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Eternas atracciones infantiles

La calle del Infierno, al final de la Feria, es el espacio para los padres con niños y para los niños que comienzan a andar sueltos sin sus padres: cacharritos y hamburguesas

16 abr 2018 / 21:48 h - Actualizado: 16 abr 2018 / 23:13 h.
  • Un grupo de personas se divierte en una de las atracciones de la calle del Infierno. / Manuel Gómez
    Un grupo de personas se divierte en una de las atracciones de la calle del Infierno. / Manuel Gómez

La calle del Infierno, al final de la Feria, se despereza a eso de las seis de la tarde: llegan los machacas y los vendedores de refrescos, aunque la única cola está todavía ante la puerta del Circo Sensaciones (entradas entre siete y 30 euros). Vuelven, como todos los años, los corros de muchachos preadolescentes que forman corro, vestidos de miniaturas de cofrade, hasta con corbata, en la esquina de la plaza (entre los coches de choque y el Látigo) opuesta al corro de chiquillas de su misma edad, todas con su traje de flamenca. ¿Se miran? ¿Se ignoran?

Se desperezan los niños en los carritos y se desesperan los padres, que este año cambian la caseta de su juventud por la obligación de llevar a los críos a la calle del Infierno –como le pasa a Maribel García, sus dos hijos pequeños y a su marido–. En este recinto de cacharritos poco ha cambiado: las atracciones siguen entre los tres y los cinco euros y están los clásicos: la noria, el Ratón Vacilón, el Canguro, el incombustible Gusano Loco...

En el puesto Atracciones Mayte Viviana Méndez espera a algún padre que quiera regalar un peluche a su retoño problando puntería con un rifle de plomillos (entre tres y cinco euros). «Los niños piden sobre todo balones de la Liga».

Mientras el sol aún abrasa, junto a las atracciones casi cibernéticas, algunos hombres huesudos, curtidos y más delgados que el hambre montan una caja de cartón como puesto y venden pistolas de pompas de jabón. Los niños de los carritos las miran, sus padres tragan saliva y aceleran.

A muchas horas para la caída del sol pocas parejas acuden aún, aunque los decibelios de la calle ya atruenan. Claro, falta aún que sus cien mil bombillas sustituyan la luz clara del día por la equívoca iluminación babilónica que a los sevillanos de hace un siglo les debió parecer lo suficientemente sicalíptica como para asociar las atracciones infantiles con la condenación eterna del Infierno.

Deborah Antolín, su hija de dos años y su pareja Manuel también han tenido que sacrificar sus bailes: solo la niña lleva volantes. Esperan un viaje en el Pasaje del Terror. Después, a casa, sin pasar por las casetas. Los años de empleo precarizado dan para un disfrute a pequeños sorbos de la Feria de Abril, que ya nadie puede beber de un trago largo y seguido de siete noches.

De hecho, junto a la calle del Infierno ha ido creciendo un anexo dedicado al hipercolesterol a precios de quinceañero. Si en los 90 un puesto de gofres y dos de vino pisado por maniquíes eran la única oferta gastronómica al margen de las casetas, hoy en el lateral de la calle del Infierno que limita con Juan Pablo II arranca la Ruta 666 del Colesterol: siete hamburgueserías, cuatro puestos de kebab (de ellos, tres kebab-pizzería) y tres bares de bocadillos y raciones (y otro con pollos asados) ofrecen tentaciones pecado mortal para dietistas y veganos. Todo cuesta entre tres y cinco euros, y entre los nombres asustan a los estómagos delicados la Bocapizza, la Hamburguesa Tres Columnas, el Sandwich Poyi (sic), la declarativa Hamburguesa sin verduras. Y también la inefable Salchipapa.

Teresa Armero, empleada de Amburguesería Choni, empresa que desde Aguilar de la Frontera va de feria en feria, explica dos claves: la estrella es la Chicken Choni, manjar de pollo empanado a cuatro euros. Y que todos los neogcios se han puesto de acuerdo en los precios.

Ella y sus tres compañeras echan entre 10 y 12 horas, acaban reventadas e incapaces de pasar el tiempo libre bailando en las casetas. Sacarán un mínimo de 60 euros al día de jornal pero merece la pena: «Ni en Aguilar ni en ningún sitio hay trabajo».

El callejón acaba –o comienza– en un enorme puesto de buñuelos con chocolate, por si hay saque.

Sin embargo, no por ser barato el colesterol de este callejón, perjudica más a la salud que la ingesta de grasas, infinitamente más caras, de cualquier caseta de la Feria oficial, en la que los nombres de los castizos jamón, adobo, queso, lomo, frito variado, puntillitas, tortilla, solomillo al whisky, patatas con jamón, corquetas, montaditos, pinchitos... no los hacen menos candidatos a la ardentía.

Eso sí, algunas de estas raciones finas cuesta casi 15 euros, e incluso un surtido de chacina –con el nombre de Jaqueca en una carta llena de platos de marisco– 43 euros. Estos precios y productos están recogidos de diferentes casetas de la Feria por colaboradores para este reportaje.

Con tales manjares puedes firmar tu primer contrato comercial en la trastienda de las lonas, pero la emoción no será nunca la de llegar la primera noche que te dejan salir solo al Burguer Choni y toparte allí con la chica de clase que te gusta y sus amigas, vestidas de flamenca...


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