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Radiografía del Guadalquivir

Un río herido de muerte

El Guadalquivir se ha exprimido para dar agua a las más de 850.000 hectáreas de regadío que se alimentan en su cuenca. La contaminación y la modificación de la dinámica fluvial han sido hasta ahora sus dos grandes enfermedades

13 jun 2018 / 22:48 h - Actualizado: 14 jun 2018 / 11:08 h.
  • Varios vehículos cruzan el río Guadalquivir a su paso por Coria del Río subidos en el transbordador que conecta ambas orillas. / Jesús Barrera
    Varios vehículos cruzan el río Guadalquivir a su paso por Coria del Río subidos en el transbordador que conecta ambas orillas. / Jesús Barrera

Es la columna vertebral hídrica de Andalucía. Wad al-Kabir, el río grande de los árabes, el Guadalquivir, cuyas aguas son deseadas desde su nacimiento hasta su desembocadura con tal afán que a lo largo de sus 57.400 kilómetros cuadrados de cuenca se suceden un número casi impensable de embalses hasta alcanzar los 48 pantanos, 40 de ellos de más de 30 hectómetros cúbicos. Su capacidad de regulación es tremenda: 2.500 litros de agua por habitante y día; una cifra demencial teniendo en cuenta que la media de consumo de agua por andaluz es de 116 litros diarios. Pero es que esta capacidad de almacenar agua no está pensada para los grifos de los andaluces, sino para las tierras en regadío, que siguen siendo cada vez más a las dos orillas del Guadalquivir, consumiendo el 87 por ciento de este agua embalsada.

La consecuencia de tanto embalse es una gran alteración de las dinámicas naturales del río. El aumento de la superficie dedicada a los cultivos de regadío que supera en la actualidad las 850.000 hectáreas (del total de 1.200.000 de toda Andalucía). Un crecimiento desaforado del regadío que ha provocado «que la cuenca se estruje», explica en sus conferencias de manera muy gráfica el catedrático de Geografía de la Universidad de Sevilla y miembro fundador de la Fundación Nueva Cultura del Agua, Leandro del Moral. Las consecuencias de esta presión agraria y su necesidad voraz de agua es un empeoramiento global de la calidad de las aguas del Guadalquivir, cada vez más contaminadas por nitratos, a los que se suma una contaminación difusa por fitosanitarios, procedentes de las más de 20.333 toneladas de plaguicidas que se usan anualmente en estos cultivos, según Leandro del Moral.

Hasta la fecha, el único estudio riguroso que se había llevado a cabo era el que dirigió el profesor Miguel Ángel Losada y cuyas conclusiones se hicieron públicas en 2010. «Antes de este informe nos movíamos con el estudio de las series históricas de las avenidas, sin analizarlas en detalle», aclara el catedrático de Mecánica de Estructuras e Ingeniería Hidráulica y director del Grupo de Dinámica de Flujos Ambientales, Miguel Ángel Losada. Los reveladores datos se han recabado gracias a un sistema de medición en más de cien puntos determinantes del río; unas herramientas tecnológicas innovadoras que fueron sufragadas por la Consejería de Innovación de la Junta de Andalucía, que destino 3 millones de euros a este proyecto, y que fueron desmanteladas por orden del Puerto de Sevilla. Sin embargo, mientras funcionaron, permitieron dar a los expertos información suficiente para poder hacer modelos de qué pasa en el Guadalquivir con un rigor científico que hasta ahora no se había aplicado a esta cuenca vital para la vida, la economía y la cultura de Andalucía. «Las mediciones han puesto sobre la mesa el grave problema de contaminación de las aguas del Guadalquivir», aclaraba María José Polo, profesora titular de Ingeniería Hidráulica de la Universidad de Córdoba. Durante las jornadas Proyectos en el Estuario del Guadalquivir organizadas por la Universidad de Sevilla, esta profesora al igual que el resto de expertos que participaron en el estudio del CSIC, apuntaban a una herida mortal que está sufriendo el río y cuya hemorragia hídrica hacia los cultivos está modificando el Guadalquivir. Aunque es cierto que la duplicación de la superficie de regadío desde los años 60 hasta ahora no ha supuesto duplicar el consumo de agua, también es verdad que los cambios de uso están acabando lentamente con la zona de marisma mareal, que es vital para la dinámica del Guadalquivir.

Como consecuencia, el Guadalquivir es como un anciano que no se vale por si mismo y hay que solventarle sus necesidades más perentorias, como el dragado periódico que tiene que realizar el Puerto de Sevilla porque el río es ya incapaz de arrastrar los sedimentos se depositan en el fondo ante la ausencia de grandes avenidas de agua. Sin embargo, el estudio científico coordinado por el profesor Losada también revelaba que esos limos depositados en el fondo del río y que draga el Puerto de Sevilla no proceden de aguas arriba sino de las márgenes del Guadalquivir que soportan una gran erosión. Por eso entre las recomendaciones científicas se encuentra que esos dragados periódicos también cuenten con directrices científicas, porque de no ser así la erosión de las orillas será cada vez mayor.

«El aleteo de las alas de una mariposa puede sentirse al otro lado del mundo», dice un proverbio chino. Es el efecto mariposa, que forma parte de la teoría del caos y que en el Guadalquivir se traduce en: «todo lo que se hace aguas arriba afecta también aguas abajo», explicaba María José Polo. La profesora titular de Ingeniería Hidráulica de la Universidad de Córdoba se refería así al efecto mariposa que se da en el Guadalquivir. Es la concepción de los ríos como una unidad, como un ser vivo... es lo que llaman la unidad de cuenca y que la Nueva Cultura del Agua, la corriente intelectual que reivindica la concepción global de nuestros ríos y no como meros canales de agua o de navegación, reivindica para que el río sea la columna vertebral de la sociedad la cultura y la vida que ha sido siempre en la historia. Planteamientos que desde luego quedan claro que no son los que marcan la política cuando se diseñan embalses faraónicos como el de Iznájar, el mayor de toda Andalucía y las superficies de cultivos en regadío crecen en un 250 por ciento en el Guadalquivir en las últimas décadas llegando a duplicar su superficie en comparación con la década de 1960.


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