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Bienvenidos a un palacio habitado

Casa de Salinas. En el corazón del barrio de Santa Cruz se alza esta casa construida en el siglo XVI y que es hoy un hogar visitable

12 feb 2018 / 21:45 h - Actualizado: 13 feb 2018 / 09:01 h.
  • Dos visitantes contemplan el patio principal de la Casa de Salinas. / El Correo
    Dos visitantes contemplan el patio principal de la Casa de Salinas. / El Correo
  • Uno de los patios ajardinados que se encuentran en el interior de esta casa palacio. / Manuel Gómez
    Uno de los patios ajardinados que se encuentran en el interior de esta casa palacio. / Manuel Gómez
  • Sala de lectura. / El Correo
    Sala de lectura. / El Correo
  • Vista parcial de una de las salas de estar presidida por un cuadro de Francisco Pachecho. / Manuel Gómez
    Vista parcial de una de las salas de estar presidida por un cuadro de Francisco Pachecho. / Manuel Gómez
  • Fachada principal de la Casa de Salinas en la calle Mateos Gago. / Manuel Gómez
    Fachada principal de la Casa de Salinas en la calle Mateos Gago. / Manuel Gómez
  • Detalle del mosaico báquico del siglo XX. / Manuel Gómez
    Detalle del mosaico báquico del siglo XX. / Manuel Gómez

Un rótulo con dos indicaciones aparentemente contradictorias recibe al visitante en el número 39 de la calle Mateos Gago: ‘Casa Privada. Bienvenidos’. «Es esa la filosofía que queremos transmitir, que esto no es un decorado de postal, aquí no hay nada artificial, esta es mi casa», dice su propietario, Cristian Salinas. Su hogar es uno de los cuatro que ha entrado a formar parte de Sevilla Walking Route, una iniciativa que pretende revalorizar el conocimiento de cuatro casas-palacio sevillanas.

Seguramente la menos popular sea esta, la de Salinas. Porque, al contrario que sucede con las otras (Dueñas, Caridad, Pilatos), sus moradores nunca han sido del interés de los fotógrafos del papel couché. «Eso es una alegría, siempre hay quien entra aquí y pregunta por los dueños, pero no somos conocidos por nadie», dice a escasos centímetros de distancia de un imponente mosaico báquico del siglo II que corona uno de los patios de esta fastuosa edificación sevillana. «Buscamos atraer a turistas y locales culturalmente inquietos, personas que miran con sana curiosidad las fachadas de las grandes casas del centro de esta ciudad. A ellos le abrimos de par en par la nuestra», asegura.

Tanto es así que son muchos los visitantes que dejan anotado en el libro de visitas de la casa su sorpresa al ver a la familia conversando en la sobremesa en el patio porticado principal. «Nos gusta dar esa imagen de naturalidad; no hay nada de ostentación por nuestra parte, simplemente tenemos la suerte de que nuestros antepasados adquirieron esta casa», dice desmitificador Cristian Salinas, quien nunca ha vivido en otra residencia, ni tampoco piensa hacerlo: «Jamás, no hay un lugar mejor», dice.

La hoy Casa de Salinas se alzó en el siglo XVI al amparo y gracias a las riquezas traídas del Nuevo Mundo y que por aquí tenían que pasar. Baltasar Jaén, perteneciente a uno de los linajes más nobles de Sevilla, fue el primer propietario y fundador de mayorazgo propio. En la década de los 30 del siglo XX la casa pasó a ser propiedad de la familia Salinas, que la sometió a un minucioso proceso de restauración para devolverle su aspecto original, que había sido alterado en parte con intervenciones realizadas a lo largo de sus 400 años de historia. «Antes de que llegáramos nosotros este lugar fue también colegio y teatro. Y durante décadas toda mi familia se dedicó a restaurar y cuidar este lugar», reconoce su morador.

«Es una casa que nos permite jugar mucho con el misterio porque su fachada encalada no da idea de lo que se va a encontrar quien cruce el umbral», reflexiona. Pero misterio también hay, por ejemplo, en la extravagante construcción de los arcos del patio principal, todos ellos distintos «a propósito», lográndose así «un enorme sentido de la profundidad». En cuanto a leyendas, muchas y extendidas a lo largo de los siglos. Desde el supuesto enterramiento en la casa de los restos del pintor Murillo –que fue vecino de la zona y asistía a los cultos de la vecina Parroquia de Santa Cruz– a las intervenciones y rituales masónicos que se hicieron en ella durante mucho tiempo y que la «llenaron de agujeros buscando cosas extrañas...» «Pero nada más, es evidente que de noche su aspecto cambia, y puede ser inquietante, pero por ahora los fantasmas, si los hay, han sido esquivos», ironiza Cristian Salinas.

«Es divertidísimo que la gente entre en mi casa, cruzarme con caras nuevas todos los días y conocer personas que llegan desde todos los rincones del planeta», dice. Uno de los últimos aterrizó en Salinas desde la Isla Norfolk, un territorio australiano en medio del océano Pacífico. «Buscamos ese turismo cultural de calidad, beneficioso para nosotros y también para la ciudad».

Todo en este hogar –que no es cualquier hogar, por mucho que sus habitantes se empeñen en barnizarlo con un halo de modestia– tiene aires de magnificencia. El artesonado policromado, la sorprendente vidriera del siglo XX del taller de Pickman, los salones de lectura románticos, las fuentes andaluzas o el cuadro de Francisco Pacheco, maestro y suegro de Velázquez, que corona la sala de estar, captan nuestra atención y hacen disparar el objetivo. «Sí, sí... pero mira –dice Salinas– abriendo un armario». Aparece entonces un televisor de pantalla plana y un puñado de revistas actuales. «Es nuestra casa, no hay trampa ni cartón, esto no es un decorado», insiste poniendo en valor una de las peculiaridades que más llaman la atención de los visitantes.

Las guías que enseñan el lugar –en el que también se realizan eventos de empresa– tienen que responder a un número de preguntas y cotilleos que ya van camino de convertirse en tópicos. ¿Cuánto cuesta esta casa? –«es incalculable»–, ¿quiénes son sus dueños?, ¿a qué se dedican?, ¿cuántos cuartos de baño hay?, ¿qué es lo más valioso que hay en su interior? Son algunas de ellas.

A pesar de los siglos que la contemplan, Salinas es hoy una casa que pareciera construida ayer mismo con el oficio del pasado. «Tener visitas te obliga a ser muy exigente con los cuidados», afirma. Por eso quizá los leones apotropaicos que ejercen como gárgolas y que mantienen la casa alejada de los malos espíritus según la creencia antigua se asoman en los tejados como si hubieran sido cincelados hoy. «Una casa como esta, levantada en 1565, define la personalidad de Sevilla. Se hizo en un momento de puro Renacimiento, cuando Híspalis era Nova Roma, el centro del mundo. Hoy día en Sevilla podrían existir muchos hogares como este, pero ha habido familias que decidieron desahacerse de ellas vendiéndolas a grupos hoteleros que han desfigurado por completo la razón de ser de estas construcciones», lamenta Cristian Salinas, quien se despide en la puerta de su casa, junto a una lámina con un dibujo en el que se retrata una fiesta de Alfonso XII en esta casa en el año 1909. En el interior también dejamos atrás un lienzo abstracto del pintor contemporáneo Manuel Salinas, miembro de la familia. Generaciones y generaciones cosidas por el fervor a unos muros que custodian una casa palacio privada, habitada y que, sin embargo, les da la bienvenida.

ABIERTA (CASI) DE PAR EN PAR TODO EL AÑO

La visita, salvo durante la celebración de eventos privados, es de lunes a viernes, incluidos festivos. El horario del 16 de Octubre al 14 de Junio es de 10.00 a 18.00 horas; en verano, solo de 10.00 a 14.00 horas. El recorrido –guiado– puede realizarse en español y en inglés y dura aproximadamente 30 minutos. El precio de la entrada es de seis euros, tres para los menores de 11 años. La Casa de Salinas forma parte de Sevilla Walking Route; por lo que en ella se puede adquirir un pasaporte que permitirá acceder con descuentos al resto de lugares que, asociados, forman parte de esta iniciativa.


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