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El regeneracionismo de Blas Infante

Había que tener mucho valor para poner en algo de viejos moros y modernos braceros agrícolas el eje de un movimiento renovador hacia el futuro

13 ago 2017 / 08:25 h - Actualizado: 13 ago 2017 / 08:27 h.
  • Blas Infante. / El Correo
    Blas Infante. / El Correo

{Cada año, en agosto, se recuerda el asesinato de Blas Infante pero no se recuerda que la mecha de la explosión prendió cuando España no s

solo perdía sus últimas colonias sino, sobre todo, la esperanza de ser alguien en un mundo que se abría a nuevos horizontes. Entonces apareció un movimiento, el del 98, que todo el mundo conoce como regeneracionista pero nadie sabe dónde empieza y cómo acaba porque más que un movimiento fue una espiral en la que las reflexiones se mezclaban con las declaraciones de principios y las miradas hacia atrás con doctrinas para el futuro aunque el presente se tocara poco.

En realidad, todos se daban cuenta de que había caído definitivamente la España levantada en tiempos de la Casa de Austria pero, al no haber otra que la sustituyera, esa convicción, envuelta en un barniz renovador, producía reacciones diversas y consecuencias distintas.

En Cataluña y el País Vasco, que habían desarrollado fuertes estamentos económicos gracias, precisamente, a haber estado muy presentes en la economía de las colonias ahora perdidas, esos estamentos (los que la terminología marxista llamaba «la burguesía») imponían, con la amenaza de irse, el proteccionismo y, al calor de la decadencia de lo español, hacían florecer sus instituciones y sus manifestaciones culturales particulares.

En una Castilla sinónimo de España, sin embargo, el regeneracionismo llevaba a forjar una idea edénica de lo que había sido en la Edad Media, aquel territorio y llevaba a imaginar a sus moradores «mitad labradores, mitad soldados», imbuidos todos ellos de la virtud de la austeridad. Perdida América se reivindicaba el africanismo del testamento de Isabel la Católica para justificar las aventuras neocolonialistas en la reconquista del Norte de África que, al final y tras el desastre de Annual, acabarían creando una casta militar y militarista.

Pero, metida en ese monstruoso sueño de la Razón, se llegó a la conclusión de que la molicie y el desenfreno que apartaron a España de sus grandes objetivos habían llegado del exterior de Castilla, concretamente del sur peninsular, o sea, de Andalucía que, desde el Siglo de Oro al XIX había ido malcriando a toda la nación y llenándola de vino y juergas.

Más o menos fue a ello a lo que los regeneracionistas centrípetos y centrífugos achacaron la pérdida de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam (la isla que ha pasado a primer plano en la disputa entre Trump y la dictadura de Corea del Norte).

Desde esa posición se propuso por personalidades de mucho relumbre y poco fuste la erradicación de los modos de vida nacionales anteriores al desastre entre los que, naturalmente, sobresalían por su enraizamiento en el territorio patrio el flamenco, los toros y un folclore construido con giraldas, alhambras y mezquitas.

Frente a esas visiones –la centralista y las periféricas– que llamaban a la refundación de España –entera o por porciones– se alzó el andalucismo regenerador de Blas Infante del que apenas se ha hablado y que puede que explique la causa de su apresamiento y su fusilamiento sin tan siquiera juicio. El pensamiento de Infante, en lugar de poner el punto nuclear en el Cid y en Castilla lo colocó en Al-Andalus, esto es, en el punto opuesto del africanismo testamentario de Isabel I en el que, en 1936, se apoyó la ideología (por llamarla de algún modo) de los militares rebelados contra la democracia.

Un tiempo antes del 18 de julio de 1936 había escrito el notario Don Blas:

«Cuando yo era niño, los chiquillos... precedidos por el lienzo amarillo y rojo, íbamos a despedir a los que partían para Cuba, al son de una melodía de aire guerrero, que el pobre maestro, en virtud de órdenes superiores, nos había hecho aprender. Cantábamos que aquel hermoso pabellón era el de la nación sin par que ‘en valentía y en hidalguía, la primera fue, que aquella bandera, victoriosa en Santa Fe, conquistó Granada’... Pero ni la bandera, que apenas cuenta un siglo, había ondeado en Santa Fe, ni nosotros, los hijos de aquel pueblo morisco, habíamos conquistado Granada sino que habíamos sido conquistados con ella».

Hijo también de su época, Infante también estaba impregnado de idealismo hegueliano, como lo estaban entonces todas las teorías políticas tanto de izquierda como de derecha, lo mismo el internacionalismo proletario que los nacionalismos exacerbados, igual el sionismo que el antisemitismo pero, independientemente de ello, está claro que el pensamiento infantiano tuvo que molestar mucho tanto a los tirios nacionalistas catalanes y vascos que vieron aparecer unos siglos –los andalusíes– con los que no habían contado, como a los troyanos africanistas del golpe de Estado, conversores de las ideas bienintencionadas de Joaquín Costa y Macías Picavea en quincalla falangista.

En medio de la vorágine chauvinista, militarista y patriotera que animaba las empresas coloniales y avivaba el fuego de las doctrinas fascistas en casi toda Europa, había que tener mucho valor para poner en algo de viejos moros y modernos braceros agrícolas el eje de un movimiento renovador hacia el futuro, no porque lo moro significara violencia como significa hoy (el petróleo aún no marcaba los tiempos y los moros eran seres desvalidos y fuera de la Historia) sino porque rompía el proceso historiológico con el que se habían construido tanto España como sus territorios más díscolos.

Por eso, aunque la idea del referéndum para la Autonomía de Andalucía, previsto para el otoño de 1936 prendiera como la pólvora, los centros de los andalucistas acabaron siendo pocos y con poca gente. Por eso Queipo de Llano, al lado del nombre de Blas Infante Pérez, preso en el cine Rialto, en la plaza Jerónimo de Córdoba, junto a Santa Catalina, pudo poner, tranquilamente: «Que le den café». ~


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