viernes, 26 mayo 2017
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¿La comunión
o la celebración?

Eucaristía. Las primeras comuniones se convierten cada vez más en un acto social y una fiesta en honor del comulgante pero en la que cada vez se pierde más el sentido del sacramento que se está celebrando

20 may 2017 / 06:56 h - Actualizado: 19 may 2017 / 22:01 h.
  • ¿La comunión <br />o la celebración?
    Una niña toma una fotografía durante la celebración de su primera comunión. / Txetxu Rubio
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    Las mesas con golosinas no suelen faltar en ninguna celebración. / Pepo Herrera
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    Uno de los complementos para el vestido de las niñas de cara a la comunión. / Pepo Herrera

La comunión es el acto mediante el cual se recibe el cuerpo de Cristo, que ha sido consagrado a través del sacramento de la eucaristía. Este, que rememora diariamente la última cena de Jesucristo con sus apóstoles y en la que se recibe el cuerpo y la sangre de Cristo, es un acto de fe, dado que la ciencia no puede demostrar que el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

La eucaristía es uno de los siete sacramentos de la Iglesia católica y únicamente pueden realizarlo los sacerdotes. Estos siete sacramentos de la Iglesia son: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción de enfermos, órdenes sacerdotales y matrimonio. Los tres primeros forman parte de los denominados sacramentos de iniciación, los cuales tienen la función de iniciar a la persona en el cristianismo.

La primera vez que un niño –o un adulto– recibe la comunión –es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo– se hace con toda la pompa y el boato posible en un acto que se denomina la primera comunión. Aunque la Iglesia católica no tiene fijada una edad mínima para recibir la comunión aunque sí aproximada (9 años).

Hace siglos, el acto de recibir la primera comunión se hacía de forma discreta, sin ninguna parafernalia especial. Simplemente había que estar bautizado –igual que hoy día– y se celebraba cuando el niño hubiera alcanzado la edad de discreción, que se situaba entre los 12 y los 14 años aproximadamente, y en la que se supone que el joven ya ha sido alumbrado por la razón y puede hacer mejor uso de ella que cuando era únicamente un niño. Y no fue hasta el siglo XVII cuando se le empezó a dar forma a los actos que han derivado a las comuniones de hoy día, que tristemente se alejan del sentido cristiano y católico y en muchas familias –no todas, lógicamente– han derivado en un gran acto social puro y duro.

Hace varias décadas, que un niño recibiera la primera comunión ya era síntoma de que iba creciendo y la infancia iba quedando atrás. Así, recibir el sacramento también significaba en muchos casos que pudieran comenzar a llevar pantalón largo en lugar de corto, o que se sentara en la mesa junto a las personas mayores y no únicamente con los niños. Porque realmente, además del sentido católico del sacramento, la primera comunión del niño supone ir iniciándolo poco a poco en la vida adulta, cuando tendrá que empezar a tomar decisiones por sí mismo y ser consciente de los actos que realiza. Lógicamente, a esa edad todavía necesita de sus padres pero ya comenzará a desarrollar cierto sentido crítico en muchos ámbitos. En la diócesis de Sevilla, el arzobispo responsable, Juan José Asenjo, escribió el Directorio Diocesano de la Iniciación Cristiana, en el que se regula la forma y el fondo de estos tres importantes sacramentos.

El documento precisa que gracias a la eucaristía la iniciación cristiana «alcanza su culminación» y que con ella «se realiza la comunión de vida con Dios y la unidad de la Iglesia». Sí deja claro el prelado que el sacramento de la primera comunión ha de ir acompañada de «una verdadera introducción y un hábito de asistencia a la celebración eucarística, fundamentalmente la del domingo, tanto con sus padres como con el grupo de catequesis». E insiste el arzobispo Asenjo: «La preparación para la primera comunión, a pesar de los inconvenientes que provienen de los excesos en la fiesta familiar y social, debe orientarse hacia una verdadera integración de los niños y de sus padres en la vida de la comunidad cristiana».

En el texto, el cabeza visible de la iglesia sevillana recuerda cómo desde las disposiciones de San Pío X se señalaba «la edad del discernimiento y uso de razón» para tomar por primera vez la comunión, y establece en el directorio que en la diócesis sevillana la edad propia para recibir la comunión sacramental será «a los nueve años o cuarto de educación primaria». Además, si varios hermanos quieren hacer la primera comunión «el mayor esperará al menor».

Para evitar caer en la celebración de un acto social, Asenjo propone que los niños «se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino». Empero, Asenjo insiste en que «el peso social que hoy rodea la celebración de la primera comunión es un factor que oculta en no pequeña medida tanto el valor de la iniciación cristiana como el de su sentido eclesial». Y así, aboga por «poner el énfasis en una celebración que nunca olvide el sentido cristiano y sea expresión de la comunidad eclesial que celebra la Eucaristía con sencillez y solemnidad».

Y es que es uno de los grandes caballos de batalla de la Iglesia, que ven como cada año se da más importancia al acto social y a la fiesta que se organiza en honor al comulgante en lugar de poner todo el énfasis en el sacramento y en el compromiso, que tanto el niño como su familia, están tomando con la Iglesia. Desde hace unos años, las celebraciones de las primeras comuniones se están tomando en muchas familias prácticamente como si fuera una boda, algo con lo que los responsables de la Iglesia no están nada de acuerdo porque, insisten. El mensaje de lo que realmente es el sacramento de la eucaristía y la importancia de recibir la primera comunión queda completamente distorsionado.

Hoy día, los gastos para afrontar la celebración de una primera comunión son desmesurados y en muchos casos la cifra alcanza varios miles de euros. Lógicamente, hay celebraciones de todo tipo, pero las austeras son cada vez las menos.


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