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«Me lo jugué todo por dar empleo a jóvenes con talento y lo dan todo por la empresa»

María Ángeles Martín Prats es profesora de Aviónica y fundadora de Skylife Engineering. Desde 2011 ha arriesgado su patrimonio creando una empresa para no ver a tantos brillantes universitarios en paro o emigrando. Ya son 30 en plantilla. Es la primera andaluza galardonada con el Premio Ada Byron a la Mujer Tecnóloga

07 jul 2018 / 21:17 h - Actualizado: 07 jul 2018 / 21:31 h.
  • María Angeles Martín Prats, en la Escuela de Ingenieros Industriales de Sevilla, donde impulsa la aviónica. / Jesús Barrera
    María Angeles Martín Prats, en la Escuela de Ingenieros Industriales de Sevilla, donde impulsa la aviónica. / Jesús Barrera

Por méritos propios, su curriculum es formidable, de altos vuelos. Fue una niña con vocación de piloto. Es responsable de 42 proyectos aeronáuticos con transferencia tecnológica a la industria. Es una mujer que no se ha acomodado a ser una brillante profesora universitaria y, en el peor momento de la crisis económica, fundó en Sevilla una empresa tecnológica, que pilota con éxito en un panorama muy competitivo. Forma parte de consejos de dirección y comités de investigación en organizaciones supranacionales que impulsan la excelencia en la aeronáutica desde la formación universitaria y desde la innovación industrial. María Angeles Martín Prats, sevillana de 47 años, galardonada por el Rey Felipe VI con la Medalla al Mérito Civil, ha recibido en 2018 el Premio Ada Byron a la Mujer Tecnóloga. La primera andaluza elegida para esa distinción de ámbito nacional creada por la Universidad de Deusto con la colaboración de asociaciones empresariales y entidades científicas. Es madre de tres hijos, de 17, 14 y 9 años, respectivamente. Su marido es profesor de Física Aplicada, también imparte clases en la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de Sevilla.

¿Cuál es su horizonte de infancia y adolescencia?

La base aérea de Tablada y el barrio de Tablada. Mi padre ha sido piloto militar, coronel del Ejército del Aire. Mi madre, licenciada en Historia, no ha ejercido. Somos cuatro hermanos, yo la única mujer, y la única de los cuatro con pasión por la aeronáutica. Mi padre tuvo muchos destinos pero la familia permanecía en Tablada. De niña, yo pensaba que todo el mundo era militar, porque la guardería estaba dentro de la base, al lado estaban los centros educativos donde estudié, el Colegio Vara del Rey, el Instituto Carlos Haya, y en la base el médico era militar, el abogado era militar,...

¿Usted quiso hacer carrera militar?

Quería ser piloto de combate. En Bachillerato, en el instituto me empecé a preparar las pruebas físicas para los exámenes a piloto militar. Pero mi padre me hizo ver que la carrera militar no es un hobby. “Primero te tiene que gustar la vida militar, y después volar”. Me quité el gusanillo entre los 16 y los 18 años pilotando ultraligeros y avionetas.

¿En la Universidad descubrió el mundo civil?

Claro. Elegí la carrera de Física porque seguía empeñada en hacerme piloto, aunque fuera de líneas aéreas. Por entonces pedían tres años de Física. Cursé Física Electrónica, después estuve dos años con una beca en el Instituto Nacional de Técnicas Aeroespaciales (INTA), en El Arenosillo, junto a Mazagón.

¿Cómo aterrizó en la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de Sevilla?

Hice el doctorado en el departamento de Ingeniería Electrónica, me especialicé en electrónica de potencia. Empecé aplicándola a las energías renovables, pero pronto vi que esa tecnología, siendo capaz de hacer sistemas muy compactos, robustos y pequeños, tenía una aplicación clara en la aeronáutica. Y yo, enamorada de la aviación, me dije: “Esta es la mía”. Fui dos años profesora en la Politécnica de Huelva y desde el año 2000 soy profesora de la Escuela Superior de Sevilla, ya he dado 14 asignaturas diferentes, en titulaciones de industrial, de telecomunicaciones y de aeroespacial. Ahora solo impacto docencia en Aviónica. Una asignatura de la que casi no había temarios ni publicaciones cuando empecé.

Explique qué es la aviónica.

Los sistemas electrónicos que están en los aviones. Cualquier avión que se fabrica es cada vez más eléctrico. Si queremos que los aviones consuman menos combustible y contaminen menos, y vuelen más alto y sean más rápidos, los sistemas tienen que ser más robustos y eficientes. Para eso, se desarrollan energías eléctricas con control electrónico. Más electrónica de potencia, en equipos embarcados. Es un campo de trabajo cada vez más importante.

Y en paralelo a maximizar la seguridad.

El avance en seguridad es continuo. Se lo digo a mis estudiantes: cuando yo era pequeña, tenía muchos amigos huérfanos, porque los padres, pilotos, morían en accidente de avión. Gracias a los avances tecnológicos, cada vez hay menos.

¿Cómo ha logrado hacer de la aviónica una asignatura puntera?

Es una materia de la que se publica poco porque está muy protegida por el secreto industrial, empresarial o militar. Gracias a los lazos que hay en Sevilla por la tradición aeronáutica, y por las colaboraciones desde la Escuela Superior con el Ejército del Aire, con Airbus, con la antigua Construcciones Aeronáuticas, etc., a profesores como Carlos Gómez Camacho y yo nos han proporcionado información que mostrar y explicar a los estudiantes, y que no podemos ni colgar en internet. Hemos podido incluso conocer los sistemas de computación de los cazas Eurofighter. Es una gran satisfacción que tus estudiantes puedan conocer lo que está ni en los libros ni en la web. Eso me enseñó a cambiar el chip sobre la forma de enseñar.

¿Cuál fue su primera investigación aplicada a la industria?

Ya en marcha mi grupo de Tecnología Electrónica, en el año 2006, empezamos a colaborar con los dos líderes, la norteamericana Boeing y la europea Airbus. Con Boeing, a través de un centro de investigación que tienen en Madrid, empezamos a trabajar en sistemas avanzados de navegación, para ponernos al nivel de empresas norteamericanas, creando tecnología propia que superara las especificaciones más exigentes.

¿Y con Airbus?

El primer trabajo relevante fue a través de una empresa subcontratada por Airbus, nos buscó para desarrollar el medidor de corriente de baterías para el proyecto del avión A400M. Un equipo muy complejo. Y lo hicimos en tiempo récord, en dos meses, casi viviendo día y noche en los laboratorios de la facultad. Nos dio confianza, porque hasta entonces no había un proyecto aeronáutico tan complejo. Electrónicamente no lo era, pero sí acostumbrarnos a generar un enorme volumen de documentación y a diseñar conforme a la enorme y compleja normativa aeronáutica: de hardware, de software, de compatibilidad electromagnética, la ambiental, la de vibración, la de impacto... Después, nos encargaron el sensor del timón de cola del C-295, mejorando el existente. También lo hicimos desde las instalaciones de la universidad. Y en 2007 nos llamó directamente Airbus para hacer un convertidor de potencia, el regulador de tensión de batería del A350. Salió tan bien que se certificó con pocos cambios. Fue una absoluta transferencia de tecnología de Sevilla a Toulouse. En Francia borraron nuestro nombre y hoy lo fabrica Thales.

¿Cómo dio el paso para crear una empresa?

No fue idea mía. Me animaron a ello, en Madrid, tanto los altos cargos de Airbus como los de Boeing. Me dijeron: “Sois muy buenos. Estáis haciendo tecnología, se genera desde España, pero quienes se benefician sobre todo son otros. Tenéis que ser una empresa y no perder la propiedad intelectual y el negocio de lo que hacéis”.

¿Qué les respondió?

Yo me veía muy académica, muy técnica. Física, ingeniera electrónica..., pero ¿empresaria?

¿Cómo se convenció a sí misma?

La situación era muy mala para los estudiantes de doctorado, para los que estaban en el grupo de investigación. En plena crisis económica, no tenían salida profesional en su tierra. La única solución era que emigrasen. Y yo, siendo subdirectora de Relaciones Exteriores, me decía: “Pero si ya los he mandado fuera y quieren prosperar aquí”. No me quise resignar. En una escuela universitaria con miles de estudiantes, cómo no vamos a ser capaces de generar conocimiento y montar una empresa sin dinero, basada en el conocimiento. Y de ahí nace Skylife Engineering. Se fundó en mayo de 2011, pero empezamos a trabajar en ello desde 2008.

¿De qué manera ha sistematizado ese afán de beneficio social?

De los cuatro doctorandos que empezaron conmigo, dos son socios de la empresa. Les di participaciones en el accionariado y lideran líneas de investigación. Es una empresa que nace de la necesidad de ofrecer una oportunidad a los estudiantes altamente cualificados. Creado para ellos y con ellos. Con un modelo de empresa organizado de modo muy horizontal.

En su caso, ¿cómo está arriesgando?

Avalando la empresa con mi patrimonio. Con mi vivienda, con mi sueldo. Para dar ese paso, y saber que has de soportar momentos duros, hay que ser valiente, querer hacer cosas, querer cambiar las cosas. Porque soy profesora titular de universidad, y como funcionaria no tengo necesidad de meterme en este lío, porque durante años los bancos no confiaban en nosotros, y, aunque empieza a hacerlo, aún sigo avalando yo. Podría pensar que tengo tres hijos y para qué arriesgar si podía centrarme solo en dar clases, escribir mis temas de investigación y prepararme para ser catedrática.

¿Qué le reafirma para seguir avanzando y no arrepentirse?

La generosidad con la que di el paso me viene devuelta con creces. Estoy muy orgullosa de mi equipo. Notan que te lo has jugado todo por ellos, y ellos lo dan todo por la empresa. Los premios que recojo son en realidad premios al grupo que formamos. Qué soy yo sin ellos.

¿Toda la plantilla de Skylife procede de la misma especialidad?

No. Ya somos 30 personas, de ellos el 90% ingenieros, pero de distintas titulaciones: físicos, aeroespaciales, de telecomunicaciones, industriales, informáticos, químicos,... Todo se hace en equipo y de modo multidisciplinar. Es una fortaleza de Skylife. Si hacemos un producto electrónico que tiene un diseño mecánico y no puede interferir con calor, además de diseñarse la disipación térmica, ha de cumplir una normativa de impacto, de vibraciones, de choques, de hongos, de rayos... Cada especialidad aporta.

¿Cómo ha adquirido destreza en la dirección de una empresa, para organizarla, para negociar, etc.?

Todo eso se aprende. He partido desde el desconocimiento absoluto de la gestión empresarial, pero soy muy curiosa y sobre eso siempre estoy leyendo y estudiando, me gusta. Y pregunto mucho. Si en algunas cosas me he equivocado, en otras siempre me he dejado asesorar, y siempre rodearme de expertos en lo que yo no sabía. Casi desde el principio, nos asesora el bufete Montero-Aramburu y tenemos cubierto todo lo relacionado con fiscalidad, laboral, mercantil. Desde el principio he externalizado servicios, como la gestión de la contabilidad. Ahora es aún más necesario tener un apoyo para eso, porque es complejo ser una empresa de 30 empleados que participa en 11 proyectos de investigación, 6 de ellos europeos, lo que requiere mucha labor de trámites y expedientes.

¿Y la labor de negociación?

Creo que tengo algunas cualidades innatas, y he aprendido muchísimo estos años sobre cómo negociar. Veo que las mujeres negociamos de forma diferente. Ni mejor ni peor. Generamos empatía, tenemos claro el objetivo y normalmente somos menos agresivas y más comunicativas. No soy de las radicales: también encuentras hombres así, no se puede generalizar.

¿En qué están especializados y en qué pueden ampliar su capacidad?

Somos muy buenos en electrónica de potencia y en electrónica embarcada. Estamos especializados en simuladores. Ya nos están llegando ofertas para el sector naval y para otro tipo de aplicaciones y sectores que consolidan nuestro crecimiento y justifican que nos mudemos ahora del Parque Aerópolis al Parque Tecnológico Cartuja.

Un acierto en su estrategia.

Crecer basándonos en contratos y proyectos con la industria. No depender de la financiación pública que se consigue aspirando a proyectos de I+D. Y tenemos concedidos 11 proyectos, unos son nacionales a través del CDTI, otros son internacionales a través de Comisión Europea, otros andaluces con la Corporación Tecnológica de Andalucía. Todo esto es importante para una empresa como la nuestra. Pero si se acaba la financiación pública, se acaba la empresa, y ese ha sido el fallo de algunos empresarios. Nuestra base son los contratos con clientes, Airbus es el principal.

De esos 11 proyectos de creación de innovación, ¿cuál es más relevante?

Uno muy puntero que ganamos en alianza con Airbus y es financiado por la Comisión Europea. Estamos desarrollando un convertidor de potencia embarcado, único en Europa, para rectificar la potencia del motor del avión y llevarla al sistema de distribución para aplicarlo a las cargas. Un equipo con más de mil componentes para un espacio muy reducido, y muy ligero en peso. Y tenemos que lograr industrializarlo.

¿Y uno ya exitoso?

En un consorcio formado por Skylife, Airbus y TTI, empresa de Santander dedicada a equipos de radiofrecuencia, hemos desarrollado una campana para el radar meteorológico del avión C-295. Y hacer las pruebas de radiación dentro del hangar, lo que ahorra todos los problemas que ocasiona hasta ahora tener que sacarlos del hangar para prevenir daños a personas. Ha salido muy bien y estamos negociando el acuerdo para industrializarlo y comercializarlo.

¿Airbus lo fabricará? ¿Qué ganan ustedes?

Un porcentaje, sea cual sea el lugar del mundo en el que se fabrique, y es un equipo creado en Sevilla. Skylife ha aportado la parte electrónica, TTI la parte material, y Airbus ha puesto ingeniería durante mucho tiempo y ha dado soporte a todo, desde el diseño de especificaciones hasta las pruebas.

¿Qué le reporta a su facultad estar en consorcios europeos como Pegasus?

Es muy importante. Pegasus es la red de excelencia aeroespacial europea, aúna a las 25 mejores escuelas de ingenieros aeroespaciales y a la industria. Entramos en el año 2008. Yo era subdirectora de Relaciones Externas de nuestra escuela y lo solicitamos. Nos auditaron, evaluaron nuestro nivel, y cumplimos los criterios. Otras escuelas no son admitidas porque no alcanzan el nivel exigido en máster y doctorado. Pertenecemos al consejo de dirección. Para Sevilla, supone reconocimiento y visibilidad. Permite firmar acuerdos de movilidad para nuestros alumnos con las mejores escuelas. Para nuestros profesores, lograr estancias de investigación en centros con laboratorios magníficos. Participar en proyectos, en consorcios,... Tener voz y voto en esas redes.

¿Cuál es su labor en el consorcio europeo Clean Sky?

Soy la única persona de España en el comité técnico-científico de sistemas y plataformas. Junto con una francesa y un alemán, evaluamos proyectos, tanto en su inicio como en su seguimiento. La Comisión Europea quiere así garantizarse que si aporta dinero público a una empresa para algo que dice ser innovador, puede analizar si lo es o no. Buscaban el perfil de alguien experto en aviónica y electrónica de potencia. Y me evaluaron a fondo para elegirme, en la Comisión Europea me pidieron hasta el original del título de doctora. Mi labor es muy técnica, aunque es una gran carga de trabajo me gusta porque me supone estudiar muchísimo y aprender muchísimo. Normalmente, las reuniones son en Bruselas.

¿La inteligencia artificial puede remediar los fallos humanos en el pilotaje?

En Clean Sky se está trabajando en que los algoritmos que llevan los computadores de los aviones ayuden a los pilotos a maniobrar y evitar posibles accidentes. Mediante el procesamiento cognitivo, dotar a los computadores de avión de toda la experiencia que no tenga un piloto para incrementar la seguridad aérea. Sacarle más información a los sensores que ya existen en los aviones, e incorporar algunos más, para generar algoritmos que no solo puedan predecir un fallo, sino que eviten el fallo.

¿Qué le ha gustado más al recibir el prestigioso Premio Ada Byron a la Mujer Tecnóloga?

Los organizadores me dijeron en Bilbao, cuando llegué a la Universidad de Deusto, que promueve el premio, con un jurado de alto nivel: “Puede haber mujeres españolas con más edad que tienen más curriculum que tú, pero no con tanta diversidad y siempre buscando la mejora de la sociedad”. Para mí ha sido muy importante este galardón, que años anteriores ha sido concedido a figuras de gran relevancia como Nuria Oliver. Para la edición 2018 habían elegido a 91 candidatas. Y me encanta que lleve el nombre de Ada Byron, la matemática británica nacida en 1815, hija del poeta Lord Byron, creadora del primer algoritmo de procesado de máquina. Y no lo pudo publicar con su nombre porque era una mujer.

¿Cómo se organiza para compaginar bien familia, empresa, universidad, consorcios internacionales,...?

Es complicado. Pero te vuelves muy productivo. Cuando tienes poco tiempo, lo aprovechas muy bien. Madrugo mucho y trabajo mucho. Una de las claves, sobre todo los dos últimos años, es que selecciono muy bien lo que hago. Estoy diciendo ‘no’ a ofertas muy interesantes, que cualquier persona exclamaría “¡Y ha dicho que no!”, pero me dispersaría y tendería a hacerlo todo mal. Gozo del apoyo de mi familia, sobre todo cuando estoy de viaje. Mi marido me ayuda muchísimo. Los niños ya no son bebés. Mis padres viven en Sevilla y también apoyan mucho.

Ponga ejemplos de cómo intenta aprovechar mejor el tiempo.

Vivimos cerca de la Macarena y así estoy a cinco minutos de la facultad. Los niños tienen el colegio y las clases de inglés muy cerca de casa, van andando. El traslado de la empresa al Parque Tecnológico Cartuja también me favorece para ahorrar muchos minutos de coche. Aprovecho al máximo el tiempo en los tránsitos de aviones, trenes, aeropuertos y estaciones. Cuando duermo en Sevilla, siempre estoy en casa con mis hijos para convivir con ellos en la cena y para acostarse. Los fines de semana, procuro desconectar del trabajo, nos gusta irnos al campo.

¿Y cuál es su ritmo en la universidad?

Tengo la docencia muy concentrada en determinados días y meses, para poder viajar en otros. Empiezo el cuatrimestre y estoy lunes y martes dando clases desde por la mañana hasta por la noche. Es una paliza, pero así libero días para viajar miércoles, jueves y viernes, por ejemplo.

¿Qué se dice a sí misma?

Estoy en un momento de mi vida en que soy muy productiva. Ni soy muy joven ni muy mayor. Tengo conocimiento, fuerza y ganas de hacer cosas. Ahora centrada en tres objetivos: Skylife, sacar la cátedra y participar en la Comisión Europea, que me aporta muchísimo. Tengo que renunciar a hobbies como bailar flamenco, me encanta y tuve que dejarlo. Y me encantaría ver más a mis amigas.

Ha participado en comisiones nacionales y europeas para la mejora de la enseñanza en las universidades. ¿Qué recomienda?

Tanto las autoridades como los sistemas académicos y el conjunto de la sociedad tienen que fomentar que los niños y los jóvenes sepan adquirir conocimientos troncales, y a la vez tener la capacidad de ser esponjas para absorber habilidades distintas. En España, los planes de estudios propician un nivel alto de conocimientos teóricos. Todavía seguimos estando lejos de las tecnologías. No vamos al ritmo que tiene el desarrollo tecnológico. No se enseña en las aulas lo que necesitan saber los alumnos cuando salen. No están preparados en ese momento para integrarse en el ámbito laboral. Para revertir eso, se están dando pasos, pero muy lentamente.

¿Qué echa en falta?

Mayor cercanía entre la industria y la universidad. Más profesores universitarios que colaboren con la industria, eso además les favorece actualizarse en su enseñanza, no puede impartirse siempre lo mismo. Fomentar el espíritu innovador e incorporar las tecnologías en todas las carreras. No solo en las ingenierías, también en Derecho, en Historia,... Y, a la vez que seguir enseñando bien los fundamentos técnicos de cualquier materia, eso no se puede perder, hay que incorporar cuanto antes a la formación de los alumnos, como se hace ya en muchos países, las habilidades de comunicación. Estudien lo que estudien, han de saber presentar un proyecto, liderar un proyecto en equipo, aprender a negociar.

¿En su facultad hay predisposición para colaborar con quienes acometen esos retos iniciales que ha comentado de días, noches y fines de semana sin descansar?

Los guardias de seguridad están acostumbrados a ver a muchos profesores e investigadores, debidamente acreditados, trabajando por las noches, en artículos, proyectos, tesis... En verano se achica el horario porque se corta el aire acondicionado y ha de seguirse la tarea en casa. Si no, habría gente que seguiría trabajando en una facultad que, además, aporta otra gran facilidad: la agilidad en la tramitación y contratación a través de Aicia (Asociación de Investigación y Cooperación Industrial de Andalucía).

Entre sus estudiantes, en el entorno de su departamento, ¿está aumentando la dinámica emprendedora, siguiendo la estela de su ejemplo con Skylife?

Ya hay algunos alumnos creando empresas. En mis clases del máster en ingeniería aeronáutica, les cuento experiencias, y les animo. Pero no a lo loco, sino con cabeza. Tienen que hacer un buen estudio de mercado, de producto y de servicio, qué potenciales clientes, etc. Les explico que emprender es muy bonito pero es muy arriesgado.

El sector empresarial sevillano en aeronáutica ha sido durante décadas más metalúrgico que tecnológico. ¿Con la digitalización eso está cambiando?

Empieza a mejorar esa imagen, aún no es suficiente el número de empresas especializadas en creación de tecnología. Por ejemplo, veo oportunidades para quienes se especialicen en motores eléctricos más pequeños, y también en las demandas del sector espacial, donde en Sevilla se hace muy poco.

Indique algo que debe mejorar en la sociedad sevillana.

Me encanta la ciudad, la actitud para afrontar la vida, el carácter extrovertido. Por lo que he ido descubriendo, me gustaría que cambiara lo siguiente: cuando vas hacia arriba y te relacionas en determinados niveles, ahí aún es un poco rancia en el modo de tomar decisiones, de ejecutar los proyectos, de negociar las operaciones,... Hace falta más visión internacional a la hora de hacer las cosas. Salir fuera y aplicar en Sevilla con ahínco una manera de trabajar más abierta y colaborativa.

¿A qué se refiere?

La gente no colabora lo suficiente. Sigue siendo común el “esto es mío, esto es solo mío...”. Es una torpeza, que ocurre también dentro de la universidad, donde muchos que tienen un proyecto intentan no compartirlo con el de al lado. Eso es estúpido y torpe. También sucede en el sector industrial. Cuando hoy en día lo que manda es lo multidisciplinar, y si consigues aunar a varios y acordar un consorcio con distintas empresas locales, haces que lleguen proyectos más grandes. Es más inteligente conseguir que Andalucía tenga proyectos grandes, donde participen empresas pequeñas, que no intentar proyectos muy pequeños donde la pyme se lo juega todo a una sola carta.

¿Alguna salida al extranjero le sirvió para ese cambio de mentalidad?

He aprendido mucho de los canadienses. Tenemos muy buena relación con la Concordia University de Montreal, ahora tenemos allí a una ingeniera de mi grupo en una estancia de investigación. He estado seis veces en la Concordia impartiendo clases en máster, colaborando en investigaciones, y también con la empresa aeronáutica canadiense Bombardier, tan importante. En ese ambiente de Montreal vi cómo funciona tener la mente abierta, crear alianzas, especializarnos y ser más complementarios para ser mejores. En mi opinión, hay que ser muy buenos en algo y complementarse con los demás.

¿En la nueva generación de empresarios sevillanos es usual esa vocación colaborativa?

Está avanzando pero todavía le queda mucho. Lo primero: necesitamos conocernos más. Y tener más visibilidad. No podemos colaborar y complementarnos si no sabemos quiénes somos y lo que hacemos, aunque estemos al lado. También es importante combinar de modo transversal empresas y tecnologías, por ejemplo hay desarrollos de la automoción que podríamos incorporar los de aeronáutica, y viceversa. Todo eso enriquece y te posiciona mejor en el mercado. Yo potenciaría la colaboración multisectorial, siempre con perspectiva de internacionalización.


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