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Son y están

«El talento que hay en Sevilla se aprovecha solo a un 60% de su potencial porque se pierden oportunidades para que juegue su papel»

Juan Luis Pavón juanluispavon1 /
03 feb 2019 / 12:19 h - Actualizado: 03 feb 2019 / 18:34 h.
  • El investigador Pedro Jordano Barbudo en un momento de la entrevista. Foto: Jesús Barrera
    El investigador Pedro Jordano Barbudo en un momento de la entrevista. Foto: Jesús Barrera

Pedro Jordano Barbudo. Investigador del CSIC en la Estación Biológica de Doñana (Sevilla) y Premio Nacional 2018 de Ciencias y Tecnologías de los Recursos Naturales. Desde Cartuja, es un científico de referencia mundial en la interacción entre plantas y animales como armazón de nuestra biodiversidad

«Es paradójica la poca atención que se le presta a dos de los grandes espectáculos que nos ofrece el planeta. Y son gratuitos: Uno es el firmamento, observar las estrellas. Y otro es la biodiversidad. En ciudades como Sevilla podemos tardar muy pocos minutos en llegar al Parque del Alamillo y ver en un solo día 30 especies distintas de aves, más de una docena de especies de mariposas,... Para quien tenga interés por conocer y aprender, es algo sin parangón». Lo dice, con campechanía y rigor, Pedro Jordano Barbudo, cordobés de 61 años, vecino del barrio de Triana desde hace 35 años, donde reside con su esposa, que dirige un centro educativo público en ese mismo distrito sevillano. Ciudadano del mundo que se ha labrado un gran prestigio por sus contribuciones al conocimiento y protección de los ecosistemas.

Córdoba, Sevilla y Doñana es el triángulo de referentes que sustentan la dimensión global de un biólogo de extraordinario currículo. Sus 190 trabajos de investigación publicados suman ya más de 21.700 citas, pues se valora su carácter innovador y su influencia para abrir perspectivas en el estudio y comprensión de las claves de la biodiversidad. Tiene premios concedidos por la Sociedad de Ecología de Estados Unidos y por la Sociedad Británica de Ecología. En España ha sido galardonado en 2014 con el Premio Rey Jaime I de Investigación, en la categoría de Conservación del Medio Ambiente; y es el más reciente ganador (convocatoria 2018) del Premio Nacional de Investigación Científica en el área de Ciencias y Tecnologías de los Recursos Naturales. En la Agencia Estatal de Investigación, Pedro Jordano preside, dentro del Plan Nacional de I+D+i, el área de Ciencias y Tecnologías Medioambientales.

¿Dónde se inició en la observación de la naturaleza?

Con mi familia, en los alrededores de Córdoba. Mi abuelo, profesor, era naturalista. Mi tío me dejaba unos prismáticos cuando íbamos al campo a ver aves, a buscar mariposas, minerales... Y mi padre fue catedrático de Biología en la Facultad de Veterinaria. La ciudad de Córdoba tenía y tiene la ventaja de que tiene cerca zonas naturales muy interesantes a las que se puede ir andando. Salir por El Brillante, coger el camino hacia la ermita, seguir en dirección a Cerro Muriano, el Alto Guadiato,... En la Sierra de Córdoba me formé como naturalista.

¿Y en el uso de nuevas tecnologías?

Aprendí mucho de mi padre, fue en España uno de los pioneros en trabajar con ordenadores, que entonces se les llamaba cerebros electrónicos y no tenían ni teclado ni pantalla, funcionaban con tarjetas perforadas. La Caja Provincial de Ahorros le cedió a la Universidad de Córdoba uno de los primeros computadores IBM que llegaron a España, y él era de los profesores que lo aprovechaba para programar, para hacer análisis de datos y simulaciones. Con una máquina que ocupaba todo el sótano del edificio y tendría la décima parte de capacidad de memoria que un teléfono móvil de hoy.

¿Foguearse con los 'padres' de la Estación Biológica de Doñana fue mejor que cualquier máster?

Eran gigantes de la Biología. A la vez mis profesores y mis colegas, vivíamos en la primera sede, en la calle Paraguay (Heliópolis), antes de mudarnos al Pabellón del Perú. Las conversaciones con ellos eran para mí algo impresionante. Con José Antonio Valverde, el primer director, cuyo conocimiento de la naturaleza era espectacular. Con Fernando Alvarez, Miguel Delibes, Fernando Hiraldo, Carlos Herrera... Y con otros colegas que han llegado después.

¿La vocación científica es un impulso individual que con el tiempo se convierte en espíritu de equipo?

El ansia de aprender te aporta en solitario la satisfacción del aprendizaje. Aprender es una de las mejores inclinaciones naturales. Y uno de los factores más hermosos de la ciencia es la capacidad de relacionarte en un trabajo en equipo. Hoy en día, toda la investigación se hace en grupo. Con tus compañeros y con otros como equipo internacional. En mi caso, a veces hablando en español, otras en inglés, otras en portugués.

¿Es usual que muchos de sus colegas crean por inercia que la sede de la Estación Biológica de Doñana se halla allí y que todos sus integrantes solo se dedican a estudiar su ecosistema?

Es muy frecuente. Imaginar que solo somos biólogos trabajando en el campo. Cuando en realidad el centro de investigación científica está en Sevilla, ha crecido muchísimo, y, además de dedicarle especial atención a Doñana, que para nosotros es la prioridad, participamos en multitud de proyectos dentro y fuera de España. Yo llevo trabajando 18 años en la selva brasileña, cada año estoy al menos un mes. Durante ocho años he realizado estudios en Canarias. Y muchas veces en el Parque Natural Sierra de Cazorla, Segura y Las Villas. Otros investigadores de la Estación Biológica de Doñana desarrollan proyectos en el Ártico, en Marruecos, en Centroeuropa,... Crece y crece el nivel de internacionalización de este centro científico. Hay muchos grupos de otros países muy interesados en colaborar con nosotros.

¿Cómo es su grupo local y su red global?

En el laboratorio de Sevilla estamos entre 10 y 12 personas. Hay dos técnicos para los trabajos en genética, dos investigadores posdoctorales, tres estudiantes de doctorado,... Además, conformamos un grupo más amplio junto con el de Nacho Bartomeu. Tengo muchos vínculos de colaboración con las dos universidades públicas de Sevilla. Y el anillo de colaboraciones externas permite trabajar con investigadores de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), con Jordi Bascompte (que antes estaba en Sevilla) y su grupo en Zurich, con colegas en las universidades californianas de Santa Cruz y Stanford. Y sobre todo en el sureste de Brasil, con los de la Universidad de Sao Paulo, trabajamos mucho en la selva de la Mata Atlántica.

¿Desde sus inicios le fascinaron las interacciones entre plantas y animales, la temática por la que tiene premios y prestigio internacional?

Sí, ya planteé en mi tesina un trabajo sobre la dependencia recíproca, lo que llamamos las relaciones de mutualismo, en las que tanto la planta como el animal obtienen un beneficio. Cuando se sale al campo y se observan las especies, lo que normalmente observas son relaciones: ves un abejorro polinizando un jaguarzo, o una hormiga que está llevando al hormiguero una semilla o un trozo de una avispa, o ves dos fochas que se están peleando en la laguna, o un aguilucho lagunero que se lanza en picado a coger una presa... Todo lo que ves son interacciones. No hay ni una sola especie en el planeta cuyo modo de vida no tenga relaciones con otras especies.

¿Si le piden que lo explique de modo coloquial?

A mis estudiantes en el Máster en Biodiversidad y Biología de la Conservación, en la Universidad Pablo de Olavide, cuando hablamos de biodiversidad, para iniciar la conversación les pregunto: “¿Con cuántas especies habéis interaccionado esta mañana?”. Si les pregunto por el desayuno, ya lo van pillando. Pensemos en el café, la leche, el azúcar, la tostada, el aceite, el zumo de naranja... Cualquiera de nosotros, para sentirnos bien por la mañana, hemos interaccionado con cinco, seis o siete especies. Y pensemos en los insectos que han polinizado las flores para producir ese grano de café, en todas las gramíneas del pasto que ha alimentado a una vaca para producir esa leche... O si necesitamos tomar una medicina, de dónde vienen los principios activos del fármaco que estamos usando. Porque incluso los fármacos sintéticos siguen modelos que estamos copiando de la naturaleza. Todo eso es la biodiversidad.

¿Qué explican las interacciones?

Son las que mantienen la biodiversidad. Muchas personas estiman que la biodiversidad es el número de especies que encontramos en un lugar, y cuántas son endémicas. A nosotros nos interesa cómo las especies conforman redes complejas de interacción. Qué servicio ecológico y qué servicio ecosistémico están implícitos en ellas. De tal forma que si tenemos una situación muy preocupante y muy acelerada de cambio global por deforestación, por pérdida de hábitat, por contaminación, etc., estamos interesados en descubrir la pérdida de las interacciones. Porque se pierden bastante antes que se extingan localmente las especies que participan en esas interacciones.

Ponga un ejemplo.

En un bosque prístino, las especies están interaccionando. Pero si hay una desforestación y disminuye la abundancia, por ejemplo, de los monos aulladores en una selva amazónica, las funciones ecológicas de esa especie, que son muy importantes para el bosque, desaparecen. Todavía puedes ir allí y puedes registrar que quedan monos aulladores. En un inventario de biodiversidad se diría que esa especie de monos, 'Alouatta seniculus,' está allí presente, pero no funciona. Es lo que se llama el síndrome de bosque vacío. Vas a un lugar, ves las plantas, todo parece que funciona, pero realmente falta esa maraña de relaciones que sostiene la biodiversidad.

Otro ejemplo más fácil de ver en España.

Poblaciones de especies arbóreas que tienen mayor frecuencia de enfermedades o de patógenos de lo que cabría esperar, y no se están regenerando bien. Es lo que pasa en nuestras dehesas de alcornoques. Son muertos vivientes. Tenemos un grave problema. No ves plántulas juveniles, brinzales de los alcornoques que estén retoñando y regenerando esas dehesas. Precisamente, por la falta de interacciones.

¿Qué especies estudia con más dedicación?

En Andalucía, donde el trabajo de campo lo hacemos sobre todo en otoño e invierno, estamos trabajando en Doñana con las sabinas, los enebros y los lentiscos, que son muy importantes en ese ecosistema. No solo estudiamos las plantas, sino todos los organismos que interaccionan con ellas: desde las micorrizas con los hongos que viven en las raíces y facilitan su establecimiento, hasta las orugas que se comen las hojas, los insectos que depredan las semillas, los animales frugívoros que dispersan las semillas y que son los 'jardineros' de Doñana. Son quienes están expandiendo y están distribuyendo todas estas plantas en el parque nacional, y facilitando toda la regeneración natural de la vegetación del parque.

Salvo excepciones como Doñana, ¿estamos conformando una naturaleza de excursión que en realidad se compone de 'bosques vacíos'?

Los animales son necesarios para la regeneración del bosque. Por ejemplo, más de un 60% de las especies leñosas que podemos ver en Sierra Morena son dispersadas por animales frugívoros. Y un porcentaje más elevado de plantas necesitan la intervención de insectos o de animales polinizadores para producir los frutos y las semillas. Si desmontamos estas interacciones, son ecosistemas que colapsan.

¿Cuáles son sus contribuciones más destacadas para haber sido galardonado con numerosos premios?

Nuestra capacidad de integrar áreas de conocimiento que, en principio, están aisladas. Hemos desarrollado técnicas basadas en tecnología de genómica, de genética molecular, para trazar el origen de las semillas una vez que son dispersadas, para averiguar de qué planta provienen, cuánto se han dispersado las semillas. Y ahora también usamos técnicas de código de barras de ADN como la huella digital que tiene una especie, para averiguar quién ha dispersado esa semilla. Son técnicas que han revolucionado nuestro conocimiento sobre cómo se mueven las plantas. Sí, porque las plantas se mueven si tienen que emigrar hacia zonas más frías o más cálidas. Pero no como los ents de 'El señor de los anillos'.

¿El naturalista de hoy combina el cuaderno de campo y el 'big data'?

Trabajamos con saberes de historia natural, con técnicas moleculares, con análisis estadísticos de grandes masas de datos... Hemos incorporado técnicas de la mecánica estadística que son del ámbito de la Física, y de la topología matemática, para estudiar y mapear los grafos de interacciones e intentar identificar, de toda esa red compleja de interacciones, cuáles son los componentes mínimos cruciales para sostener toda esa arquitectura de la biodiversidad.

Hay dos palabras que no faltan en cualquier discurso sobre estos temas: biodiversidad y sostenibilidad. Pero, ¿si les aplicamos el refrán 'Del dicho al hecho hay un largo trecho'?

Ha avanzado mucho la conciencia social, se valora, pero no se tiene asumido en el día a día qué implica llevar una vida más sostenible. Tal vez porque da miedo, porque se identifica con perder calidad de vida. Y no es eso. Es vivir de modo conforme con las necesidades y para mantener el planeta Tierra, que tiene unos recursos limitados y donde, si degradas algo o dañas algo, es enormemente complicado reconstruir el estado primigenio y preservar toda esa funcionalidad.

¿Cuál es el gran reto?

Que estamos perdiendo la biodiversidad sin conocerla. La velocidad de la tasa de extinción de especies, incluso en España, es muy superior a la velocidad con la que los científicos descubrimos nuevas especies. Cada año se está descubriendo y poniendo nombre a unas 18.000 especies de plantas y animales. Pues son muchísimas menos que las que desaparecen con la tala de bosques tropicales, con la desecación de marismas y lagunas, con la contaminación del aire...

¿Y el ejemplo más relevante en el hallazgo de biodiversidad?

Las campañas de prospección marina explorando el fondo del mar y profundidades abisales. Con buques que permiten estudiar amplias secciones oceánicas. Con análisis genéticos y técnicas genómicas de última generación, se están descubriendo multitud de microorganismos planctónicos y una biodiversidad enorme en la fauna abisal de la que no teníamos ni idea. Ejemplos extraordinarios de adaptación a ambientes extremos.

¿Nuestra sociedad, y nuestros representantes, son conscientes de las consecuencias del cambio climático en todos los órdenes de nuestro modelo de vida?

Desgraciadamente, los políticos no están reaccionando como debieran ante las evidencias científicas. Las primeras señales claras de alerta sobre calentamiento global del planeta se expusieron por científicos hace 60 años. Con la gran mejora de los modelos predictivos, ya no es una conjetura, ni una teoría, sino un hecho. Aunque hay años más o menos fríos y lluviosos, la tendencia es evidente. Las alarmas están dadas, el diagnóstico está hecho, y lo que faltan son acciones. Hay países que incumplen de modo reiterado los acuerdos. Se está avanzando demasiado lentamente para la magnitud que tiene el problema.

¿Qué nos hará tomar conciencia?

La mayor evidencia del cambio climático se aprecia cerca de los polos. Como el deshielo del permafrost en la tundra, el deshielo de glaciares en Alaska, el deshielo en el Océano Ártico. Ahí ya no vemos las orejas al lobo, sino que vemos al lobo entero. Por eso políticos y sociedad tenemos que asumir la realidad y cambiar muchas cosas en nuestro modo de vida.

Como ciudadano de Sevilla, analice la evolución de la ciudad y de su sociedad.

Es una ciudad maravillosa, con un gran patrimonio cultural y botánico, en la que soy hipercrítico ante las muchas oportunidades que se pierden. Una de las más evidentes fue desaprovechar tras la Expo'92 que Xerox, con pabellón, tenía intención de establecer en Sevilla un centro de investigación como el Palo Alto Research Centre, tan prestigioso en el desarrollo de informática. Y se perdió esa oportunidad. Yo vi en el pabellón de Xerox en Expo'92 un prototipo de lo que hoy en día conocemos como iPad. ¡Hace 27 años!. Y en Sevilla. Un ingeniero de Xerox me lo enseñó, y me quedé sorprendido. Era un prototipo, un cristal con una placa de circuitos, cogido con palometas y con maderas. Y él pintaba con el dedo sobre el cristal, y el aparato estaba conectado a una pantalla como la que ahora tenemos en las aulas de los colegios.

Usted trabaja desde el Parque Científico y Tecnológico Cartuja. ¿No le parece destacable su envergadura actual?

No quiero que la crítica se traduzca como decir que lo que tenemos ahora no vale nada. Todo lo contrario. Hay muchísimo talento en Sevilla. En Cartuja hay realidades muy interesantes. Pero, para mí, está al 60% de lo que podría haber. Se perdieron oportunidades porque los políticos no se centraron en convertir la Expo en un centro tecnológico y de creatividad. Con su buena voluntad, optaron por un modelo en que una parte fuera parque de atracciones, otra como núcleo empresarial, otra volcada a la ciudad... Pero no vale el 'un poco de todo'. Hay que optar y decidir.

Una de las categorías que más se usan para definir a Sevilla es 'ciudad con potencial'.

En Sevilla hay muchísimo talento. Hay grupos de primer nivel mundial en centros científicos y en departamentos universitarios. En biomedicina, biomateriales, biodiversidad, ingeniería... ¿Quién los conoce en Sevilla? Conocemos otras cosas. No desaprovechemos las oportunidades. El potencial está para ponerlo en juego y que dé el salto. Para que juegue su papel, no para tenerlo como una renta guardada debajo del ladrillo. Creo que en Sevilla tenemos demasiado talento debajo del ladrillo. Hay que sacarlo, hay que ponerlo en valor, hay que moverlo.

¿Qué recomienda para vivir Sevilla como hábitat de fauna y flora?

Sevilla es un jardín botánico, por el origen tan diverso de muchos árboles y plantas. Hay especies interesantísimas y no solo en el Parque de María Luisa o en el Alcázar. Y también mariposas. Aconsejo descubrir aves en el Parque del Alamillo, algunos días voy allí al amanecer para ver pájaros, antes de entrar en mi lugar de trabajo. También recomiendo observar a los cernícalos primilla alrededor de la Giralda. Muchos amigos ornitólogos, cuando llegan a Sevilla, lo primero que quieren es ver a los cernícalos. Es espectacular.

Le brillan los ojos cuando lo describe.

Es una de las joyas del patrimonio natural de la ciudad. Cazan por la noche, aprovechando los focos de la iluminación artística sobre la Giralda, que atraen a polillas y mariposas. Pero también hay otras aves legendarias en Sevilla: los vencejos. También son admiradas por muchos extranjeros. Hay dos especies: el vencejo pálido y el vencejo común. Es divertido ir por las calles jugando a identificar cuáles son de un tipo o de otro. Tenemos la naturaleza mucho más próxima de lo que se cree. Animo a fijarse en los naranjos, se puede ver a los abejorros polinizándolos, y a los pájaros libando el néctar de las flores, con toda la cara llena de polen de naranjo...

¿El turismo ornitológico de origen internacional está sirviendo también a que la población andaluza conozca y valore lo que tiene cerca?

Todavía ha de aumentar mucho más la identificación de la sociedad andaluza con su patrimonio natural hasta alcanzar la estima que tiene por el cultural. No solo es fabulosa Doñana. Muy cerca está la Dehesa de Abajo, donde se pueden observar centenares de especies. Andalucía tiene el privilegio de ser un territorio donde, en un radio de acción de menos de 300 kilómetros, hay costas, sierras, alta montaña, marismas, campiñas, bosques, etc., cuya variedad y riqueza conforman uno de los puntos calientes de biodiversidad de todo el planeta.


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