lentos, los paseíllos. Y hablaba de parar los relojes y se le saltaban las lágrimas. Mi padre lloraba cuando hablaba de Curro Romero. Le dolían las tardes aquellas de cruz en la moneda, saltaba por los aires cuando el toro le metía la cara a Romero y después saboreaba en su paladar tres o cuatro días de sueños y muletazos dibujados por él mismo explicándole a sus amigos éste o aquel instante. No he conocido jamás una sonrisa más limpia que la de mi padre cuando hablaba de Curro Romero.

Le estoy recordando ahora mismo, justo cuando llego caminando a la plaza de toros que tanto amaba. Y me parece verlo. Entre sus manos, aquellos abonos de los toros de principios de los años ochenta. Eran cartones taladrados por los bocados de la esperanza, dentelladas de Puerta del Príncipe a las seis de la tarde que agonizaban en el hormigón ardiendo en el que descansaba la almohadilla de la Cruz Roja Española. Se arreglaba como si fuera a la más importante de las liturgias. Para él lo era. Toreaba Curro, y eso en casa fue siempre sagrado. A mi padre se le notaba varios días antes.

Nunca decía que iba a los toros. Él decía que iba a ver a Curro. No le escuché nunca, o casi nunca, la palabra Romero. Siempre decía Curro y lo convertía a menudo en posesivo. Hablaba de «mi Curro».

Lo defendía con uñas y dientes, con auténtico fervor, con una pasión que yo comprendía. Alguien que le hacía ser tan feliz merecía ser custodiado, mimado. Para la persona que me enseñó a querer con el alma esta fiesta grande, el intérprete más personal del toreo era un referente ético y moral, estético y artístico.

Era Curro, para mi padre, la chimenea con leña ardiendo en la que clavaba los ojos, el horizonte del mar del que no podía apartar la mirada. Era atrayente, envolvente, definitivo. Por eso aquella noche del adiós en La Algaba –cuando recé- le conté a mi padre que todo había terminado. Y le sentí llorar.

Hoy me ha tocado a mí. Al pasar por el monumento a Curro, junto a la plaza más hermosa del mundo, me he acordado de aquel hombre que, cuando hablaba del faraón, tenía la sonrisa más limpia que he visto jamás. Y he sentido su repeluco viendo el desplante. Y he notado en el pecho cuánto quiero a Curro, cuánto le respeto... y lo bien que comprendo que las cosas grandes descansan en los pequeños pellizcos, en los pequeños destellos, en los instantes. La fortuna reside en la capacidad de sentir y conocer esos secretos, el arte, la magia. Me comprende bien quien, como yo, practica el currismo. Yo sé que, ahora mismo, está sonriendo mi padre en el cielo.


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