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Donde habita el duende

Música sin conservantes ni colorantes

Callejeros. El trayecto desde la calle San Fernando hasta la Campana se ha convertido en escenario improvisado para músicos de talento

18 oct 2016 / 08:06 h.
  • Música sin conservantes ni colorantes
    Una persona contempla la actuación de un artista callejero en la Avenida de la Constitución. / Pepo Herrera
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Guitarra acústica, acordeón, saxo y contrabajo. El cuarteto de músicos callejeros se instala frente a la capilla del Sagrario, en la avenida de la Constitución, y sin ni siquiera afinar comienzan con las primeras notas de una melodía que enseguida resulta familiar. El riff de saxo delata que versionan el Careless Whisper de Wham. En dirección a la Puerta Jerez suenan el tirititrán de unas alegrías de Cádiz, la imperial ranchera o los ecos del Delta Mississippi con el blues de Sonny Boy Williamson. El trayecto que va desde el final de la calle San Fernando hasta La Campana se ha convertido en un womad improvisado en el que es posible paladear los sones de muchas de las músicas del mundo. «El paro, la falta de oportunidades y el cierre de muchos locales ha llevado a la calle a músicos de un nivel muy alto. Aquí puedes ver a gente que tiene hasta discos publicados», cuenta Eduardo, guitarrista clásico que suele endulzar a los viandantes que disfrutan del entorno del Archivo de Indias con una versión exquisita de El Concierto de Aranjuez de Isaac Albéniz.

El perfil del músico callejero en Sevilla poco tiene ya que ver con ese recodo de marginalidad que tuvo durante muchos años. Después de fracasar en su primer grupo, The Raiders, Rod Stewart ejerció de busker en Francia y España durante 1963. En Barcelona fue detenido después de que se le aplicara la vigente entonces Ley de Vagos y Maleantes. Salir a la calle con una guitarra era relacionado con un tipo de persona para el que interpretar música y disfrutar de ella no era el objetivo final de su actuación. «Esa imagen de los años 90 del músico marginal ya está casi desaparecida. Ahora tocar en la calle es una profesión como una cualquiera. Eres un profesional que, por circunstancias, tiene que ganarse la vida de esa manera, y hay gente que disfruta mucho de ello. Que tiene su carrera, pero que no pierde su conexión con la calle», dice Marcos, violinista que actúa en las calles Sierpes y Tetuán.

Los movimientos migratorios también han tenido su influencia en la geografía musical de la calle. El abanico se ha abierto mucho más allá de la música andina, el estilo que predominaba cuando la llegada a España de bolivianos y ecuatorianos era masiva. También eso ha cambiado, no hace muchos días buscaba un trozo de sombra en la calle San Fernando un senegalés llamado Mamadou que quería ganarse unas monedas con el sonido de su kora, un instrumento de 21 cuerdas que se construye a partir de una calabaza grande cortada por la mitad, mezcla de arpa y laud. «A la gente le gusta mi música, me dicen que es un sonido parecido al de la guitarra de España», cuenta.

Eduardo, Marcos y Mamadou son personajes que van y vienen según el día y las circunstancias, son los artistas invitados del centro. Pero hay otros que están en el cartel a diario y que tienen sitio reservado en la avenida de la Constitución. El bluesman Little Boy Quique, de 47 años, ha grabado dos discos y ha trabajado con Raimundo Amador otro músico que recorrió muchas calles de Sevilla cuando nadie imaginaba el virtuoso de la guitarra que había escondido bajo esa cara de pillo. Enrique Fernández tiene su público y hasta tiene su pequeña de lista de actuaciones en Sevilla, pero lo nunca falla es que todos los días hay que llevar un plato de comida a casa. A partir de su guitarra, armónica, percusión con el tobillo y capaz de emplear la técnica del slide y el bottleneck con un vaso de chupito, su repertorio se hunde en las raíces más profundas del blues que brotó en las orillas del Mississippi.

Otro de los fijos es el Charro de Triana, un sevillano con raíces mexicanas que con su sombrero de mariachi y sus rancheras se ha convertido en un personaje fijo a las puertas del Banco de Santander de la Avenida de la Constitución.

La música callejera en Sevilla se regula a través de la Ordenanza reguladora de la ocupación de espacios públicos del Conjunto Histórico Declarado de la Ciudad de Sevilla. Se recoge la prohibición expresa de «ocupar las plazas Virgen de los Reyes y del Triunfo». El resto de la zona monumental está limitada por las fichas individualizadas de cada espacio estipuladas en el Plan General de Ordenación Urbanística. A partir de esas normas, los músicos callejeros pueden solicitar la licencia y renovarla de forma periódica, siempre y cuando se respetan las exigencias de la Ordenanza de Ruidos.

En otras ciudades como Málaga, los artistas también se regulan a sí mismos estableciendo horarios y turnos en los espacios delimitados en la ciudad. En principio, la nueva asociación de músicos propone un límite de dos horas para cada actuación para no cansar con el mismo repertorio a los establecimientos cercanos, una distancia de cien metros entre cada músico para evitar la saturación de las calles, un límite de 80 decibelios –con posibilidad de usar amplificación hasta llegar a ese máximo– y un horario para ejercer la actividad de 10.00 a 15.00 horas y de 17.00 a 21.00 horas (hasta las 22.00 horas en verano).

La música ha conquistado la calle sevillana. «Ha cambiado el concepto del músico de calle, pero también la forma en la que el viandante nos ve. La gente se ha dado cuenta de que hay mucho talento suelto por aquí. No es que te echen la moneda y se van. Ahora hay gente que puede estar viéndote tocar durante cinco o diez minutos y te regala un aplauso», asegura Marcos.


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