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¡Esto es carnaval!

Carnaval de Cádiz, abierto para todos los públicos

Globalización cultural. La fiesta gaditana ha perdido su carácter global y se ha convertido en un acontecimiento de consumo masivo. Ha perdido parte de su vertiente local para abrirse fronteras más allá de la Tacita de Plata

24 feb 2017 / 06:44 h - Actualizado: 24 feb 2017 / 17:08 h.
  • Carnaval de Cádiz, abierto para todos los públicos
    Actuación de la chirigota ‘Si me pongo pesao, me lo dices’, primer premio en el concurso oficial de agrupaciones en 2016. / R.Ríos (Efe)
  • Carnaval de Cádiz, abierto para todos los públicos
    Una pareja disfrazada en las butacas del Teatro Falla. / Jorge Zapata (Efe)
  • Carnaval de Cádiz, abierto para todos los públicos
    Actuación de una agrupación callejera en el casco antiguo de Cádiz. / Jorge Zapata (Efe)

El Carnaval de Cádiz ha entrado a formar parte de un catálogo en el que están integrados acontecimientos, modas, costumbres, músicas o comidas manoseado por esa carnívora tendencia denominada globalización. La comida japonesa, el reggaetón y por qué no el Carnaval de Cádiz, que se ha convertido en una fiesta que ha sobrepasado los límites del Puente Carranza y del istmo de San Fernando. «Su difusión masiva la ha convertido en un modelo de celebración de esta fiesta para toda Andalucía, fraguándose una forma estándar de manifestación cultural, junto a otras fiestas televisadas como la Semana Santa, el Rocío o la Feria de Sevilla», sostienen los antropólogos Carmen Guerrero Quintero y Abel Al Jende Medina.

Un fenómeno cultural que ha llevado a que una chirigota de San José de la Rinconada (Sevilla) sea una de las favoritas para ganar este año el certamen oficial de chirigotas del Teatro Falla. El Carnaval de Cádiz está de moda. Contaba no hace mucho Paco Rosado, creador de agrupaciones míticas en los años 80 y 90 del siglo XX, que el carnaval se ha transformado también en uno de los medios con los que se ha encontrado la juventud gaditana para encontrar un sustento en una ciudad «faltita» de oportunidades. La industria del pito, la caña y la cuarteta se ha convertido en el sustitutivo de la naval o la del tabaco. «La fábrica de la gracia, el espectáculo, el ingenio, ¿por qué la cultura y la tradición no van a ser uno de los motores económicos de la ciudad», explica Mario, un joven comparsista.

La única industria que sigue a pleno rendimiento en la Tacita de Plata es la de la carcajada. «El carnaval ya no es un entretenimiento para echar el rato, tomarte dos vasos y cantar dos coplillas. Ahora es una de los recursos que encuentra el gaditano para comer. Escribir unas letras, que a la gente le guste y salir con tus cinco o seis galitas a cantar por ahí. Aquí todo el mundo se cree artista», opina Rosado. Cádiz exporta su gracia; es una caja de música que se abra por donde se abra siempre suena a pito de caña. «No hay día que no haya un ensayito, un concursito de chistes, de coritos, minicoritos, duitos, cuartetitos. Y el Ayuntamiento encantao de montarte un tablao para que la gente eche unas risas y tenerla contenta». La vertiente económica de esta fiesta todavía está por explotar. El primer fin de semana de carnaval es desde hace muy poco un aliciente turístico más allá del joven que quiere pasar una noche de fiesta en vela camuflado bajo un disfraz. La gente empieza a viajar a Cádiz para descubrir por sus calles todo ese ingenio y chispa con la que la ciudad siempre se ha mirado al espejo para contar sus cosas. En definitiva, ver la vida bajo el punto de vista del gaditano se ha convertido en un atractivo que ahora toca saber explotar: «Nosotros hablamos de temas muy genéricos. Hacemos humor y crítica nacional. Nuestro repertorio es muy amplio y cada vez dedicamos menos a las cosas locales», reconoce El Selu.

¿El consumo masivo ha desvirtuado la esencia de la fiesta? ¿Si a cualquier cosa con arroz y alga nori se le llama sushi, cualquier pandilla que se junte alrededor de un bombo, una caja y una guitarra es ya Carnaval de Cádiz? La respuesta a esta pregunta sólo la tiene el consumidor. «Los tiempos son los que son. Ahora los coros suenan a Big Band, las comparsas a Il Divo y es muy complicado encontrar una chirigota con un cuplé gracioso. ¿Mejor o peor?, distinto. El Carnaval de Cádiz es ahora más comestible, más para todos los públicos en el sentido geográfico, no de la edad. Los autores son conscientes cuando escriben que sus letras van a ser consumidas a cientos de kilómetros de aquí. Han perdido carácter local y ahora son entendidas aunque no se sea de Cádiz. Eso en cuanto al concurso. Luego está la fiesta, amenazada durante los últimos por un masivo macrobotellón que nada tenía que ver con cómo se había celebrado el carnaval en la calle», cuenta un viejo aficionado que hace sus pinitos de vez en cuando con una chirigota callejera.

Sevilla se ha convertido en una de las nuevas capitales del Carnaval de Cádiz. «Carnaval contra Semana Santa y Feria. Así eran las primeras discusiones de un estudiante gaditano cuando ponía los píes en la Universidad de Sevilla en los años 90. A nosotros nos llamaba mucho la atención ver a alguien escuchando marchas de Semana Santa en walkman, a los sevillanos les chocaba que estuviéramos todo el santo día dando con los nudillos en las mesas para ponerle algo de ritmo a un copla. Ahora esas dos orillas se confunden, un gaditano viene a disfrutar de la Madrugá y un sevillano escucha en el coche a Martínez Ares», cuenta Luis, gaditano que lleva cerca del Guadalquivir cerca ya de quince años.

A finales de los años 80 surgió una nueva generación de chirigoteros que cambió el sentido de la modalidad. «Fue como poner a Faemino y Cansado a hacer carnaval. El humor surrealista y absurdo se coló en el teatro Falla. Iban contra la rima fácil: Logroño, Borbolla... Hacían y pedían un nuevo humor en el concurso». El Selu, el Yuyu o Erasmo Ubera formaban parte de esa quinta. Los Bordes del Área en el año 96 le hicieron un pasodoble a la tremenda injusticia de que el chopped estuviera encerrado en una lata a diferencia de sus compañeros fiambres y cómo se organizó una rebelión el supermercado en la que los tranchetes se atrincheraron. Fue el comienzo de una nueva era, completamente distinta a la que los viejos aficionados habían conocido. Todo era susceptible de tener una copla, cualquier cotidianidad rutinaria. Por ahí empezó el Carnaval de Cádiz a colarse en hogares en los que no había mucha tradición de pito de caña, cuplés y pasodobles. Y también se le canta a la crisis, la violencia machista, las injusticias. ¿Puede haber temas más universales?

En otra de sus agrupaciones ironizaron en un cuplé sobre los hijos de Isabel Preysler y cómo cuando sus hijos se portaban mal les amenazaba con decírselo «a su padre, también al tuyo y también al tuyo». Meses después, esa broma fue utilizada por Los Morancos de Triana en una de sus parodias televisivas. ¡La que se lío en Cádiz¡, era la demostración científica de que Sevilla tenía que recurrir a los chistes del carnaval, decían en la Tacita de Plata. Ahora ese nuevo hermanamiento ha llevado con los años a que El Selu se haya convertido en uno de los colaboradores más cercanos del dúo cómico, sin que cause el revuelo y la fricción de años pasados.

Hace unos días en la crítica de un medio de comunicación gaditano sobre la actuación de una chirigota de las punteras del concurso se decía que «al menos los cuplés eran simpáticos». Decía otro día alguien en Twitter que es mucho más divertido y es posible descubrir la gracia de Cádiz de forma más evidente en las gradas del estadio Ramón de Carranza que en las butacas del Falla. A quien sostenga que el carnaval oficial, el de concurso, ha perdido chispa tiene la alternativa de perderse el fin de semana por las calles del casco antiguo y descubrir el latido de la ciudad en sus agrupaciones ilegales. Es la vertiente más tosca y transgresora de la fiesta y la que es necesaria conocer para saber de dónde viene lo que se ve en el concurso oficial. Es lo mismo, pero no es igual. Hay una frontera entre la oficialidad del Falla y el amateurismo de la calle que es muy complicada de cruzar. De hecho, en las ocasiones en la que alguno de los grupos que mejor reputación tenía en la calle ha pisado las tablas del teatro ha pasado desapercibido.

Lo mejor del carnaval del coliseo gaditano aterriza después de cada concurso en Sevilla y llena los días de actuación. La fiebre sevillana ha servido para que el gaditano se enorgullezca todavía más de su fiesta y haya asimilado que a estas alturas blindar al localismo un fenómeno cultural es una simpleza prehistórica. El peaje de Las Cabezas no separa a los buenos de los malos carnavaleros. En todo caso son formas distintas de entender una misma manifestación cultural que no hace sino enriquecerla todavía más.


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