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Sevilla desde las alturas

Trabajos en vertical: el combate al riesgo

Las empresas que se ven obligadas a realizar labores en altura han mejorado sus sistemas de prevención de accidentes

12 mar 2017 / 22:00 h - Actualizado: 12 mar 2017 / 22:18 h.
  • Un empleado trabaja en altura sujeto por las protecciones debidas como medida imprescindible de seguridad. / El Correo
    Un empleado trabaja en altura sujeto por las protecciones debidas como medida imprescindible de seguridad. / El Correo

Por trabajos de altura se entienden todos aquellos que se desarrollan a niveles superiores a los 2 metros sobre la superficie a través, por ejemplo, de escaleras de mano, andamios o suspensión mediante cuerdas (trabajos verticales). Sin embargo, a los que se realizan en profundidad para abrir zanjas, pozos y excavaciones también se les brinda la misma consideración. La construcción de edificios, su restauración o rehabilitación; la poda de árboles, labores de limpieza, mantenimiento (cambio de bombilla en farolas, colocación de placas en calles, etc.) y conservación urbana, entre otras actividades, representan trabajos en altura y deben ser tratados, al menos legalmente, como tales. Cada año mueren en España más de 500 personas debido a accidentes en el trabajo. De estos accidentes mortales, el 18% es debido a caídas en altura y muchos de ellos se podrían evitar con programas de prevención.

La salud y la vida del trabajador están expuestas, es por ello que se consideran de alto riesgo este tipo de actividades, motivo por el cual la ley obliga a contar con capacitación especializada para realización de trabajos, equipo de protección personal adecuado y funcional, y sobre todo, con un plan de emergencia y rescate que sea seguro y eficiente dentro de cada empresa. Resulta importante para las empresas que se dedican a este tipo de trabajos contar con proveedores de calidad que puedan garantizar cero siniestralidad en sus operaciones, pues no comprometen los proyectos de la empresa contratante, derivado de incidentes o accidentes en que se vea afectada su imagen, su patrimonio o más aún, su capital humano, que es sin duda el mayor bien de toda compañía socialmente responsable.

También conocido como síndrome del arnés, o shock ortostático, el trauma por suspensión es un conjunto de síntomas que aparecen cuando una persona permanece suspendida de un arnés durante un periodo de tiempo y se da la combinación de dos factores: inmovilidad y suspensión. De no ser revertida rápidamente, esta situación puede conducir a la víctima suspendida de un arnés a la muerte en pocos minutos. Por ello, planificar los trabajos en altura de manera que se pueda socorrer inmediatamente al trabajador en suspensión en caso de emergencia no es sólo una cuestión de sentido común, sino también una obligación legal.

La caída en altura puede ser debida tanto a causas humanas (por ejemplo: mala condición física, desequilibrios por mareos, vértigo o simplemente falta de atención) como a causas materiales (falta de equipos de protección, rotura de elementos de sustentación, suelo húmedo, etc.). En algunos sectores como en el de la construcción, las caídas en altura representan un alto porcentaje de los accidentes con baja, durante la jornada laboral y que se sitúan entre un 20 y un 30 por ciento. Además de ser una actividad de riesgo por sí misma, durante años ha tenido una serie de características singulares: un alto nivel de temporalidad, de subcontratación y una fuerte presencia de trabajadores autónomos y extranjeros. Eso influye de una u otra manera en la siniestralidad, aunque la tendencia en los últimos años ha sido positiva. La deficiencia de recursos humanos en la Inspección de Trabajo y Seguridad Social también se ha ido corrigiendo en los últimos años.

Todo trabajador antes de utilizar cualquier tipo de sistema o equipo de protección personal contra riesgo de caída en altura, deberá recibir capacitación y entrenamiento por parte de una persona especialmente designada para dar dichas instrucciones.

Al trabajador se le deberá proporcionar toda la información necesaria contenida en este procedimiento y aquella específica que se requiera sobre los riesgos de caída en altura, que estén asociados a las operaciones a distinto nivel. «La concienciación, la formación y la prevención han aumentado mucho en los últimos años. Es habitual ya que cada cierto tiempo algún inspector de trabajo compruebe las medidas de seguridad con las que cuenta la empresa y que todo funcione bien. Puede haber accidentes, claro, pero la verdad es que respecto a hace unos años nos sentimos más seguros», asegura Emilio, trabajador de la construcción desde hace 25 años.

Un factor a tener muy en cuenta cuando se trabaja en altura es la posible caída de objetos, ya sean de objetos desprendidos o que se caen por la manipulación de algún compañero que está un nivel superior. Para la protección ante esta circunstancia se utilizarán medidas de protección colectiva como redes, rodapiés o zócalos. El viento también supone un gran enemigo de los trabajos en altura. Es importante extremar las precauciones en tales situaciones. Un golpe de viento fuerte e imprevisto puede causar problemas si no se está adecuadamente sujeto o protegido. «Recuerdo trabajar hace unos cuantos años en la costa de Cádiz que cuando el levante soplaba muy fuerte teníamos que parar. Al ser un viento racheado es necesario tener mucha precaución cuando trabajas en altura», recuerda Emilio.

Un EPI (Equipo de Protección Individual) es cualquier dispositivo o medio que vaya a llevar o del que vaya a disponer una persona con el objetivo de que la proteja contra uno o varios riesgos que puedan amenazar su salud y su seguridad. Constituye siempre la última barrera entre la persona y el riesgo. Se suele considerar un año como el tiempo máximo que debe transcurrir entre dos revisiones periódicas. Es interesante subrayar aquí que esta periodicidad «aceptada» de 12 meses no viene concretada en ningún punto de la legislación actual sino que se fundamenta en el criterio común elegido por la mayoría de los fabricantes.

Los operarios que trabajan en los aerogeneradores eólicos se enfrentan a condiciones de trabajo complicadas. La temperatura puede oscilar desde el bajo cero de parques como los del norte peninsular hasta los 40 grados del sur. «La altura te lo magnifica todo. Frío, calor, peligro. Los primeros días siempre son los más duros», explica Francisco, técnico que trabaja en uno de los parques cercanos a la costa gaditana. Deben llevar una carga adicional de hasta 12 kilos, con todo el equipo de seguridad que deben sostener. Lo peor que les puede ocurrir es que surja un imprevisto: desde un corte del generador hasta un incendio, pasando por el rescate de otro compañero.

Además de los conocimientos necesarios para mantener estos grandes equipos eléctricos, su formación se actualiza continuamente para que sepan actuar ante cualquier caso de peligro. «La seguridad obsesiona». La mayor parte de los incidentes laborales que se registran en un parque eólico no se suelen dar en las alturas, sino más bien a pie de tierra, por culpa de los accidentes en los vehículos con los que se trasladan por el campo.

TRIPULANTE DE CABINA, UNA VIDA EN LAS NUBES

La profesión de Tripulantes de Cabina de Pasajeros (TCP) ha cambiado mucho en los últimos años debido a la llegada de las compañías low cost, que han ayudado a que mucha gente que antes no podía volar ahora sí lo haga. Las selecciones de TCP eran duras, largas y los procesos de evaluación muy complicados. Se buscaba un perfil muy concreto: físico, idiomas, formación y carácter. Hoy en día, prácticamente cualquier persona que sepa inglés y cumpla unos requisitos mínimos, puede optar a un puesto de TCP. De ahí que las compañías aéreas se aprovechen de la situación. Hay demasiada demanda para poca oferta. «La gente se queda con eso de que estás viajando a muchos sitios, pero no es todo tan bonito como parece. Pero separarte una semana de tu hijo pequeño cuando tienes un vuelo transoceánico no resulta demasiado alentador. Te sientes un poco nómada, añoras ciertas rutinas», cuenta María, azafata de vuelo que vive en la provincia de Huelva y que además tiene una habitación alquilada en Madrid para cuando debe pasar noche antes de coger un vuelo.

«Viajar por placer es una cosa muy distinta a viajar por obligación», cuenta Enrique, también tripulante de cabina. Una de las profesiones más visibles y con mayor demanda de personal en el sector son los tripulantes de cabina de pasajeros (TCP). Sólo Ryanair busca para este año, a lo largo y ancho de la geografía española, unos 2.000 tripulantes de cabina. Lo habitual es que los TCP sean escogidos en jornadas de puertas abiertas, gestionadas generalmente por las empresas reclutadoras de las aerolíneas. Luego les dan la formación.


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