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«La ola tecnológica no ha creado la precariedad laboral y los falsos autónomos»

Entrevista a Manuel Alejandro Hidalgo Pérez, profesor de Economía Aplicada de la Universidad Olavide. Su investigación sobre la relación entre cambio tecnológico y mercado de trabajo, y su vocación de compartir conocimiento con la opinión pública, han dado como resultado el libro ‘El empleo del futuro’.

01 sep 2018 / 20:15 h - Actualizado: 01 sep 2018 / 20:19 h.
  • Manuel Alejandro Hidalgo, en el campus de la UPO. / Jesús Barrera
    Manuel Alejandro Hidalgo, en el campus de la UPO. / Jesús Barrera

“Mi padre me decía que a él de chaval ir al cine le costaba 25 pesetas, cuando a mí de joven ya me suponía pagar más de 100. Hablando de cosas así en casa, o cuando iba a comprar al quiosco, empecé a interesarme por la Economía. Por cierto, ahora una entrada vale en euros el equivalente a 1.000 o más pesetas”. Manuel Alejandro Hidalgo Pérez, nacido hace 44 años en Sevilla, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Olavide, editor en ‘Agenda Pública’, articulista en ‘Vozpópuli’ para aportar criterio sobre la actualidad, ha escrito el libro ‘El empleo del futuro: Un análisis del impacto de las nuevas tecnologías en el mercado laboral’, que Deusto edita y pone a la venta desde el 6 de septiembre. No solo en las librerías sino también, claro, en las plataformas digitales de comercio global.

Un libro que, además de su repercusión en España, donde el mercado laboral es permanente motivo de preocupación porque arrastra tasas estructurales de desempleo muy por encima de los principales países europeos, tendrá en Sevilla un acto de presentación el 20 de septiembre a las 19:00 en la sede institucional de la Olavide en el centro de la ciudad. Hidalgo estará acompañado por los catedráticos de Economía Aplicada Francisco Ferraro y José María O’Kean.

-¿Cuáles son sus orígenes?

-Nací en el barrio de La Oliva, en su mayoría de clase obrera. Mi padre era aparejador y trabajaba como funcionario de la Diputación de Sevilla. Mi madre, ama de casa. Soy el segundo de sus tres hijos. Crecí en La Oliva hasta que me casé, mi pareja es también economista, tenemos dos niñas, residimos en Montequinto. Estudié en el Colegio San Diego, que ya no existe, y después en el instituto de mi barrio, el Instituto Ramón Carande. Con el sueldo de mi padre podíamos vivir con cierta tranquilidad, pero siempre procurando no gastar más de lo que podíamos. Cuando los hijos éramos pequeños, salíamos en vacaciones fuera de Sevilla. Después ya no fue posible.

-Su raigambre en un barrio como La Oliva ¿también le ha servido para ser un economista que no pierda la perspectiva social?

-Al principio no era muy consciente de ello, cuando quedabas con los amigos del barrio y veías que yo era casi el único que había acabado una carrera universitaria, y el único con doctorado y estancia fuera de Sevilla, en mi caso para hacer el doctorado en la Pompeu Fabra de Barcelona. Ahora sí soy más consciente de cómo influye en mi concepción de la vida, y en todo lo que hemos de hacer y mejorar. Y a los alumnos que proceden de ese tipo de barrios, y que hacen un gran esfuerzo para estudiar, les incentivo más si cabe. No soy un economista encerrado en el despacho. He visto cómo funciona la vida en circunstancias muy negras.

-¿De qué tipo?

-En La Oliva se vivía con mucha tranquilidad. Pero a comienzos de los años ochenta, como a tantos barrios, llegó la droga. Primero la heroína, después la cocaína. Fueros años nefastos. He visto morir por las drogas a jóvenes con más edad que yo, hijos de vecinos. Era una aventura diaria salir a la calle porque podía aparecer alguien pidiéndote, exigiéndote. Después remontó la situación. Cuando me mudé en el año 2000 tras casarme, el barrio empezó a sufrir otra dinámica, la del deterioro y empobrecimiento. Experimentó a la inversa el ‘boom’ inmobiliario. Y mis padres también se mudaron.

-Si ahora acabara la carrera, ¿volvería a elegir irse a una universidad de Barcelona o buscaría otro destino?

-Para mí Barcelona y la Universidad Pompeu Fabra fueron una buena opción. Ahora elegiría Boston.

-¿Cómo ven en su entorno universitario la tensión que se vive en los campus barceloneses por la presión independentista?

-Cuando vienen alumnos a preguntarme por destinos para proseguir sus estudios, les sigo recomendando en Barcelona la Pompeu Fabra o la Autónoma, al igual que recomiendo otras en España como Alicante y Madrid. Los estudiantes no han de tener problemas. Sí los tienen profesores, por lo que me comentan muchos colegas que conozco, y quieren irse si no se han ido ya, porque la situación para vivir y trabajar allí es cada vez más desagradable.

-¿El capital humano es su especialidad?

-Mi tesis doctoral la dediqué a capital humano, salario, educación y desigualdad. Analizar, por ejemplo, por qué España se comportaba de modo distinto a buena parte de Europa en el aumento de la desigualdad. O aspectos como las externalidades del capital humano: por qué interesa en un país que la gente estudie aunque no seas tú y en qué te beneficia que todo el país tenga más educación aunque no seas tú el que la tiene.

-Sobre el tema que aborda en su libro ‘El empleo del futuro’ pesan muchos apriorismos. Le digo algunos: “Los robots van a convertirnos en una sociedad ociosa...”, “Los empleos del futuro todavía ni existen...”, “La clase media va a desaparecer y solo habrá o personas con sueldos altísimos o mayoría con sueldo precario...”.

-El libro trata de razonar desde la primera página hasta la última por qué algunas de esas cuestiones no tienen sentido. Una de las ideas preconcebidas que refuto con argumentos es pensar que nuestro mundo es de suma cero, y si proliferan los robots no vamos a tener trabajo. Eso no tiene sentido económico desde ningún tipo de vista. Los robots expandirán la actividad productiva, generarán más riqueza y motivarán que los humanos realicen otras actividades, pero no dejarán a las personas sin trabajo que hacer. Veamos la experiencia de los últimos 200 años, porque la automatización de la actividad productiva no es algo que se inicie en los últimos 15 años. Sí debemos prepararnos para minimizar los costes y perjuicios. Porque en la sociedad habrá muchos ganadores, pero también algunos perdedores.

-En su investigación para el libro, ¿qué ha descubierto como polo positivo y como polo negativo?

-Soy más optimista que cuando empecé a escribir el libro. Al repasar la evolución de 200 años de cambios tecnológicos, me convenzo de que la tecnología está para ayudarnos, no para quitarnos del cartel. Y me preocupan, como factor de pesimismo, grandes tendencias que se están consolidando y que son los graves problemas a los que nos enfrentaremos en el futuro. Como el crecimiento de enormes corporaciones y los procesos de externalización radical en la actividad productiva. La tecnología no es la culpable, pero sí el vehículo a través de la que se consolidan. Debe hacernos reflexionar para no atacar a la tecnología, sino para poner coto a esas tendencias y replantear el modelo de regulación laboral y relaciones sociales.

-La fascinación por los dispositivos tecnológicos y por la conectividad permanente, ¿no está descuidando el análisis sobre tendencias regresivas en los derechos laborales y en las condiciones de trabajos ligados a lo digital?

-La precarización del trabajo no ha sido inventada por las nuevas empresas tecnológicas. Comenzó hace décadas con procesos de externalización. Por ejemplo, en las obras e infraestructuras, con la subcontrata de la subcontrata de la subcontrata. O con los falsos autónomos. Esos nuevos tipos de relaciones laborales son una tendencia a la que está dando ahora impulso más intenso la capacidad tecnológica para extenderla a más sectores productivos, reduciendo los costes de transacción que antes se consideraban ineludibles en cualquier empresa. Porque ninguna contrataba a un empleado para un solo día. Y ninguna contrataba a otra empresa para que le hiciera parte de la producción, porque era muy difícil monitorizarla.

-Es enorme la capitalización que logran empresas digitales cuya mano de obra son chóferes que ponen el coche, repartidores de comida a domicilio que ponen la moto o la bici,...

-Me preocupa la ‘uberización’ de la economía pero no solo en las empresas tecnológicas. Y esas plataformas digitales como Uber y Deliveroo son solo la punta del iceberg, son solo una versión más agresiva de ese modelo de subcontratas y falsos autónomos al que aludía antes.

-Un ejemplo de lo positivo y de lo negativo.

-Para personas como yo, profesor universitario, o para un ‘freelance’ muy cualificado, las tecnologías nos facilitan el trabajo. Y puedo aprovechar el tiempo en un viaje en tren para trabajar con mi ordenador. En cambio, para otras personas, empleos vinculados a la deslocalización pueden estar muy mal remunerados y son nocivos psicológicamente. Por ejemplo, en Filipinas hay decenas de miles de personas que se dedican a chequear fotos que se cuelgan en Facebook. Muchos trabajan desde su hogar. Son empleos donde el trabajador está invisibilizado y desconectado de la sociedad, está mal pagado, y dura de promedio siete meses porque tiene que dejarlo a causa del desgaste psicológico.

-Está menguando en EEUU, Europa y España el porcentaje de mujeres que estudian carreras tecnológicas, pese a las campañas para cambiar la excesiva masculinización de todo lo que suene a innovación. ¿Se va a agudizar la brecha de género?

-Las políticas públicas tienen que seguir combatiendo ese estereotipo que limita el potencial de las mujeres. Y otro factor importante: favorecer la conciliación laboral-familiar y el trabajo desde casa. Tampoco perdamos de vista que para avanzar profesionalmente aprovechando la ola de la automatización, no va a ser imprescindible estudiar una carrera de ingeniería, informática o matemáticas. Se está detectando cómo cada vez son más necesarias habilidades que tienen licenciados en Historia, Bellas Artes, Filosofía,... Y ahí el porcentaje de mujeres es ya muy superior. Es muy revelador un estudio que se ha hecho dentro de Google. El 90% de los trabajadores que han logrado éxito laboral dentro de esa empresa comenzaron estudiando carreras de las consideradas Humanidades.

-¿Qué futuro tienen en el mercado laboral español las personas de 45, 50 o 55 años?

-El cambio tecnológico no va a ser un tsunami que nos barra a todos. Muchos de los que ya hemos sobrepasado los 40 hemos incorporado a nuestros empleos ciertas tecnologías que no se parecen en nada a lo que hacíamos cuando comenzamos hace veinte años. El verdadero problema en España es el funcionamiento del mercado de trabajo. Las perspectivas son nefastas para quien se queda sin trabajo con más de 50 años, pero no ocurre por el cambio tecnológico, ni tendría que ser así.

-¿Qué hacer?

-Tanto los adultos como los jóvenes tenemos que evolucionar a un proceso de aprendizaje continuo, de invertir constantemente en nuestra cualificación. Adquirir cualidades y habilidades para reciclarnos a la vez que somos capaces de asimilar nuevos conocimientos. Los padres tienen que convencer ya a sus hijos para ser así hoy pensando en el largo plazo.

-¿El empleo público del futuro tendrá estatus de fijo hasta la jubilación?

-Es una cuestión que no he tratado en el libro. Mi opinión es que no.

-¿No es evidente que, con el cambio tecnológico, en las administraciones públicas sobran personas en unas funciones y faltan en otras?

-Las administraciones públicas tienen un doble reto: modernizar la gestión de lo que hacen internamente y simplificarnos la vida a los ciudadanos en lo que depende de su actuación. Están obligadas a utilizar ya herramientas tecnológicas que nos hagan la vida más fácil. Y también que reduzcan el fraude fiscal. En su conjunto, es una modernización que puede suponer que en unos departamentos sobre personal y que en otros haya que aumentarlo.

-¿África, América Latina y Asia van a participar de modo más cohesionado en el desarrollo y la prosperidad, o van sufrir aún más la desigualdad?

-Las evidencias indican que el cambio tecnológico y la globalización del trabajo y del comercio disminuyen las desigualdades entre países, y van a generar desigualdades dentro de cada país. En plataformas como Upwork, donde se lanzan ofertas de trabajo que se pueden hacer de modo digital por parte de personas muy cualificadas desde cualquier lugar del mundo, la mayor parte de quienes ofrecen esos contratos están en Europa y EEUU, y la mayoría de quienes son elegidos viven en África o Asia. Si tienen el mismo nivel un ingeniero informático de Bombay y uno de Londres, el primero puede cobrar 200 euros por un encargo que son dos días de trabajo, y con ese dinero paga el alquiler de su vivienda para todo el mes. Y si consigue seis trabajos más de ese tipo resuelve bien su balance de gastos e ingresos durante ese mes. Quien reside en Londres pedirá 1.000 euros. Es muy probable que se lo adjudiquen al de Bombay. Pero quien sufrirá en países como los europeos las dificultades para mejorar su salario no es ese perfil de profesional, sino las personas que no se enganchen a la evolución tecnológica.

-¿Cómo analizar el futuro del empleo y de la economía sin tener en cuenta cómo se está deteriorando la calidad de los sistemas democráticos, y el auge de regímenes autoritarios que no favorecen la redistribución de la renta ni la cohesión social?

-Estamos experimentando en países desarrollados (en contraste con los países en vías de desarrollo) las consecuencias de la falta de atención política a resolver las desigualdades en sectores sociales que se sienten perdedores en el cambio tecnológico. Y convierten su descontento en desafección a la democracia y hacer caso a ideas y movimientos populistas con tendencias totalitarias. Insisto: el cambio tecnológico no es la única ni la principal razón del empobrecimiento que no han atajado los sistemas políticos. Y una de las claves de la preocupante victoria electoral de Trump, persona que no es ni ejemplo de democracia ni de buen gobernante, está en la decisión de votarle por parte de millones de personas que no están subidas a la ola del cambio tecnológico.

-La gran crisis económica que estalló en 2006 tuvo lugar cuando ya era importante la automatización de procesos, como por ejemplo en las operaciones bursátiles, y evidenció la magnitud de las mentiras en las que se basaban muchos desarrollos del mercado financiero. ¿Cómo no considerar que las mentiras, se las denomine o no ‘fake news’, pueden constituir cada vez más uno de los factores que tengan su peso en todos los sectores económicos?

-Veo ese peligro más en el sistema financiero que en los procesos económicos. Los procesos de inteligencia artificial pueden ser muy útiles pero también llevarnos a situaciones de involución. Respecto a la evolución de una economía a corto o medio plazo, priman los factores que son reacios a cambiar, basados en cómo las personas toman las decisiones. El estado de ánimo en general hace tender a la inercia. Veamos el caso de Cataluña. Todo lo que ha sucedido durante los últimos 12 meses solo ha restado dos décimas al crecimiento anual. A largo plazo sí puede deparar efectos mayores. Como decía antes, creo que en muchas zonas del mundo las tendencias políticas y los problemas de la democracia pueden tener consecuencias más importantes sobre la economía.

-En países con pocos recursos como Estonia se ha logrado un pacto de toda la sociedad para basar su prosperidad en la innovación, y han logrado un crecimiento económico espectacular. ¿Algún día veremos un pacto así en España? ¿Y en Andalucía?

-Soy muy pesimista en eso. Me parece prácticamente imposible que se unan todos los partidos políticos y toda la sociedad civil, y que todos se comprometan en un pacto multidisciplinar. Lamentablemente, no creo que el ‘todos a una’ ocurra ni en España en general, ni solo en Andalucía.

-¿A qué nos aboca?

-A la búsqueda individual de salidas para prosperar. ¿Qué hacen muchas familias? Darle a sus hijos la mejor y más internacional educación posible, para que, si en su tierra se vive una situación de retroceso, no estén limitados a quedarse y puedan irse para buscarse el bienestar. Ya sea a Stuttgart o a Stanford.

-¿Quienes participan a diario en la generación de riqueza en Sevilla integrados en dinámicas globales muy cualificadas, van a ser capaces de protagonizar un cambio histórico en el rumbo de la sociedad sevillana?

-No, no lo creo. Y pondría dinero ahora mismo para contribuir a que lo lograran. Hay personas que lo están intentando. Tendría que haber el triple como ellos. Son una minoría que, me temo, no tiene tanta capacidad como para cambiar la mentalidad de quienes están anclados y ensimismados en el pasado. Veo y escucho los temas sobre los que se habla y debate en la ciudad, y tengo que ser muy crítico.


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