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Sevilla, capital del mudéjar

La maravilla medieval que nació de la necesidad y el asombro

El Alcázar, la Casa de Pilatos y las iglesias de San Marcos, Santa Catalina, San Esteban, San Pedro, Santa Ana... el paseo por el mudéjar local no es nada corto

10 nov 2017 / 21:09 h - Actualizado: 10 nov 2017 / 23:11 h.
  • El Patio de las Doncellas, probablemente el elemento más fastuoso del arte mudéjar en el Real Alcázar de Sevilla. / Javier Díaz
    El Patio de las Doncellas, probablemente el elemento más fastuoso del arte mudéjar en el Real Alcázar de Sevilla. / Javier Díaz
  • La iglesia de San Esteban forma parte de la panoplia mudéjar hispalense. / El Correo
    La iglesia de San Esteban forma parte de la panoplia mudéjar hispalense. / El Correo
  • Santa Catalina, en uno de sus perfiles más reconocibles. / El Correo
    Santa Catalina, en uno de sus perfiles más reconocibles. / El Correo

Hay tres razones por las que al sevillano común le encanta el arte mudéjar. Una es bastante mema; la otra, errónea; y la tercera, por fin, irrebatible. La primera es muy sencilla: les gusta esa palabra. La segunda, que les parece algo esencialmente suyo, propio, distintivo de esa Híspalis como no ha habido otra en el mundo; y la última, que se trata de una de las fusiones artísticas más brillantes de todos los tiempos, de un tránsito majestuoso de épocas superpuestas, de la consecución artística de un entendimiento entre culturas que políticamente no fue posible. Por eso, pasear por la Sevilla mudéjar es tan literario: porque es como recorrer un paraje fugaz e inventado o, al menos, dramatizado. Porque es caminar envueltos en esa especie de bruma poética que exudan esos amores fortuitos y a primera vista, intensos, pasajeros y recordados de por vida. Que es lo que fue el mudéjar en realidad.

Iglesias y palacios son los principales testimonios de un estilo que se manifestó, por encima de todo, a través de la arquitectura. Cuenta el diccionario que los mudéjares (los domados o sometidos) eran aquellos musulmanes que tenían permitido, a cambio de un tributo, seguir viviendo entre los vencedores cristianos sin mudar de religión. El nombre de este tiempo genuino proviene, por tanto, del hecho de que ellos intervinieran en la maravilla artística que se produjo durante la Reconquista y, además, de que el encuentro artístico de ambos bandos tuviese también esa condición de convivencia de distintos. Como Sevilla nunca le ha hecho ascos a las combinaciones cuando estas son elegantes, disfrutó tremendamente participando en ella y presumiendo luego de su posesión, en un juego de melancolías más o menos impostadas que tuvo como materialización más soberbia el llamado Pabellón Mudéjar de la Exposición Iberoamericana de 1929, hoy Museo de Artes y Costumbres Populares, que solo los más desinformados de esa carga emocional que lleva consigo se atreven a considerar un pastiche o, igual de despectivamente, neomudéjar, como si la cosa fuese un mero asunto estético.

Para gozar de una buena pelea sobre gustos solo hacen falta dos cosas: un sevillano y otro sevillano. Puestos a elaborar un itinerario sobre el mudéjar, como es el caso, cada lector aportará sus propios reparos, matices, desmentidos y mejoras. De modo que lo mejor será exponer algunos de los hitos que lo componen y que cada cual, si así le apetece, tunee la propuesta a su antojo y la haga suya. Pero en lo que sí estarán de acuerdo muchos paisanos de esta ciudad es en que, con toda probabilidad, las cuatro enseñas más poderosas del mudéjar local son las siguientes: el Patio de las Doncellas del Alcázar, la decoración del patio principal de la Casa de Pilatos, el peculiarísimo redondillo de la Iglesia de Santa Catalina y la torre de la Iglesia de San Marcos. Quien eche una mañana disfrutando de estos cuatro ases ya puede presumir de haber aprovechado el tiempo.

En el caso del Alcázar, gran parte del palacio real iniciado por Pedro I el Cruel a mediados del siglo XIV y desarrollado con el tiempo presenta ese estilo característico, el mudéjar, nacido un siglo antes fruto del asombro de los reconquistadores leoneses y castellanos ante la delicada arquitectura de los reinos musulmanes que iban desmantelando de norte a sur. Y no solo del asombro, sino también de la necesidad: la falta de canteras, la tardanza en construir con piedra, la economía de rendirse al ladrillo y la abundancia de artesanos que encontraban a su paso tuvieron mucho que ver en el planteamiento de cómo ir resolviendo por el camino esa necesidad inaplazable de ir levantando templos y palacios que fuesen bonitos, baratos, edificables con el personal disponible y rápidos de erigir. En el caso concreto del Real Alcázar de Sevilla, donde hay tanto que mirar y tanto ante lo que caerse uno de espaldas, ese Patio de las Doncellas representa una de las síntesis más perfectas de lo que quiso ser y hasta dónde supo llegar el arte mudéjar. En él, Pedro I puso a trabajar a constructores artesanos de Sevilla, Granada –que por entonces aún era un reino islámico con el que el monarca mantenía buenas relaciones– y Toledo.

De patio a patio, el de la Casa de Pilatos, conjunto iniciado a mediados del siglo XV, tiene entreveradas muchas épocas en una de las mezcolanzas más bellas que posee Sevilla: hechuras renacentistas, elementos góticos, esculturas clásicas y decoración mudéjar en un derroche de geometrías y caprichos botánicos que suavizan y refinan el aspecto general del que es tenido por el mejor palacio andaluz.

El redondillo y la torre son dos de los elementos más reconocibles de la Iglesia de Santa Catalina. El primero es ese espacio irregular en forma de ábside, perfectamente perceptible desde la calle, que hay al pie de la nave del Evangelio. La segunda es una lección de mudéjar por sí sola, con sus arcos ciegos polilobulados, sus merlones o almenas dentadas y esa especie de redecillas romboidales que son los llamados paños de sebka, tan característicos de este estilo arquitectónico y en general del arte islámico, como se puede apreciar en la mismísima Giralda.

Y una vez dicha la palabra mágica, Giralda, necesariamente urge acudir a San Marcos, en cuya torre han querido los historiadores encontrar un parentesco con la que hoy aparece en todas las postales. Algunos llegaron a plantear incluso que fuese un antiguo alminar almohade reconvertido para la ocasión, pero todo apunta a que es mudéjar de comienzos del siglo XIV.

Los arcos de herradura que separan las naves en el interior de esta iglesia, las sebkas de San Esteban, la espigada torre de San Pedro, la trianera Santa Ana, la augusta vetustez de San Gil, la elegancia de San Andrés, el esplendor de Santa Marina, el imponente campanario de Omnium Sanctorum, la puerta oeste de San Esteban y tantos otros templos y caserones señoriales marcan la constelación del mudéjar hispalense, ese extraño y enriquecido modo de construir la Edad Media que nació en el norte leonés y castellano y que fue enriqueciéndose y diversificándose a lo largo de la cascada reconquistadora. Sus gozos y sus misterios no se abarcan en un paseo, pero su espíritu cabe en un solo vistazo. Aunque en esto, probablemente, tampoco todos estarán de acuerdo.


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