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Una misión de paz en tiempos de infortunio

Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. Alcanza la mayoría de edad una institución sevillana insólita en el mundo gobernado por Trump: diálogo, y no muros; comprensión, y no rechazo; cultura, y no barbarie

02 feb 2017 / 08:13 h - Actualizado: 02 feb 2017 / 08:34 h.
  • La estrella de ocho puntas que simboliza a Al-Andalus centra el salón principal del Pabellón Hassan II, sede de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. / El Correo
    La estrella de ocho puntas que simboliza a Al-Andalus centra el salón principal del Pabellón Hassan II, sede de la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo. / El Correo

La indignación no es la única salida. Conforme el odio y la ignorancia se van consolidando como las claves de una estrategia global condenada a la desolación, ganan en importancia y en heroísmo quienes trabajan para la paz creando lazos entre vecinos a través de la comprensión, el intercambio, el respeto y el conocimiento mutuos. La Fundación Tres Culturas del Mediterráneo, dirigida por José Manuel Cervera y enclavada en la Isla de la Cartuja, siempre ha tenido ese carácter de última esperanza. Todos cuantos se asoman por allí –ya sea para participar en un debate sobre geopolítica, asistir a un pase de modelos de caftanes con su correspondiente degustación de té moruno, ver una película israelí, aprender árabe o conocer la última novela de algún autor egipcio– comparten de algún modo más o menos consciente que están formando parte de una misión de relevancia. El que esta certeza tenga como sede uno de los edificios más bellos de Sevilla, el antiguo Pabellón de Marruecos de la Expo 92, imprime a esa sensación un plus de solemnidad y de trascendencia.

Sucede en algunos otros lugares selectos: Aquí tendría yo que venir más, se dice uno para sí mismo, a modo de dispensa de una promesa que sabe que no cumpliría: las rutinas férreas de la semana, con todo su porte de renuncias y perezas, la harían inviable. Pero siempre que encuentra ocasión de volver a la estrella de azulejo y cristal de la calle Max Planck se reencuentra con esa emoción y se hace más devoto de lo que representa el espíritu del lugar: mientras otros cierran sus fronteras entre miedo y amenazas, aquí se trata de eliminarlas todas, incluso las que no se pueden ver por no ser físicas sino mentales; frente a la afrenta, el diálogo; contra el prejuicio, el conocimiento; ante el clasismo, el racismo y la xenofobia, la convivencia pacífica; contra la brutalidad, cultura. Que en Sevilla haya un lugar donde se preservan, se practican, se defienden, se comparten, se propagan y se enriquecen esos principios y esos valores es un consuelo en pleno estallido de encanallamiento y envilecimiento mundial, fuente de malas noticias y de aún peores perspectivas.

Si con todo su historial de sangre, de incomprensión y de dolor –también de poesía, de mitos, de civilización y de esperanza– el Mediterráneo ha logrado transformarse al menos en un plano intelectual en una oportunidad para la paz, cualquier otro lugar del mundo podría serlo. Es una de las enseñanzas de una fundación que ahora cumple su mayoría de edad, 18 años. Como explican desde la propia institución, su nacimiento es el fruto de un acuerdo entre Marruecos y la Junta de Andalucía para promover el encuentro entre los pueblos y las culturas establecidas a lo largo de los 46.000 kilómetros que componen las costas del Mediterráneo. La iniciativa contó luego con la adhesión del Centro Peres por la Paz y la Autoridad Nacional Palestina. La web de la entidad lo explica: «La cooperación en el Mediterráneo tiene hoy más importancia que nunca y, por ello, la creciente cooperación Andalucía-Marruecos constituye uno de los ejes básicos de actuación de la fundación». Sobre Oriente Medio, otro de los ámbitos prioritarios, se afirma que «en el tiempo que lleva constituida, la fundación se ha convertido ya en un instrumento privilegiado de diálogo y contacto capaz de aglutinar las preocupaciones de la sociedad sobre el presente y el futuro de esta conflictiva zona». Por último, la mirada se pone también en la Unión Europea: «Una relación privilegiada con la UE y los países terceros mediterráneos nos permite convertirnos en instrumento de aplicación de políticas y ejecución de proyectos» de cooperación.

La belleza también forma parte de esta misión de audaces. El Pabellón Hassan II, emblema de los marroquíes durante la fiesta sevillana de hace ahora un cuarto de siglo, ha tenido la fortuna inmensa de ser la excepción a la norma general en Sevilla, donde los pabellones de sus expos y ciertos monumentos acaban siendo reformateados para lujoso acomodo administrativo, cuando no para uso de entidades inverosímiles o directamente cerrados y entregados al tiempo en calidad de pasto. Tuvo suerte este edificio cercano al perímetro del Monasterio de Santa María de las Cuevas, con el que comparte la atmósfera apacible que forma parte de sus propósitos y con el que asimismo, desde la universalidad que impregnó todo lo relativo a la celebración de 1992, establece un puente de seis siglos que va incluso más allá, a los tiempos de los viejos hornos almohades de cerámica, forjando un entramado de historias que convida al entendimiento.

Tiene su gracia que los orígenes del edificio que acoge a la Fundación Tres Culturas fuesen un tanto inciertos o, al menos, si lo anterior fuese mucho decir, que se llegase a la inauguración de la Expo sin haberlo terminado. Aplicarían al asunto algún proverbio árabe, porque convirtieron el fracaso en un éxito haciendo que pasar a contemplar cómo los artesanos de Fez –ciudad en cuya fundación intervinieron por cierto los andalusíes, no se sabe si a tiempo o no– colocaban sus teselas y sus piezas únicas fuese uno de los atractivos de la muestra universal. De aquello, como es sabido, han pasado 25 años que en vez de ir contra la estampa del pabellón lo han realzado. Las visitas guiadas, incesantes, producen cada semana docenas de enamorados de semejante derroche de artesanía y de filosofía hecha diseño.

Todo se vuelve metafórico en el pabellón, que dan ganas de llamar palacio. Los entresijos de la madera con su mensaje geométrico, la perfección del desbarajuste de azulejos, el juego de la luz en el cristal, los niveles interiores, el colorido, lo contemporáneo rentabilizando lo clásico. Y las formas, por supuesto, empezando por el símbolo de Al-Andalus, la fuente de ocho puntas que preside y articula el salón principal y que rige con reiterativo afán las hechuras por doquier, y terminando por el conjunto mismo, que es un puñetazo en la mesa –delicado, e igualmente metafórico– de Marruecos, un país que algunos ubicaban entonces en el pasado y que, espoleado por el reto modernizador de la Sevilla del 92, cogía toda su tradición y la transformaba arquitectónicamente en un emblema del futuro. Conseguir semejante mensaje costó el equivalente en pesetas a lo que actualmente serían unos siete millones de euros. Todo hecho a mano. Como explican los guías a los visitantes, ese símbolo andalusí que es la estrella de ocho puntas con base de cristal se encuentra en el centro justo del patio, como un oasis de aquellos parajes desérticos donde nació el Islam, y recibe su agua de un surtidor blanco que emerge desde el sótano y mira hacia la formidable cúpula, que antaño se abría en verano y que alude a la divinidad. Así que, tirando de interpretación, significa que Andalucía surge del mismísimo paraíso y se sitúa bajo la mirada de Dios.

Todo lo que allí se puede ver y palpar es un rotundo, maravilloso y poderoso mensaje en clave. Esa fue la intención del entonces arquitecto francés de moda en la corte de Marruecos, Michel Pinseau, autor de otros edificios emblemáticos, caso de la mezquita Hassan II de Casablanca. Autor de casi todo, porque se cuenta que fue el propio rey marroquí de entonces, el que da nombre al pabellón, quien determinó que en vez de tirar por el verde y el rojo intensos, presentes en la bandera nacional, los colores fuesen suaves, tonalidades pastel, que embriagaran al visitante con su dulzura y, contribuyendo a una imagen de mayor delicadeza, hospitalidad y suavidad, sirvieran de reclamo para que los visitantes de la Expo, al entrar alli y verse acogidos de esa forma, sintieran ganas de visitar Marruecos.

El panorama multicolor del Pabellón Hassan II, que el cristal replica por todas partes, que la madera suaviza y llena de aroma y que el azulejo colma de matices, es un regalo para la vista. Desde arriba, la azotea, antigua zona de esparcimiento en los veranos de la Expo, regala relajantes vistas de la Cartuja y corona el edificio donde desde hace 18 años, día tras día, la cultura le abre paso a la paz y forja con ella una alianza esperanzadora. Las actividades, las publicaciones, la biblioteca –indispensable la visita reposada–, constituyen un grato antídoto –o , al menos, un paliativo– contra las calamidades del mundo. Como saben todos cuantos han hecho realidad, pese a todas las rutinas, la promesa de volver.


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