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Día del Orgullo 2018

«Fue un triunfo mariconear ante la policía»

Los testimonios explican cómo vivían las personas cuya sexualidad caía fuera de la moral dominante

23 jun 2018 / 22:28 h - Actualizado: 17 oct 2016 / 21:40 h.
  • Manolo Cortés (izquierda) y Antonio Campillo, en los Jardines de Murillo, que fueron testigo de los amores furtivos de los homosexuales sevillanos en los años a caballo entre los 70 y 80. / Jesús Barrera
    Manolo Cortés (izquierda) y Antonio Campillo, en los Jardines de Murillo, que fueron testigo de los amores furtivos de los homosexuales sevillanos en los años a caballo entre los 70 y 80. / Jesús Barrera

«Mi padre me pegó una paliza». Así se dio cuenta a los 11 años Antonio Campillo, hoy a punto de cumplir los 70 años, de que los demás veían en él algo en lo que este niño no había reparado en 1959. Solo que se le metió en el cuerpo tal miedo, tal represión, que hasta los 18 años se negó tanto a sí mismo que se sintió homófobo y como tal participó hasta en algún acto de acoso.

Manolo Cortés, nacido poco antes, en 1945, también tuvo una infancia marcada por el ambiente del barrio de San Julián, entonces marginado tras arrastrar la marca de haber resistido un puñado de días a Queipo de Llano en su golpe de 1936: «Había miseria, desestructura, prostitución, policías corruptos y vendedores de droga, pero también hermandad y solidaridad, protección... y también esa mirada de benevolencia y mala hostia de los otros chavales».

Hasta la despenalización de la homosexualidad los primeros días de 1979 el ambiente social era muy hostil, recuerda Antonio Gutiérrez Dorado, víctima de las cárceles que el franquismo terminal comenzó a construir para enderezar a los homosexuales. «De mi propia experiencia decidí hace tiempo que no hablo», explica con ese laconismo que trata de tapar una herida mal cerrada. Pero sí de la situación general: la Ley de Peligrosidad Social, contra lo que pueda pensarse, nace cuando España comienza a modernizarse. Es de 1970, cuando en otros aspectos, como el de la censura, la dictadura ya no es tan rígida. «Es un encargo de [Luis] Carrero Blanco (1904-1973)», el presidente que gestionaba el país cuando a Francisco Franco comenzaron a fallarle las fuerzas. «Y es consecuencia de la apertura de los años 60 gracias al turismo». Recuérdese el bikini. «Se abrían espacios inusuales de libertad en lo moral». Y en uno de estos huecos se coló «lo que llamábamos el ambiente, que el Régimen comienza a percibir como amenaza, porque antes los homosexuales no eran visibles, salvo la típica mariquita. Franco no tenía necesidad de combatirlo. Era algo oculto que todos veían como una degeneración moral. Pero mientras Europa despenaliza la homosexualidad, aquí endurecen la Ley de Vagos y Maleantes con un instrumento más refinado, la Ley de Peligrosidad Social, que trató de detener lo que no se podía detener. En ella influyó el psiquiatra [Juan José] López Ibor (1906-1991), que veía que la homosexualidad se podía curar con estímulos, descargas y una clasificación en homosexuales congénitos, activos y pasivos; y el Estado tenía que prevenir a la sociedad de nuestro peligro».

Así que el destino del homosexual era acabar preso. En cárceles especiales, en Huelva, Badajoz y donde los colchones «se rellenaban con estropajos», en celdas hacinadas y donde no daban ni sábanas: eran las familias las que proporcionaban abrigo y alimento. Y si para ellas había sido un drama descubrir por la policía la orientación de su hijo (que se sepa, solo una mujer ha obtenido indemnización por haber pasado por las cárceles para homosexuales), allá se las compusiera el desgraciado. «Era lo peor que le podía pasar a una familia: descubrir que un hijo era homosexual».

«En el procedimiento policial la primera detención, que oscilaba entre dos y seis días, eran cuatro guantazos y la ficha, seguido de humillaciones como limpiar la comisaría. Después seguía un arresto gubernativo de 15 días, seguidos de una multa de 2.000 pesetas (12 euros, un sueldo entonces). A la siguiente detención sí intervenía el juzgado, que abría expediente por peligrosidad social. Llegaba la prisión preventiva y condenas de entre dos meses y seis años. «La gente se metía en el armario más profundo, claro, y ahí estuvo la mayoría hasta bien entrados los 90».

Las terapias de Ibor ni siquiera llegaron a implantarse más allá del papel, salvo algún caso experimental. Lo común eran los guantazos y que las familias se convirtieran en prisiones. No pocas hubo que enviaban a sus hijos al manicomio, a los electroshocks. Gutiérrez Dorado insiste, y con él Cortés: «ser homosexual sigue siendo un estigma social». Aunque ya no comporte cárcel.

A Campillo lo habíamos dejado con un «miedo hasta el tuétano» hasta de sí mismo. Con 14 años estaba en un internado y lo que recuerda es el silencio que autoimponía a su conciencia a la vez que los amores platónicos y el despertar de la conciencia de que es gay. «Mariquita» se decía entonces. Pero luchó contra sí mismo y se intentó ganar el respeto de los demás «como machito, hasta cambiando la voz». Con 18 años trabajaba en la proletaria fábrica de la Industria Subsidiaria de Aviación. Salta del sindicato católico HOAC a la CNT («mi rebeldía interior la orientaba a la política, pero yo seguía sin aceptar mi homosexualidad, sintiéndome culpable. Un sufrimiento atroz psiquiatra tras psiquiatra»).

En esos años se enamora de un amigo. Pasan noches en vela, abrazados bajo las estrellas, hablando de las cosas hermosas que ven los jóvenes. Se declara. Fin del cuento: «Me dice que me he equivocado y lo cuenta por todo el barrio, Alcosa. Me tuve que ir de allí». En la CNT la cosa empeora. El secretario general de entonces en Sevilla, como si estuviera en la columna Durruti de 1936, donde se los fusilaba: «Los maricones no tienen sitio en un sindicato de clase». En la HOAC: «Tienes un problema psicológico: se te nota mucho [la homosexualidad]». Y obediente, fue hasta el manicomio, donde se sometió a una terapia donde le inducían sensaciones plácidas ante imágenes de mujeres.

«Cuando decidí seguir mi camino, el panorama era desolador. No solo yo tenía miedo. Lo tenía todo el mundo. Nos encontrábamos clandestinamente en parques, en las tapias... Había que desfogarse de tanta represión, pero esquivando a la policía secreta que se metía en nuestros lugares, de la ultraderecha que nos daba palizas y de los chaperos navajeros que atracaban a los homosexuales... y llegaron los días de la gran manifestación [de 1978] con no más de cien personas y de la que me salí muerto de miedo a la altura de Correos. Cuando cambiaron la ley meses después sentí alivio. Dediqué entonces toda mi vida a la igualdad y la diversidad. Monté el Ítaca en 1979 y allí estuve hasta que me jubilé. He pasado por Somos, y desde 2005 estoy en Adriano Antinoo».

Por su parte, Cortés, a la vez que sufría las miradas de sus vecinitos... Era utilizado «por mi aspecto feminoide» como único recurso sexual por ellos ante lo inaccesible de las muchachas.

«Salí del armario a los 17 años (1962). Mi madre, que era madre soltera, lo acogió magníficamente. Mi tía además me regaló las obras de Oscar Wilde (1854-1909, genio de la literatura irlandesa, homosexual perseguido) y me fui a Suiza».

Pero a la vuelta a Sevilla lo esperaban redadas, encarcelamiento de amigos –y de él mismo, en la comisaría de la Gavidia–, vigilancias policiales... «Y no se acabaron en 1979. Tras quitar la palabra homosexualidad de la Ley de Peligrosidad, quedó la figura del escándalo público. Por el mero amaneramiento te detenían. Hablamos de los años 80. Y el repudio laboral. Me echaron del trabajo en los 70, con Franco ya muerto, de El Corte Inglés. El jefe al que le tocó era también homosexual. Y nos despidió a mí y a una madre soleta por nuestra vida moral. Sí, para mí fue un triunfo mariconear ante un coche de policía, y me emociono cuando dos colegas se casan, pero no está nada resuelta socialmente la homosexualidad».

Gonzalo de las Heras, activista de otra organización, explica que los gays fueron excluidos de la amnistía de 1977 y que, cuando la policía dejó de actuar, la ultraderecha acudía a golpearlos a zonas como los jardines de Murillo. Ante ese panorama se entiende ese «iban cortadillos, pero le echaron valor» de la crónica de este periódico en junio de 1978. Mucho valor. Solo por salir a la calle podrían haber acabado en la cárcel, ante las risas de la concurrencia.

¿HUBO LESBIANAS ANTES DE 1980?

«Buenos días. Busco testimonios de lesbianas de Sevilla con edad suficiente para contar cómo era su vida cotidiana antes de 1978, para un reportaje». La petición del reportero se ha ido topando con el mismo muro en todas las asociaciones Lgtbi o feministas: «Las militantes que querrían hablar no tienen edad suficiente».

¿Realmente llegaron las lesbianas con la democracia? En la asamblea previa a la manifestación del MHAR de 1978 había grupos de feministas y lesbianas. Una de estas feministas presentes en la sala –de CCOO en la calle Calatrava, de donde partió la manifestación–, Margarita Laviana, explica lo que ella cree que pasaba: «Si los hombres homosexuales se visibilizaban poco, las mujeres mucho menos. La situación era terrible. Recuerde que el adulterio era ilegal y que para que nos llamaran feministas radicales bastaba que fuéramos a un pueblo a tomar café: en los bares solo entraban los hombres».

La sociedad, que no toleraba que dos hombres vivieran juntos, ni imaginaba que dos mujeres pudieran convivir como pareja. Pero casi ninguna lesbiana lo hacía. Las lesbianas amas de casa, el grueso de la población femenina, se podían pasar la vida en silencio, callando que su marido le daba asco, y sin que ni siquiera otra mujer homosexual supiera lo que ambas pasaban, explica Laviana: «Vivían ocultas y aisladas, la mayoría no tenía pareja nunca porque lo que sentían las avergonzaba, no era de buena mujer». Las más cultivadas o con más independencia incluso llegaban a un acuerdo con un varón gay y ambos vivían su vida con un matrimonio tapadera.

«Pero es que ni siquiera se hablaba abiertamente en el movimiento feminista: una chica dio tales rodeos para decir que yo le gustaba que no la conseguía entender».

Otro caso que recuerda, que se prolongó entre 1981 y 1992, fue el de dos mujeres internadas en el psiquiátrico de Miraflores. Ni siquiera la monja responsable, tan lesbiana como ellas, consentía en que se dieran apoyo y afecto, mucho menos que compartieran habitación.

«Con 19 años yo no sabía que había homosexuales, hombres o mujeres», explica Laviana sobre su educación. «Yo me separé, de un hombre, en 1977 y para la sociedad era una puta: eran continuos los gestos, los reproches, las miradas...». Para una lesbiana no había armario. Había un abismo.


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