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«Echo de menos ver una puesta de sol»

24 oct 2016 / 08:25 h - Actualizado: 24 oct 2016 / 00:25 h.
  • Maite Espinosa trabaja en una consultora de recursos humanos. / José Luis Montero.
    Maite Espinosa trabaja en una consultora de recursos humanos. / José Luis Montero.
  • «Echo de menos ver una puesta de sol»

Maite Espinosa sabía que llegaría el día en que perdería definitivamente la vista. Cuando nació le detectaron un glaucoma congénito, una enfermedad hereditaria que habían sufrido en su familia un primo segundo y un tío abuelo, dos casos lejanos

Aunque veía de pequeña, a los siete años ya comenzó a recibir una educación especial por parte de la ONCE para que el día de mañana pudiera desenvolverse con normalidad. Durante su peregrinaje por médicos y más médicos, era consciente de que algún día dejaría de ver completamente, lo cual no impidió que tuviera una «infancia feliz». En la ONCE, entre otras muchas cosas, les enseñan a potenciar las habilidades sociales, algo que Maite deja claro que supo aprovechar bien después de un rato charlando con ello. «Tengo amigos con discapacidad y sin ella, yo he tenido una vida normal, iba al instituto, salía con mis amigos y luego hice la carrera de Derecho. Y mira, somos cuatro hermanos y al final he sido ya la única que tiene una carrera universitaria».

Maite trabaja en una consultora de recursos humanos de la Fundación ONCE, ya que este órgano también presta ayuda a aquellos invidentes que quieren acceder al mercado laboral. «La gente relaciona a la ONCE con los ciegos pero también atiende a personas con poca visión. Y la cantidad de ayuda que hay es enorme. Yo por ejemplo me he comprado un ordenador Apple y como no lo usamos con ratón, en la ONCE me enseñan a manejarlo completamente con el teclado», puntualiza Maite. A pesar de que perdió la visión completa a los 15 años, se desenvuelve completamente sola –aunque se desplaza con su perra guía Urcal– si echa de menos cosas de la vida común. «Yo fui atleta paralímpica en Barcelona, Atlanta y Sydney y echo de menos correr al aire libre. Lo hago en el gimnasio pero no es lo mismo. También me hubiera gustado conducir, porque me desplazo en autobús y me hubiera gustado ser la dueña de mi tiempo». Tampoco pasa por alto algunos pequeños placeres que pueden pasar desapercibidos como «ver una puesta de sol en la playa y ver cómo el sol va cayendo y se va poniendo naranjita».

Trabajo psicológico

Que Maite y miles de ciegos puedan desarrollar una vida normal también es gracias a los psicológicos de la ONCE. María Ángeles Fernández, psicóloga de la organización, reconocer que «no es fácil asimilar la pérdida de la visión» aunque difiere entre si la ceguera es «congénita o adquirida». «El congénito lo asimila mejor porque lo sufre desde que nace o sus primeros años de vida, puede sufrir sobreprotección en su casa». Mientras, la experta explica que aquellos que pierdan la visión en edad adulta presentan «un desajuste emocional importante ya que la falta de visión afecta a las distintas áreas de la vida». Desde la ONCE se encargan de darle toda la ayuda posible para que pueda asimilarlo tanto él como su familia y aprender las capacidades para que pueda seguir viviendo dentro de la normalidad.

Maite Espinosa sabía que llegaría el día en que perdería definitivamente la vista. Cuando nació le detectaron un glaucoma congénito, una enfermedad hereditaria que habían sufrido en su familia un primo segundo y un tío abuelo, dos casos lejanos

Aunque veía de pequeña, a los siete años ya comenzó a recibir una educación especial por parte de la ONCE para que el día de mañana pudiera desenvolverse con normalidad. Durante su peregrinaje por médicos y más médicos, era consciente de que algún día dejaría de ver completamente, lo cual no impidió que tuviera una «infancia feliz». En la ONCE, entre otras muchas cosas, les enseñan a potenciar las habilidades sociales, algo que Maite deja claro que supo aprovechar bien después de un rato charlando con ello. «Tengo amigos con discapacidad y sin ella, yo he tenido una vida normal, iba al instituto, salía con mis amigos y luego hice la carrera de Derecho. Y mira, somos cuatro hermanos y al final he sido ya la única que tiene una carrera universitaria».

Maite trabaja en una consultora de recursos humanos de la Fundación ONCE, ya que este órgano también presta ayuda a aquellos invidentes que quieren acceder al mercado laboral. «La gente relaciona a la ONCE con los ciegos pero también atiende a personas con poca visión. Y la cantidad de ayuda que hay es enorme. Yo por ejemplo me he comprado un ordenador Apple y como no lo usamos con ratón, en la ONCE me enseñan a manejarlo completamente con el teclado», puntualiza Maite. A pesar de que perdió la visión completa a los 15 años, se desenvuelve completamente sola –aunque se desplaza con su perra guía Urcal– si echa de menos cosas de la vida común. «Yo fui atleta paralímpica en Barcelona, Atlanta y Sydney y echo de menos correr al aire libre. Lo hago en el gimnasio pero no es lo mismo. También me hubiera gustado conducir, porque me desplazo en autobús y me hubiera gustado ser la dueña de mi tiempo». Tampoco pasa por alto algunos pequeños placeres que pueden pasar desapercibidos como «ver una puesta de sol en la playa y ver cómo el sol va cayendo y se va poniendo naranjita».

Trabajo psicológico

Que Maite y miles de ciegos puedan desarrollar una vida normal también es gracias a los psicológicos de la ONCE. María Ángeles Fernández, psicóloga de la organización, reconocer que «no es fácil asimilar la pérdida de la visión» aunque difiere entre si la ceguera es «congénita o adquirida». «El congénito lo asimila mejor porque lo sufre desde que nace o sus primeros años de vida, puede sufrir sobreprotección en su casa». Mientras, la experta explica que aquellos que pierdan la visión en edad adulta presentan «un desajuste emocional importante ya que la falta de visión afecta a las distintas áreas de la vida». Desde la ONCE se encargan de darle toda la ayuda posible para que pueda asimilarlo tanto él como su familia y aprender las capacidades para que pueda seguir viviendo dentro de la normalidad.


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