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Patrimonio

San Lorenzo: con sabor a pueblo

Ramón Cañizares ha presentado una monografía del histórico barrio sevillano

21 mar 2017 / 08:01 h - Actualizado: 21 mar 2017 / 08:49 h.
  • San Lorenzo: con sabor a pueblo
    El autor posa delante del azulejo del Gran Poder en la plaza de San Lorenzo. / Pepe Morán Antequera

Seguramente no podía ser en otro lugar. La antigua sala de profundis de la enfermería alta del monasterio de Santa Clara –llámenle espacio si quieren– fue el lugar escogido para presentar el último libro del investigador Ramón Cañizares. San Lorenzo, un barrio en la historia de Sevilla es el título de esta publicación que ha sido posible gracias al impulso de tres establecimientos íntimamente ligados al día a día de la antigua collación: la Bodeguita de la calle Juan Rabadán; el prestigioso restaurante Eslava y la Abacería de Teodosio. O lo que es lo mismo: Fernando Rodríguez Galisteo, Sixto Tovar y Ramón López de Tejada.

El profesor José María Miura, prologuista de la obra, afirmó en la multitudinaria presentación del pasado miércoles que se trataba del libro que siempre había querido escribir. «Cañizares ha elaborado una historia local de referencia para todos los que deseen acercarse a la realidad de una comunidad que habita un espacio y lo modifica en la medida en que lo percibe como propio», señaló Miura. Para ello, el autor ha dividido este vademecum laurentino en siete grandes apartados: el espacio o medio; el tiempo histórico; el catálogo de edificios religiosos; las principales edificaciones civiles; las hermandades que residen o han pasado en algún momento por la collación; los artistas –arquitectos, pintores, escultores, tallistas y doradores, orfebres, bordadores, flamencos y toreros– que la habitan o habitaron; además de una antología literaria a la que se suma un amplio censo de personajes.

Pero hay que volver a esa sala de profundis –los motivos pasionistas reforzaban la atmósfera cuaresmal– que servía de punto de referencia para establecer un itinerario por el barrio de San Lorenzo que, con la Magdalena y San Vicente, fue el último territorio en incorporarse a lo que hoy entendemos como casco histórico al ampliar las murallas almohades hasta la línea que delimita la actual calle Torneo. «Miguel Ángel Tabales desveló que el convento de Santa Clara es en realidad la edificación civil más antigua de Sevilla», apunta Cañizares explicando que el convento –hoy sin usos religiosos– «enmascara el palacio de Don Fadrique que, a su vez, se hizo sobre el edificio almohade». A partir de ahí, la conversación se dispara a cualquier rincón del barrio que el autor concibe como un pueblo interior de la ciudad de Sevilla. «Tiene casas humildes junto a otras señoriales que nos conducen al centro del pueblo, a su plaza principal y su iglesia. El verano, con el sol cayendo a hierro, le hace parecer una población de la campiña sevillana», apunta Ramón que no olvida que la punta del compás sobre el que gira la vida de este puñado de calles hechas pueblo es la imagen del Señor del Gran Poder que, inexcusablemente, también está presente en la antología literaria que acompaña la publicación. Hablar del Señor es mencionar ese «alto fanal de trágica galeota» magistralmente descrito por el poeta Rafael Laffón, habitante de San Lorenzo junto a figuras de la talla de Gustavo Adolfo Bécquer –que nació en Conde de Barajas–, Manolo Caracol o Joselito El Gallo.

La referencia a las distintas cofradías, congregaciones y hermandades que han prestado su propia savia a este trozo de Sevilla es un capítulo fundamental. Pero si la devoción del Gran Poder extralimita los límites parroquiales, la hermandad de la Soledad adopta el rol de la cofradía del barrio. «La hermandad había llegado a San Lorenzo en 1868 a raíz del derribo de San Miguel pero no se estabiliza hasta después de la primera década del siglo XX», apunta Cañizares destacando de una forma especial la figura de un cofrade esencial sin el que no se podría entender la pujanza actual de la cofradía del Sábado Santo. Se trata de Antonio Petit. «Fue fundamental en ese proceso de identificación con el barrio al que tampoco fue ajena la entrada de muchos niños que no podían salir en el Gran Poder por edad», precisa el autor.

El repaso al catálogo monumental que encierran los límites del barrio completa el paseo. Hablamos de la propia parroquia pero también de los conventos de Santa Clara, San Clemente, la Asunción, San Antonio, San Francisco de Paula, Santa Rosalía... la lista se ensancha con la capilla del Carmen de Calatrava o la desconocida capilla regionalista de los Luises además de edificios civiles como la casa de los Bucarrelli. Pero el «riquísimo» archivo de la parroquia sigue esperando al autor. Tiene trabajo para rato.


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