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«Mientras la mayoría de la sociedad no exija cohesionar los barrios más vulnerables a la marginación, eso no va a estar en la agenda política»

Germán Jaraiz Arroyo | Profesor de Trabajo Social de la Universidad Olavide y Director de la Residencia Flora Tristán. Desde la fructífera experiencia de interacción e integración en Las Letanías, del Polígono Sur, entre universitarios residentes y las entidades educativas y vecinales de la zona, aporta ejemplos de cómo solucionar los riesgos de fractura social en el creciente número de barrios vulnerables a causa de la larga crisis económica.

10 feb 2019 / 11:17 h - Actualizado: 10 feb 2019 / 11:29 h.
  • Germán Jaraiz Arroyo, profesor de Trabajo Social de la Universidad Olavide y Director de la Residencia Flora Tristán.
    Germán Jaraiz Arroyo, profesor de Trabajo Social de la Universidad Olavide y Director de la Residencia Flora Tristán.

“Mi mayor preocupación es cómo producir espacios que permitan romper de manera natural barreras, que generen otra sociabilidad distinta entre la gente. En la evolución que hemos tenido en las políticas sociales en España durante los últimos 25 años, hemos crecido mucho a la hora de plantear dotación de recursos materiales y garantías de rentas económicas indispensables. Pero hemos crecido muy poco en políticas relacionales, en pensar cómo generar un espacio de relación. Es el elemento central que deberíamos reivindicar en una agenda de políticas públicas: cómo generar capital social de encuentro, no capital social en el que unas realidades se dan la espalda a las otras”. Lo dice Germán Jaraiz desde su despacho en la Residencia Flora Tristán, cuyo ventanal no le da la espalda a quienes transitan por la acera en esa calle del sevillano barrio de Las Letanías, en el Polígono Sur.

Germán Jaraiz, 51 años, profesor de Trabajo Social de la Universidad Olavide, está casado con una maestra que imparte docencia en un colegio de Bormujos, el municipio del Aljarafe donde residen con sus tres hijos. No solo es desde 2016 la tercera persona que dirige la Residencia Flora Tristán, inaugurada en 2004 y recientemente galardonada con el Premio Andalucía Más Social, donde 172 estudiantes e investigadores viven y colaboran en una de las zonas más marginadas de la capital andaluza. Germán Jaraiz participa en numerosos proyectos e iniciativas que aúnan la teoría y la práctica sobre cómo afrontar la atención personal y colectiva a quienes están fuera de los círculos del bienestar.

¿Cuáles son sus orígenes?

Soy extremeño, nací en Almoharín, pueblo de Cáceres, famoso por sus higos. Mi padre, ya jubilado, se ha dedicado siempre a la agricultura. Y mi madre tenía un pequeño ultramarinos. Yo les ayudaba en la tierra y en la tienda.

¿Por qué le atrajo el Trabajo Social?

Cuando fui al instituto, mi profesor de Religión, que era cura, dedicaba las clases a hablarnos de la vida y del ámbito social, de las asociaciones,... Me fui implicando en temas de educación en el tiempo libre, y eso desarrolló mi sensibilidad por el mundo social. Además, iba mucho a Sevilla a casa de unos amigos de mis padres, que vivían en la barriada de San Diego, dos personas muy activas y comprometidas con la desigualdad en su barrio. Todo eso me fue llamando la atención, y decidí que Trabajo Social era la única opción que pedir para hacer una carrera en la universidad.

¿Cuál fue su primera experiencia profesional en Trabajo Social?

Me mandaron a hacer en Cáritas las prácticas universitarias de Trabajo Social. No era lo que yo quería, porque a finales de los años 80 se estaban montando en Andalucía los servicios sociales públicos. Sentí que era mandarme a hacer las prácticas a una parroquia. Sin embargo, descubrí el mundo de los voluntarios, de la gente que estaba trabajando en los barrios, y aquello me resultó muy atractivo e interesante. Cuando terminé la carrera, en Cáritas me ofrecieron seguir con ellos y montar un programa de formación de voluntarios. Y me quedé siete años.

¿Qué cambió más en su perspectiva?

Descubrí que la gente que verdaderamente quiere hacer algo por transformar la vida de quienes están a su alrededor, puede hacerlo desde cualquier sitio, ya sea un espacio muy técnico y profesional, o ya sea un espacio de voluntariado donde saber empoderar a las personas más necesitadas de apoyo. Dejé de considerar que en las parroquias solo se hace asistencialismo y caridad, y que solo en los servicios sociales se realiza una acción más profesional y universal.

¿Su primer gran cometido desde el sector público?

Se refleja en mi tesis, “Intervención, barrios y servicios sociales comunitarios”. Fue el resultado de un encargo del Ayuntamiento de Sevilla, en los años 2008 y 2009, para plantear cómo reorganizar el centro de servicios sociales de Tres Barrios (Los Pajaritos, La Candelaria, Madre de Dios) para que diera mejores respuestas a sus problemas de exclusión. Porque cada barrio tiene necesidades muy distintas. Por ejemplo, en Triana hay mucho más porcentaje de población anciana, y han de ser más fuertes los servicios de atención a dependencia. En Tres Barrios, tienen mucho más peso la lucha contra la exclusión social, los problemas de convivencia y reinserción.

Diez años después, la degradación del bienestar social en Tres Barrios es evidente.

Se ha deteriorado mucho la situación. El problema de estos barrios no es la pobreza, sino la concentración de la pobreza. La crisis expulsa de la centralidad en el empleo y han de desplazarse a lugares con viviendas más baratas, a zonas más vulnerables. La concentración de muchas personas con muchos problemas lleva a competir por muy pocos recursos. Y crecen los procesos de exclusión y segregación.

¿Qué lección debemos aprender?

Los procesos de segregación de un barrio se originan diez o quince años antes de que sean evidentes. Las crisis los convierten en espacios vulnerables. Las políticas públicas también tendrían que estar planteándose cuáles son los barrios donde se están generando unas determinadas condiciones que van a provocar su futura vulnerabilidad. Si no se aplican políticas de prevención, vamos a tener esos problemas en más barrios durante la próxima década.

Si la economía se sigue frenando, ¿puede venirse abajo mucha población que está soportando a duras penas la precariedad?

En el Informe Foessa que se presenta próximamente, y en el que colaboro, se aportan datos y conclusiones, con una muestra muy potente al estudiar datos de 11.000 familias, sobre cómo en España para muchas personas se ha agotado la capacidad de protección de las redes primarias: familias y vecinos. Ya lo advertimos en el informe presentado en 2013, cuando había síntomas de que empezaba a agotarse. Y muchas de las nuevas conflictividades que se están generando tienen que ver con este agotamiento de la capacidad solidaria protectora y normalizadora. La ayuda entre familiares, sobre todo con las pensiones, ha sido un cortafuegos para evitar tensión social.

¿Cómo remediarlo?

El modelo de crecimiento económico en España no se convierte en un modelo de cohesión social, la cohesión es muy frágil. Ya lo decíamos en el Informe Foessa de 2002, en pleno 'boom' de la construcción, cuando el Gobierno de entonces proclamaba que íbamos a ser una sociedad de pleno empleo. En cuanto llega una crisis, el desajuste es muy vertiginoso.

¿Qué le ha llevado a dirigir la Residencia Flora Tristán?

Desde que me vinculé más a la Universidad Olavide, tras terminar mi mandato como secretario general de Cáritas en Andaucía, la actual vicerrectora de Cultura y Compromiso Social, Elodia Hernández, me involucró en su equipo. Estuve de director general de Planificación Social y Cultura. Y cuando Juan Blanco terminó su periodo de 10 años como director de la Residencia, me ofrecieron sucederle. Ya conocía bien el lugar y su actividad.

¿Qué le aporta Las Letanías a la Residencia Flora Tristán y que le aporta la Residencia a Las Letanías?

El barrio de Las Letanías le aporta mucho a la universidad, más incluso que a la residencia. La universidad se dignifica estando presente en el Polígono Sur. Residiendo y colaborando con las entidades sociales de la zona. Tenemos alumnos tanto de la UPO como de la Universidad de Sevilla, que colaboran en el barrio ocho horas a la semana, y profesores e investigadores que quieren venir y participar. Es una puerta abierta que produce transformación hacia un lado y hacia el otro. Se genera un espacio de vecindad muy positivo y proactivo. Y tanto los estudiantes como los investigadores que residen se dan cuenta de que es un barrio donde se puede vivir con absoluta normalidad. Sus testimonios ayudan a eliminar fronteras.

Ponga un ejemplo.

Cuando la rectora Rosario Valpuesta pensó en esta iniciativa, y empezó a trabajarla con Ana Gómez, que fue la primera directora de la residencia, se decidió que no tuviera comedor, para que así los residentes compraran en las tiendas del barrio y consumieran en los bares del barrio. Y en esos tránsitos se encuentran con el adolescente al que están aportando apoyo escolar en el instituto, con los padres, con los representantes de la asociación de vecinos a la que también ayudan,... Ese tipo de espacios informales son enormemente ricos para tejer sociedad.

¿A qué se dedican los estudiantes en sus horas de colaboración social?

Tenemos una máxima. Nosotros no hacemos ningún proyecto en el barrio, porque para eso ya hay muchas entidades. Nuestra función es colaborar para fortalecer el tejido social, teniendo en cuenta las necesidades que nos plantean. Sobre todo lo hacemos en tres áreas: apoyo a los profesores en los colegios para los programas de animación a la lectura, en las bibliotecas escolares; apoyo a los orientadores en el aula de convivencia en los institutos, donde su labor es muy útil para que los chavales afronten sus problemáticas dialogando con jóvenes que además pueden ver un rato después en las calles de su barrio; y acciones comunitarias en apoyo a ancianos, a inmigrantes, etc.

¿Toda esta labor cala en la población infantil y juvenil de la zona?

El trabajo en estos espacios es muy complejo. Muchas veces es de contención para prevenir, y hay que destacar la gran labor de los profesores en los colegios e institutos de la zona, con un fuerte nivel de compromiso social. La labor más importante que estamos haciendo nosotros es abrir ventanas al mundo a muchos de estos niños. La biblioteca de la Residencia está abierta a cualquier chaval. Lo hacen 52 por las tardes, son de ESO y de Bachillerato, están junto a los jóvenes universitarios residentes. Les sirve de motivación. Porque habíamos detectado que buenos alumnos del barrio no seguían estudiando, no hacían una carrera, por pura falta de motivación. Esos momentos de convivencia con un estudiante de Sociología, o de Ciencias del Deporte, etc., y escuchan lo que éstos les dicen sobre lo que aprenden y hacen, son importantes para que descubran nuevos horizontes y para que se planteen que ellos también pueden hacerlo.

¿Y ustedes les ayudan si se matriculan?

Tenemos un programa de becas para que algunos chavales del barrio residan en la Flora Tristán y estudien en la Olavide. Hace unos días me lo decía el profesor de un instituto del Polígono Sur: dos de sus alumnos quieren presentarse a la próxima convocatoria, porque con esa beca, residiendo con nosotros, sí se pueden plantear hacer la carrera. Eso demuestra que podemos dar oportunidades y ser un referente de vida para muchos chavales. Que también entran en nuestra sede porque los miércoles ofrecemos una sesión de cine, abierta a cualquier persona, y después hacemos un coloquio sobre la película.

Una vez los alumnos y profesores procedentes de otros lugares empiezan a residir en la Flora Tristán, ¿qué suele suceder cuando le dicen a otras personas en Sevilla que viven en Las Letanías?

Le dicen la verdad. “Vivo magníficamente, no tengo ningún problema, los pisos están muy bien, la convivencia es muy agradable, también en el barrio”. La inmensa mayoría de los residentes no tiene una idea preconcebida de este espacio y de su entorno hasta que llega el primer día. Y con sus comentarios, explicando con espontaneidad que es un barrio como otro cualquiera, contribuyen a normalizarlo a ojos y oídos del resto de la comunidad universitaria.

¿Ha recibido más encargos para orientar la intervención social en barrios?

Sí, con mi equipo he colaborado con la Junta de Andalucía en la elaboración y discusión del texto para el anteproyecto de Ley de Servicios Sociales de Andalucía; en el diseño de la estrategia para barrios andaluces vulnerables, y también para organizar centros de servicios sociales en barrios de Sevilla. Y aún es mayor mi labor atendiendo las peticiones de las organizaciones sociales para reflexionar y mejorar. Para mí es un gustazo poder estar acompañando a la Plataforma del Tercer Sector, a la Red de Lucha contra la Pobreza, o a la Fundación Rais que trabaja con las personas sin hogar. Es mi vocación, y además no entiendo la investigación si no está vinculada al proceso de mejora de las políticas sociales y de intervención social.

Hay quienes consideran que en la función pública están mal distribuidos los recursos humanos y no se aprovechan bien las nuevas tecnologías para automatizar la burocracia y destinar así a muchas más profesionales a la asistencia social, a esa labor de persona a persona que no puede ni debe robotizar.

No solo estoy de acuerdo, sino que me parece uno de los problemas más importantes que tiene ahora la organización pública de las políticas sociales. Muchos especialistas de los servicios sociales, tanto en los organismos oficiales como en las entidades cívicas, están más dedicados a la gestión burocrática de la información que cuando solo se manejaban papeles. Esos procesos necesitan ser transformados. Y también debemos hacer autocrítica entre los profesionales sobre cómo hemos conformado un escenario de trabajo detrás de la mesa de un despacho y nos dificulta salir a la calle.

Explíquelo.

Hemos constreñido mucho las herramientas de intervención profesional, las hemos burocratizado y tecnificado tan excesivamente, que la parte relacional se ha debilitado mucho. Tenemos que recuperar la relación con la gente y la presencia en la calle. Hay que cambiar la propia organización del trabajo. Muchos tienen de horario de ocho a tres. Pero la vida de las asociaciones transcurre por la tarde. Es una disfunción muy importante. ¿Cómo vas a salir a la calle cuando la gente no está en la calle?

Como ciudadano de Sevilla, ¿cómo ve la evolución de la sociedad sevillana?

No es muy distinta en su evolución que el resto de sociedades urbanas. Hemos evolucionado con una especie de esquizofrenia. En determinadas zonas se interviene para hacerlas mucho más agradables y habitables. Pero a costa de vivir de espaldas a otras zonas de la ciudad. Es un modelo de urbanismo segregador: los que tienen éxito van a un sitio y los que padecen fracaso son recluidos a otros. Se le echa la culpa a los políticos, que obviamente la tienen, pero también hay una responsabilidad cívica en desarrollar el centro de Sevilla como un espacio de comodidad, donde olvidarnos de los problemas, y dejar estos a la periferia para no mirarlos. El gran reto es conformar una sociedad cohesionada. Y mientras la mayoría de la sociedad no exija esa cohesión y esa prioridad no esté en la agenda cívica, no formará parte de la agenda política.

¿Cómo propiciar esa cohesión?

Las políticas culturales y las políticas urbanísticas son esenciales en ese sentido. Está demostrado que invertir en cultura es mejor para combatir la delincuencia o la inseguridad ciudadana en un barrio. También hacen falta policías. Pero cuando la gente está en la calle y se relaciona de modo positivo, creando y participando, disminuyen los delitos.


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