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Quien prueba la experiencia repite

La vivencia de visitar lugares vinculados a Jesús o la Virgen supone un encuentro personal de Fe distinto para cada uno y en cada momento

29 may 2017 / 08:00 h - Actualizado: 29 may 2017 / 08:00 h.
  • En Jerusalén, la celebración del Vía Crucis es un momento especial. / El Correo
    En Jerusalén, la celebración del Vía Crucis es un momento especial. / El Correo

Lo de peregrinar tiene algo parecido a abrir una bolsa de pipas: una vez que empiezas, no puedes parar. La experiencia es tan intensa que el peregrino busca repetir, consciente de que incluso aunque vaya al mismo destino, los sentimientos y emociones que experimentará serán distintos.

Aunque la religión católica, a diferencia de otras como la islámica, no incluye la peregrinación entre sus preceptos obligatorios, la Iglesia tiene claro que es un instrumento para afianzarse en la Fe y que hace comunidad. Es por ello que el padre Manuel Ávalos, actualmente párroco de La Puebla del Río, ha peregrinado con sus fieles en sus diferentes destinos de la provincia de Sevilla, sobre todo a Fátima. «La Iglesia es peregrina, vamos camino del Cielo», señala, y defiende que su experiencia tanto personal como la observada en los feligreses a los que ha acompañado y guiado espiritualmente en sus peregrinaciones a Fátima, Santiago e Israel es que toda peregrinación es «un encuentro personal de Fe» y «un instrumento para que la gente salga de su cotidianidad, se pare y se acerque al Señor o a la Virgen». Como párroco también deja claro que las peregrinaciones contribuyen a hacer comunidad al compartir la oración y los Sacramentos durante el viaje. Y es que la principal diferencia entre peregrinar y el turismo religioso radica precisamente en que «en la peregrinación el momento clave es la celebración de la Eucaristía» y permite «vivir la provisionalidad de todo camino», sin importar «que la comida sea mejor o peor o, en el caso del Camino de Santiago, sin saber dónde vas a dormir».

Para Ángela Macías, «fue la Virgen la que me llevó a Lourdes». La idea rondaba por su cabeza desde hacía tiempo pero en 2015 tuvo que someterse a una intervención quirúrgica y «me operaron justo el día de la Virgen de Lourdes y dije: mira que forma más directa de tener que ir a darle las gracias». Ya antes había hecho el Camino de Santiago que recuerda como «una meta conseguida, un esfuerzo con una gran recompensa al final». Y aunque después, este mismo año, ha viajado a Tierra Santa y aún ahora, pasados unos meses, está experimentado las sensaciones vividas, reconoce que su primera peregrinación a Lourdes fue la más especial. «Pensaba ir como agradecimiento pero verme envuelta en un autobús con enfermos fue una preocupación hasta que subí a ese autobús, donde todo fue hermanamiento y cariño. Me superó muchísimo. Nada fue como la gente se lo imagina. Es todo alegría. Los enfermos son los más sanos para mí. Somos los demás los que necesitamos ayuda», relata.

Aunque siempre ha sido muy creyente, considera que las peregrinaciones no han afianzado sus creencias que ya eran firmes pero sí han cambiado su relación con Dios. «No tenía la confianza que tengo en Dios, que ahora es mi brújula. Lo he puesto dirigiendo mi vida y eso ha sido desde la primera vez que fui a Lourdes. Me ha enriquecido y me ha serenado mucho», cuenta.

La primera peregrinación de Manuel Carlos Hernández fue hace 20 años a Fátima acompañando a su suegra que «no había salido nunca de Sevilla y fue una ilusión que viera el sitio donde estuvo la Virgen». Después vinieron Lourdes y el «sueño» de recorrer en Israel los lugares por los que pasó Jesús. Como cofrade y católico practicante, las peregrinaciones le dejan un «espíritu renovado» similar a «cuando terminas la estación de penitencia o sales de una confesión». «No buscas afianzar las creencias que ya tienes pero sí poner en práctica lo que vives a diario en la hermandad y renovarlo»


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