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«Las palizas se curan, las secuelas psicológicas...»

Esta lacra afecta al 4% del alumnado y va a más. Las llamadas para informarse o denunciar el ‘bullying’ se han cuadruplicado en apenas seis años

13 nov 2016 / 00:15 h - Actualizado: 14 nov 2016 / 07:00 h.
  • El aislamiento social es una de las repercusiones principales del acoso escolar. / El Correo
    El aislamiento social es una de las repercusiones principales del acoso escolar. / El Correo
  • En el IES Juan de Garay de Valencia se produjo un sonado caso de ‘bullying’ hace justo un año. / Manuel Bruque (Efe)
    En el IES Juan de Garay de Valencia se produjo un sonado caso de ‘bullying’ hace justo un año. / Manuel Bruque (Efe)

El acoso escolar se ha convertido en los últimos tiempos en una tremenda lacra cuyo avance implacable deja esporádicos y mediáticos casos de muerte, pero sobre todo innumerables de miedo y frustración silenciados. Según datos del Ministerio de Educación, es un problema que afecta a alrededor del cuatro por ciento del alumnado de Secundaria.

La Fundación ANAR, entidad que atiende telefónicamente a las víctimas de bullying las 24 horas del día, presentó en abril un informe según el cual las llamadas por acoso escolar habían aumentado en 2015 un 75 por ciento respecto al año anterior. Y desde 2009 se habían cuadruplicado, pasando de 154 a 573. Además, siete de cada diez víctimas sufren acoso a diario y el 40 por ciento lo padecen desde hace más de un año. Un 30 por ciento de niños y adolescentes reconoce que no se lo cuenta a sus padres e incluso un diez por ciento no se lo ha dicho a nadie.

Datos para ponerse serios. «Resulta sorprendente que, a pesar de los progresos, de los protocolos y de las actuaciones que se vienen haciendo, el acoso escolar no deja de avanzar», asume Andrés Gálvez, joven profesor de Primaria aunque experto en la materia, que ha investigado a fondo estos últimos años.

El ya aludido informe de ANAR advierte de problemas y dificultades asociados al acoso escolar, que pueden ser psicológicos (ansiedad, tristeza, soledad, aislamiento, baja autoestima, autolesiones, ideación o intento de suicidio), de relación con padres, familiares y compañeros, o problemas de rendimiento escolar, que pueden acabar en abandono y fracaso. El detonante, que no el primer acto de acoso, suele ser una agresión física.

Gálvez explica que «cuando hay una agresión física es más fácil que se inicie el protocolo, pero luego hay otras formas de acoso como la exclusión social, la intimidación, el chantaje, el aislamiento del grupo... que son más difíciles y que suelen ser previas a la agresión física y más perjudiciales en el tiempo». Y ello porque «las palizas se curan, pero las secuelas psicológicas persisten incluso hasta la edad adulta y hay muchas personas que no saben afrontar los problemas que le surgen en su vida cotidiana porque no han resuelto el acoso que sufrieron».

Este pedagogo e investigador del acoso escolar hace una revelación muy llamativa: «Suele pasar que el perfil de víctima y agresor es el mismo», dice antes de abundar en esta idea: «Son chicos que no saben gestionar sus emociones y con dificultades comunicativas» y que «no tienen tolerancia ante la frustración». La cuestión es que «el agresor piensa aquí mando yo porque siempre se ha hecho lo que ha querido, mientras la víctima ve que hay otra persona que le dice lo que tiene que hacer y se siente acorralada porque no sabe cómo enfrentarse a esa persona», argumenta.

Gálvez insiste en que el acosador es también una víctima, aunque en este caso de sí mismo: «El agresor no decide serlo de repente, más bien su actitud es fruto de sus frustraciones. Necesita sentirse reconocido y ya que no lo va a conseguir por méritos académicos, deportivos, etc., lo logra siendo el malo de la película». Por eso aboga por trabajar la «educación emocional», esto es, «hay que enseñar a los niños a gestionar las emociones».

Andrés Gálvez refuerza su tesis con un ejemplo práctico: «Cuando hay una pelea en el patio entre dos niños, aunque el profesor piense que haya sido por una tontería, no basta con decirles que hagan las paces, porque el niño sigue con el runrún y hasta que no soluciona el problema no puede concentrarse en las asignaturas. A la víctima no le sirve con que el agresor le haya pedido perdón obligado porque eso no significa que se haya solucionado el conflicto ni que no se vaya a repetir», recalca. De manera que «la víctima se siente aislada, no confía en nadie y puede llegar a alcanzar un punto paranoide», hasta el límite de que «igual alguien se le acerca para ayudarle y piensa que se trata de una trampa del agresor».

El traslado de centro, que era la solución que se aplicaba hasta hace 30 años, no parece lo ideal: «Si lo que hago es trasladar a la víctima de centro sin más, a donde vaya encontrará otro agresor; y el agresor se buscará otra víctima», dice Gálvez, para el que «la clave son los espectadores. Hay que trabajar con esas personas, para que la víctima sepa que tiene su respaldo si decide enfrentarse a su agresor. Da mayor resultado trabajar con el entorno que si te olvidas y te centras en víctima y agresor. Los espectadores son los que tienen que darle la valentía a la víctima, hacerle ver que no está solo, que hay gente que va a dar la cara por ellos».

LOS CENTROS Y LOS PADRES

Hace unos meses, el Defensor del Menor, Jesús Maeztu, fue muy crítico con la Administración y con los propios centros escolares, a los que acusó de mirar para otro lado. Andrés Gálvez opina que «en general, no se ha asimilado todavía que el acoso ha llegado a las aulas, y también ya a las de Primaria», y cree que la receta es clara: «Los profesores deben animar a denunciar. Si piensan más en la imagen del colegio que en el alumno, mal camino llevamos. No sólo se trata de enseñar conocimientos, también hay que educarles como personas», razona.

Este pedagogo apunta como soluciones trabajar en la formación de los docentes, realizar jornadas con las familias, talleres con los alumnos y «fomentar las inteligencias múltiples –la musical, la emocional...– y que estas tengan su peso en el currículo. Es importante que los niños sepan gestionar sus emociones y sepan a quién acudir en caso de acoso».

En cuanto a los padres, «deben aprender a escuchar a sus hijos. Un síntoma claro es el cambio de humor o cuando empiezan a poner excusas para ir al cole».

Gálvez alerta por último del ciberacoso escolar: «Los chavales crean grupos de WhatsApp para reírse de fulanito y eso es muy difícil de detectar. Los padres no controlan dónde se meten y los profesores menos, no puedes revisar su WhatsApp. Cuando acaban las clases, el hostigamiento puede continuar con mensajes», añade.

UN PROCESO CON FASES Y MEDIDAS MUY DEFINIDAS

Desde 2012, y en el marco del decreto de convivencia escolar, la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía desarrolla un protocolo de actuación en caso de acoso escolar. Cuando un niño es agredido física o psicológicamente por otro, debe comunicarlo primero el tutor, luego el director del centro, y más tarde interviene la inspección educativa, que cita en el centro a los padres del acosador y del acosado. La medida más leve que recoge el protocolo es cambiar a uno de los dos de clase, pero si el problema persiste, la norma permite trasladar de centro escolar a la víctima. Normalmente esto se hace a petición de los padres, que quieren así atajar el problema cuanto antes. También existe, desde 2015, un protocolo de actuación específico para casos de acoso homofóbico, pues los niños homosexuales además suelen ser reacios a hablar de su identidad sexual a tan temprana edad.

900 018 018, NUEVO TELÉFONO CONTRA EL ACOSO ESCOLAR

El 900 018 018 es el teléfono contra el acoso escolar que el Gobierno acaba de poner en marcha este pasado 1 de noviembre y que funciona todos los días del año, las 24 horas del día, de forma gratuita y anónima, ya que las llamadas no quedarán reflejadas en la factura de los usuarios. La Administración funcionará de forma «tutelante» con las llamadas y, si, a través de las inspecciones educativas se comprueba que «el caso va a más» se derivarán hacia los cuerpos policiales. El teléfono va dirigido a los 8.100.000 alumnos no universitarios, 865.000 profesores, familias y a todos los conocedores de algún caso de maltrato o acaso escolar.

MÁS FÍSICO ENTRE NIÑOS, PSICOLÓGICO-SOCIAL ENTRE NIÑAS

El acoso escolar es más físico entre niños y más psicológico entre niñas, y tiene efectos en el rendimiento académico, pero sobre todo en la autoestima de las víctimas. «Los niños tienden a ser más agresivos, más rudos, es cierto», explica Gálvez. «En cuanto a las niñas, más que psicológico podríamos llamarlo social, pues suele materializarse en hacer grupitos del que excluyen a alguna compañera, lo típico de tú no juegas en el patio. Incluso el cotilleo es una forma de acoso escolar», añade.


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