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Buscando a Sorolla acabé bailando swing

Rutas sin fin. La Noche en Blanco en Sevilla es así: uno hace sus planes, pero al final la vida y el azar te llevan donde menos lo esperas

07 oct 2017 / 08:03 h - Actualizado: 15 oct 2016 / 09:18 h.
  • Buscando a Sorolla acabé bailando swing
  • Público visitante al teatro Lope de Vega, en la Noche en Blanco 2017. / Jesús Barrera
    Público visitante al teatro Lope de Vega, en la Noche en Blanco 2017. / Jesús Barrera
  • La biblioteca Infanta Elena. / Manuel Gómez
    La biblioteca Infanta Elena. / Manuel Gómez
  • La Fundación Valentín de Madariaga. / Manuel Gómez
    La Fundación Valentín de Madariaga. / Manuel Gómez
  • Moda en la Fundación Valentín de Madariaga. / Manuel Gómez
    Moda en la Fundación Valentín de Madariaga. / Manuel Gómez

{Miguel, Isa y Piluca tenían planeado visitar San Luis de los Franceses, hasta que vieron la cola que llegaba hasta el Pumarejo, y se lo pensaron dos veces. Decidieron entonces apuntarse a una de esas famosas rutas de Sevilla de Cine que, por tres módicos euros y en dos horas, te enseñan la historia del celuloide de Buñuel a Los Compadres sin salir del centro hispalense, pero también estaba todo agotado.

Sus pasos al azar los condujeron hasta la Alameda, se asomaron a Santa Clara justo cuando una violocelista brindaba las últimas notas de un breve recital junto a la torre de Don Fadrique, y siguieron hasta la Casa de las Sirenas, donde se inauguraba una exposición de artistas italianos titulada Mientras la barca aguante, y se brindaba con vino blanco y tinto patrocinado por la marca Tamburino Sardo.

Con un sorbo de esta bebida alentadora discutieron sobre el próximo destino cuando unas voces angelicales procedentes de la propia Casa de las Sirenas les ayudaron a decantarse: eran los jóvenes actores y cantantes de la compañía La Barbarie con su versión de Los Miserables, que anoche hizo tres pases en la Alameda. «La gente que es fan canta las canciones con nosotros, y los que no lo disfrutan igual», les aseguraron Ana y Carmen, dos de las chicas del reparto. Y allá se lanzaron: Miguel, Isa y Piluca son de los que se saben del Soliloquio de Valjean a La canción del pueblo sin errar una nota.

La Noche en Blanco es así: uno se estudia el programa hace sus planes, y luego la vida te lleva adonde menos lo esperas, aunque sabes que todo será bueno. Que se lo pregunten si no a Jaime, que erró por unas docenas de metros su orientación y se detuvo ante la sede del Ballet Flamenco de Andalucía preguntando si era allí donde daban Los Miserables. «No, aquí es una cosa de flamenco», dijo el empleado de turno señalando la marquesina luminosa del Ballet. «¿Quién actúa?», pregunta el curioso. «Ángel Silverio», responde aquél. Y Jaime dice que jamás ha oído hablar ese hombre, pero que vamos allá. Y sin esperarlo, cambió a Victor Hugo y Schönberg por el misterioso bailaor, surgido de una lectura un tanto apresurada del espectáculo Aquel Silverio. Salió encantado nuestro Jaime, por cierto, y tuvo que hacer cola apenas unos minutos, porque la entrada no estaba demasiado concurrida.

Noche tórrida de colas en casi todo el centro, colas para los espectáculos programados y colas, también, para comprar una pizza en la Alameda. En pleno 25 aniversario de la Expo 92, el sevillano demuestra que no ha perdido la afición a hacer cola. Y como pueblo devoto de la Semana Santa, una vez más demostró su afición a las bullas y a las carreras de una punta a otra de la ciudad –El llamador reemplazado por la programación en el móvil– para no perderse nada de la gymkana, sea un baile de swing en las Setas, una iglesia barroca abierta a deshoras o un concierto de funk.

Seguimos a Jaime en su periplo solitario huyendo de las masas y buscando el otro lado del río, donde espera encontrar menos jaleo. Le han dicho que en los Jardines Americanos hay un espectáculo de música y luces, pero al atravesar la pasarela de la Cartuja solo ve la animación propia de la botellona que se concentra bajo el puente, esa triste anti-Noche en blanco que se reedita cada fin de semana a orillas del Guadalquivir.

La calle está cortada porque se celebra un concierto de un tal Bad Bunny. El noctívago despistado entre tanto vaivén de coches y chavales con bolsas de plástico le pregunta a un municipal cómo llegar a lo de la Noche en Blanco en los Jardines. El policía duda si la Noche en Blanco es hoy o mañana, pero en todo caso le indica por dónde puede bajar, con cuidado claro está de no tropezar con las bolsas de hielo y las botellas de licor que tapizan el muelle.

En dirección contraria se desplazan Mari Ángeles y Celia, sevillanas y muy asiduas a estos peregrinajes de la Noche en Blanco, que tras visitar la exposición dedicada a la Expo en el Pabellón de Navegación se dirigen hacia el CaixaFórum. La mole iluminada de la torre Pelli o torre Sevilla –en esto las chicas no se pusieron de acuerdo– les marca el camino hasta el espacio expositivo. «Venimos a por Sorolla», dicen como quien va de caza mayor. «Nos quedamos con las ganas de verlo en la primera gran exposición que vino a Sevilla, y esta vez no nos lo perdemos. Además, queda poco para la clausura: ahora o nunca».

Sí, hay gente así en Sevilla, por más que muchos crean que solo existen bebedores de cerveza con el codo cosido a la barra, hinchas futboleros y comentaristas del tiempo. «Qué calor más espantosa hace hoy», dice un señor que se cruza con ellas en las escaleras mecánicas, como si nos hubiera leído el pensamiento. Pero tiene razón: no menos de 25 grados debía de marcar el mercurio, lo que sumado a la humedad de la Cartuja pone a más de uno al borde de la lipotimia.

Por suerte, en el Caixafórum la afluencia de público es notable, pero, como dice Celia, «se puede estar». Una de las encargadas les comenta que en este momento –sobre las 22.00 horas– el ambiente está más tranquilo porque hay unos 250 visitantes asistiendo al espectáculo familiar El hombre cigüeña, pero ha habido momentos esta misma tarde de mucha concentración de público, «especialmente los Cara a cara o explicaciones de las obras de las exposiciones, que han tenido mucho éxito», agrega.

La muchacha afirma que Sorolla está siendo la estrella de la noche, y no miente. A su lado, la muestra de Fortuny luce menos concurrida, pero ya se sabe que en la Noche en Blanco uno viene con una idea y acaba con otra: los fans del pintor valenciano suman a esa hora 1.187 visitas según la aplicación contable del centro, pero muchos de ellos colaboran en que las visitas del catalán sean 723, que no está nada mal.

Gema, de Ciudad Real, y Blanca, extremeña, son dos estudiantes que han hecho doblete, pero se quedan con Sorolla. «Luego teníamos pensado ver un concierto en san Vicente y otras cosas en la Alameda», comenta Blanca, mientras Gema toma ávidamente imágenes de aquí y allá con la cámara de su móvil. Son la otra juventud, la antípoda de la turba botellonera, la anti-anti-Noche en Blanco. Un público que existe, y que anoche, por una vez, superó en número a los bebedores callejeros y hasta a los que solo saben hablar de fútbol. Las perdemos camino del centro, mientras queda en el aire una pregunta: ¿dónde acabarían la noche Miguel, Isa y Piluca?


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