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“O desarrollamos empresas tecnológicas o seremos región para jubilados”

Entrevista con Luis Fernández Luque, cofundador de Salumedia e investigador del Qatar Computing Research Institute

06 ene 2018 / 20:35 h - Actualizado: 06 ene 2018 / 21:00 h.
  • Luis Fernández Luque, en Taiwan, donde desarrolla varios proyectos de salud digital. / El Correo
    Luis Fernández Luque, en Taiwan, donde desarrolla varios proyectos de salud digital. / El Correo

Si quiere buscar un ejemplo de ciudadano del mundo, de los que al cabo del año vive y trabaja desde numerosos países, y a través de internet, esté donde esté, desarrolla en remoto actividades para muchos más, ese es Luis Fernández Luque. Investigador de brillante trayectoria internacional en la aplicación de innovaciones digitales a las prestaciones de los sistemas sanitarios. Siéntese cómodamente, sin necesidad de coger el pasaporte, para leer una entrevista que es la vuelta al mundo por la geografía vital y profesional de un onubense de 34 años, casado con la finlandesa Päivi Salminen, a la que conoció estudiando en Alemania. Tienen dos niñas gemelas, de seis años, que nacieron cuando residían en Noruega. Llevan dos años afincados en Qatar a la vez que continúan fortaleciendo en Sevilla la actividad de la empresa Salumedia, de la que él es propietario y asesor científico, y ella responsable del desarrollo de negocio. Una familia sin fronteras y una vocación de contribuir a los desafíos globales en la gestión de la salud.

—¿Cuáles son sus raíces?

—Soy de Huelva capital. Mi madre es enfermera ya jubilada, y mi padre es maestro ya jubilado. Tengo una hermana, que es fisioterapeuta. Mi abuelo era médico, me ha influido que media familia estaba vinculada a la sanidad y la otra media al magisterio. Estudié en el Colegio Público Marismas del Odiel y en el Instituto Público La Orden. Desde niño me han interesado tanto la tecnología como la salud, manejaba en clase ordenadores, me gustaban en televisión los documentales, leía las revistas ‘Muy Interesante’ y ‘Natura’. En el instituto, como no me decidía si decantarme por la salud o por la tecnología, hice tanto el Bachillerato tecnológico como el biosanitario. De hecho, tengo dos notas de selectividad. Y me fui a Sevilla para hacer la carrera de Informática, primero la Técnica y luego la Superior.

—¿Cómo encarriló en la etapa universitaria su especialización?

—En tercero de Ingeniería Técnica, me fui de erasmus a Stralsund, en Alemania, porque allí sí tenían la carrera de Informática Médica. Cogí todas las asignaturas específicas. En la Universidad de Sevilla no había ninguna. Y profesores como José Luis Sevillano [actual decano de Ingeniería Informática en la Hispalense], con quien hice el trabajo de fin de carrera, me dieron muchas facilidades para abrirme camino. Por eso en quinto de carrera estuve en la Universidad Politécnica de Valencia, donde había asignaturas sueltas sobre esta temática, para unas iba a la facultad de Informática y para otras a la de Telecomunicaciones. Ahora sí tienen allí incluso un máster sobre Informática de la Salud.

—¿Cuál es su primera experiencia de relación con pacientes?

—Mientras hacía la carrera en Sevilla, fui voluntario de Andex, la asociación dedicada a los niños con cáncer. Y participé en organizar un encuentro de una semana acogiendo a jóvenes voluntarios que hacían una labor similar dentro de asociaciones en Portugal, en Israel, en Palestina,... Fue una experiencia estupenda.

—¿A qué dedicó sus primeras investigaciones?

—Empecé a aprender a trabajar en contacto con profesionales sanitarios que tratan en el día a pacientes, con investigadores de la salud, y con profesores universitarios. En quinto de carrera hice un trabajo para conectar sensores que se usan en diabéticos mediante tecnologías inalámbricas como el ‘bluetooth’, y con la empresa Sadiel intervine en 2004 en una investigación sobre cómo integrar la educación del paciente en el uso de tecnologías móviles. Volví a Valencia con una beca Séneca y empecé a trabajar con el grupo de investigación del profesor Vicente Traver. Todavía sigo colaborando con él. Participé con él en un desarrollo de tecnología para el estudio del sueño y otro de salud móvil en dermatología.

—¿Qué se planteó para doctorarse?

—Decidí hacerla desde el extranjero para adquirir una perspectiva más internacional, y dedicarla a investigar en el ‘social media’ aplicado a la salud y para educar a los pacientes mediante videos, era entonces una temática muy novedosa. Conseguí en 2007 un contrato con el Norut, Instituto de Investigación vinculado a la Universidad de Tromso (Noruega), y allí me fui, en contacto con Vicente Traver, que supervisó mi tesis. Tuve la oportunidad de recalar en estancias intermedias como investigador en Estados Unidos. Seis meses estuve en la Universidad de Minnesota y otros seis meses en la de Harvard. Y después me hicieron un contrato fijo en ese centro de investigación en Tromso.

—Una ciudad tan nórdica que está en el Círculo Polar Ártico...

—Allí, poniéndome en el punto de vista de los pacientes, me di cuenta que el problema para educarles digitalmente era cómo podían encontrar lo que ya está en internet y cómo distinguir lo que es de calidad respecto a lo mucho que es malo, erróneo, macabro,... Ya en el 2007, si en Youtube buscabas la palabra ‘diabetes’ aparecían miles de videos relacionados. Ahora son cientos de miles. Orienté mi investigación a cómo ayudar a los pacientes con enfermedades crónicas (diabetes, esclerosis múltiple) mediante contenidos en las redes sociales. Y diseñamos un algoritmo que tenía en cuenta la reputación de los videos para la comunidad de pacientes. Porque en el ranking de Youtube lo que está en los primeros puestos es lo macabro, mientras que el nuestro primaba los educativos. Porque un paciente no le va a dar ‘me gusta’ a un vídeo que se regodea en la amputación de un pie.

—¿A qué dio paso esa fase?

—A plantear en mi tesis si ese modelo sería válido en una comunidad donde sabemos que impera la desinformación. Elegimos el tema de la anorexia, estaba en boga, con gente promoviendo la anorexia como un estilo de vida. Con fotos y videos cuyo mensaje era, por ejemplo: “Si tienes hambre, come cubitos de hielo”. Y usando de etiquetas ‘desorden alimenticio’ o ‘dietas’, de tal manera que quien busque en internet información sobre esos temas/palabras puede encontrarse contenidos que alientan la anorexia. Mi objetivo volvía a ser cómo hacer aflorar los contenidos digitales con rigor médico respecto a los demás. Los expertos en clínicas de desorden alimenticio me decían que, entre tanta confusión, los pacientes tardan mucho en llegar a los especialistas y se retrasa mucho el diagnóstico.

—¿Sus análisis se circunscribían a pacientes noruegos?

—No, también incluía a personas de cualquier lugar del mundo. Muchas, por ejemplo, de Estados Unidos. Casi todos los contactos eran online. En Noruega me daban mucha libertad, su criterio es la meritocracia. Y así es más fácil articular trabajos de dimensión internacional y con la participación desde diversos países. En los trabajos sobre los ‘proanorexia’ intervinieron investigadores desde la Universidad de Taiwan y desde el centro de investigación de Microsoft en Israel. El siguiente problema de salud pública por desinformación que quise abordar fue el de los ‘antivacunas’ y lo hice con el israelí Elad Yov-Tom.

—¿Más libertad para investigar implica más exigencia?

—Es más insistencia en la calidad. Y en Estados Unidos es aún más marcado ese criterio. No te exigen que trabajes más, sino que trabajes en cosas importantes. En Harvard me decían, cuando planteaba propuestas: “Si no se puede al menos publicar en el ‘British Medical Journal’, no merece la pena que lo hagas”. En cambio, en España se trabaja más y se produce menos impacto, el listón se pone más bajo. Seguro que el mejor científico del MIT norteamericano disfruta mejor las vacaciones que el 99% de los investigadores en universidades españolas. Porque se centra en la máxima calidad. Le exigen impacto, no horas de trabajo.

—A la propagación de algo cierto o falso se le llama ahora viralidad...

—Sí, y cuando en 2014 estalló la crisis del virus del ébola, me puse en contacto con Heidi Larson, que es una de las investigadoras más importantes sobre la desinformación en el tema de las vacunas. Al frente del The Vaccine Confidence Project desde la London School of Hygiene & Tropical Medicine. Estaba preparando una propuesta, me sumé, y nos la concedieron, en una convocatoria urgente promovida por la Comisión Europea. Para afrontar la desinformación sobre las vacunas en Sierra Leona, en paralelo al esfuerzo clínico que se estaba haciendo para vacunar masivamente en las zonas más remotas de países como ese en África Occidental.

—¿Viajaron allí?

—No, lo hicimos en remoto, yo estaba de nuevo viviendo en Sevilla, formando parte del equipo fundador de Salumedia, y seguía trabajando en remoto contratado para el Norut de Tromso, en jornada reducida, para proyectos de investigación y elaboración de propuestas. Monitorizamos 80 periódicos digitales de toda África Occidental. Cuando encontrábamos desinformación (como sucedió en Ghana con una ola de rumores sobre la vacunación), avisábamos al equipo de comunicación del estudio clínico para que adaptaran los mensajes de su campaña y que la población aceptara ser vacunada.

—¿Caen en saco roto todos estos esfuerzos por favorecer la educación digital en salud a nivel global?

—Se tiene sensación de fracaso porque es muy difícil competir con Google. Tiene el monopolio porque casi toda la gente busca información a través de Google. Aunque se le otorgue un sello de calidad a determinadas páginas web, el cuello de botella lo tenemos en que es muy difícil influir a Google para que promocione la información de calidad en salud. Lo que hoy en día sí logra algo más de impacto es cuando aconsejamos a las autoridades sanitarias y a los generadores de contenidos de calidad sobre cómo hacerlos más visibles en las redes sociales, y más accesibles para los pacientes que están buscando en Google. Mediante consejos prácticos, cómo transformar las redes sociales en herramientas de salud pública. Lo estamos haciendo a nivel latinoamericano para todo tipo de enfermedades y patologías.

—¿Cuál es el origen de Salumedia?

—Nos llegaban muchas peticiones para hacer contenidos de salud digital, y aplicaciones móviles que facilitaran la relación entre pacientes y profesionales. Como eran más desarrollos que investigaciones, la creamos hace cinco años como una consultoría para realizar ese tipo de proyectos, y teniendo claro que la clave era el trabajo en equipo. Por ejemplo, haciendo una aplicación para un hospital de Islandia, o una para la Escuela Andaluza de Salud Pública destinada a los pacientes con cáncer de mama. En la fundación de Salumedia participaron Salvador Romero, Enrique Dorronzoro, Francisco Grajales, Erika Mejía y Päivi Salminen, mi esposa. Y desde el principio estuvo vinculado Santiago Hors, que es ahora quien la dirige. Y está haciendo una estancia en Harvard. La hemos reorganizado, adquirí todas las participaciones y soy el único socio, centrando mi papel en su gestión y desarrollo en la labor de asesor científico.

—¿Cómo han evolucionado, en pleno auge de la telemedicina y la sanidad digital?

—Tomamos la decisión estratégica de aspirar a meternos en proyectos europeos de investigación para crear nuestras propias soluciones, sobre todo para el empoderamiento de pacientes con enfermedades crónicas. Y desde 2014 ya hemos conseguido ser socios de cuatro proyectos elegidos y financiados por la Comisión Europea en sus convocatorias de Horizonte 2020.

—Explíquelos de modo conciso. Comience por el primero en marcha.

—Se llama Chess. Tiene un presupuesto de 3,9 millones de euros, lo coordina la University College de Dublín (Irlanda), y es sobre empoderamiento de pacientes gracias a la tecnología digital, incorporando a 15 doctorandos de toda Europa y formándoles nosotros. Desde Salumedia está implicado sobre todo Guido Giunti, médico, y con él, desde Sevilla, estamos explorando cómo usar la gamificación para empoderar a pacientes con enfermedades crónicas como esclerosis múltiple y cáncer de mama.

—¿En qué consiste el segundo?

—Se llama Smoke Free Brain. Para deshabituar del tabaco, y nosotros somos responsables de una aplicación móvil, liderada por Santiago Hors, para ayudar a que los pacientes dejen de fumar. Se coordina desde la Universidad Aristóteles de Tesalónica (Grecia), con 2,9 millones de euros en total, participa el Hospital Virgen del Rocío y también colabora el Taipei Medical University para hacer un estudio clínico en Taiwan.

—¿En el tercero han incorporado a otra entidad sevillana?

—Sí, a la Clínica Oncoavanze, de asistencia oncológica integral, con el doctor Pedro Valero. El proyecto se llama Catch, dotado con 2 millones de euros, lo ideamos a medias con el University College de Dublin, y participan ocho doctorandos. Consiste en idear cómo usar tecnología para apoyar a pacientes con cáncer de próstata o cáncer en su fase de rehabilitación y que lleven a cabo más actividad física. Toda esa vertiente la lleva desde Sevilla el doctorando Francisco Guerra, que es ingeniero biomédico.

—¿Y el cuarto hasta la fecha?

—Ha comenzado el pasado 1 de diciembre. Se llama Captain, también lo coordinan desde Tesalónica, somos más de diez socios europeos y está dotado con 4 millones. Consiste, mediante tecnología de internet de las cosas, en fomentar la actividad de personas ancianas. Proyectándoles información útil de salud para guiarse, en los espacios y objetos de su entorno: la pared, la mesa, el espejo, etc. Como si fuera materializar la ciencia ficción de la película ‘Minority Report’. Sin usar teclado, ni monitor, ni televisión. Nuestra función es cómo personalizar la educación en salud mediante este tipo de contextos. Creando un impacto sensorial a la hora de que el ciudadano asimile esos consejos de un modo intuitivo e impactante. Convertir una pared o su coche en el canal de proyección para la educación y el empoderamiento. E incorporar visión artificial para que podamos conocer qué está tocando y cuáles son los movimientos del usuario.

—¿Cuál será el próximo?

—Hemos pasado la primera fase de un concurso de ideas aplicado a compra pública innovadora. Se llama Relife, con nosotros participa el Hospital Reina Sofia de Córdoba y los otros partners son de España, Francia y Suecia.

—¿Cómo han sido capaces de participar a la vez en tantos acuerdos con entidades tan diversas que se dedican a la salud desde sistemas sanitarios política y socialmente tan diferentes?

—Y un factor más que acrecienta la dificultad. El sector de la salud está enormemente regulado. Tenemos que conocer al día lo relacionado con las leyes de protección de datos, y cómo se organizan los flujos de trabajo en los diversos sistemas hospitalarios, y cuáles son las regulaciones y las restricciones a la industria farmacéutica,... No tiene nada que ver el sistema sanitario español con el noruego o el taiwanés. Tras adquirir esos conocimientos, entendemos que nos interesa mucho el perfil internacional, para no enquistarnos en un sistema sanitario en particular, sino entender bien cómo se pueden escalar a distintos sistemas las soluciones que hagamos.

—¿Quienes acceden a la información de calidad llevan después a la práctica lo que han visto?

—Una cosa es pinchar una web con la mejor información y otra es el cambio de conducta. Ahí queda muchísimo por hacer. Se ha avanzado muy poco en aplicaciones para apoyar el día a día de los pacientes. La mayor epidemia mundial es la obesidad, y la medicina es el cambio de estilo de vida a uno saludable. Apenas se invierte en crear aplicaciones móviles para empoderar al paciente.

—¿Para qué le fichó la Fundación Qatar?

—Me contrataron hace dos años para investigar desde el Qatar Computer Research Institute, que pertenece a la Fundación Qatar. Y tengo flexibilidad para llevar a cabo mis proyectos con Salumedia, con Taiwan, o mis clases de telemedicina que imparto online para la Universidad Oberta de Catalunya (UOC). Trabajo en Qatar en proyectos relacionados con el uso de salud digital, tanto en obesidad como en diabetes. La prevalencia de diabetes es altísima, al igual que en otros países del Golfo. En el equipo que dirijo hay un investigador de Francia, uno de India, uno de Argelia, una de Estados Unidos,... Sí son muchos los qataríes en la startup Droobi (con la que trabajamos en la aplicación móvil para diabéticos, pensada para población árabe) y en el Ministerio de Salud Pública qatarí, tanto en la atención sanitaria especializada como en la primaria.

—¿Cuál es el mayor reto de esta experiencia?

—Centrarse en las necesidades de la población árabe, y hay poquísimas soluciones de aplicaciones móviles para empoderar pacientes en árabe. Significa abordar el cambio de estilo de vida, la actividad física, la nutrición, las costumbres culturales y sociales. Al existir pocas referencias, hay que investigar mucho. Es uno de los motivos por los que acepté la oferta: aprender a hacerlo en un contexto cultural muy distinto. Igual que estamos haciendo desde Salumedia en la colaboración con Taiwan, que significa descubrir el contexto asiático.

—¿Cómo se ha integrado con su familia en Qatar?

—Otro motivo crucial para aceptar la oferta era que podíamos mantener a nuestras dos hijas en un sistema educativo de alta calidad porque en Qatar hay un colegio internacional con el modelo educativo finlandés, tan admirado en todo el mundo. Lo ha montado una empresa ‘spin off’ creada desde la Universidad de Jyvaskyla, exportando ese modelo, porque se lo ha pedido el Ministerio de Educación de Qatar.

—¿Qué está impulsando en Taiwan?

—Colaboro desde hace cuatro años con la Taipei Medical University a nivel educativo y en investigaciones. He montado cursos on line, en inglés. Uno es de redes sociales para la salud, que ha tenido 3.000 estudiantes en años anteriores. Otro sobre internet de las cosas para ancianos. Y ahora estamos lanzando uno de tecnologías para pacientes con cáncer. Además doy clases como profesor visitante.

—¿Pervive en la población taiwanesa la milenaria cultura china sobre la medicina tradicional, la salud y el bienestar?

—Cuidar la salud es un aspecto muy importante de sus hábitos. Sí, son ciertas esas escenas de los ancianos haciendo tai chi. Tienen dos problemas: su alto nivel de envejecimiento, y su creciente obesidad al asumir un modo de vida urbano. Desde que fui por vez primera, percibí que la tecnología, como en Japón, es también para ellos un valor de identidad. Valga una anécdota: descubrí que toda la población usaba baterías extras para los móviles, cuando aún en España casi no existían.

—Sorpréndame con alguna actividad más de su mapamundi profesional.

—Mi colaboración con la Escuela Superior de Ingeniería Informática en Sevilla. Además de mi relación con José Luis Sevillano, ahora tengo fuerte vinculación con los profesores Octavio Rivera y Antón Civit, y mi colaboración implica codirigir tesis doctorales.

—¿Cuál es su horizonte a cinco años vista?

—Lograr que algunas de las innovaciones en salud digital que hemos hecho están impactando muy positivamente en la calidad de vida de los pacientes. Ser capaz de demostrar que tenemos soluciones con una buena relación coste-eficacia, que aumentan la calidad de vida de pacientes es lo ideal. Con la colaboración del mundo académico de la investigación y con el mundo empresarial de las startups.

—¿Cuál es su punto de vista sobre la evolución de Andalucía?

—Ha avanzado muchísimo, tanto en formación como en investigación, se está empezando a cambiar el modelo productivo. Cada vez hay más empresas tecnológicas. Pero la inversión que existe en I+D en Andalucía está muy por debajo de la media europea. Queda mucho por hacer para alcanzar un buen nivel de inversión en I+D. Y hay que reducir y agilizar la tramitación administrativa. Eso perjudica más a las startups y a las pymes que a las grandes empresas. La mayor facilidad que demanda una iniciativa empresarial es no verse colapsada por la complejidad y lentitud burocrática. En los países nórdicos, por ejemplo, el papeleo es muchísimo más sencillo y rápido que en España.

—¿El modelo de compra pública innovadora está favoreciendo que las pequeñas empresas con mayor talento se abran camino en la competencia con las grandes?

—No. La complejidad es tal que las pymes han de tener estructura de medianas para poderse presentar. Conozco cómo en EEUU, en Gran Bretaña, en Suiza, etc., una startup lo tiene muchísimo más fácil que en España en general, y en Andalucía en particular. Es una de las causas por las que en Andalucía no está completo el ecosistema de innovación y desarrollo.

—¿El sector privado está intensificando en España su inversión en proyectos de salud digital?

—Sí, tanto las aseguradoras como las farmacéuticas y otros actores del sistema.

—¿Y en el sector público se impulsa el desarrollo económico basado en la transferencia tecnológica y la creación de empresas merced a la sapiencia de sus propios médicos e investigadores?

—Desde cualquier gobierno autónomo y desde cualquier universidad te van a decir que es importantísimo. Pero nunca ha sido prioritario. A ningún médico que yo conozca le pagan un extra de productividad por haber colaborado en el desarrollo de una empresa ‘startup’ o por montar una ‘spin off’. La transferencia tecnológica no está en los parámetros prioritarios con los que se mide la productividad, ni de los profesionales sanitarios ni de los investigadores de universidades públicas. Y no les merece la pena el esfuerzo porque desde el sistema se priorizan otras cosas. Esa mentalidad está cambiando aún muy lentamente. En Sevilla tenemos un ejemplo a seguir: la empresa Digitálica, creada desde el Hospital Virgen del Rocío, es decir, desde el sistema público de salud.

—¿Cómo se favorece en otros países?

—En los países nórdicos es muy fácil pedir un año sabático para colaborar intensamente con una ‘spin off’, y después regresar a tu puesto. En EEUU es muy normal que los médicos y profesores reduzcan su actividad habitual con el fin de trabajar en proyectos de investigación donde hay mucha transferencia tecnológica. Eso en España es rarísimo.

—¿Qué propone para mejorar la situación?

—Reformar la Ley de Incompatibilidades de los Funcionarios, es de 1986. Porque pone mucho más celo en evitar abusos que en facilitar la compatibilidad. Eso lleva a situaciones kafkianas, pues, como decía antes, coloca muchas más barreras en España, donde tenemos altísimo nivel de paro, que para un profesor o médico de un hospital público en Finlandia, donde casi no existe desempleo. Y en regiones como Andalucía necesitamos un cambio de modelo productivo, mediante la creación de más y mejores empresas tecnológicas. Salvo que nos queramos convertir en una región para jubilados.

—¿Quién le pone el cascabel al gato?

—Quien antes se convenza de que no estamos compitiendo con regiones en España. Estamos compitiendo con los países más avanzados, cuyas legislaciones favorecen la iniciativa, y donde se asientan muchos jóvenes investigadores y emprendedores españoles, donde los están aprovechando.

Insisto: La mentalidad legislativa y burocrática en España o Andalucía sigue centrada en poner reglas para pillar al tramposo, y no en dar facilidades al honrado. Llama la atención cómo Portugal en pocos años nos está adelantando en favorecer el emprendimiento, porque han cambiado el modelo de su sistema burocrático.


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