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Domingo de Ramos

La enésima victoria de la fe de San Julián

La Hiniesta salió y triunfó. Tocó esperar una hora pero al final el Domingo de Ramos fue azul y plata

25 mar 2018 / 19:58 h - Actualizado: 25 mar 2018 / 23:34 h.
  • La enésima victoria de la fe de San Julián
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Por muchos años que pasen la historia del Domingo de Ramos siempre escribe el mismo final. Dan igual las circunstancias, las épocas y las personas. Por encima de todo eso, ya saben de qué les hablo, es la Hiniesta la que siempre triunfa, la que siempre vence a las adversidades de esta vida. Su devoción fue capaz de resucitar frente a la inquina de quien la hirió con el fuego enemigo, se mantuvo victoriosa ante el paso del tiempo y, como en esos cuentos con finales felices, es la única que cada año impone la plata a la piedra en el milagro de la ojiva de San Julián. A esa larga lista de batallas ganadas, casi tantas como rezos se escuchan cada día a sus plantas, se sumó este Domingo de Ramos su triunfo sobre el mal tiempo, alcanzado sobre todo con la virtud de una paciencia que tantas veces escasea en el seno de las hermandades.

Hubo que apelar a la calma y esperar, quizás más de lo deseado, pero cuando lo que está en juego es la piedra angular de la fe según San Julián toda prudencia es poca. Solo unos minutos después de las 14.30 horas, el hermano mayor, José Antonio Romero, anunciaba a su cuerpo de nazarenos que la decisión era esperar una hora más, hasta las cuatro de la tarde. La batalla de este año era de las duras. Mientras en el interior del templo se encogían los corazones, en los aledaños de la parroquia comenzaban a abrirse algunos paraguas por un pequeño aguacero. Tocaba seguir esperando y, qué remedio, seguir mirando al cielo.

En el ir y venir de los minutos dentro de San Julián se sucedían las charlas entre nazarenos, los abrazos por los reencuentros y hasta alguna que otra petición de silencio a la espera de conocer una noticia que no llegaba. 15 minutos antes de las cuatro de la tarde, el hermano mayor se aproximaba de nuevo al micrófono. «La Hiniesta realizará su estación de penitencia», decía aunque sin poder terminar sus palabras. Lo interrumpieron, a partes iguales, la emoción y la ovación de sus nazarenos. Otra vez, como siempre, había vuelto a ganar la Hiniesta. Solo quedaba poner la maquinaria en marcha para que en unos pocos minutos el raso azul de su cortejo inundara las calles del barrio de San Julián. El retraso ya había merecido la pena.

El «buena estación de penitencia, hermano» se repetía a modo de jubilosa letanía tras cada abrazo. La cofradía se engarzaba sin diligencias, pero todo tenía su propio ritmo, su tiempo vital. La parroquia no podía abrir sus puertas sin que antes llegara el regalo emocionado a sus cofrades. Tres golpes secos del llamador sobre la mesa del paso del Cristo de la Buena Muerte dieron la venia a las notas de Hiniesta de Peralto, nana con la que los costaleros acunaban al Señor que avanzaba para situarse frente a frente a su madre. Ahí ya solo triunfaban las lágrimas. Las mismas que inundaron el rostro de Marcos García, uno de los priostes, al escuchar la dedicatoria de la cuadrilla. «Esta levantá por Victoria, la abuela de Marquitos, que tanto hizo por esta hermandad», se escuchó bajo el paso. Justo recuerdo para una de las almas vivas de la Hiniesta que ahora ya está con la Virgen en el cielo. Ahí triunfó la añoranza. Porque la Hiniesta, aunque cueste, también vence a la ausencia y, por qué no decirlo, a la enfermedad. Por eso, la primera levantá del palio fue para José Luis Mayofret, Juanfran Rodríguez y Jorge Olmedo, que andan necesitados de una manita de la Virgen.

La cofradía ya estaba lanzada. Hacía solo unos minutos que Arahal y San Julián habían puesto en hora el corazón de la ciudad para vivir un Domingo de Ramos que ya no miraba al cielo. Ya se sabe que allí por la Puerta de Córdoba la única que levanta sus ojos es la Magdalena para encontrar el sentido a su Buena Muerte. Así, como si no pasaran los años, como si de una estampa añeja se tratara, el crucificado se alejaba de la parroquia al encuentro con la muralla. Dentro solo quedaba la Hiniesta, joyero de azul y plata, triunfo de la esperanza y de la vida de quienes dejan la suya en sus manos.

Eran casi las cinco y media cuando el paso de palio encaró la puerta del templo. Un «viva la Virgen de la Hiniesta» resonaba en la parroquia como despedida de la cofradía. Ya no había vuelta atrás. Otro año más, la dolorosa pisaría el suelo de Sevilla en este atípico Domingo de Ramos. Ni la lluvia, ni la impaciencia, ni la ojiva pudieron con la fe según la entienden en San Julián. Allí, donde siempre vence, en ese lugar en el que la ciudad resucita el romanticismo de sus túnicas y La Estrella Sublime pone la pausa en unos corazones que por entonces ya eran pura emoción.


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