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El poder de convocatoria de una sonrisa

Hasta un tercio más de sevillanos que otros años, según el Cecop, se ha reunido en torno a la Catedral para renovar su compromiso devoción filial a la Patrona en una mañana marcada por el bochorno en los termómetros

15 ago 2017 / 13:45 h - Actualizado: 16 ago 2017 / 08:10 h.
  • La Virgen de los Reyes, en procesión. Fotos: Jesús Barrera
    La Virgen de los Reyes, en procesión. Fotos: Jesús Barrera
  • El poder de convocatoria de una sonrisa
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«He salido de Coria descalzo y llegaré a Coria descalzo». A sus 63 años, Fernando Teherán Santos es una de las 23 personas que han pasado toda la noche andando al raso para cubrir el camino que separa esta localidad ribereña de la capital con el único objetivo de no faltar a su cita anual de cada 15 de agosto con la Virgen a la que los sevillanos llevan rezando casi ocho siglos. Partieron a las doce de la noche desde la parroquia de San José portando sendos estandartes del Señor de la Paz y la Virgen de Gracia y Esperanza, del Martes Santo coriano y, pese a las largas horas de caminata, en los rostros de todos los integrantes del grupo se dibuja una amplia sonrisa. «Durante la noche hay momentos para la oración, para cantar y también para el silencio. Son los más profundos», relata Vicente José, que a sus 23 años tiene decidido ingresar a partir de septiembre en el seminario. Son las seis y media de la mañana, aún no ha amanecido en Sevilla, y en las entrañas de la montaña hueca, iluminada artificialmente, hay un continuo trasiego de peregrinos de mochila a la espalda y vara de camino que buscan postrarse ante Ella y participar de alguna de las tres misas que se ofician de madrugada ante su paso. «No se trata de hacer un camino simplemente por andar, sino que realmente venimos a mostrar nuestros sentimientos y a manifestar nuestra veneración hacia la Madre de Dios», explica Esperanza García, diputada de Caridad de la hermandad de Vera-Cruz de Valencina y responsable del grupo de 64 personas –abunda la chavalería– que ha peregrinado desde el Aljarafe «cruzando campos» hasta entrar en la ciudad por Torre Triana. «Allí hemos montado una mesita y hemos dado unos bocadillos y algunos refrescos».


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Los de Fernando, Vicente José y Esperanza son sólo tres historias personales, tres testimonios de devoción sincera y profunda de las miles que se podrían contar entre toda esa masa océanica de fieles que este martes, y a pesar del puente festivo, han peregrinado desde pueblos limítrofes, han tomado el autobús desde bien temprano o han abandonado por unas horas sus retiros vacacionales y recorrido un montón de kilómetros para renovar un año más su compromiso de amor y devoción filial con la Patrona esparciéndose a lo largo y ancho del breve recorrido procesional, sembrado una vez más de vallas.

Por su dignidad de arcediano, Francisco Ortiz es uno de los canónigos que más cerca se sitúa de las maniguetas de caoba y plata de su paso. También él trata de hallar una explicación razonada al extraordinario poder de convocatoria de una procesión que no precisa de más aditamentos que una sonrisa gótica, el silencio, el bronce de las campanas de la Giralda y cuatro macizos de nardos para conquistar corazones. «Podría decirse que es un reflejo de la belleza de Dios, en definitiva. La Virgen de los Reyes tiene un atractivo especial, es la imagen más antigua de cuantas procesionan en la ciudad y es una devoción entroncada en la historia de Sevilla y enraizada en la cadena genética de muchas familias sevillanas durante siglos». Marcelino Manzano, el delegado diocesano de Hermandades, desfila en la procesión como representante del clero y también aporta su teoría sobre las muchedumbres de la mañana de la Asunción. «La Virgen nunca está sola en la Capilla Real, pero es verdad que es cada 15 de agosto cuando esa devoción, más escondida y latente durante el año, rebrota de repente. Es una devoción que trasciende a la ciudad y un fenómeno que sólo se explica desde la veneración que siente Sevilla por la Virgen».

Los sevillanos se echaron en masa a la calle abarrotando las gradas catedralicias y arracimándose en cada rincón del recorrido. Hay niños encaramados a los ventanales del Archivo de Indias, aupados a los mástiles de los gallardetes inmaculistas que adornan el recorrido o sentados en los salientes de la Catedral. La sensación, sin duda, es de que hay más gente. El ojo clínico del Cecop calcula que hasta «un tercio» más de público se ha apostado en las calles del perímetro catedralicio que el último 15 de agosto en una procesión marcada, como siempre, por la fidelidad inquebrantable a sus ritos y por la sensación de cierto bochorno en los termómetros. Tanto es así que se han registrado hasta 17 atenciones sanitarias, casi todas ellas por lipotimias. Precisamente, la atención a una señora de avanzada edad que se desplomó en medio del recorrido en la esquina de la plaza del Triunfo más cercana a la puerta catedralicia de Campanillas obligó a detener la cabecera de la procesión durante diez minutos. La mujer, según testigos presenciales, permaneció desplomada en el suelo durante cincuenta minutos hasta ser evacuada en una camilla y a mano por operativos de la Cruz Roja, una situación que provocó ciertas escenas de tensión e indginación entre el público.

Pese a este incidente, el palio de tumbilla de la Virgen posó sus zancos ante la Puerta de los Palos de la Catedral a la hora acostumbrada. Ochentra y tres minutos emplearon los 25 costaleros de la familia Bejarano en cubrir el recorrido antes de que las tropas del Ejército rindieran, en un aplaudido desfile, honores a la Patrona de Sevilla. La Virgen se adentra de nuevo en la Catedral mirando a su pueblo. El sol hace bailar sobre el rostro de la Virgen los flecos del palio de tumbilla. Es 15 de agosto y Sevilla se reencuentra con un trozo de su mejor historia.


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