domingo, 23 julio 2017
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«Autoridades: tómense al fin en serio el teatro dentro del sistema educativo»

Presidenta de la Asociación Española Te Veo. Con sus espectáculos fascina y educa por igual. Organiza unas jornadas sobre el potencial de las artes escénicas dentro de la Educación

19 mar 2017 / 09:11 h - Actualizado: 19 mar 2017 / 12:02 h.
  • Pepa Muriel, en el Teatro Duque, sede de La Imperdible y Escenoteca. / Jesús Barrera
    Pepa Muriel, en el Teatro Duque, sede de La Imperdible y Escenoteca. / Jesús Barrera

“Siempre he querido unir la Educación y el Arte. Por eso decidí hacer tanto la carrera de Magisterio como la de Arte Dramático. Y desde Escenoteca intento siempre llevarlo a la práctica”. Así es Pepa Muriel, la directora, autora y actriz teatral más conocida por los niños de Sevilla. Elegida como la actual presidenta de la Asociación Española Te-Veo de Teatro para niños y jóvenes, fundada en 1996. Ha organizado en el Teatro Alameda, del 27 al 29 de marzo, las XI Jornadas de Reflexión de dicho colectivo, que agrupa a 46 compañías españolas, de todas las comunidades autónomas. Un encuentro también planificado para que lo aprovechen numerosos educadores tanto del sistema escolar como de entidades sociales.

Pepa Muriel nació en Lepe hace 52 años. Su padre era panadero, su madre ama de casa criando a los tres hijos. “Estudié en Lepe hasta que me enviaron a Sevilla para hacer el COU en el Instituto Velázquez y ya me asenté en la ciudad. Fui una niña a la que le encantaba subir con mis amigas del pueblo al ‘doblao’, el lugar de la casa donde se guardaban las cosas viejas, y jugábamos a hacer teatros”. Reside en Valencina, es madre de dos hijos de 18 y 14 años, respectivamente. Su pareja es José María Roca, fundador de La Imperdible como sala y como compañía teatral, en ambas vertientes uno de los hitos de la vida cultural sevillana desde los años ochenta. Sufriendo desde hace años un kafkiano embrollo político y administrativo que les ha impedido erigir su nueva sede en una parcela concedida a tal fin junto al río, en el Paseo Juan Carlos I (Torneo).

Traslade a los lectores al escenario de la Sevilla de los años ochenta, cuando comenzó su aventura escénica.

Fui alumna de la última promoción del Instituto del Teatro que la Diputación promovió en el Cortijo del Cuarto, en Bellavista, antes de trasladarse a la calle San Luis. Muchos compañeros de aquella promoción son magníficos profesionales del teatro, el cine, la danza: Julio Fraga, Manolo Solo, Belén Lario, entre otros muchos, con profesores como Roberto Quintana, Mariana Cordero, Pedro Álvarez-Ossorio,... Una etapa vivida a tope, con el entusiasmo propio de la juventud. Acudiendo a muchos espectáculos, quedando para ver exposiciones... Muchas veces nos citábamos en los bares de la calle Pérez Galdós, junto a la Alfalfa, y podíamos estar horas hablando y preparando las escenas del día siguiente en clase, y comentando qué íbamos a ser de mayores... Muchos tenían como meta ir a Madrid, a mí esa opción nunca me fascinó.

En los inicios de su carrera, ¿cuáles eran sus referentes para ser creadora e intérprete?

Me gustaba el tema del performance, como las que hacía la artista Marina Abramovic. Y me encantaba lo que escribía Ana María Matute, sus cuentos generaban en mi cabeza mundos imaginarios, eran los motores para las cosas que yo hacía. En el Instituto del Teatro, en las clases de danza prefería inventarme mis coreografías a bailar bien. Me interesaba más la creación de autor que hacer teatro clásico. Me atraía más la gente rompedora, como lo fue Nuria Espert, como lo fue Salvador Távora. Y, en mis inicios, lo que más trabajábamos eran los espectáculos de pequeño formato y muy corta duración.

¿Cuál fue su primera gran experiencia como actriz?

En 1989, cuando acabé en el Instituto del Teatro, entré en La Imperdible para hacer una sustitución a Gema López, una de las fundadoras y directoras de la compañía. Necesitaban una actriz porque se iban de gira con Bestiario a América Latina: Brasil, Chile y Uruguay. Para mí fue doblemente emocionante: antes nunca me había subido a un avión, y era mi debut, además en un espectáculo muy bueno. Cuando retornamos, ya descubrí que la profesión teatral casi siempre se lleva a cabo en pequeñas salas y con pocos espectadores.

Imagino que tiene nostalgia de sus vivencias en la ya desaparecida Sala La Imperdible, en un antiguo corralón de la Plaza San Antonio de Padua.

El mérito fue de muchas personas que allí se implicaron a lo largo de los años. Fue una etapa hermosa y emocionante. La Imperdible aglutinó buena parte de la ‘movida’ cultural de Sevilla, sobre todo en los años ochenta y noventa. Se integró en el barrio de San Lorenzo. Logró ser lo que faltaba en la ciudad: una sala estable de teatro, con programación nacional e internacional, y la sede de la compañía y de sus producciones, con un gran espacio escénico en el que probar y ensayar con potentes escenografías. Dando cabida además a las propuestas de muchas personas. Aprendimos a hacer de todo para resolver las mil y una incidencias de un lugar que se fue acondicionando con mucho esfuerzo e inventiva. Y en el que arrancaron para Sevilla hitos como el Mes de Danza, que nació como programación de La Imperdible, y después María González lo desarrolló. O el gusto por el microteatro, que se hacía todos los fines de semana en la librería-bar, y que tuvo su apogeo con las ‘Acciones por Horas’ en 1994 y 1995: convocatoria en la que artistas de todo tipo se buscaban un hueco en el patio, en la oficina, en el baño, etc., y montaban acciones insólitas de 10 o 15 minutos, englobadas como un recorrido que el público hacía durante hora y media.

¿Cómo surge en su fuero interno la necesidad de fundar Escenoteca?

Veía que La Imperdible, como sala, necesitaba hacer programación infantil para que los niños tuvieran acceso a un espacio escénico. Y todos los fines de semana. Antes yo había empezado, porque me gustaba mucho la narración oral, a trabajarla en colegios, bibliotecas y otros lugares. Cada historia que narraba, basada en cuentos, la iba engrandeciendo hasta convertirla en espectáculo. Y así empecé a realizarlos y programarlos en la sala. Me apetecía mucho no ser solo actriz sino hacer creaciones propias, que entroncan con todo lo que llevo dentro como persona. Me interesa mucho demostrar que la narración oral, en pleno siglo XXI, es una herramienta maravillosa para trabajar con los niños y los adolescentes.

¿Cuál fue el primer espectáculo?

El secreto del color, en 2004. Era una historia muy naïf, el color blanco se enfada porque nadie le presta atención y siempre se le utiliza para cosas que la gente no quiere. Se vuelve malo, roba todos los colores, deja el mundo en blanco... Se vincula al prisma de los colores, en el blanco están todos los colores. Con muy poco texto, con mucha música y con mucha imagen, se iban mezclando las imágenes y los colores, y los niños iban viendo cómo, al mezclarse, los colores daban lugar a otros personajes.

¿Aprendió rápido a captar cómo era la receptividad de los públicos de diferentes edades?

Sí, es fundamental tener siempre una predisposición a aprender de los niños. Desde el principio, vi claro que no debía incurrir en la inercia de tratarlos rutinariamente, y que su experiencia en el teatro no podía ser lo mismo que bajarse sin ton ni son, y subirse en tropel, del autobús donde hacen su excursión escolar y los ‘sueltan’. Decidí arriesgarme y, cuando llegaban, los tumbaba a todos en el escenario antes de empezar el espectáculo. Los ponía mirando a los focos, al techo. Les iba creando la sensación de que era un lugar especial que ellos podían pisar, descubrir, hacer suyo, preguntar. Y que aprendieran a pararse, a respirar, a saber dónde están. Y les decía: “Ahora el técnico va a encender esas luces y se va a hacer de noche... Y ahora se va a hacer de día...”. Todo eso y mucho más lo veían desde el escenario, y les asombra. Entendí que debía hacerles sentir que son el público del presente, no el del futuro.

¿La reconocen y la saludan si se la encuentran por la calle?

Muchas veces. Mi personaje principal se puso de nombre artístico Titania, como la reina de las hadas de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Con ese nombre me identifica mucha gente. También con el de la Cebra Camila. Me paran y me saludan tanto niños como padres.

¿Dónde ha vivido las actuaciones con mayor implicación de los adultos con sus hijos?

En Sevilla, sin duda en el Parque del Alamillo, estuve siete años haciendo todos los martes de la temporada estival el ciclo Cuentos de una noche de verano. Cada martes con un espectáculo distinto, inspirado en un eje temático: los poetas andaluces, o los paisajes, etc. Era un llenazo cada martes, unas 200 personas sentadas allí con sus neveras, en un ambiente donde yo propiciaba la participación. Idear uno distinto para cada semana me enseñó a agilizar mucho los procesos creativos. Fue duro como creadora, pero esas noches con el público eran maravillosas. Allí me descubrieron muchas familias que se han convertido en espectadoras asiduas a mis funciones en un teatro.

Fuera del teatro, ¿mantiene a los niños la ilusión de que usted es el personaje, o les dice que se llama Pepa Muriel?

Siempre que hago una actuación, me voy a la salida para saludar uno a por uno a todos los escolares. Lo habitual es que mantenga la fantasía. Los niños tienen necesidad de magia, que es muy diferente a engañarlos. Ellos necesitan, por su edad, seguir creyendo que la luna, cuando desaparece del escenario, se va al cielo, y no se dan cuenta de que es un video. O se dan cuenta de que es un video, pero a la vez piensan que es mágica. A esas edades es maravilloso, tienen conciencia de que las cosas son de mentira pero a la vez se las están creyendo.

Usted puede ser considerada la primera Reina Maga de Sevilla, sin que le hayan ofrecido encabezar una cabalgata. ¿Es emulada por muchos docentes que han visto sus espectáculos y su relación con los niños?

Me siguen sobre todo muchas maestras de Infantil. Algunas me han pedido permiso para utilizar en los colegios las fórmulas que yo escenifico para contar cuentos, por supuesto acepto. Tengo un gran libro vacío por dentro. Con los niños juego a ver, en ese libro vacío, qué puede haber. Para abrirlo, uso unas palabras rituales: “luz, sol y viento, que se abra este cuento”. Y cuando terminamos la función: “luz, sol y viento, que se cierre este cuento”. Esta fórmula sirve de pretexto para contar cualquier historia, hay un montón de maestras que lo utilizan en sus clases con sus alumnos.

¿Alguna otra fórmula que se haya popularizado?

También aplican la manera de acabar la experiencia mediante una relajación, y dándole un regalo a cada niño. Aunque sea una pequeña piedra, o una hoja de árbol, a modo de objeto simbólico que une lo que el niño ha vivido en el escenario con lo que él se queda en el recuerdo. Para los adultos puede parecer una tontería, pero sé por muchos padres que ahora sus hijos son adolescentes de 14 años, e incluso de 18 años, y todavía tienen en el cajón de su mesita de noche la piedra que les di en el cuento del dragón. Y no la tiran porque para ellos tiene el valor constante de una experiencia significativa.

Para dar respuesta a la espontaneidad de los niños, imagino que habrá ejercitado una gran capacidad de improvisación.

Para mí, es lo más performático: arriesgarte a que te pueda salir mal. Mi gran objetivo no es el preciosismo artístico sino poner mi emoción en contacto con la emoción de quien está enfrente.

Qué niño no se lo pasa bien si lo invitas a subir a un escenario a jugar contigo. Por ejemplo, cuando hago de Blancanieves, y el personaje se siente aburrida de estar en ese cuento, y a los siete niños que he vestido con camisones largos, les digo: “Vamos a escaparnos de este cuento. ¿Adónde nos vamos?”. Y, en cada ocasión, con siete niños estás creando algo nuevo que no puedes ensayar. Cada niño es como es, y tienes que lograr también mantener el interés en el público que observa lo que ocurre. Siempre sale bien porque hay mucha verdad en esa manera de hacer las cosas.

¿Con qué espectáculo ha vivido la experiencia más entrañable?

Con el cuento del Atrapasueños, que elaboré a partir de la tradición oral americana. Para la puesta en escena, hice unas camitas, y los niños se acostaban en ellas. Un día, por correo electrónico, me llegó el mensaje de una mujer que me pedía, por favor, si yo tenía grabado en video el espectáculo y se lo podía enviar. Porque su hijo tenía problemas para dormir y quería que su madre le contara ese cuento todas las noches, el que me vieron representar en el Alamillo. Y la madre se lo contaba pero no se acordaba bien del texto. Y el niño se enfadaba porque decía que así no era. Yo no lo tenía grabado. La llamé, y esa madre me contó los graves problemas familiares que sufrían. Decidí ofrecerme a ir a su casa y contarle el cuento a su hijo. Me dio su dirección, en un barrio de Sevilla, y lo hice, junto al niño se sentaron su hermana, su madre y su abuela. Se sintió muy feliz de tener en casa a Titania. Ya han pasado años de aquello, sé que duerme mucho mejor. He vivido innumerables anécdotas, pero ésta es la que me llegó más hondo.

En ciudades como Sevilla, ¿los padres que llevan a sus hijos a vivir experiencias de teatro infantil, son sobre todo personas con alto nivel educativo, o sobre todo bien informadas sobre la oferta cultural?

Suelen ser padres con hábitos culturales, quieren introducir a sus hijos en eso. En el Alamillo capté a un público de familias de renta modesta, de las que se va al parque en las noches de verano a pasarlas al fresco. Y allí se enteraban de que existe La Imperdible y en invierno podían ir a verme al teatro. Lo que más noto es la escasez de vasos comunicantes con la sociedad para que toda la población esté bien informada. Muchas familias no van a espectáculos como el mío, y el de otras compañías en Sevilla, porque no saben que existimos. El precio de las entradas (5 euros para niños, 10 para adultos) no es la barrera. Porque se gastan en ocio más dinero cada sábado que deciden pasarlo casi entero en un centro comercial, además de hacer la compra, y comer o cenar. Por eso no conocen los teatros. En cambio, quienes nos descubren, disfrutan y repiten. Habrá que emular a Sao Paulo (Brasil), donde es obligatorio que en cada centro comercial haya un teatro. Conectemos con el público en el ágora de hoy, que son las grandes superficies comerciales, y llevemos allí la cultura.

¿Cuáles son los principales objetivos que se plantean alcanzar en las jornadas que celebrarán en el Teatro Alameda del 27 al 29 de este mes de marzo?

El primero lo estamos consiguiendo: incrementar el número de personas que se inscriban para aprovecharlas, y ya hay más de 100, muchas de ellas son de centros educativos y de entidades sociales de Sevilla y alrededores. Las jornadas van a tener como eje presentar siete propuestas de éxito a la hora de materializar el valor incalculable que las artes escénicas tienen en la educación de los niños y los adolescentes. Se sabe que es una formidable herramienta para ayudarles en su crecimiento personal, pero se tiende a mantener el arte y la cultura como el florero de la Educación.

Queremos demostrar cómo las pueden utilizar los profesores, y cómo también puede conveniarse la participación de artistas en las aulas para trabajar junto a ellos en el desarrollo de los alumnos. Queremos decirles a las autoridades educativas y culturales, tanto nacionales como andaluzas: “Por favor, de una vez por todas, tómense esto en serio”.

Indique un ejemplo.

Un niño puede ejercitar y aprender matemáticas haciendo danza. Puede conocer la Historia a través de los cuentos. Puede socializarse mejor y saber hablar en público gracias a hacer teatro. Los ejemplos son numerosísimos. Si se sabe que es tan beneficioso, ¿por qué no se hace? ¿Es solo por dejadez?

Con los niños se hacen muchas más actividades culturales que con los adolescentes, por lo que la siembra en etapa infantil se marchita y desaprovecha cuando aspiran a forjar su personalidad y emanciparse.

Por eso, en la jornada inaugural, vamos a exponer el espectáculo que protagonizan dos adolescentes navarros que forman parte de Atikus Teatro, se titula Maravilla en el país de las miserias, es una versión de Alicia en el país de las maravillas trasladada a un lugar en guerra, que podría ser Siria. Y, cuando termina la función, se sientan al borde del escenario y le dicen al público con total desparpajo: “Preguntar lo que queráis, aquí estamos para responderos”. Lo hacen todo con tal pasión, y tan de veras, que saben enganchar a los adolescentes y a los adultos.

¿Qué semillas puede aportar al ámbito educativo y cultural de Sevilla este simposio de la asociación nacional que usted preside?

Muchos educadores van a conocer experiencias estupendas que pueden tener en cuenta para los ámbitos donde trabajan. Por ejemplo, cómo se está trabajando con niños gitanos, tanto en Sevilla como en Marsella. O, por otro lado, lo que está logrando la Asociación HazTuAcción en los institutos de Secundaria de Dos Hermanas, trabajando con los adolescentes para prevenir la violencia de género. Los chicos y chicas hacen pequeñas escenas de teatro psicoescénico, con el fin de trabajar mucho con ellos las emociones.

¿La inteligencia emocional es lo que menos se educa tanto en los hogares como en las aulas?

Seamos conscientes de que un buen número de adolescentes va al instituto sin importarles las asignaturas. Lo que les importa es lo que está sucediendo en su familia, o sus propios problemas personales. Y las autoridades educativas deberían entender que los profesionales de las artes escénicas pueden ayudar en los colegios e institutos a la labor de mediación para canalizar sus preocupaciones, y para estimular su creatividad como baza que les permite afrontar bien tanto los estudios de su curso escolar como otras cuestiones que les agobian. Y en el teatro, en la música, en toda la cultura, tienen muchas referencias y muchas respuestas para fortalecerse, para conocerse mejor, para encauzar su propio rumbo. Por eso es tan perjudicial que se les quite y se les niegue el derecho a la cultura.

¿Qué tiene marcado en su agenda de proyectos para los próximos meses?

Intentar ir a Brasil, me han invitado en un festival de Sao Paulo para realizar talleres en los que explique cómo trabajo con los niños en mis espectáculos. Y quiero presentar este verano en Sevilla una iniciativa de teatro para niños por las noches.

A su juicio, ¿cómo ve la evolución de Sevilla y de la sociedad sevillana?

Es una ciudad más abierta. Me preocupa la obsesión por hacer de Sevilla una ciudad sobre todo turística y al servicio del turismo. ¿Realmente eso deja dinero a toda la ciudad o solo a unas pocas personas? No solo de bares vive el espíritu humano. No se está apostando por potenciar la cultura de los ciudadanos, que es una siembra a largo plazo. Y no me refiero al ‘pelotazo cultural’: el gran concierto, la gran estrella, la gran exposición. Sino a lo más importante, que no se consigue con esos grandes eventos sino con la labor del día a día: que todos los ciudadanos tengan conocimientos culturales, acceso a la cultura, relación con la cultura, experiencias de creación cultural.


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