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«Muy pocas personas tienen el valor de dejar un empleo para montar una empresa»

Cofundadora y directora general de Oblumi. Ejerce una cualidad crucial: reorientar el rumbo profesional. Arquitecta avezada en proyectos de construcción, ahora encabeza la empresa sevillana que ha desarrollado el termómetro conectado a móviles, apps e internet

08 ene 2017 / 10:19 h - Actualizado: 08 ene 2017 / 10:24 h.
  • Ana María Molina, en la sede de la empresa Oblumi, en Sevilla Este. / Jesús Barrera
    Ana María Molina, en la sede de la empresa Oblumi, en Sevilla Este. / Jesús Barrera

“Mi madre es arquitecta, hacía casas pero ahora vende termómetros”. Es lo que dicen en el colegio, con espontaneidad infantil, los dos hijos de Ana María Molina. Hasta hace tres años, la escuchaban en casa inmersa en conversaciones sobre arquitectura. Ahora, en los diálogos de papá y mamá, lo que más sale a colación es Oblumi y su termómetro digital de infrarrojos que se conecta al teléfono móvil mediante una aplicación, atendiendo también a los usuarios y distribuidores desde una plataforma ‘online’.

Nacida en Mancha Real (Jaén) hace 39 años, casada con un profesional de las artes gráficas, vecina de Sevilla Este, está al frente de la empresa creada por Juan José Flores, Miguel Ángel Martín, Fernando García Cabello y ella al conocerse y formar equipo durante un fin de semana, noviembre de 2013, en el primer certamen Sevilla Startup Weekend. 48 horas que han cambiado sus vidas, tras ganar el primer premio y convencerse de que esa innovadora idea de termómetro, propuesta por Juan José Flores, podía convertirse en una iniciativa empresarial rentable. Tres años después del ‘flechazo’, y comenzando a trabajar como empresa el 7 de enero de 2015, tras la festividad de Reyes, en la actualidad ya no son cuatro sino ocho las personas en nómina.

¿Se imaginaba en su infancia trabajando en el sector de las tecnologías para la salud?

No, desde pequeña quise dedicarme a la arquitectura, me gustaba mucho dibujar planos. Mi padre ha sido toda la vida comercial de maquinaria agrícola, el campo es su pasión. Mi madre se ha dedicado siempre a criarnos a mi hermano, que es ingeniero de caminos, y a mí. Hice toda mi etapa de colegio e instituto en Mancha Real, y solicité hacer la carrera de Arquitectura. Lo normal en pueblos como el mío es irse a vivir a Granada para estudiar en su universidad y apoyarse en la convivencia con los amigos. Pero opté por la Escuela de Arquitectura de Sevilla, me habían dado mejores referencias sobre su calidad. Esa decisión fue importante en mi vida.

¿Cuáles fueron sus primeros trabajos?

Empecé haciendo prácticas en el estudio del arquitecto Antonio Barrionuevo. Antes de acabar la carrera, gané un concurso y mi primer proyecto fue crear en Jaén capital la sede de la cooperativa de aceite San Juan. Con mi hermano estuve comandando durante 10 años Dam Consultores. Cuando se hundió la actividad constructiva por la crisis económica, redujimos plantilla, empecé a plantearme cómo diversificar el negocio y cómo abrirnos a nuevos horizontes.

¿Cómo lo hizo?

Me puse a leer e investigar sobre emprendimiento. Sin rumbo fijo, receptiva a novedades. Vi en 2013 la convocatoria del Sevilla Startup Weekend y me apunté. No conocía a nadie de esa iniciativa, y pensé: “Bueno, voy a probar, si el primer día no me convence, pues no estaré allí metida todo el fin de semana”. Fui con mentalidad de espectadora pero me enganchó esa dinámica de aprender haciendo, de conocer a gente con la que trabajar para crear nuevos proyectos, y a la vez recibir formación para orientarnos. Me encantó la idea de Juan José Flores para tener un sensor que se conectase al teléfono móvil y midiese la temperatura, y además pudiera enviar información en remoto. Yo había estado meses antes en Perú con temas de mi consultora, y coincidió ese viaje con la otitis que sufrió mi hijo pequeño, tuvo fiebre alta, y sentí la preocupación de estar muy lejos.

Tras la alegría por ganar ese concurso, ¿qué hicieron para unirse, crear la empresa y dejar sus trabajos anteriores?

Lo primero fue darnos un plazo de dos semanas para reflexionar si queríamos atrevernos a hacerlo. Todos habíamos acudido al Startup Weekend por vivir la experiencia. A partir de ahí, estuvimos varios meses reuniéndonos cuando salíamos de nuestros respectivos trabajos, evaluando la viabilidad técnica, el potencial mercado, la rentabilidad,... Fue el momento clave. Las reuniones también servían como oportunidad para conocernos mejor. Cuando se quiere constituir una sociedad, es fundamental que todos los socios inspiren plena confianza. Después empezamos a buscar financiación, como paso previo a producir. Nos presentamos a muchos premios para emprendedores, y ganamos varios. El que nos dio el mayor espaldarazo fue el de la Fundación Everis España, en la categoría de biotecnología y salud. Y nos llamó un inversor para vincularse y apoyar que pudiéramos dedicarnos un año entero a su desarrollo y lanzamiento. Lo cumplimos: empezamos el 7 de enero de 2015 y salió a la venta el 4 de diciembre de ese año.

¿Qué supuso dejar sus empleos para aventurarse con Oblumi?

Hubo mucha valentía. Yo era autónoma, mucho más valientes fueron mis compañeros y socios. Fernando y Juan José tenían empleo fijo con 12 años de antigüedad, eran jefes de proyecto. Y que dijeran a sus familias: “Me voy de la empresa porque voy a montar esto, aportando dinero y fijándome durante un año un sueldo que es la mitad de la mitad del que estaba cobrando, y para embarcarme en algo con alto nivel de incertidumbre”, eso lo hace muy poca gente en nuestra tierra. Tal grado de implicación en el proyecto nos retroalimenta a todos en un grado máximo de autorresponsabilidad. Y cada uno piensa: “Lo han dejado todo por esto, más vale que yo consiga financiación”, o “más vale que yo consiga fabricación” o “Más vale que el software no falle”...

Lo que usted cuenta no forma parte de los mensajes que se propagan sobre la creación de empresas.

A veces se transmite una imagen del emprendimiento que genera mucha frustración en la gente. Los jóvenes han de saber que hay que tomarse totalmente en serio la creación de una empresa. Se echan muchísimas horas de trabajo, no de cervecitas. Nada divertido. Lo que se dice ser productivo al máximo para sacar adelante la empresa. Y fue un acierto buscar financiación privada, en lugar de optar por depender inicialmente de la pública, cuyos ritmos de decisión son muy lentos. Gracias a tener inversores privados, somos más creíbles, y después nos concedió un préstamo una institución pública como Enisa (Empresa Nacional de Innovación).

¿En nuestra sociedad se está diluyendo el tradicional miedo a compartir las ideas y los proyectos con el prójimo, temiendo que los copien o se los apropien?

Ese miedo existe en el estado de inicial inocencia con el que todos nos acercamos al emprendimiento. Es lo que dicen las personas que no han realizado nunca un proyecto empresarial. No conozco a nadie que realmente tenga una cierta experiencia como emprendedor que, dos años después, no esté totalmente dispuesto a sumar fuerzas con otras personas. El mundo es tremendamente competitivo, y en solitario no se alcanzan objetivos. Por ejemplo, cualquier inversor, cuando evalúa proyectos, pone más interés en conocer al equipo que en analizar la idea. Saben que en el mundo hay miles de buenas ideas, pero hace falta encontrar a las personas que sean capaces de desarrollarlas. Demostrándolo con hechos, no con titulaciones. En mí confían y no soy de Empresariales ni de Derecho.

Aún son muy pocas las mujeres jóvenes que participan en certámenes de innovación, en convocatorias de nuevas empresas, en presentaciones ante inversores. ¿Por qué?

Las jóvenes todavía no han roto con muchas barreras sociales. Yo nunca me he sentido desplazada ni incómoda, pese a que me he desarrollado en dos ámbitos profesionales machistas: el de la construcción y el de las empresas tecnológicas. Son sectores que han madurado y que aceptan con más normalidad a la mujer. Sí me preguntan por qué en Oblumi soy la ejecutiva pese a que la idea del termómetro no fue mía. Por mi experiencia de gestión en el campo de la arquitectura, me dedicaba más a la gestión de proyectos que a la técnica. Era la faceta en la que más podía aportar en una ‘startup’.

¿A nadie se le había ocurrido antes un termómetro con estas prestaciones?

Hicimos un estudio de la competencia posible y encontramos el que hacía en Estados Unidos la empresa Kinsa, que no vendía en Europa. Decidimos seguir adelante. Con el tiempo, aprendimos que la competencia es buena. Conforme más personas se habitúen a utilizar dispositivos ‘wearables’ vinculados a la salud, más fácil será que compren los nuestros.

¿Cuántos han fabricado hasta ahora?

El primer lote era de 10.000 unidades. En 2016 fabricamos otros 10.000. Tenemos ya distribución en 13 países y el 60% de las ventas son fuera de España. El precio en España está alrededor de los 42 euros, y en Europa en torno a 49,95 euros. El primer país en el que entramos fue Francia, pero el mercado que más ha crecido es Italia, ya casi hemos vendido más unidades en Italia que en España. Cataluña es, de largo, la región donde más vendemos. Incluso entre los farmacéuticos, que es un sector más tradicional. Al principio, les da miedo vender un dispositivo tecnológico, porque están acostumbrados a vender medicamentos y no a explicar una aplicación móvil. Les insistimos en que no han de preocuparse, nosotros le damos soporte a los clientes, y también podemos resolverles a ellos cualquier duda.

¿Hacia dónde se encamina esta empresa?

Queremos ser de referencia en el sector tecnológico de la salud digital y centrados en las necesidades de la población infantil. En 2017 tenemos previsto presentar y comercializar dos nuevos productos que están alineados con la componente ‘smart’ del primero y con la marca Oblumi. Avanzados y a la vez sencillos de utilizar. Porque tener un solo producto en el mercado es una inmensa debilidad, hay que plantear un portfolio de productos a los grandes distribuidores.

¿Y fuera de Europa?

Ya distribuimos en Colombia, y hace escasos días hemos enviado un pedido a Vietnam, confiamos en el especial interés que tienen los asiáticos por la tecnología de bolsillo. Del 30 de enero al 2 de febrero vamos a estar en Dubai en la feria internacional Arab Health, con apoyo de Extenda. Allí estarán todas las grandes empresas creadoras de dispositivos tecnológicos para la salud. Como nuestro desarrollo se basa en acuerdos con distribuidores internacionales, lo hemos ido consiguiendo acudiendo a ferias en Dublín, Colonia, Berlín,... Y al Mobile World Congress en Barcelona.

En ese tipo de reuniones y negociaciones, ¿qué les dicen y qué observan?

Está creciendo muchísimo el interés de las grandes empresas y los grandes inversores por este campo de la salud digital y la telemedicina, el ‘e-health’ en el argot internacional. Todos quieren situarse en este sector, donde la facturación está creciendo a gran velocidad. Por ejemplo, Nokia compró Withings, una de las primeras compañías de éxito. A la vez, se es consciente de que es un mercado aún poco maduro. Aún no se demanda por parte de las personas que no están acostumbradas a asimilar con rapidez nuevas tecnologías. Por eso nos vinculamos más al segmento de padres jóvenes, que sí son nativos digitales y entienden fácilmente cómo descargarse la aplicación y manejan de modo muy intuitivo estos sencillos dispositivos.

La salud es una prioridad para cualquier persona, y ya muchos ancianos reciben servicios de teleasistencia que antes les parecerían ciencia-ficción.

Con total normalidad, cualquier persona se medirá su nivel de azúcar o comprobará por internet si su padre se ha tomado la tensión. Pensemos que hace 20 años nadie salía a correr con algún dispositivo tecnológico. Hoy lo raro es al revés, está normalizado el uso de pulsómetros, o auriculares, etc.

¿Dispositivos como el de Oblumi son preferidos por quienes viven más pendientes de lo que se sustancia en internet que de lo que se aprende en la experiencia presencial?

La fiebre va a existir siempre y la necesidad de curar es la misma, pero no van a usarse siempre los mismos sistemas de medición. Nuestra generación se crió con los abuelos poniéndonos el termómetro de mercurio. Y a mi abuelo ya la parecía algo increíble el termómetro digital. Ahora estamos en un salto mayor: Aunque estés en la otra punta del mundo, puedes saber si a tu hijo le han tomado la temperatura, y saber cuál es. Todo gracias a acceder con usuario y contraseña.

¿Qué les comentan a ustedes los usuarios de su dispositivo?

Lo que más se valora es la gráfica con la evolución de los datos, que cualquier persona puede entender con facilidad y que, además, puede mostrarse a un médico para que tenga mucha mejor información sobre ese proceso febril. Y también se valora muy bien la ayuda que da para informar de modo instantáneo sobre qué dosis de antitérmicos ha de suministrarse en cada momento al bebé.

¿Desde que dirige Oblumi está más pendiente de cuándo empieza la temporada de gripe?

Realmente, no demasiado. Nuestras ventas no son tan estacionales, y como las hacemos a través de distribuidores, se llevan a cabo meses antes del invierno. Ahora estamos abriendo mercado en países como Colombia, donde el frío llega en otra época. Depender como empresa de una sola estacionalidad no viene bien. De lo que estamos más pendientes es de los continuos cambios tecnológicos, y de comprobar que seamos compatibles a los nuevos móviles. Todo evoluciona a tan rápida velocidad que, si te relajas un mes, te quedas atrás.

¿Le sorprende que, teniendo al alcance de la mano tanta información de calidad y tanto conocimiento contrastado, tengan tanta fuerza en la sociedad global la pseudociencia, la superchería, la manipulación...?

Confío en que se vaya autocorrigiendo. Internet se nos abrió como un mundo inmenso sin estar preparados para saber utilizarlo. Los médicos tiemblan con lo que leen muchos pacientes en internet, porque puede desinformar más que orientar. A nadie que tenga bronquitis se le ocurre pedir una segunda opinión a un arquitecto. Lo hace a un médico. Sin embargo, mucha gente lee blogs de cualquier tipo sin preocuparse mínimamente sobre quién está detrás. Como sociedad, no podemos seguir lanzando tanta estupidez y tanto insulto en este mundo virtual sin hacernos responsables de lo que escribimos. Internet no ha de ser la única herramienta en nuestra vida para adquirir conocimiento y para tomar decisiones. Por eso es tan importante que cada persona viva sus propias experiencias y saque sus conclusiones. Ya parece que no podemos hacer nada sin un ordenador y sin un móvil. Pero yo, a veces, necesito pensar con un bolígrafo y un papel en la mano.

¿Cómo ha cambiado su vida a la hora de compaginar lo profesional con lo personal?

Ya antes dedicaba muchísimas horas al trabajo. Sí se ha ampliado la dedicación laboral porque he de viajar más. Y mis hijos me dicen: “¿Por qué nunca nos llevas?”. Sí están cambiando las inquietudes. Porque sigo siendo una apasionada de la arquitectura, pero ahora leo mucho más sobre otros temas. También ha cambiado mi preocupación por mejorar el nivel de inglés, y al final de la tarde recibo clases personalizadas. Ya no quiero solo defenderme hablando inglés, sino que quiero poder negociar bien en inglés.

Cuando conocen lo que está llevando a cabo desde Oblumi, ¿qué le dicen, en Sevilla, en Jaén, en el resto de Andalucía, otras mujeres que dirigen empresas?

Tanto a mujeres como a hombres, lo que más les interesa conocer es la capacidad para reinventarse profesionalmente. Las mujeres tienen que superar el handicap de sentirse más responsables que los hombres de las obligaciones familiares, por la influencia que tradicionalmente se nos ha ejercido para asumir ese rol. Es un tema en el que veo a muchos hombres avanzar muy bien. En mi casa, si yo no puedo estar, también se come. Mis hijos ven que tanto el padre como la madre les preparan la comida, les llevan al médico, etc. Es también el camino para que, en el futuro, no tengan interiorizado ningún rol sexista. En esa tendencia, cada vez más mujeres se deciden a emprender un negocio o a mejorar dentro del organigrama de la empresa en la que trabajan. Que también es necesario y complicado. En mi opinión, en España es muy mala la conciliación de la vida profesional y familiar tanto para los hombres como para las mujeres. Hay que cambiar muchos hábitos en nuestra sociedad.

Indique una de las situaciones complicadas de resolver en una familia.

Los dos meses y medio de vacaciones escolares de los niños, en una familia donde trabajan fuera de casa el padre y la madre. No hay forma de solventarlo si no es con ayuda de los abuelos. Es magnífico que los abuelos apoyen y que disfruten de los nietos, pero no puede ser una obligación y una atadura para ellos. Insisto: mal haríamos si enfocamos esto como un problema para las mujeres profesionales. Es un problema de toda la sociedad.

Todas las instituciones presumen de impulsar el emprendimiento, pero la mayor parte de las autoridades, de los funcionarios y de los técnicos a sueldo para ese cometido nunca han emprendido un proyecto por cuenta propia, y están propagando lo bueno que es arriesgarse.

Desde el sector público se está repitiendo con el concepto de emprendimiento la misma burbuja que se creó en los años del ‘boom’ de la construcción con los ‘centros de interpretación’. Todos los municipios convocaban la creación de un ‘centro de interpretación’ de tal o cual tema histórico, industrial, cultural, medioambiental, etc. Casi todos eran imposibles de mantener económicamente, pero se hacían. Hoy en día, todos consideran imprescindible tener un ‘coworking’ para que los jóvenes creen empresas. Y los datos indican que la mayor parte de los emprendedores que las sacan adelante (incluyo tanto las que logran éxito como las que al menos sobreviven sin arruinarse) tienen un promedio de 40 años de edad. Es decir, no son jóvenes de 23 o 25 años recién licenciados, a los que las instituciones les animan a emprender, sino que son profesionales con numerosas experiencias laborales aunque nunca antes hayan montado una empresa. ¿Qué tiene el emprendedor de 40 años? Experiencias, capacidades, hábitos de trabajo en equipo, de gestión de conflictos, etc. Nada de eso tiene el joven de 23 años. Si sales de la Universidad y tienes que enfrentarte a todo eso, y además exponer de modo convincente tu idea de producto y de empresa a una ronda de inversores, y es tanto lo que has de aprender a hacer en poco tiempo, que es muy difícil que funcione bien.

Usted sabe del tema porque lo vive a diario. ¿Qué propone?

Es muy positivo fomentar la mentalidad emprendedora y la formación para emprender. Pero si a todos los jóvenes se les vende la idea de que si quieren emprender, y se sacrifican, van a tener éxito, el resultado son muchas frustraciones. No escucho decir a las autoridades que, si no tienes experiencia, lo normal es que te arruines. Para abrirse camino y conseguir empleo, aconsejo lo que es más frecuente y mejor valorado en otros países como curriculum: trabajar en una ‘startup’, ya sea en España o en el extranjero. No se tiene alta remuneración, pero se aprende muchísimo, se curten realmente a nivel profesional, porque hay que hacer de todo y en equipo con personas de formación diversa, y en un ambiente de exigencia. Vas a aprender de tecnología, de marketing, de logística, de ventas internacionales,... En cambio, en cualquier empresa grande, que es mucho más segmentada y más rígida, solo vas a aprender hacer lo que se lleve a cabo en el departamento que te toque. Quienes seleccionan personal tienen muy en cuenta esos currículos, y para ellos lo de menos es si esa ‘startup’ llegó a consolidarse o se quedó por el camino, sino que has estado dos años peleando codo con codo para levantar una empresa, seas o no socio de ella.


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