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Las dos caras de la gran Metrópoli

Puerta de América. La imagen de las grandes urbes del tercer mundo sirve para definir a una Sevilla de riqueza exagerada y pobreza extrema

11 oct 2016 / 14:58 h - Actualizado: 13 oct 2016 / 09:33 h.
  • El Archivo de Indias, memoria de la historia de Sevilla y América. / Pepo Herrera
    El Archivo de Indias, memoria de la historia de Sevilla y América. / Pepo Herrera

«Roma triunfante en ánimo y grandeza», en palabras de Cervantes, la Sevilla del siglo XVI combinó como sólo hacen las grandes metrópolis la opulencia y la miseria.

Ciudad rica también en tópicos, Igor Pérez Tostado, profesor de Historia Moderna de la Universidad Pablo de Olavide, propone una imagen quizás no tan manida: la de «Sevilla como una gran metrópoli del tercer mundo». Y acude a un ejemplo para ilustrar su idea: «Como Kuala Lumpur –capital de Malasia–. Con una riqueza exagerada, pero también con una pobreza extrema».

Ese contraste «no era tan marcado en el resto de Europa. La diferencia entre los más ricos y los más pobres no era tan extrema», certifica Pérez Tostado.

¿De dónde venía esa diferencia? En primer lugar, del descubrimiento de América, y del hecho de que Sevilla se convirtiera en escala obligada en la ruta que unía España con el nuevo continente. La construcción de la Casa de la Contratación, en 1503, ratificó la exclusividad de la ciudad en el comercio con América, si bien el puerto de Sevilla gozaba ya antes de notable importancia como nexo de unión entre el Mediterráneo y el norte de Europa.

Pérez Tostado retoma la comparación con otra gran ciudad. «Era una especie de Nueva York del siglo XVI. A la gente que venía de fuera le sorprendían los contrastes. Había mucha ostentación, pero también estaba el polo opuesto», apunta.

Insiste a continuación en su carácter metropolitano, que iba más allá del trasiego entre España y las tierras recién descubiertas. «A Sevilla venía gente de todo el mundo: de América, pero también de África, magrebíes y del África negra –y ahí está la cofradía de Los Negritos, cuyo origen se remonta a 1393, como prueba–, de Asia. Algunos se quedan en la ciudad, otros vuelven a su lugar de origen, otros se marchan con distinto rumbo. La estancia en la ciudad marcaba a la gente».

Aquella gran Sevilla tuvo para muchos un papel que aún en la actualidad existe, aunque son otros lugares los que lo ocupan: «Venían muchas personas de las zonas pobres. Venían, ahorraban y se volvían a su pueblo. Precisamente porque se pagaba en plata es por lo que la gente podía ahorrar mucho más trabajando aquí, más que en ciudades como París, Roma, Génova», más que en las otras grandes urbes europeas de la época, en suma.

De manera que aquella multitud que ocupaba las calles de Sevilla procedía poco menos que de medio mundo, como lo ratifica todavía hoy el callejero de la ciudad, con nombres como Alemanes, Navarros, Génova... También quedan, más o menos transformados, apellidos italianos o alemanes, señal inequívoca de cosmopolitismo.

Claro, hay que evitar caer en la visión única de la ciudad dorada, rica y orgullosa, porque también tenía su lado opuesto: el de la urbe poblada de pobres, de enfermos, de calles sucias, pícaros y delincuentes. El ámbito de las infraestructuras puede servir de ejemplo, porque el XVI dejó enormes y valiosos monumentos, con el Archivo de Indias, único en el mundo, a la cabeza. Pero las infraestructuras públicas brillaron por su ausencia.

Sevilla «era una mezcla de gente de todo el mundo, y unos iban bebiendo de otros, adquiriendo costumbres nuevas. Las modas que llamaríamos aristocráticas son las de los mercaderes genoveses, a través de los cuales se aprenderá la sofisticación». La aristocracia adquirirá esos lujos mundanos gracias a los mármoles, las telas, las ropas que los genoveses traen a una ciudad que cuenta con la capacidad económica de acceder a esos productos.

Contaba también Sevilla con lo que ahora es fácil identificar como problemas de una gran metrópoli. Problemas de limpieza, de alcantarillado, de higiene pública. Es bien conocida la Sevilla que retrata Cervantes, que sufrió prisión en la Cárcel Real de la calle Sierpes, «la peor jaula del mundo», en sus novelas ejemplares, la del patio de Monipodio.

Pérez Tostado apunta todavía otro fenómeno nuevo que surgió en la Sevilla del XVI. «El nivel de riqueza que empieza a surgir es tan alto, y la riqueza está tan polarizada, que eso también es un fenómeno nuevo. Y de ahí que en España vayamos a tener las primeras escuelas de pensamiento económico: la escuela de Salamanca, que observa que algo pasa en esta situación y se plantea cuestiones como si la riqueza es el dinero y que la sociedad es cada vez más desigual».

Termina Pérez Tostado con una reflexión sobre todo lo que queda de aquella época dorada. «Sevilla no será el centro mercantil que fue, pero sigue teniendo una relación importante con América Latina. Algo queda de esa apertura», y apunta a la importancia del nuevo continente en las humanidades, en el derecho, en las ciencias ambientales tal como hoy se conciben en España. Además de que, pensando en primera persona, él mismo trabaja en una universidad pública, la Pablo de Olavide, con el nombre de un limeño de nacimiento. No es la única huella de la época.

Ahí está la Universidad Internacional de Andalucía, con campus en Santa María de la Rábida, o el Centro de Estudios Hispanoamericanos, con sede en Sevilla. Y, al hablar de monumentos, destacan el Hospital de las Cinco Llagas, actual sede del Parlamento autonómico, que se construyó por las enormes necesidades que se generaron en una ciudad que crecía a lo grande, del mismo modo que se multiplicaban sus necesidades asistenciales.

Queda también, y la maravilla más obvia se ha quedado para el final, el Archivo de Indias –ya está dicho antes–, único en el mundo.


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