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Adorables máquinas asesinas

Ciencia ficción. Cuando en el cine aparece la inteligencia artificial, la posibilidad de que haya que destruirla suele ser alta. Al mundo del arte, la convivencia con ella se le antoja inviable

19 jun 2018 / 00:01 h - Actualizado: 19 jun 2018 / 08:24 h.
  • ‘Blade Runner 2049’.
    ‘Blade Runner 2049’.
  • ‘2001, una odisea del espacio’.
    ‘2001, una odisea del espacio’.
  • ‘Inteligencia artificial’.
    ‘Inteligencia artificial’.
  • Los androides protagonistas de ‘Star Wars’.
    Los androides protagonistas de ‘Star Wars’.

Al cine nunca le ha hecho gracia la inteligencia artificial. O mejor dicho: a las productoras sí que se la ha hecho, porque suelen ser películas muy rentables. Pero desde el punto de vista de los guionistas, hay dos temas a los que se la tienen jurada: los extraterrestres y las máquinas, y no necesariamente por este orden. En general, la ficción interpreta casi siempre el futuro como algo indigesto y amenazador, de ahí que estén tan de moda las llamadas distopías, esos futuros apocalípticos en los que la raza humana lo tendrá muy crudo para sobrevivir después de haber perdido sus comodidades, sus adelantos, sus modales y, sobre todo, sus valores, convirtiéndose en otra especie más de alimaña, de entre las muchas existentes. La inteligencia artificial es oro molido en manos de un buen creador: en ella se combinan la incertidumbre ante los cambios del progreso, la deshumanización de las sociedades modernas llevada a su máximo exponente, la frialdad en unas relaciones interpersonales que han cerrado sus puertas a toda forma de debilidad (la compasión, el amor, la generosidad, la duda, la sinceridad...) y, sobre todo, el peligro de que las máquinas destruyan a la humanidad. Estos temores no son nuevos: uno de los más portentosos maestros del género literario de la ciencia ficción y divulgador científico, Isaac Asimov, escribió en 1942 lo que hasta hoy se han venido denominando las tres leyes de la robótica, a saber: la primera, un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño; la segunda, un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera ley; y la tercera, un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley. El propio Asimov trabajó con estas leyes en muchos de sus relatos, incluida una serie de ellos que se hizo especialmente famosa no ya porque llevase su nombre un disco de The Alan Parsons Project con el mismo título, sino sobre todo por la película de Steven Spielberg I Robot. No está basada en aquellas narraciones del escritor norteamericano de origen ruso, pero sí en sus tres conocidas leyes.

Escondida en una terrorífica sublevación de los humanoides, de la que no se dirán más cosas para no reventar la película a quien no la haya visto, I Robot aborda la cuestión crucial que convierte casi siempre en un éxito este tipo de obras: el miedo a que la tecnología cobre consciencia de sí misma, modifique así nuestra percepción de ella y, como cualquier otra criatura, haga lo posible para garantizar su supervivencia cueste lo que cueste. Es la consciencia, en efecto: en ella radica el miedo, la sensibilidad, el amor, la identidad, la cobardía, la contradicción, el conflicto. Así que, en el momento en que esta interviene, ¿en qué se diferencia un robot de un humano? ¿Qué tiene más derechos sobre el otro, un montón de vísceras y órganos o un montón de cables y de circuitos? No tememos a la máquina, sino al humano que mora en ella y que, como resultado de ello, adquiere en el común de los casos la condición de monstruo. No sucede así en El hombre bicentenario, donde el buenazo del androide interpretado por Robin Williams se dedica a transformarse en una especie de adorable viejo mayordomo. De ahí que esta película sea tan aburrida. El interés se activa cuando las personas están en peligro (a ser posible, de desaparición de la especie). Terminator y Matrix serían dos buenos argumentos de entre los muchos que hay con los que avalar esta hipótesis.

Y claro, está el amor. La muy premiada Her, de Spike Jonze, aborda directamente este asunto. Joaquin Phoenix y Scarlett Johansson interpretan una historia que está muy cerca de lo que la inteligencia artificial empieza ya a permitir: que una máquina y una persona puedan conversar. Y ya se sabe lo que pasa: que se empieza hablando y se acaba suspirando y mirando la Luna. Sobre este particular, un caso más reciente es el de Blade Runner 2049, donde se muestra un futuro inhóspito y desalmado (qué curioso: una constante en el cine es que cuanto más humano se vuelve el robot, más inhumana se vuelve la gente) en el que el amor y la muerte constituyen dos formas comunes de relación con la inteligencia artificial e incluso entre la propia inteligencia artificial. La relación entre los personajes de Ryan Gosling y Ana de Armas lleva varios kilómetros más allá de lo acostumbrado hasta la fecha el dilema moral acerca de qué es realmente la inteligencia artificial, qué derechos y deberes tiene, qué consideración merece y qué límites deberían establecerse en las interrelaciones de las que forma parte.

Dicen que Haley Joel Osment aprendió a controlar su parpadeo para interpretar a David, el chiquillo tecnológico de la película de Spielberg (de nuevo) titulada Inteligencia artificial. Un dramón de cuidado en el que el nuevo Pinocho ansía convertirse en niño de verdad para hacerse digno del amor de su madre. En ella, el debate de siempre se sofistica con una nueva variable: la pureza, representada por la criatura, en un mundo corrompido que está lejos de representar los más altos valores que suelen predicarse de la civilización. De nuevo, vuelve la pregunta sobre quién es más humano cuando la materia de la que uno está hecho deja de ser lo más importante. Una oda a la lágrima.

Por fortuna para quienes no están dispuestos a perder del sueño por cómo se portan con la tostadora, todavía hay películas en las que más vale acabar con el tinglado de las máquinas, que como tales carecen de todo tipo de delicadeza y urbanidad y andan por ahí destruyéndolo todo y fastidiándole la existencia al vecindario que paga sus facturas, hasta extremos apocalípticos. Voilà la distopía de la que se hablaba antes: o ellos o nosotros. Matrix ha sido uno de los grandes hallazgos en este sentido, con el aliciente de la verosimilitud que tiene su planteamiento, por alocado que pueda parecer: ¿será cierto que vivimos en una realidad artificial creada por las máquinas? Pero sobre todo, Terminator: ahí no hay tu tía, son malísimos y hay que eliminarlos, y como el ser humano es por definición más listo que cualquier cosa que pueda crear, pues punto final tras indecibles sufrimientos que hacen más heroica la tarea.

¿Hay alguna posibilidad de convivencia pacífica, relativamente equilibrada, sin conflictos emocionales de envergadura ni dramas ontológicos de padre y muy robot mío? Pues sí: La guerra de las galaxias. El que dos androides vayan caminando por las arenas del desierto metiéndose uno con otro como Stan Laurel y Oliver Hardy dice mucho de la salud de una sociedad que, como todas, tendrá su lado oscuro, pero sigue concibiendo el humor como una condición inexcusable de toda relación que merezca la pena. Un detalle al que las películas sobre inteligencia artificial no han echado mucha cuenta todavía. Lo harán en el futuro.


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