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Ser padre en el siglo XXI

La paternidad como derecho y responsabilidad

El incremento de padres que afrontan el cuidado de sus hijos con implicación y ganas de disfrutar es una tendencia que necesita apoyo normativo. Los arraigos del patriarcado siguen, todavía, vigentes

18 mar 2017 / 20:41 h - Actualizado: 19 mar 2017 / 08:28 h.
  • Un hombre ayuda a su hijo, perfectamente equipado con todos los elementos de seguridad, a aprender a patinar. / Daniel Pérez
    Un hombre ayuda a su hijo, perfectamente equipado con todos los elementos de seguridad, a aprender a patinar. / Daniel Pérez
  • Los padres del primer niño que nació en Sevilla en 2017 posan sonrientes junto a hijo. / Jesús Barrera
    Los padres del primer niño que nació en Sevilla en 2017 posan sonrientes junto a hijo. / Jesús Barrera

«Hoy, cuando un hombre se va a convertir en padre, se espera que se implique de manera activa en el cuidado y la crianza de su hijo. El rol del padre va muchísimo más allá del sustento económico. La tendencia es que las relaciones de pareja sean más igualitarias. No gozamos de una igualdad real, pero la tendencia es que los roles de género sean más igualitarios». Sirve de somero resumen la opinión inicial de Beatriz Morgado, investigadora del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla.

Sirve también para entender la idea de que para hablar del concepto de padre hay que hablar del entorno familiar, social y laboral. Carmen Botia Morillas, del Departamento de Sociología de la Universidad Pablo de Olavide y parte del equipo que trabaja en TransParent Project –«una investigación internacional dirigida a parejas primerizas de dos ingresos»–, señala que «el rol de la paternidad evoluciona conforme evolucionan la sociedad y las familias. Todo se retroalimenta». De manera, explica, que ese «pacto social» aceptado durante años en la construcción del estado social, se traducía en que «la mayoría de los varones tenía un empleo estable y con derechos que generaba un salario suficiente para mantener la familia». Era el proveedor de ingresos, mientras que «la mujer y los menores accedían a los derechos de ciudadanía por su condición de cónyuge o hijos del titular del derecho, que era el padre, el que desempeñaba el empleo». Esa realidad empezó a romperse en Europa a mediados de los años 70, y en España más tarde.

Morgado sitúa el momento de cambio en España en la llegada de la democracia. Comenzaron entonces «a notarse cambios sociales, nuevos valores que sustentan a las nuevas familias y que han hecho que los roles de género evolucionen. Actualmente, la sociedad espera cosas distintas de un padre de lo que esperaba hace 30 años, o hace 20».

Sin abandonar la conversación sobre el contexto social, Morgado destaca que «estamos en una sociedad con unos valores, unas costumbres, una cultura. No podemos negar los arraigos del patriarcado que hemos tenido, con roles de género tradicionales», que incluso llevaron a pensar «que la mujer nace preparada para criar y educar».

Puestos a hablar de condiciones que marcan la manera en la que padres y madres afrontar su labor, ambas coinciden en señalar la importancia decisiva del empleo. Cuenta Botia que «en los padres más jóvenes se dan procesos más acelerados de cambios. De ellos se espera que asuman otros roles, y más con las mujeres que tienen trabajos a tiempo completo». En estos casos pueden coincidir varias cuestiones: que el empleo sea central para los dos miembros de la pareja, que las mujeres no estén totalmente disponibles para cuidar a los hijos –y atender las labores del hogar– y que los padres quieran serlo con otras actitudes de las tradicionales. ¿Cuál es el problema para que los padres se comporten efectivamente de manera diferente? Según la investigadora de la Olavide, «se tienen que dar dos factores. Primero: tienen que tener un empleo que les permita disponer de cierto tiempo. Y segundo: que sean padres con cierta experiencia en haber cuidado», y aquí incluye cuestiones como realizar tareas domésticas en pisos de estudiantes, o en la propia relación de pareja antes de tener hijos. Por concretar un factor que podría ser fundamental, Botia opina que «si a los padres se les diera un permiso de paternidad equiparado al de las madres, empezarían a tener prácticas de cuidado». No parece que las cuatro semanas de las que disponen desde el 1 de enero de este año resulten suficientes.

En ese mismo sentido habla Beatriz Morgado. «En los últimos años, con la crisis económica, se han notado cambios en la implicación de los padres», de forma que las mayores tasas de desempleo en varones han provocado mejoras en el cuidado de los hijos, porque han «invertido» en ellos ese tiempo del que disponían. No es, evidentemente, la solución ideal, que debería ir más bien por «recuperar los pilares de la sociedad del bienestar, y que las políticas familiares y de conciliación fueran reales». Un ejemplo y una meta: Suecia, donde ambos progenitores disponen de un año de baja y de la garantía de volver a su empleo sin represalias. «Y con posibilidades de alargar ese periodo», destaca. «En nuestro país cada vez somos más sensibles a esto, y se reivindica, pero tiene que ir acompañado de cambios normativos. Los permisos parentales deberían ser intransferibles», resalta, porque además «psicológicamente hablando son tiempos muy importantes. En los primeros meses, en los primeros años, es cuando se establecen los vínculos afectivos. Y al pasar tiempo o no con el hijo y estar implicado o no en la crianza se están sentando las bases de la relación futura. Una relación de apego, buena, organizada», resume.

Botia apunta que «es importante el ciclo vital» en el que se encuentre la familia, porque no es lo mismo cuidar a un bebé, a un niño o a un adolescente. Su investigación se ha centrado en el momento de los bebés, e incluso en las dinámicas de la pareja antes de tener al primer bebé. «A partir de esas prácticas de pareja se puede prever bastante bien qué pasará», resalta. Las conclusiones a las que han llegado en TransParent Project, decisiones de empleo y familia en la transición al primer hijo en Europa, indican que son las parejas «más realistas» las que mejor se adecuarán a lo que sucederá con la llegada de un hijo. «En las que no prevén qué sucederá, ella será la que cuidará al hijo», confirma. «Los padres que han tenido experiencia con trabajo doméstico tienen más posibilidad de que también cuiden después. Lo que vemos es que en los padres que pueden cuidar, en los que tienen más tiempo, se genera una práctica de padre cuidador que es más fácil que se mantenga».

«La investigación la hicimos con muchas parejas que habían logrado tener relaciones equilibradas antes de que llegaran los hijos. Cuando llegan los hijos, implican un proceso de tradicionalización de los roles», en la medida en que «aumentan muchísimo la carga de trabajo y también la carga de cuidado» y «el mercado de trabajo está segregado por razón de género. Al final, cuando una pareja toma decisiones racionalmente se tiende a mantener a quien tiene mejor empleo, mejor salario». Ocurre que, salvo las mujeres que se han asentado en una buena situación antes del embarazo, es más probable que sean ellas quienes supediten su carrera al cuidado de sus hijos.

Beatriz Morgado, por su parte, destaca otra cuestión importante: que los padres de generaciones anteriores «no podían ejercer» como un padre actual, porque se movían «dentro del los mandatos de género del patriarcado, que es desigualitario». Apunta luego un detalle interesante, y poco escuchado. Porque, si bien es cierto que esa ideología era perjudicial «en muchísimas cosas para las mujeres, también es desigualitaria para el hombre, porque se le privaba de ejercer esa responsabilidad, de poder disfrutar. Hoy, esa tendencia de relaciones más igualitarias tiene ventajas para todos y todas. Un hombre al que se le permite ejercer su responsabilidad parental disfruta de un derecho para él y para el niño o la niña», en cuya crianza «tiene mucho que decir».

El tema es amplio, y conviene no olvidar la distinción entre los ámbitos público y privado. Para Morgado, «en la lucha por la igualdad, parece que las mujeres hemos avanzado mucho más. Estamos en la Universidad, estamos preparadas, trabajamos... Las tasas de empleo no son igualitarias y existe brecha salarial, pero parece que las mujeres hemos avanzado más hacia la igualdad. El hombre parece que no ha avanzado tanto. En el ámbito privado todavía queda mucho por hacer. Hay que destacar que se ven avances en aras de la igualdad. Los roles de género han cambiado, y también el rol del hombre en la familia, en la que se implica más». Existe un pero, que no es menor. «En las tareas del hogar, las mujeres duplicamos el tiempo que dedican los hombres, y en el cuidado de hijos también, aunque hay un porcentaje de hombres que se implican. Pero todo esto necesita más sustento legislativo y de políticas familiares».

Botia cuenta que, de acuerdo con los datos que ha obtenido durante la realización del proyecto Transparent, «las parejas con roles equilibrados suponen un 20 por ciento. Pero lo más relevante no es que las parejas se sigan relacionando de manera tradicional, es que exista este porcentaje de parejas y de nuevas formas de relación, de paternidad, y que existan hombres que se quieren ocupar de los hijos».

El Día del Padre, entre San José y el tercer domingo de junio

El Día del Padre tiene su propia historia, y fechas distintas en función de dónde se celebre. En España, como en otros países de tradición católica, el día elegido es el 19 de marzo, día de San José, padre de Jesús. Se decantan por la misma fecha Bolivia, Italia, Uruguay, Portugal y Honduras. El origen de la fiesta fue obra, según numerosas fuentes, de la estadounidense Sonora Smart, hija de un veterano de la Guerra Civil americana que quiso homenajear a su padre. En 1910 eligió un día cercano a su cumpleaños, el 19 de junio. En 1924, el presidente de EEUU Calvin Coolidge declaró la fiesta celebración nacional. Por eso, muchos países celebran el Día del Padre el tercer domingo de junio.


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