lunes, 19 noviembre 2018
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, última actualización

Nervión, segunda parada

Otra mirada a un barrio lleno de matices. Nos colamos entre Ramón y Cajal y Eduardo Dato, con unos vecinos que derrochan ganas de vivir

25 may 2018 / 11:01 h - Actualizado: 26 may 2018 / 11:57 h.
  • Paco es el propietario de Bodega Guadalquivir, un clásico de la zona.
    Paco es el propietario de Bodega Guadalquivir, un clásico de la zona.
  • Jaime, presidente de los peluqueros de Sevilla.
    Jaime, presidente de los peluqueros de Sevilla.
  • Toñi de Las Palmeritas.
    Toñi de Las Palmeritas.
  • El mercado de Las Palmeritas, en el barrio de Nervión, es uno de los que más vende de toda Sevilla. / El Correo TV
    El mercado de Las Palmeritas, en el barrio de Nervión, es uno de los que más vende de toda Sevilla. / El Correo TV
  • Óscar es uno de los propietarios de Joyería Meneses.
    Óscar es uno de los propietarios de Joyería Meneses.
  • Clases de zumba en el centro cívico de La Ranilla.
    Clases de zumba en el centro cívico de La Ranilla.

No hace tanto tiempo que hicimos una promesa. Nervión tiene tantas joyas inmateriales que siempre merece la pena y, por eso, aseguramos que volveríamos. Del dicho al hecho. Esta semana en ¡Mira qué barrio! regresamos a esta hilera de calles con hechuras de centro en las que hemos vuelto a obtener una certeza clara. Y es que si en nuestra primera visita tuvimos claro que estábamos ante un barrio lleno de matices y de historias hermosas que contar, ahora hemos podido confirmarlo. Y sí, insistimos, Nervión merece una visita. O mejor dos, como hemos hecho nosotros en esta casa.

Hemos vuelto para llevarles de la mano a esa parte antigua de Nervión, a esos primeros bloques que empezaron a construirse limitando por un lado con Ramón y Cajal y por otro con la avenida Eduardo Dato. Gracias a esta segunda oportunidad hemos podido conocer todo lo que guarda en su interior un mercado como el de las Palmeritas. Toñi Santiago, su presidenta, nos contó que es una de las plazas de abasto que más vende de toda Sevilla y que a por su género viene gente hasta de otras provincias de Andalucía. Solo hace falta echar un vistazo a sus pescados, a sus verduras y hasta a sus chicharrones para comprobarlo.

Con el estómago lleno, decidimos volver al centro cívico de La Ranilla, que realmente tiene otro nombre mucho más largo del que por mucho que lo intento nunca logro acordarme. Así que lo dejamos en La Ranilla. Macarena, la subdirectora del distrito, nos metió en un buen lío y se empeñó en que hiciéramos zumba. Pero no un zumba facilito, no. Uno de primer nivel. Y claro, no dimos pie con bola. Algo mejor se dio el taichí, porque aunque tocaba moverse los movimientos eran más despacito y daba tiempo a rectificar. En fin, que la voluntad, como siempre, suplió las carencias históricas.

A partir de ahí, el día se convirtió en un paseo por los negocios del barrio. Algunos más peculiares, como la tienda de ropa de artes marciales y deportes de combate que regenta Aitana. Y otros más clásicos como la Joyería de la familia Meneses, padre e hijo que combinan tradición y diseño para ofrecer joyas de nivel y raíces sevillanas.

Total, que entre una cosa y otra, se terció darnos un peladito en la peluquería de Jaime. Bueno, en una de las cuatro que tiene repartidas por la ciudad y en la que da empleo del bueno y trato aún mejor. Eso y otros méritos le han valido ser el presidente de los peluqueros de Sevilla. Un éxito más que sumar a la historia de este joven emprendedor que a base de esfuerzo predicado entre su gente puede decir que vive de lo que le gusta. Y eso a estas alturas de la vida no está al alcance de todo el mundo. Es un privilegiado.

Y si se trata de sumar años, díganme si no es un clásico la Bodega Guadalquivir, en Villegas y Marmolejo. Chacinas de Huelva de las buenas, desayunos con fama y una terraza donde hay quien se sienta a ver pasar la vida, y a hablar de ella, siempre con la simpatía de Paco, el dueño del lugar. Especialista, además, en poner el picante a cada día con su humor ácido y preciso, que es capaz de arrancar sonrisas aún en los días grises.

Y así, con el zurrón lleno, nos fuimos otra vez de Nervión. Quién sabe si volveremos. Sorpresas e historias inolvidables seguro que nos quedan por contar.


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