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«No lo quiero cambiar, a mí me encanta como es»

Susana, madre de un niño con TDAH, cuenta que su hijo es «fácil de llevar, si sabes cómo tratarlo». «Todo lo hace con el corazón», destaca

25 feb 2017 / 21:03 h - Actualizado: 25 feb 2017 / 21:32 h.
  • Francisco, hace unos años, salta lleno de energía en la arena de la playa aprovechando la marea baja. / El Correo
    Francisco, hace unos años, salta lleno de energía en la arena de la playa aprovechando la marea baja. / El Correo
  • Francisco, junto a su terapeuta, Alejandro. / E.C.
    Francisco, junto a su terapeuta, Alejandro. / E.C.

«Mi hijo sobre todo es muy infantil y muy emocional. Por eso a veces sufre», cuenta Susana entre el buen humor y la preocupación. Normal. Su hijo de casi 11 años, Francisco, tiene diagnosticado un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDA-H).

Susana habla y no para sobre su hijo –y sobre su hermano pequeño, Andrés–, con optimismo y el conocimiento que dan los años de convivencia y apoyo profesional. «Tienen otra manera de ver las cosas y no son comprendidos», resume, y recuerda una conversación que tuvo con Francisco, habitualmente parco en palabras: «Mamá –me dijo–, a mí una idea me lleva a otra y a otra y a otra, y no puedo parar».

Hasta llegar al punto en el que la familia conoce qué le sucede y trabaja para mejorar determinados aspectos, el camino fue largo. Los primeros avisos llegaron de la guardería. «No lloraba, observaba mucho», cuenta Susana, que recuerda que «cuando empezó a andar, con un año, era muy gracioso porque corría. Como queriendo llegar antes a los sitios y saberlo todo».

Con 3 años, en el colegio, aparecieron «problemas diferentes». Como el hecho de no sentarse, un problemón en ese contexto. «Me decía la maestra: es raro, aprende a leer y parece que no atiende». En Primero, con una maestra «más dura», no se podía mover de la silla, ni sentarse raro, y le costó sus buenos castigos. Un problema añadido es que en Francisco, «el límite de que algo le moleste es muy bajo. Si alguien le dice tonto, le empuja». No pega a nadie, aclara, pero estos prontos han acabado en bronca alguna vez.

Todo cambió en Tercero. «Su maestra, Lola, a ella se lo agradezco todo, me dijo: mira, tuve un niño y me lo recuerda. No atiende, parece más pequeño de su edad, no entiende las bromas...». El orientador del centro –público, el mismo en el que sigue– lo valoró, y encontró «una alta capacidad cognitiva, pero la falta de atención bajaba el pico muchísimo». El diagnóstico: TDA-H.

«Él ha sufrido mucho de Primero a Tercero por decirse cosas malas», y no era la única dificultad: «Hablas con él y le cuesta expresarse, pero en un arranque te suelta las cosas y te machaca». El motivo: «Todo lo que hace es porque le da el impulso. Todo lo hace con el corazón. Le digo que, cuando crezca, esa espontaneidad le va a gustar a mucha gente. A él le afecta no caerle bien a alguien». Esa experiencia por la que todo el mundo pasa, la de dar con gente que no quiere ser su amiga, es para Francisco más dura, porque «él cree que todo el mundo tiene que tratarlo bien y ser su amigo».

En este terreno también las cosas marchan por la senda correcta: «Tiene suerte, tiene compañeros buenos». Con los padres tampoco hay problema. Susana les explicó qué le sucedía a su hijo y encontró apoyo de manera mayoritaria. Sí lamenta, en ocasiones, algún momento «duro. Te dicen mi hijo es despistado...», menos mal que «igual que le enseñas a controlarse a él, aprendes tú». «Deberíamos tener más respeto y no entrar tanto en opinar. Por eso la asociación está muy bien», porque allí las madres y padres hablan de lo mismo, y saben de lo que hablan. Se refiere a Aspathi, donde Francisco acude a terapia con Alejandro. «Me preguntaba por qué iba a la asociación: porque no puedes atender un largo tiempo, le decía. Con las técnicas que aprende, sin medicación, está mejorando un montón», explica Susana, que cuenta que ella y su marido probaron con el taekwondo «para controlar la impulsividad». Acertaron, y encima le encanta.

Queda la vida cotidiana, en la que todo encaja gracias, eso sí, a «una paciencia infinita. Mi marido y yo, a veces, nos miramos y suspiramos. Sin que él se entere decimos, qué paciencia». «Hay que repetirlo todo mil veces», resume, y evitar la tentación de echarle la bronca por cualquier cuestión que, efectivamente, ya se le había dicho antes.

Al final, lo importante es que Susana aprecia cómo su hijo «va mejorando. A él no lo quiero cambiar. A mí me encanta como es. Es fácil de llevar, si sabes cómo tratarlo», acaba.


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