jueves, 23 noviembre 2017
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Personajes por Andalucía

Más allá de los muros estaba el futuro

Ser alcalde de una ciudad como Sevilla, sospechamos, debe vivirse como un auténtico privilegio aunque, al mismo tiempo, ha de suponer un desgaste profundo que solo el que está convencido de dejar buena parte de sí mismo, en el día a día, asume como parte del juego durante unos años de su vida. Juan Espadas es el actual alcalde de Sevilla

28 sep 2017 / 21:56 h - Actualizado: 29 sep 2017 / 07:22 h.
  • El alcade de Sevilla, Juan Espadas. / Manuel Gómez
    El alcade de Sevilla, Juan Espadas. / Manuel Gómez

La capacidad, casi detectivesca, que tenemos siendo niños para descubrir el entorno, se va perdiendo sin hacer ruido. Pasan los años y la facilidad con la que nos sorprendemos es menor, aunque no desaparece. Está. Termina haciéndose presente, antes o después. Es cuestión de tiempo. Algunas personas lo saben y disfrutan recuperando esa mirada que busca, que construye entornos ideales, que permite imaginar lo que podría ser mejor. Apuesto a que tengo enfrente a alguien que la ha vuelto a encontrar.

Juan Espadas es un hombre muy agradable, educadísimo, excelente conversador. Pero, lo que más impresiona de él es su capacidad para hacer las cosas sencillas. Nunca antes nos habíamos visto. Y la conversación parece que sea cosa de personas que ya se conocieran desde mucho antes. Sería injusto no confesar que yo, precavido en exceso con los otros, no puedo evitar rendirme a la primera. Mi resistencia frente a lo auténtico y a la honestidad de un discurso es bastante limitada.

Tras charlar unos minutos, elijo ese asunto; lo verdadero, lo que mostramos y lo que ocultamos; para comenzar a trazar el retrato de Juan Espadas. Una entrevista es eso y no otra cosa.

«Creo que es una de las partes del éxito, o del fracaso, cuando uno asume una responsabilidad de este tipo. Yo creo que el ciudadano espera ver lo que realmente es. No creo que esté muy de acuerdo con que la persona que está viendo resulte que esté fingiendo o teatralizando algo. Creo que eso al final se nota. Y el ciudadano generalmente lo acaba pagando con la pérdida de confianza en la persona. Es importante que uno actúe como es, que sea reflejo de lo que realmente piensa y de su forma de entender la responsabilidad que tiene y la propia vida. Otra cosa es que haya personas que no tienen determinadas habilidades. Hay que aprender a ser una persona agradable, cercana, que es lo que espera alguien al que atiendes. Al final eres una especie de servicio público andante, que está a disposición de quienes te han prestado su confianza y que esperan de su alcalde que los atienda, que los escuche y que sea cercano. Y si eso no va con tu forma de ser entonces tienes que desplegar esas habilidades o afianzarlas mejor. Pero eso es una cosa y otra fingir lo que no eres o hacer cosas con las que no estás de acuerdo. No puedes cambiar tanto como para que no te reconozcas ni a ti mismo».

Juan Espadas cambia levemente el tono para hablar de un territorio que pertenece a su vida más personal.

«Sigo haciendo prácticamente las mismas cosas, salvo aquellas que no tengo tiempo de hacer y que, ojalá, volviera a tener cierto tiempo para hacerlas. Cuando voy menos al supermercado, y al final alguien en mi familia tiene que cargar con la parte que yo no hago, es como consecuencia de que probablemente esté menos tiempo en casa del que me gustaría o del que puedo disponer. Sigo siendo una persona que baja la basura, con sorpresa, por cierto, de algún vecino, y que sube a tender menos de lo que debería. Intento que mi vida cambie en lo justo. Creo que soy bastante normal en ese sentido. Un ciudadano de a pie. En mi barrio y en mi entorno la gente sigue viendo que prácticamente hago las mismas cosas».

Juan Espadas nació el año 1966. Me interesa conocer esa fotografía de Sevilla que conserva en la memoria y que puede comparar con la de la ciudad actual. La que exploraba siendo niño y la que gobierna hoy.

«Yo creo que el corazón y la identidad de la ciudad; en aquellos lugares que, ya sea por historia, por patrimonio o por lo que la gente identifica que es la Sevilla que se conoce fuera; no ha cambiado. Es decir, si estás viendo la calle Alemanes o estás viendo la Giralda o la Catedral o paseas por el barrio de Santa Cruz o por el Arenal o por el Puente de Triana, tienes elementos de la ciudad perfectamente reconocibles. Eso es muy bueno porque significa que esta ciudad no ha perdido su personalidad y es lo que la gente viene a ver en primer lugar. Otra cuestión es que la ciudad, efectivamente, se ha transformado por completo, fundamentalmente por las infraestructuras, porque ha sido capaz de aprovechar mucho mejor el territorio que le circunda y mucho mejor su potencial. La ciudad vivía de espaldas al río en determinados tramos. El de la Isla de Cartuja es paradigmático, no conocíamos esa parte de la ciudad porque había un muro que separaban las vías del tren y que no permitía ver qué había detrás. Yo vivía muy cerca de la Macarena, en ese entorno. Con mis padres paseaba los domingos después de comer. Llegábamos por lo que llamamos ‘ronda histórica’ justo hasta donde estaba el muro de la calle Torneo. Allí había un agujero que era una posibilidad para pasar y en un metro pasabas de la ciudad al campo. Eso ocurría en algunos puntos de la ciudad, sobre todo al norte, en zonas que habían sido antiguas huertas y no eran de desarrollo urbano en ese momento, y que permitían en esa ciudad de la que te hablo (he cumplido 50 años y yo podría tener, 10 ó 12 años) llegar a una zona de campo caminando un poco, campo entendido como esa zona que bordea algunas ciudades. Eso, en Sevilla, ya es completamente imposible. La ciudad ha crecido mucho; este tipo de zonas ha permitido incorporar al río en ese tramo y, por supuesto embellecerla estéticamente, se han construido más puentes que ninguna ciudad en menos tiempo. Donde hoy vivo, cerca de la estación de Santa Justa, había otro muro (para los niños hay una posibilidad de meterse detrás del él) que también separaba las vías del tren y en el que yo recuerdo ir a coger minerales y piedras para hacer trabajos del colegio. Reconozco la Sevilla de 25 años para acá. Los 25 anteriores eran muy diferentes en esta ciudad».

Buscaba, imaginaba. Quiero conocer qué queda de ese espíritu detectivesco del niño que cruzaba agujeros de los muros para ir más allá; si sigue haciendo uso de él.

«Por supuesto, a mí me encanta y además, como alcalde, le saco mucho partido. Lo que pasa es que ahora veo las cosas que no están bien, las cosas averiadas, o las que no funcionan, o cosas que podríamos mejorar. Siempre he sido una persona imaginativa; de hecho, era de los que se divertía en su cuarto imaginando que ocurrían cosas que no estaban pasando allí. Era de estos que disfrutaba mucho con los juguetes, con los Madelman, las figuras de construcción, los puzzles... Podía pasar las horas muertas. Como no jugaba bien al fútbol... Los que sí sabían se iban a la calle a jugar, a dar pelotazos. Yo jugaba mejor al baloncesto y siempre ha habido menos canchas y menos posibilidades. Por lo tanto, como digo, he tenido mucha imaginación. En la ciudad me gusta imaginar o analizar determinadas cosas que podríamos mejorar: espacios abandonados en los que podrían suceder cosas, en los que podríamos hacer esto y aquello. Lo tengo que acomodar al realismo del que tiene que gestionarlo, tiene que buscar un presupuesto para hacerlo, tiene que hablarlo con los demás para saber qué opinan. Porque esto no va de que quieres hacer esto y lo haces por el hecho de ser alcalde. En una ciudad convives, tienes que tomar unas decisiones y consensuarlas con otros».

Aunque le gusta mirar al futuro y, alguna vez, ha invitado a no anclarse a las imágenes viradas a sepia, el alcalde de Sevilla sabe que eso que va quedando atrás es la esencia que una ciudad no puede perder si no quiere extraviarse en algún meandro del futuro. La conversación nos lleva a tratar un asunto al que, generalmente, no se le da la importancia suficiente. El pasado no es más que el lienzo en el que dibujamos el presente.

«Soy sevillano. Tal vez hay alguien que, sin ser de aquí, le gusta Sevilla, vive en Sevilla y es más sevillano que nadie. Fantástico. Y esto pasa porque esta ciudad seduce tanto, al que no ha nacido aquí, que acaba por convertirse en el primero de la clase. Los que sí somos de aquí tenemos una imagen de la ciudad con sus grises, con sus blancos, con sus negros. Nos gusta decir: esta es una ciudad difícil; aquí es difícil ponerse de acuerdo; en esta ciudad no pasan más cosas porque no tenemos capacidad para ponernos en valor, para ser más constantes, sacrificarnos y sacar adelante proyectos de verdadera envergadura; es decir que tenemos un porcentaje de autocrítica grande. Pero hay algo que permanentemente está en el ambiente. Esta ciudad tiene una historia y no puede ni debe renunciar a ella, es una ciudad con una personalidad y una identidad fuertes. Yo trabajo en un edificio que tiene casi 500 años, tenemos una de las universidades más antiguas de Europa. Somos herederos de algo importante que ha ocurrido aquí. Eso no se puede desconocer; es más, tendríamos que hacer un esfuerzo para que nuestros niños y nuestros jóvenes lo conocieran bien. Primero porque el orgullo por la procedencia es muy bueno; te da confianza, te da fortaleza para afrontar los retos del futuro. Soy de las personas a las que les gusta saber que somos de una ciudad importante, de una ciudad con historia y, por tanto, orgulloso de ser sevillano. A partir de ahí, lo que no puede ser es mirarse al ombligo, ser autocomplaciente, saber que vives en una ciudad agradable y que eso te genere cierta incapacidad para actuar, para ser proactivo, o conformarse. Eso es nefasto. Yo no me conformo. Creo que hay que adaptarse a los tiempos, a los cambios. Ese color sepia al que te refieres habla de las otras visiones en la ciudad, de vecinos que creen que el tarro de las esencias de esta ciudad, es tal, que hay que dejarlo hay, que no hay que tocar nada, que hay que vivir solo de lo que es y hay ahora. No lo comparto. Creo que es perfectamente compatible la esencia de esta ciudad, sus tradiciones, sus fiestas, lo que nos gusta, enseñarla con orgullo, con ser la cuarta ciudad de España, la capital de Andalucía, una ciudad que aborde los retos de modernidad, la innovación, de manera permanente».

Antes de despedirnos repasamos los lugares más bellos de la ciudad, los rincones que le emocionan. Hablamos de Murillo y de El Greco. Juan Espadas confiesa que ser alcalde no puede compararse con ningún otro cargo. Para bien y para regular. La charla va acabando.

Sale por la puerta sonriendo. Y pienso que lo olvidado sigue escondido en algún pliegue que se deshace para mostrarlo, que existen cosas por descubrir o recordar por más que nos pese. La sensación llega potente, igual que el crujir del vidrio al topar con el suelo. Quizás asusta. Y, por esa razón, nos podemos sentir como un chaval al descubrir que la sombra que pisa le pertenece. Y me gusta. Lo confieso. Somos pequeños detectives arrepentidos aunque dispuestos a regresar en cualquier momento.


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