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Casas Palacio

Un palacete ocupado sin ‘k’

En el corazón de la Alameda, las Sirenas celebra diez años de esplendor recuperado como foco cultural del barrio

21 may 2018 / 21:09 h - Actualizado: 22 may 2018 / 10:19 h.
  • La Casa de las Sirenas es una muestra de arquitectura noble francesa en el corazón de la Alameda. / Jesús Barrera
    La Casa de las Sirenas es una muestra de arquitectura noble francesa en el corazón de la Alameda. / Jesús Barrera
  • La majestuosa escalera de mármol que lleva al piso superior. / J. Barrera
    La majestuosa escalera de mármol que lleva al piso superior. / J. Barrera
  • Un remate de la balaustrada de la azotea. / J. Barrera
    Un remate de la balaustrada de la azotea. / J. Barrera
  • Imagen de archivo de la Casa de las Sirenas en los años 50 del siglo XX. / El Correo
    Imagen de archivo de la Casa de las Sirenas en los años 50 del siglo XX. / El Correo
  • El palacete es un reclamo de actividades culturales como el Festival de Cine Europeo o Circada. / Fotos: Jesús Barrera
    El palacete es un reclamo de actividades culturales como el Festival de Cine Europeo o Circada. / Fotos: Jesús Barrera
  • María Leticia Wyse-Bonaparte.
    María Leticia Wyse-Bonaparte.

Sin gozar del patrimonio de otros inmuebles de sus características, la Casa de las Sirenas es, con toda probabilidad, uno de los palacios –palacete, para ser exactos– más conocidos y habitados de Sevilla. Reconvertido en centro cívico hace ahora justo una década; el edificio se yergue en la Alameda de Hércules consagrado (casi) en el espacio cultural por antonomasia del bulevar.

Diseñada por Joaquín Fernández Ayarragaray para Lázaro Fernández de Angulo, marqués de Esquivel, se comenzó a construir en 1861 y se concluyó solo tres años después. El marqués vendió la casa en 1870 a la empresa constructora Basilio del Camino y Hermanos.​ Posteriormente, en este inmueble vivieron José Domingo de la Portilla con su esposa María Susana Pérez de Guzmán y Pickman, falleciendo esta última en 1971. A partir de entonces, el silencio, sobrevenido en forma de abandono. Desde comienzos de los setenta y hasta finales de los ochenta, más que las Sirenas, fueron los gatos los únicos habitantes de un palacete que coronaba una Alameda igualmente olvidada y degradada.

Originalmente se le llamó Recreo de la Alameda, pero popularmente es conocida como Casa de las Sirenas por las grandes figuras de estos seres mitológicos que adornaban las rampas de acceso a la portada principal y otras menores que podemos divisar en la cima de las jambas de esta portada. Los ocho años que se invirtieron en su puesta a punto y que la recuperaron de un estado que casi acariciaba la categoría de derribo permitieron alumbrar una instalación cultural que «más que un centro cívico de barrio, es un centro cívico de ciudad», al decir de su director, Francisco Rebollo. «No podemos perder de vista que este lugar presta servicio a los vecinos del casco antiguo, aunque por su ubicación todos los festivales, certámenes, ciclos y particulares quieren tener reflejo de sus actividades en las Sirenas», reconoce.

El Festival de Cine Europeo, Circada, la Feria del Títere o, próximamente, el Festival Contenedores, despliegan parte de su programación aquí. «La demanda de actividades particulares es enorme y aquí no decimos que no a nadie, solo exigimos, eso sí, una dignidad en lo que se quiere presentar, que se haga con esmero», cuenta Rebollo. Por eso, además de las actividades propias de un centro cívico (clases de idiomas, de yoga, de pintura...), también se da cobijo en este palacete a meditaciones a través de la pintura oriental, enseñanza del esperanto o de stop-motion para niños, entre otras variopintas ocurrencias. Cada iniciativa debidamente presentada, puede tener cabida en unas Sirenas para las que, eso sí, hay lista de espera.

«Realizamos entre 4o y 60 exposiciones al año, unas mejores, otras más modestas, pero no somos nadie para limitar la creación de quienes llaman a nuestra puerta. Solo pedimos paciencia», dice el director. La lista de espera ronda fácilmente los tres años. «Que la agenda encaje es como enfrentarse mes tras mes a un inmenso sudoku», reconoce su responsable. Por eso en ocasiones «hay que decir que no». Porque también hay quien se ha acercado hasta aquí con intenciones sorprendentes, ya sea organizar un juego de paintball en la casa o demandando pasar una noche entera grabando psicofonías.

Si para el sevillano, o para el alamedero (dícese del militante habitante del bulevar), las Sirenas es sinónimo de un lugar donde siempre hay algo que ver, o que hacer, y gratis; la óptica del turista es distinta. También cruza el umbral inquieto por si la taquilla se esconde al girar la vista, pero luego se sorprende al encontrar un palacete francés en una ciudad como Sevilla. Solo hay que mirar la cubierta del edificio para comprobar la originalidad –o excentricidad– que supone un tejado así en el modesto skyline hispalense. Con 21 centros cívicos repartidos por todo el callejero, este que ahora nos ocupa, conjuntamente con Torre del Agua, La Buhaira, San Jerónimo y Las Columnas, cuenta, además, con el valor añadido de ser un edificio singular.

Más allá de las exposiciones que jalonan cada una de las estancias, el inmueble combina su distribución a partir de una planta sencilla con ejemplarmente simétrica disposición de sus dependencias, todas ellas de corte clasicista en sus fachadas y la serena decoración influenciada por la tradición francesa. Con tres plantas de altura y situada en una parcela exenta por sus cuatro lados y rodeada de una alta valla en color rosado, la casa es claramente identificable desde el exterior, especialmente por las ventanas de su piso superior, y su característica cubierta de color gris-azulada. Interiormente el palacete cuenta con elementos constructivos y decorativos de llamativo interés; entre ellos, la gran montera acristalada con que se cubre el patio central, la escalera de mármol blanco de acceso a las plantas superiores, las esculturas con formas humanas que soportan las lámparas del centro y esquinas superiores del patio, y las ventanas abuhardilladas del ático.

¿SIRENAS O PALACIO RATAZZI?

En 1877 Madame Ratazzi, a la sazón, María Leticia Wyse-Bonaparte, una de las aristócratas más importantes y afamadas del momento se alojó en este palacete. La hija del hermano de Napoleón Bonaparte arremolinó en torno a ella durante su estancia a todo tipo de intelectuales y bon vivants de una Sevilla que vivía un tiempo convulso, en constante cambio. No es de extrañar que cuando a los pocos meses la dama francesa hizo las maletas para regresar a su país su estancia hubiera calado tanto que todo el mundo en la ciudad conocía la Casa de las Sirenas como el Palacio Ratazzi. Y así fue durante mucho tiempo.


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