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Peteneras para un jardín

El Ayuntamiento dedicará 20.000 euros a renovar en otoño la jardinería, el riego y elementos decorativos del Estanque de los Lotos, uno de los espacios señeros del Parque de María Luisa

03 ago 2017 / 10:10 h - Actualizado: 03 ago 2017 / 10:12 h.
  • Aspecto que presentaba ayer el popular Estanque de los Lotos del Parque de María Luisa. / Jesús Barrera
    Aspecto que presentaba ayer el popular Estanque de los Lotos del Parque de María Luisa. / Jesús Barrera
  • Peteneras para un jardín
  • Peteneras para un jardín

Hasta la Fuente de las Ranas, repleta de turistas estupefactos en bicicleta, llegaban ayer a mediodía los berridos del individuo que, repantingado en uno de los bancos de ladrillo del Estanque de los Lotos, consideró que una buena forma de amenizar la estancia de los visitantes del Parque de María Luisa a esas horas de flama voraz era desgañitarse por peteneras, aunque eso supusiera matar de un infarto a los cuatro patos que todavía no habían salido espantados del lugar. Ignoraba el artista que su actuación suponía, además, un recital de despedida a la vieja jardinería del enclave, que el próximo otoño estrenará nueva estampa vegetal tras una intervención presupuestada en 20.000 euros que dejará aquello –parece prometer el pliego de condiciones publicado por el Ayuntamiento– rebosante de mirtos, lantanas, coronas de Cristo –entiéndase como planta–, durillos, hierba doncella, bambú sagrado, rosales y demás arbustos floribundos y lustrosos.

Unas buenas bulerías habría entonado el émulo de Camarón si llega a saber que, además de lo dicho, el proyecto sacado a licitación por la municipalidad incluye también macetas de barro artesanales repletas de geranios en el perímetro de este jardín y el suministro y plantación de nenúfares blancos y rosas en las jardineras del interior del estanque. Y aparte, la reparación de lo existente en la isleta central y la reparación de los componentes de la instalación de riego por goteo y por aspersión para adecuarla a la nueva plantación.

Bulerías no hubo al final, pero las chicharras, en cantidad de miles o millones, dedicaron una cálida ovación a la noticia que duró toda la mañana y que presumiblemente proseguirá hoy, de forma ininterrumpida, en todo el Parque de María Luisa. Un recinto que, en general, y obviando los estragos habituales que el verano hispalense deja en toda criatura viviente, presentaba ayer un aspecto un tanto polvoriento pero alegre y cuidado, en el que sobraban las flores y solo se echaba de menos la cascada del Monte Gurugú, y donde más turistas que paisanos acudían a solazarse con las sombras de sus arces, sus colosales cipreses de los pantanos y las pérgolas recubiertas de broza reseca bajo una nube de buganvillas rosas, ideales para cobijar la lectura de un buen libro (especialmente, si versa sobre cómo aplastar moscas insolentes). También las pérgolas del Estanque de los Lotos se afanaban ayer en la producción de sombras abundantes mientras arriba, donde caía el sol de plano, subían las abejas a libarse sorbetes de trompetillas rosas. De vez en cuando, por las galerías que forman ladrillos y plantas, corría una ventolera fresquita arrastrando hojas muertas (o fritas) y constatando el hecho de que en este pequeño y romántico vergel caen diez grados las temperaturas.

Para quien no tenga el gusto o no lo recuerde, el Estanque de los Lotos es un laguito rectangular rodeado por una pérgola elevada sobre pilares de ladrillo, sobre solería también de ladrillo con azulejitos decorativos intercalados, que se extiende a la izquierda de la Avenida de Rodríguez Caso según se entra en el parque por la Glorieta de los Marineros. En el corazón del conjunto, rodeada por la lámina de agua, una fuente de mármol con alto surtidor preside otro estanque más pequeño escoltado por arriates y aislado del resto, sin acceso para los visitantes. Un plátano oriental se eleva entre todo eso como diciendo aquí estoy yo, y junto a él y por los alrededores del jardín se van desparramando los parasoles de la China, los cóculos y los amasijos de celindas, las bognonias y las enredaderas, los jazmines y las madreselvas, desempolvando unos aromas, unos paisajes y un vocabulario que los sevillanos, incluidos los que no cantan, tiene allí a su entera disposición.


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