miércoles, 18 septiembre 2019
13:30
, última actualización
  • Tráfico en Sevilla, la garantía de que habrá mucho ruido. / Pepo Herrera
    Tráfico en Sevilla, la garantía de que habrá mucho ruido. / Pepo Herrera
  • Ruido muy humano
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Atribuyen al sevillano Antonio Machado la frase «Qué hermosa sería Sevilla sin sevillanos», una coletilla cainita que está acostumbrado a soportar el sevillano con familia de origen en alguna provincia limítrofe.

Quizá tenga parte de razón cuando se habla de ruido, aunque habría que hablar de seres humanos y no de hispalenses, igual de ruidosos que el resto. También, y en sentido contrario, estas páginas son un homenaje al cerebro humano y su capacidad de filtrar ruido: en una grabadora se oyen todos a la vez, es muy difícil separar una conversación del sonido de fondo. Sin el aparato tecnológico, todos somos capaces de entender y hacernos entender en medio de la algarabía.

Este experimento sonoro sobre los sonidos de Sevilla se realizó este jueves, 16 de febrero, entre las 15.00 y las 17.50 horas, por escenarios sevillanos: parques y calles con tráfico, plazas y el interior de templos, fuentes y paradas de autobús. El resultado general se puede resumir en que el ser humano lo contamina todo con vibraciones que percibimos como sonidos, y no solo con sus máquinas.

Si hay un lugar ruidoso este puede ser el intercambiador de transporte del Prado de San Sebastián. Si uno sorprendentemente calmo –silencioso no–, la colegiata del Salvador.

Antes de comenzar el experimento –el paseo se realizó en bicicleta– hubo que probar la grabadora, un regalo de tiempos económicamente más felices. La única conversación que se graba es en una esquina a priori ruidosa –al final no tanto, en comparación con otros lugares–: el bar Tamarguillo, en la esquina de la avenida de Hytasa con la Ronda del Tamarguillo. El mucho tráfico a las tres de la tarde apenas lo percibe el oído cuando oye una conversación en las mesas del bar –reproducida con consentimiento expreso–: «Qué buen tiempo está haciendo ya. Se nota que queda poco para la Semana Santa». El oído, centrado en entender la frase, no presta atención al rugir de los motores de los coches (no pasa ningún autobús, lo que favorece esa capacidad de abstraer el ruido), pero la grabadora capta los motores al ralentí, los frenazos, el acelerar cuando un semáforo se pone verde...

Como todo funciona bien, me encamino a la primera parada: el parque de María Luisa. Presto atención al sonido. Tráfico y más tráfico. Y una mujer que habla por el móvil en la acera del carril bici de la calle Enramadilla. Habla en otro idioma con una voz peculiarmente aguda; «Ty pomnish kogdá...? (¿Te acuerdas cuando...?)». Sevilla es una Babel –plana, afortunadamente– de sonidos.

LA ELECTRICIDAD Y LAS ONDAS ARRUINAN LA MAGIA DE FUENTES Y ESTANQUES

Antes de llegar, percibo que cesa el ruido del tráfico al atajar hacia la Plaza de España por el Prado. En una fuente recuperada tras el fiasco de la biblioteca universitaria, dos muchachas conversan. ¿Qué captará la grabadora? Pues el sonido del agua en la fuente.., pero también el de su motor eléctrico, como un zumbido –que también molesta al oído al poco tiempo de estar junto a la fuente, vaya manera de chafar la magia–. Y algo que está ahí pero que somos capaces de obviar: el tráfico. Hay que continuar hacia la plaza de España. Allí la fuente es mucho más grande y el sonido de las gotas de agua mucho más fuerte. También resuenan (mucho) los cascos de los coches de caballos. Milagrosamente el sonido del tráfico ha desaparecido, solo se escucha un murmullo ininteligible de los turistas, señalándose unos a otros lo que les llama la atención. Pero hay un lugar más tranquilo: el estanque de los patos. Allí solo se oye el sonido de los pájaros... hasta que se pone en marcha la grabadora y lo que obvia nuestro oído son las conversaciones –no necesariamente susurros– que mantienen parejas y familias. El piar de las aves lo interrumpe un zumbido y unas risas: una familia que pasa subida a esos biciclos eléctricos que alquilan a los turistas. ¿Sonará mucho mi bici? Probemos. Aquí no hay tráfico. La grabadora capta cómo pas ruedas aplastan la poca hojarasca, pero la magia se rompe mientras sostengo el móvil con la mano izquierda y subo la misma pierna: se acopla con el móvil...

EL INFIERNO SE PARECE A LAS ESTACIONES DEL PRADO

¿Dónde poner una atalaya para captar los sonidos del punto posiblemente más ruidoso de la ciudad? Quizá algo de las cercanas (20 metros) fuentes del parque del Prado de San Sebastián se cuele en la grabación de la estación de metro-parada de autobús-parada de tranvía. Probemos. Sin la grabadora sólo se oye el rugido de los autobuses. Con la grabadora... tampoco. El sonido es tan fuerte que el motor de los autobuses tapa totalmente al de una moto y apenas deja oírse el ulular de la sirena de una ambulancia. El sonido del metrocentro se escucha como un frenazo largo, de fondo bajo el bombardeo de Tussam. Escuchar la grabación parece un ejercicio de tortura en la cámara más infame de Guantánamo. Bendito sea el cerebro, que es capaz de minimizar todo ese guirigay... Curiosamente por esta multiestación es por donde más gente voy a encontrar en el paseo por los ruidos de Sevilla, pero los seres humanos están ausentes de las grabaciones. Solo se oye un ruido de motor que se hace insoportable al medio minuto de reproducirlo en los auriculares. Es el momento de enfilar la calle San Fernando –después de comprar un bolígrafo en el quiosco: el primero ha desaparecido, quizá arrojado del bolsillo de la camisa por alguno de los adoquines del camino– y de ahí la avenida de la Constitución. Parece un oasis comparado con lo que acabo de dejar atrás, pero está llena de gente. Es la peatonalización, pienso para mis adentros, y enfilo su carril bici de tachuelas de plata.

CAMPANAS DE LA GIRALDA

Guardo la grabadora para lo obvio: un músico callejero con un acordeón que chirría Clavelitos, el murmullo de centenares de personas que hablan en todos los idiomas del turismo y el golpear de las ruedas de la bicicleta sobre los adoquines y, eventualmente, los rieles del tranvía. El objetivo es el entorno de la Catedral. Hay andamios en su fachada de la plaza del Triunfo, pero la obra parece acabada a esa hora (deben ser las cuatro de la tarde). En este punto es más molesto algo que no capta la grabadora: el olor a orines y excremento de caballo. Algo más adelante, en la plaza de la Virgen de los Reyes, 50 turistas orientales se sacan fotos ante la fuente. Me pongo grabadora en ristre bajo la estatua de San Juan Pablo II... y con los auriculares oigo no solo el murmullo de esos turistas, sino mucho más fuerte algo que mi cerebro estaba censurando: el ruido del tráfico que pasa por delante del palacio arzobispal. Primero un coche, después –y mucho más fuerte– un ciclomotor. Delante de mí pasa un coche de caballos. Pues los cascos no resuenan tanto como el motor. Y de repente (las 16.10) el repique de las campanas de la Giralda, que anulan cualquier otro sonido, hasta el del tráfico. No daban la hora, y pese a lo atronador, se agradece que una Giganta aplaste la polución de los coches. ¿Habrá silencio en Santa Marta? Bueno, orines (esta vez de ser humano, presumiblemente macho) y tres jóvenes que susurran. Sí, solo se oye su conversación unos segundos... hasta que suena una obra en cualquier lugar de Sevilla. Aquí tampoco está el silencio.

EL FRAGOR DE LA PLAZA DE PROVINCIAS

La conversación de los tres muchachos de la placita de Santa Marta se oye demasiado en la grabación –sobre exámenes y tal, pero ¿acaso les importa tanto?–, y como está feo reproducir conversaciones ajenas, la borro y salgo del maloliente callejón típico. Me pregunto qué algarabía quedaría registrada cuando una clase entera de niños del último curso de Primaria sale gritando en aparente orden del patio de los Naranjos de la Catedral, encabezados por una profesora. ¿Me encontraré en la Plaza Nueva con más jaleo? Suele ser el lugar preferido de las protestas y uno de los puntos donde escuchar actuaciones callejeras. Pero el jueves aquello estaba tranquilo como la plaza mayor de una capital de provincias en febrero... apenas hay gente, no soy el único ciclista, pero casi... y ni rastro de manifestaciones. Eso sí, conecto la grabadora cuando entra el Metrocentro... y adiós tranquilidad. Hasta se oye el golpe de la catenaria al parar. Después, los pasos de la gente, el ruido de una bicicleta demasiado rápida que emboca la calle Sierpes, una pisada en una loseta suelta y el sonido hueco de esta al golpear. Y un señor que casi escupe a la grabadora (pero dirigiéndose a la mujer que lo acompaña) algo sobre su amigo Pepe el Melena. Sin medios técnicos que lo grabaran cualquiera hubiera pensado –salvo por la irrupción del tranvía– que la plaza Nueva es un oasis de tranquilidad. Nos vamos hacia el Salvador.

EL MISTERIO DEL AGUA ‘ENCRIPTADA’

A las cuatro y media de la tarde todavía hay sol en la plaza del Salvador y los últimos clientes de ese gran punto de encuentro para el invierno acaban sus consumiciones en las mesas altas que disponen los tres bares que hay allí. La grabadora destaca su murmullo y el agudo chocar de los vasos y los platos por encima del tráfico que baja por la cuesta del Rosario hacia la plaza de San Francisco. Sin el auxilio de la grabadora el oído se fija más en los guiris llamándose unos a otros para señalar algún aspecto del imponente templo que da nombre a la plaza. ¿Dentro estará la tranquilidad? Aprovechemos que la entrada es gratuita para los residentes en la diócesis. Desde luego, en el interior sí parece que reine el silencio. ¿Están los cien turistas y los dos cofrades callados? Pues conecto la grabadora, me pongo los auriculares... y no, de nuevo el cerebro me silencia que un guía turístico está dando explicaciones –en voz baja, pero una vez que te das cuenta lo oyes sin la ayuda del auricular– Pero se oye algo más. Como el rumor de una fuente. ¿Será la fuente del patio de abluciones de esta iglesia? ¿Será el venero que hay debajo del templo? La sensación de estar en conexión con miles de años de uso sagrado de este terreno, si no es exactamente el silencio, proporciona una extraña sensación de paz e inquietud a la vez. El agua sigue sonando ahí (mientras uno no se quite los auriculares, es inaudible sin la conexión a la grabadora) , pero acaba de colarse la barredora de fuera de la plaza. Fin de la paz. ¡Ding! Un whatsapp de mi jefa. Peor aún.

LOS TRES NIVELES DE RUIDO DE LAS SETAS

Tal vez para compensar los malos olores del entorno de la Catedral la calle Córdoba, a la espalda del Salvador, huele en esta época del año a incienso y, como comentaban en el bar del Cerro al inicio de esta ruta, da la sensación olfativa de estar tocando la Semana Santa. Porque en cuanto a los sonidos... Las tiendas tienen hilo musical –por mucho menos los municipales han cerrado los mejores bares de esta ciudad– y un martillo testimonia machacón unas obras en la chocolatería que hace esquina –y donde recuerdo una zapatería que se ha llevado la crisis y la gentrificación–. Voy en busca de Las Setas. A las cinco de la tarde me sorprende el siempre desagradable chirrido de la chapa de un comercio mientras cierra. ¿Por qué lo hará tan pronto? Al nivel del suelo, en la plaza de la Encarnación destaca el ruido del tráfico en este espacio despeatonalizado. Si uno oye lo que acaba de grabar, además está el hilo musical de algunos bares. ¿Qué se oirá arriba? Pues el sonido del tráfico amplificado, los murmullos de 15 personas como si fueran cien... Es desagradable.

¿Qué pasará en el Antiquarium? Los espectros de los romanos del siglo II... ¿descansan tranquilos? La bóveda bajo las Setas amplifica la tos de un visitante a 30 metros como si estuviera a mi lado. Los pasos de una familia retumban –caray con la grabadora, si pensaba que estaba en silencio– y se vuelve a oír agua de fondo, tam vez de las tuberías que atraviesan las ruinas. Y un zumbido eléctrico que, una vez percibido, no se deja de oír. La Híspalis romana no descansa en paz.


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