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Buscando fuera lo que no se consigue en casa

Dejaron Sevilla en busca de una oportunidad. Algunos la encontraron y se quedaron; otros aún tratan de adaptarse

28 oct 2016 / 08:18 h - Actualizado: 29 oct 2016 / 08:00 h.
  • Aeropuerto de Sevilla. / Paco Cazalla
    Aeropuerto de Sevilla. / Paco Cazalla

Abandonar la tierra propia (casi) nunca es plato de buen agrado y la emigración, pues, resulta forzosa y obligada para muchos sevillanos que no encuentran en casa aquello que les satisface y llena, la mayoría de las veces –que no siempre– en el plano laboral. Aunque también hay quien decide poner tierra de por medio simplemente en busca de aventuras.

Sea como fuere, Esperanza, José Manuel, Inma y Carmen optaron en su momento por marcharse de la capital hispalense. Los dos primeros lo hicieron hace ya bastantes años y encontraron en sus lugares de destino –Bélgica, la primera, y Estados Unidos, el segundo– suficientes motivos para quedarse allí, donde se labraron un porvenir y donde, en suma, desarrollan sus vidas plenamente adaptados, aunque no por ello han dejado de visitar Sevilla.

Esperanza trató de construir su pequeña Sevilla en Bélgica. Junto con otras españolas bailó para no olvidar sus raíces.

En cuanto a Inma y Carmen, ambas tienen en común que abandonaron la ciudad hace unos meses, ambas rumbo al Reino Unido y ambas desesperadas ante la imposibilidad de encontrar un puesto de trabajo digno en Sevilla.

La primera, arquitecta técnica de 34 años, se fue literalmente amargada tras comprobar que no encontraba empleo alguno y con el miedo de verse con 40 años viviendo de sus padres. La segunda, enfermera y aún muy joven (23), no ha esperado tanto y ha huido para aprender el idioma mientras trabaja en una residencia.

Todos anhelan volver a casa antes o después mientras se ganan la vida fuera.

INMA ARIAS: «NO PODÍA QUEDARME SINTIÉNDOME UNA INÚTIL, NO TE LLAMAN NI PARA CARGAR CAJAS»

A sus 34 años, esta arquitecta técnica destila un gran pesimismo fruto de una trayectoria laboral llena de «trabajos patéticos, cobrando 700 euros haciendo noches y fines de semana y por supuesto más de ocho horas como delineante» intercalados con largos periodos de paro «sintiéndome una inútil porque no te llaman ni para el McDonald’s, ni para cargar cajas en el Carrefour».

En febrero tuvo su último empleo y tras meses de búsqueda sin resultado y «viendo que no había futuro», Inma Arias decidió seguir el ejemplo de una amiga que hace tres años se marchó a Londres como au pair, una experiencia antaño usada por jóvenes estudiantes para aprender inglés, y con el tiempo trabaja de delineante y cobra un sueldo que le permite vivir. Su plan es aprender bien inglés mientras trabaja de au pair, con un sueldo de 400 libras sin cotizar en la Seguridad Social aunque con comida y casa asegurada, y «a partir de mayo buscar trabajos que se adapten a mi nivel de inglés. Aquí si trabajas de limpiadora ganas mil libras».

Confiesa que se ha marchado de España «obligada» ante la «situación penosa». «Me gustaría estar aquí un añito e irme a mi casa pero sé que eso es imposible. Es muy bonito viajar con dinero y por placer, pero irte fuera porque no tienes nada es muy triste», lamenta.

Inma asegura que su «adaptación está siendo buena» por sus «ganas de avanzar» pero reconoce que «es difícil estar fuera de casa y sobre todo haciendo algo que no es que te ilusione, no estoy mal pero estoy en una casa desconocida y no es el trabajo de mi vida», subraya pese a lo cual está «intentando ser lo más feliz que puedo».

El Reino Unido se encuentra en pleno proceso de salida de la UE, lo que la convertiría en una inmigrante extracomunitaria con menos derechos y libertad de movimientos y para trabajar en función de las condiciones que se negocien para el Brexit. «Si me echan de aquí me tendré que ir pero a España no vuelvo para estar como estaba», dice. También admite cierto «miedo» al estar en una gran capital en plena oleada de atentados yihadistas y al «racismo» que empieza a aflorar en Europa pero insiste: «No podía quedarme allí esperando a que me saliera un trabajo. Me veía con 40 años con mi madre chupando del tintero».

JOSÉ MANUEL POZO: «IMAGINO QUE REGRESARÉ CUANDO ME RETIRE, EEUU NO ES UN PAÍS PARA VIEJOS»

José Manuel Pozo nació en Barcelona aunque creció en el municipio de Utrera. No esperó demasiado después de licenciarse en Filología Inglesa en la Universidad de Sevilla y se embarcó en la aventura de tratar de salir adelante en los Estados Unidos, el que llaman país de las oportunidades: «Encontré trabajo como maestro en un distrito de Texas a través de un programa de intercambio entre España y Estados Unidos», explica este sevillano que abandonó su hogar con 27 años y con unas expectativas que fueron mutando con el paso del tiempo: «Al principio pensaba estar uno o dos años, por la experiencia más que nada, y luego volverme. Pero al final mi estancia fue estirándose como un chicle y, cuando me he dado cuenta, ya llevo aquí 16 años», dice sorprendido al comprobarlo.

Chema llegó, pues, a Dallas en el inicio del siglo contratado de maestro de primaria, «y en esa profesión sigo». El proceso de adaptación a la vida en un país extraño para él no le costó demasiado esfuerzo, más bien al contrario: «Fue muy sencillo. Estados Unidos es uno de esos países donde todo es fácil. Por lo menos mientras eres joven y estas sano», recalca.

Este profesor de colegio, que mantiene a toda su familia en España, no echa de menos Sevilla, entre otras cosas porque «paso allí las Navidades y los veranos, así que no me da tiempo de extrañarla». Eso sí, pese a los más de 15 años de exilio, tiene muy claro que como la ciudad hispalense, nada: «Yo soy muy fan de la capital de Andalucía, así que siempre me parece que cualquier ciudad pierde en comparación con ella», afirma orgulloso. Lo que no le impide valorar las virtudes del que se ha convertido en su lugar de residencia: «Dallas es un rollo totalmente diferente a Sevilla, una ciudad muy nueva y con cero raíces, pero igualmente llena de entretenimientos».

Los planes de futuro de Chema Pozo no están de momento demasiado definidos, se siente cómodo con su vida actual, pero si tiene que aventurar su porvenir, afirma: «Imagino que regresaré a España cuando me retire. Estados Unidos no es un país para viejos».

CARMEN BERNABEU: «ES FRUSTRANTE TRABAJAR EN SEVILLA DE PIZZERA DESPUÉS DE CUATRO AÑOS ESTUDIANDO»

Hace nueve meses que Carmen hizo las maletas. Atrás dejó la casa de sus padres en Parque Flores, un trabajo de 39 horas semanales en Telepizza que compaginaba con los partidos de voleibol que pitaba los fines de semana. «Sólo me daba para tener algunos caprichos», reconoce. Por ello, y tras acabar sus estudios de Enfermería hace un año, decidió aprovechar una oportunidad que le llegó desde el extranjero. «Me llamaron y me dijeron que había pasado una entrevista para trabajar de enfermera en Inglaterra».

Y no lo dudó. «Me empujó a irme las ganas por vivir una nueva experiencia, por ser independiente de mis padres y por trabajar en lo que había estudiado». No le importó que el principio fuera «muy duro» ni las complicaciones que le surgieron nada más llegar. «Vienes sola, no conoces a nadie, necesitas alquilar algo para vivir, no sabes dónde te vas a meter ni cómo va a ser el trabajo. Pero lo más difícil de todo es el idioma». Carmen fue capaz de superarlo con muchas ganas, las que tenía por dedicarse a lo que había estudiado. «Es un poco frustrante que después de estudiar cuatro años y esforzarte mucho termines trabajando de pizzera cobrando una miseria y sin coger experiencia en tu profesión», explica.

Ahora reside en Newcastle-under-Lyme, un pueblo a dos horas de Londres. Su trabajo de enfermera lo desarrolla en una residencia de ancianos del barrio de Bradwell. «Son 39 horas a la semana con tres turnos de 12 horas (de 8 a 20 horas), de las cuales sólo te pagan 11 porque la de descanso no la cuentan». Aún así le merece la pena, aunque los días en los que le toca trabajar no haga mucho más que eso. El resto, suele viajar a conocer ciudades de Inglaterra e incluso ha encontrado otras aficiones. «Veo un montón de series y ahora estoy aprendiendo ganchillo para hacerme bufandas con las que combatir el frío».

Reconoce que le «encantaría» volver a Sevilla para poder estar con su familia y amigos. A los que extraña, como también «la comida, el tiempo y el ritmo de vida». Confía en poder hacerlo, aunque asume que no será fácil. Por su experiencia y por la de muchos otros que en el extranjero «han encontrado un trabajo y pueden tener un futuro mejor».

ESPERANZA FERRE: «LOS FINES DE SEMANA RECORRÍA BÉLGICA BAILANDO SEVILLANAS Y CANTANDO FANDANGOS»

Esperanza Ferre Rodríguez, 65 años, nacida en Sevilla, reside en Bélgica desde el 11 de noviembre de 1965. Entonces tenía 14 años y desde entonces sólo ha venido a España de vacaciones. En la actualidad reside en Baudour, un municipio del sur de Bélgica a 80 kilómetros de Bruselas. El motivo de que se marchara fue porque su padre, José Ferre Pérez, se marchó para buscar trabajo, era la época de la emigración masiva de españoles y tras intentarlo primero en solitario, decidió volver y pasado un tiempo llevarse a su familia con él. Fue entonces cuando Esperanza, que vivía hasta entonces en San Jerónimo, tomó un tren junto con sus otras tres hermanas y su madre que iba embarazada de seis meses.

«El primer año lo pasé muy mal, por la lengua. Quería volverme a España, porque lo pasaba muy mal cuando iba al colegio y no comprendía nada de nada. Luego ya aprendí francés y se me pasó aquella tristeza». Esperanza recuerda que al llegar a Bélgica en invierno, el clima también fue duro de asimilar. En la actualidad, ella y su hermana mayor, Margarita Ferre, son las que viven allí porque ambas conocieron a sus parejas y se casaron. Años después el resto de la familia, cuando su padre se jubiló, regresó a España. Su padre nunca se adaptó a Bélgica y echaba de menos España.

La integración fue día a día a más, aunque ella reconoce: «Mis raíces la sigo teniendo en Sevilla, porque mi sangre es española y tengo a mi madre y familia en España».

«Soy una belga con sangre andaluza a la que le encanta el baile. Me siento muy española», dice pese a que lleva allí 51 de sus 65 años. Durante seis años, «hasta que me divorcié», dirigió un grupo de baile español llamado El Lucerito, en el que también participaban sus hijas que saben bailar sevillanas y fandangos, con el que los fines de semana recorría parte de Bélgica mostrando el folklore andaluz. «Participábamos en muchas fiestas de colegios. A mí me encanta el baile, la música española y siempre que puedo me arranco a bailar, en casa o si salgo a cenar y después hay baile».


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