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Una montaña gótica en el corazón de Sevilla

La Catedral. Tiene su gobierno, su población y su territorio, sus costumbres y sus muertos, sus fiestas, sus trabajos y su economía. Una pequeña urbe que ahora, en Cuaresma, vuelve a ejercer de colosal meollo hispalense

10 mar 2017 / 07:00 h - Actualizado: 09 mar 2017 / 19:01 h.
  • La Catedral de Sevilla vista desde el arco de entrada al Patio de Banderas, uno de los encuadres más deseados por los cientos de turistas que la fotografían a diario. / Javier Díaz
    La Catedral de Sevilla vista desde el arco de entrada al Patio de Banderas, uno de los encuadres más deseados por los cientos de turistas que la fotografían a diario. / Javier Díaz

Más de 2.100 misas al año conforman el núcleo duro de este gran negociado de la vide eterna y del Gótico como espectáculo –1.600.000 visitantes al año– que es la Catedral de Sevilla. Pero la trascendencia de la soberbia mole que se alza sobre el solar de la antigua aljama va mucho más allá del mero recuento de turistas llegados al olor de los monumentos y de su despliegue litúrgico: es el prodigioso ombligo de la ciudad. Y esto no pretende ser ninguna especie de metáfora ñoña, sino la clave para comprender el carácter de un pueblo y la verdadera estructura de Sevilla, de la que la Catedral es centro religioso, emocional, cofradiero –ahí es nada–, urbanístico, patrimonial, ocultista y festivo.

Dedicada a Santa María de la Sede, que se venera en el Retablo Mayor en forma de una pequeña talla Virgen de procedencia vasca –o tal vez francesa– revestida de plata, se creó con la misión de tirar a la gente de espaldas desde el punto de vista pastoral, litúrgico y evangelizador, sus tres grandes propósitos: a los de dentro, mostrándoles la inmensa grandeza de Dios; a los de fuera, amedrentándolos con los horrores del infierno y del pecado, con todas sus gárgolas y monstruos, incluido un relieve del demonio –puede que el único monumento que tiene dedicado Satanás en Sevilla– mirando hacia la Plaza del Triunfo. Naturalmente, no hay cálculo científico de ello, pero sus 11.520 metros cuadrados (dispénsese a este periódico de traducir esa cifra a campos de fútbol) son a buen seguro el retal de suelo por el que más sevillanos han pasado y siguen pasando. Y eso que ya no es como antaño, cuando el acceso era libre y por sus puertas abiertas entraban las matronas a amamantar a los bebés al fresco, cortaban los viandantes de camino a cualquier otro sitio y corrían los perros a pelearse a la sombra, como cuenta magistralmente Hugh Walpole, arrebatado por la grandiosidad del lugar, en su misterioso relato Un clavel para un anciano (1929).

No, ya no es un pasillo ni un atajo ni un toldo. Ahora, aunque los sevillanos no pagan por entrar, el acceso pasa por taquilla y por torno. Esto permite el recuento de visitantes, la disuasión del transeúnte y la percepción de unos suculentos ingresos cercanos a los once millones de euros al año, un veinte por ciento de los cuales se reservan para el cuidado del edificio y sus tesoros, restauración y mantenimiento. El mejor mes a estos efectos de ingresos económicos resulta ser octubre; tal vez porque es uno de los pocos meses en los que no pasa nada significativo en la montaña hueca fuera de sus espléndidas rutinas. Si se incluyeran los no contabilizados, marzo o abril tendrían las de ganar aunque solo fuese por los 165.000 nazarenos que cumplen estación de penitencia hasta ella, más costaleros, público sentado y personal diverso.

La Semana Santa es, en efecto, el tiempo en el que la Catedral de Sevilla asume con mayor rotundidad su papel de casa común. No es solo una gran fiesta popular. El cabildo catedralicio, que es su órgano de gobierno por delegación del arzobispo –hasta 35 miembros, con una dignidad tan importante dentro de la Iglesia que algunos de ellos tienen incluso el privilegio de usar mitras blancas–, tiene en el Domingo de Resurrección una de sus dos mayores festividades del año, junto con la celebración de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre. Y no repara en gastos –por así decir– para testimoniarlo por todo lo alto. Salvo que las tareas terminen en marzo, como se había previsto en un principio, esta Semana Santa ya inminente la Catedral no lucirá tan espléndida como de costumbre según se mira desde la Plaza del Triunfo, a causa de la limpieza de la fachada renacentista emprendida el año pasado y que, por su envergadura, se desarrollará en cuatro fases.

No será óbice para que estos días grandes se vivan en el templo metropolitano y sus alrededores con la solemnidad acostumbrada, empezando por la procesión de palmas del Domingo de Ramos y acabando con los incesantes repiques de la Resurrección. Entre lo uno y lo otro, mientras la ciudad cofradiera se empacha de calle, ruido, placeres sensoriales y reconstrucción de la memoria; mientras Sevilla arde de calor –con permiso de la meteorología– y de gente a más no poder... allí dentro, sobre la losa fría, bajo la luz sobrecogedora que entra como una corriente entre las puertas de San Miguel y la de los Palos y con la alegría de los vencejos llamando a salir zumbando hacia la calle, el espectáculo es otro muy distinto. Casi de otra naturaleza. Las sillas de madera dispuestas para el público, libremente ocupadas por el primero que llegue según recuerdan desde la propia Catedral, nada tienen que ver con esas otras que componen la Carrera Oficial. Fuera, la música de las bandas y las saetas desde los balcones; dentro, la megafonía luctuosa con sus rezos, música cuaresmal y lecturas sagradas. Se oye el arrastrar de los pies de los costaleros aliñado con el eco de la vida que entra desde la calle. Los nazarenos corren al servicio –entrando a la derecha– y muchos regresan a la carrera, antes de que su tramo salga a la calle.

Pero la Semana Santa no son solo las procesiones. En la Catedral, el Martes Santo se bendicen los óleos, el Jueves Santo son los oficios a las cinco, y el Viernes Santo la liturgia más austera y más triste se hace notar no con campanas, como tiene por costumbre la torre de la Giralda, sino con la matraca que suena a madera. Por no contar todos los pormenores de la Cuaresma, sin adornos en los altares pero con los Seises en danza, sin cofradías de penitencia propias residiendo en el templo pero con todas ellas celebrando el Viacrucis.

Diríase que todo se sabe de la Catedral de Sevilla, tan rumiado como está el asunto en los medios de comunicación y en los libros sobre arte y folclore local. Sin embargo, algunos aspectos menos divulgados siguen resultando sorprendentes para algunos. Es el caso de las misas en latín y por el rito mozárabe. Todas las mañanas se celebra una misa coral –o conventual, que también se le dice–; forma parte del llamado acto coral diario, cuya liturgia comienza a las 9.30 de la mañana con el canto del Oficio de Lecturas y Laudes del Oficio Divino y la misa posterior. Generalmente es cantada y con órgano, y solo se oficia en castellano en días señalados de gran afluencia de público. Esto es a diario, no como la misa por el rito mozárabe, que se celebra por privilegio especial el 26 de mayo por el día de San Isidoro.

No son las únicas curiosidades dignas de mención en la agenda catedralicia, que también es de proporciones considerables a juego con el lugar. Por el Triduo de Carnaval, el Corpus y la Inmaculada bailan y cantan los seises, esos diez chiquillos ataviados como pajes emplumados que dan a tan solemnes ritos religiosos la singularidad de que no solo son cantados, cosa común en muchos templos y festividades, sino también bailados. Se ve que a los sevillanos se les van los pies hasta en misa. Tiene la Catedral su propia momia, la del rey San Fernando, menuda y guardada en su relicario de plata con forma de urna que se muestra a los paisanos llegada su fiesta. Es el único día en que habitualmente toca dentro de la Catedral una banda de música –militar, por más señas–. Está el Mausoleo de Colón, otro insigne morador del inmueble, representado parcialmente por algunos huesos con certificado de autenticidad expedido por la Universidad de Granada en 2006, tras un largo y esperado estudio científico llamado a aclarar de una vez por todas si los restos del descubridor estaban aquí o en Santo Domingo.

Por su esencial vocación mariana, se pronuncia en la Catedral el llamado Pregón de las Glorias, o sea, el de las otras cofradías que no son las de penitencia, y que llenan el calendario hispalense entre mayo y diciembre con docenas de estampas tradicionales: Rocío, Rosario, Carmen, Reyes, Pastora, Salud... y tantas otras advocaciones que son nombres frecuentes de mujer en estas tierras.

No hay día en que no se pueda descubrir alguna cosa nueva en la Catedral: un lienzo sobrecogedor, un Cristo sin igual, un libro, unos enseres dignos de un tesoro, una partitura, una talla, una historia, una costumbre insólita –la bendición de las figurillas del Niño Jesús de los belenes de los niños, la ausencia de flores en Cuaresma, el olor de los nardos en agosto, el sonido de las lágrimas de San Pedro, las inscripciones de la Giralda, el tedeum anual por el terremoto de Lisboa, el Patio de los Naranjos, el paseo por las cubiertas, la música del padre Ayarra en ese órgano romántico que hace dulce lo estruendoso, los actos culturales diversos y tantas otras–. Llegan días muy propicios para hacerlo, aprovechando el estímulo presemanasantero y el tiempo de pasear. Lo mismo se encuentra el visitante con una larga cola que llega hasta el magnolio repleta de turistas con idea de hacer lo mismo. Es el precio de la fama.


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