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«El estilo de vida ‘microondas’: quererlo todo, y ya, induce a la frustración»

Presidente en Sevilla de Teléfono de la Esperanza. Uno de los adalides en la vertebración del voluntariado en multitud de asociaciones, a la vez que lleva desde 1994 implicado en la que atiende al año 20.000 llamadas de quienes piden ayuda por su angustia vital

23 dic 2017 / 20:54 h - Actualizado: 23 dic 2017 / 21:02 h.
  • Manuel García Carretero, en la sede de Teléfono de la Esperanza, organización fundada en Sevilla. / MANUEL GÓMEZ
    Manuel García Carretero, en la sede de Teléfono de la Esperanza, organización fundada en Sevilla. / MANUEL GÓMEZ

En Nochebuena, y en Navidad, y en Año Nuevo, y en Reyes, y todos los días y noches del año, además de millones de llamadas de andar por casa, mensajes de amor, recados de trabajo y felicitaciones al por mayor, hay conversaciones que son un salvavidas para quienes se ahogan en su desesperación. Las del Teléfono de la Esperanza. Y salvan vidas. Quien está al frente en Sevilla de esta asociación de voluntarios es Manuel García Carretero, 59 años, casado, con dos hijos, dos nietos y en vísperas de tener otra nieta. Reside en la barriada de El Monumento, en San Juan de Aznalfarache. De 2002 a 2008 presidió la Plataforma del Voluntariado Social de Sevilla, y de 2007 a 2013 la Plataforma Andaluza del Voluntariado.

¿Cuáles son sus orígenes?

Nací en Montilla (Córdoba). Mi padre, químico, era el enólogo de Bodegas Alvear. Mi madre se dedicó a la gran tarea de criar seis hijos. Soy el cuarto por edad. Estudié en los Salesianos todo el periodo escolar. Cuando terminé, me atrajo el trabajar en una institución militar. Oposité en 1976 a la Escuela de Suboficiales del Ejército del Aire y fui elegido. He estado 34 años destinado en Tablada y la última etapa la he desarrollado en la Delegación de Defensa, donde confluye personal de los tres ejércitos, como secretario de la Fiscalía del Tribunal Militar. Este año he pasado a la reserva. En paralelo, hice la carrera de Psicología.

Entró en las Fuerzas Armadas como las había concebido Franco para dominar España y ahora se caracterizan por sus misiones internacionales de paz. ¿Cómo ha vivido desde dentro la evolución del estamento militar?.

Visto en perspectiva parece milagroso. Cómo encarna los valores de un sistema democrático, y la incorporación de la mujer, y el cambio de comportamiento en las relaciones entre mandos y soldados, y la igualdad de derechos y de estilo de vida entre quienes tienen mayor o menor rango. He ido viviendo cómo el modelo de carrera militar no creaba un elitismo como antes sucedía en el seno de las Fuerzas Armadas. Ha sido muy gratificante ver cómo los soldados ahora pueden hacer llegar sus propuestas, sus reivindicaciones, y cómo se han tenido en cuenta para la conciliación de la vida militar y la familiar. Hace décadas, el mero hecho de pedir algo suponía exponerse a una sanción.

¿Por qué quiso ser psicólogo?

Dentro de mi trabajo como suboficial, me hicieron el encargo de montar un espacio donde trabajasen psicólogos para evaluar la salud psicológica de los soldados que se incorporaban a filas. Aquello empezó a crear en mí un interés y me animé a hacer la carrera. Esos conocimientos los he aplicado sobre todo en el ámbito del voluntariado.

¿Cuál fue su primera experiencia de voluntariado?

En 1972, cuando cursaba primero de Bachillerato, ante la conmoción que nos produjo a algunos amigos el terremoto que sufrió Managua (Nicaragua), nos movilizamos para recoger dinero y dárselo a una organización de las que enviaba ayuda material. Aquella vivencia despertó en mí la vocación por el voluntariado. Y la primera experiencia reglada fue en Sevilla, en 1994, donde estamos, en el Teléfono de la Esperanza. Lo descubrí con otros alumnos en el último curso de la carrera de Psicología, cuando nos preguntábamos dónde íbamos a aplicar lo que aprendíamos.

¿Cómo era por entonces el Teléfono de la Esperanza?

Para mí fue un gran descubrimiento. Era una asociación de acogida exquisita. Con mucha gente joven y mucha gente mayor. Se cuida mucho todo lo que tiene que ver con la comunicación humana y con la comunicación de los grupos. Me llamó la atención la importancia de la escucha, que yo entendía como lo cotidiano; y un itinerario de formación exigente y completo por la necesidad de profesionalizar para hacer las cosas bien y poder sostener el sufrimiento de la gente que llama. Fueron dos claves que dieron nuevo sentido a mi vida, y me integré. Vi que había mucha tarea por hacer. Y también me planteé después ayudar a incrementar el voluntariado en la sociedad, y orientar para articular de modo estable las ideas y buenas intenciones de personas que quieren hacer algo pero no sabían cómo ni de qué manera.

¿Había impronta organizativa al estilo de una orden religiosa, al ser una entidad fundada en 1971 por Fray Serafín Madrid, de San Juan de Dios?

Me sorprendió gratamente que se basaba en el humanismo cristiano pero no se organizaba en función de una identidad religiosa. Cuando entré, había objetores de conciencia que hacían la prestación social sustitutoria. Por lo general, eran personas distanciadas de las creencias religiosas o de las prácticas religiosas. Colaboraban juntos voluntarios frailes y voluntarios ateos. Aprendí, como humilde creyente, que no era necesario tener una ideología o carisma en concreto para atender la soledad de las personas, para tender la mano a quien sufre.

¿Le ha sido útil su profesión militar para aconsejar cómo organizar una entidad de voluntariado?

Sí, porque para saber aterrizar las buenas ideas, y las buenas intenciones, y convertirlas en la base de una labor diaria, se necesita planificación y organización. Aconsejo a cualquier persona o grupo que acuda a las plataformas de voluntariado, para que les orienten sobre la normativa a la que adaptarse, sobre la realidad social de su entorno, etc. Siempre sugiero que, como primer paso, plasmen por escrito qué quieren hacer. Eso ayuda a asentar la imaginación y darle visos de realidad.

¿Dónde ha fructificado mejor su asesoramiento desde la Plataforma del Voluntariado?

En los pueblos. En el 95% de los municipios sevillanos hemos sido compañeros de camino de quienes han creado entidades y asociaciones. Muchas relacionadas con alguna discapacidad o alguna enfermedad, impulsadas por padres o personas del entorno familiar. Otras ideadas con la finalidad asistencial de ayudar a quienes más sufrían la crisis, con situaciones que ya habíamos dejado atrás en España. Hemos orientado sobre cómo formalizarlas, cómo optar a ayudas, y cómo relacionarse unas con otras en lugar de vivir de espaldas.

¿Hay diferencias en las dinámicas de voluntariado de una asociación en un pequeño pueblo respecto a las creadas en grandes ciudades?

Se tienden a repetir comportamientos. Es el mismo el reto de organizarse y la dificultad de encontrarse con otras entidades para conocerse y colaborar. En ambos casos se vive la sensación de estar de espaldas unas a otras. Y ocurre por la escasez de medios, que es el denominador común. Obliga a dedicar todas las energías en ‘lo nuestro’ y no se puede dedicar mucho tiempo a relacionarnos con otros.

Desde sus inicios en el Teléfono de la Esperanza a la época actual, la de la hipercomunicación, ¿qué ha variado en las necesidades de quienes les llaman?.

Hemos ido notando cómo, a medida que se sofisticaba más el aparato para comunicar, se iba perdiendo calidad en la comunicación entre las personas. Cuando la gente necesita hablar de algo importante, de algo que le duele, de algo que le mantiene confuso, o de algo grave que le acaba de ocurrir, utiliza el teléfono en su sentido más clásico y más tradicional, porque las otras maneras de comunicarse que ofrecen hoy estos recursos tecnológicos no le sirven para poder mitigar el sufrimiento.

Antes solo había un teléfono en el hogar, o estaba la opción de la cabina telefónica en la calle. Ahora toda la población tiene un móvil personal. ¿Favorece disponer de más intimidad para llamarles en cualquier momento?

Se nota. Hace años, era frecuente estar atendiendo a una persona, y, de pronto, bajaba la voz y te decía: “Te dejo porque llega alguien”.

¿Han decidido no estar solo a la espera de recibir llamadas, sino también llamarles para hacerles un seguimiento?

El modelo del Teléfono de la Esperanza para establecer una relación de ayuda no prevé eso. Se basa en un principio de confiar plenamente en las personas que la necesitan, en respetar su anonimato, y que sean ellas las que decidan pedir ayuda de nuevo a la hora que quieran y durante el tiempo que quieran. No obstante, sí hemos puesto en marcha un programa de escucha en soledad para ancianos de edad avanzada. La idea partió de personas que nos llaman y pedían que les llamáramos. Porque va proliferando la teleasistencia, pero también necesitan cuidado emocional. Sobre todo las personas que apenas pueden moverse, que no pueden asistir a cursos y talleres como los que impartimos. Acordamos eso con las instituciones públicas, como siempre todas las personas que intervienen lo hacen de modo voluntario, sin cobrar nada, y a cambio la Fundación la Caixa nos apoya para el mantenimiento de nuestra sede.

¿Cuántas personas intervienen de modo voluntario en Teléfono de la Esperanza – Sevilla?

Unas setenta, abarcando todas las tareas, siempre desde nuestra sede, donde disponemos de una amplia agenda de recursos para ofrecer a quien llama. Quienes atienden por teléfono, repartidos en turnos de 8 horas para cubrir las 24 horas de todos los días. En un día normal, suelen ser 5 personas: dos turnos con dos personas, y el tercero con una sola. Además, hay voluntarios para la orientación personal, para la orientación familiar, para el trabajo social, para la psicología, para la psiquiatría, para la administración, para publicidad y comunicación,... Y también atendemos en persona a quien lo necesita, se les ofrece ser atendido por un profesional en nuestra consulta.

¿Por qué suelen llamarles?

La temática familiar, en su sentido amplio, es la más habitual (discusiones, rupturas, violencia...). Luego le sigue la temática que podíamos llamar existencial: esa persona que empiezan a sentirse mal anímicamente, aunque la vida le vaya bien. El trastorno emocional mental iría en tercer lugar, incluyendo la intención de llegar al suicidio. Y después las situaciones sobrevenidas más duras: la muerte de quien más queremos, la persona que se queda sin trabajo y se va deteriorando su red de apoyos,...

¿Qué fomenta más en nuestra sociedad la insatisfacción de una persona en su fuero interno?

Buscar en el consumo satisfacerlo todo, y darse cuenta de que así no encuentran el sentido de la vida. Al contrario, les incrementa la sensación de vacío. Estamos en una sociedad que lo quiere todo y de inmediato. Es un ‘estilo de vida microondas’, causa que muchas personas tengan menos capacidad de resistir la incertidumbre, menos resistencia a los reveses que acontecen en la vida, y son más propensas a la frustración si sus expectativas no se cumplen y cuanto antes. Aprecio que ha bajado el fortalecimiento emocional.

Explíquelo.

Eso lo hemos visto claramente con la crisis económica. En qué basábamos nuestra vida cuando hemos estado con empleos que han supuesto ingresos importantes, y, cuando se cortaron de manera traumática, cómo en familias a las que no les faltaba de comer, se ha deteriorado su capacidad de relación, de quererse, de establecer proyectos de vida. Porque hemos basado la vida en lo que tenemos, no en lo que somos. Y eso se nota a la hora de ver con qué bazas cuenta una persona para resistir, para salir adelante de cualquier crisis, para afrontar una enfermedad, una muerte cercana,....

La época actual, por la aceleración de los cambios tecnológicos, es definida como la sociedad de la incertidumbre. ¿No se está educando bien para madurar emocionalmente con la incertidumbre?

Exactamente. Cuando se habla de empoderamiento, todo el énfasis y todas las energías se ponen en los conocimientos y las titulaciones. Y se olvida, y se descuida, la base para afrontar cualquiera de esas demandas que la vida te haga. La educación emocional. No le prestamos atención, y es lo único que nos vale en la adversidad, ante el revés, ante el fracaso, cuando fracasan esas demandas y opciones. Hay una desproporción extraordinaria entre capacidades y cualidades.

¿Qué consejos da ante casos así?

A muchos padres les digo: “Llevamos a los niños a hípica, a música, a judo, a pintura... pero, ¿a qué taller los lleváis para que piense, para que medite, para que descubra valores, para que fortalezca su personalidad”. Hemos de cambiar. Percibo que ya lo están haciendo en algunos centros educativos: prestar más atención a lo emocional, aunque no esté en el diseño curricular.

¿Es frecuente que quien llame de nuevo quiera hablar con la persona a la que se desahogó la primera vez?

Sí, es lógico, y es frecuente. En la formación a los voluntarios, les dotamos de habilidades para que la persona no se quede desencantada cuando llame de nuevo y suene en el teléfono otra voz, la de quien está en ese momento en un turno, y no es la voz de quien tan buena huella le dejó escuchando y dialogando. En Sevilla atendemos unas 20.000 llamadas al año. Y, de modo presencial, a unas 400 personas el año: en consultas psicológicas, de orientación familiar...

¿Cuándo reciben más llamadas?

Los días de junio previos al verano, los primeros días del mes de septiembre, los días más cercanos a la celebración navideña. En Navidad se acrecienta la soledad, afloran los recuerdos y se reavivan los conflictos familiares.

¿Cómo intentan disuadir del suicidio a quienes les llaman diciendo que lo van a hacer?

Desenfocando la ‘visión de túneles’ en la que ha caído. Cuando una persona piensa en suicidarse es porque focaliza demasiado un problema y pierde la perspectiva sobre el resto de su vida. Todos los voluntarios están preparados para recibir ese tipo de llamadas y hacerles sentir con el diálogo que les estamos acompañando, a la vez que propiciamos que afloren experiencias positivas de su vida, momentos fructíferos que incorporar a la conversación, y con los que lograr que aumente la seguridad en sí mismo para poner en cuestión la decisión de suicidarse. Convertir cada detalle que nos cuenta en un paso más para reforzarle en lo que no era capaz de ver minutos antes. Para que explore y entienda las posibilidades y alternativas que hay en su interior. Es muy satisfactoria la cantidad de casos en los que, días después, nos llaman para dar las gracias porque les hemos hecho entrar en razón, y comprender cómo seguir adelante en la vida.

¿Mientras conversan, no avisan ustedes a los servicios de emergencia?

En Sevilla pronto ofreceremos que un agente externo pueda ir a ayudarle de inmediato, si decide dejarse ayudar. Ya lo hacemos en Pamplona, Albacete, Gijón, Murcia, entre otras ciudades españolas.

¿Qué enseñan en sus talleres y seminarios?

Que las personas pueden reencontrarse otra vez con su salud emocional y reaprender a tirar para adelante de las circunstancias que les pasan. Controlar la ansiedad, mejorar las relaciones afectivas, descubrir sus potencialidades. Y aprender a comunicarse bien para afrontar la vida. Mucha gente necesita reaprender a vivir. Y, con nuestra experiencia en atender a personas que sufren, poner ese bagaje a disposición del resto de entidades de voluntariado. Tenemos que estar preparados para sostener el sufrimiento de las personas. Como decía nuestro fundador, “cuando existe la esperanza, todos los problemas son relativos”.

¿Son capaces de lograr suficiente número de donativos para sufragar sus gastos?

Vivimos de las donaciones para sufragar nuestros costes estructurales. Necesitamos la complicidad económica de la ciudadanía para poder funcionar, porque las subvenciones públicas cada vez son menores en número y dotación, no podemos depender de eso porque decepciona con frecuencia. Nuestro presupuesto anual en Sevilla es de 65.000 euros, las donaciones no superan los 45.000 euros. Para captar más tenemos un problema: Nuestra tarea no es tan mediática como otras acciones solidarias, igualmente loables, que pueden ser promocionadas con ‘performances’ en espacios públicos. Nosotros hemos de estar atendiendo el teléfono, en una habitación silenciosa, en una labor discreta. Eso no se puede airear, ni tampoco los casos de éxito.

Sí pueden explicar su labor.

Claro. Lo decimos. Somos el Teléfono de la Esperanza. Te escuchamos. Llámanos al 954 576 800.

Tenemos nuestra sede en el número 24 de la Avenida Cruz del Campo, en el barrio sevillano de Nervión.


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