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Muere José María de Mena, la gran leyenda de la historia de Sevilla

Los restos del escritor, periodista, académico y paladín de esta ciudad, fallecido a los 95 años, recibirán sepultura el martes en el Cementerio de San Fernando

23 sep 2018 / 19:07 h - Actualizado: 23 sep 2018 / 20:43 h.
  • José María de Mena, en su casa y ante el retrato que le pintó Néstor, con ocasión de una entrevista con El Correo de Andalucía. / Antonio Acedo
    José María de Mena, en su casa y ante el retrato que le pintó Néstor, con ocasión de una entrevista con El Correo de Andalucía. / Antonio Acedo

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Era único. Los habría tal vez más asépticos, más rigurosos o más lo que fuera. Pero solo él, con su originalidad genial, con su profunda pasión, con su infantil talento para el asombro y con un entusiasmo a prueba de risitas engreídas a sus espaldas –la necedad es, además, cobarde–, supo enamorar de su ciudad a varias generaciones de sevillanos. El escritor, periodista y académico José María de Mena murió este domingo a los 95 años en El Puerto de Santa María (Cádiz), tras una vida afortunada, sorprendente y variopinta que disfrutó como una gran aventura y de la que queda, como monumento a su autor, más de sesenta libros y una enseñanza: no hay que rendirse, no hay que venderse, no hay que asustarse, no hay que humillarse: nos esperan maravillas a la vuelta de todas las esquinas.

Tras el velatorio en El Puerto, esta noche, mañana lo traerán a Sevilla para las honras en el tanatorio de la SE-30 y ya el martes por la mañana, tras la misa de córpore insepulto, recibirán sus restos cristiana sepultura en ese Cementerio de San Fernando que se conocía al dedillo, del que tanto escribió y a cuya historia de glorias efímeras se suma desde ahora. Ante su lápida, los próximos sevillanos celebrarán sus hallazgos, sus ocurrencias, su genio insondable. Hablarán de sus pasiones: Sevilla, los amigos, las leyendas, la historia, la sanidad, la música, las letras, el periodismo, las artes, la sabiduría... En sus largas conversaciones con este periódico, José María de Mena fue desvelando fragmentos de algunos de los capítulos más inverosímiles de su existencia, como aquel día que secuestró nada menos que a Franco durante una inauguración en Burgos –fue sin querer, claro, y lo recordarían siempre él... y el propio Franco–; como aquella vez que le dio por recorrerse España a caballo para escribir una serie de crónicas periodísticas y a la altura de Roncesvalles se encontró por los montes a un obispo con su báculo y su mitra; como cuando ayudó al ya disminuido cardenal Bueno Monreal, su tocayo, a recuperar el habla, tirando de conocimientos de logopedia; como cuando escribió las sevillanas más horrorosas de la historia del género con un fin humanitario y logró, contra toda lógica, que se convirtieran en un exitazo. Aquella letra que, aseguraba, lo avergonzaría toda su vida y que, como él mismo recordaba entre carcajadas, decía algo así como: Esta es la historia de una niña / que no podía jugar porque era coja. /Llévala al Hospital del Gran Poder / que la sanarán de las piernas y los pies. Se grabó con un coro infantil y lo iban vendiendo los taxistas a sus clientes para reflotar el sanatorio, que estaba fatal de dinero. Pues así era.

Todo esto lo contaba él con una prodigalidad y un sentido del suspense tan arrebatadores que una conversación con José María de Mena se podía ir fácilmente a las seis horas y parecer que habían transcurrido apenas treinta minutos. Siempre se reservaba una curiosidad para las despedidas. «Ahora te voy a contar por qué el bandolero Diego Corrientes robaba no ya caballos, sino ciertos caballos», decía, sin importarle un pimiento las prisas, o con el pijama de felpa con el que en un momento dado recibía a sus amistades, si se terciaba que así fuera, en esa casa suya de la vieja Sevilla que le hacía los ecos a la Alameda.

Hoy de madrugada ha muerto alguien único, algo único. Nunca más habrá otro José María de Mena, para desgracia de un mundo que ha perdido la facultad de mirar, de fascinarse, de escuchar, de detenerse, de tener la valentía suficiente como para atreverse a ser feliz, digan lo que digan. Descanse en paz la Sevilla que con él se muere. Tampoco habrá otra igual nunca más.


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