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Un día para la esperanza

«Ni soy valiente ni me siento campeona»

Las mujeres con cáncer de mama retiran los estereotipos de heroínas y reivindican su papel de sufridoras y, sobre todo, de supervivientes a esta lacra

19 oct 2017 / 07:27 h - Actualizado: 19 oct 2017 / 07:31 h.
  • Magdalena une sus manos con otras compañeras en la puerta de la sede de la Asociación de Mujeres con el Cáncer (Adama). / Jesús Barrera
    Magdalena une sus manos con otras compañeras en la puerta de la sede de la Asociación de Mujeres con el Cáncer (Adama). / Jesús Barrera
  • Isabel Venegas sufrió una mastectomía bilateral hace 16 años. / Manuel Gómez
    Isabel Venegas sufrió una mastectomía bilateral hace 16 años. / Manuel Gómez

«Todo se viste ahora de rosa, pero queda una batalla que solo se puede ganar con la investigación». El alegato es rotundo y más cuando sale de la boca de la presidenta de la Asociación de Mujeres con Cáncer de Mama (Amama), que es, tal vez, la que mayor número de pulseras y lazos rosas reparta hoy por las calles de Sevilla. María del Carmen Carrillo está fascinada con la concienciación ciudadana y con una prevención que, cuando ayudó a fundar la asociación, allá por los 90, brillaba por su ausencia y ahora es clave para salvar vidas. La suya incluida, que ha superado tres tumores desde 2000. Uno en cada pecho y un tercero resultante de la cicatriz de la primera intervención. Ahora, a sus 65 años, está «perfectamente», gracias al apoyo de su familia y, sobre todo, «de las voluntarias de la asociación», que comparten mismo tránsito: el del shock inicial del diagnóstico, el del dolor del tratamiento y el sufrimiento de una supervivencia que está en constante revisión.

Muchas, de hecho, renuncian a la definición de heroínas que tanto le otorgan de puertas para afuera. «Ni soy valiente ni me siento una campeona. Muchas personas han luchado más que yo y se han quedado en el camino. Lo único que soy es una superviviente». Isabel Venegas hace esta reflexión 16 años después de ser diagnosticada de cáncer de mana, cuando contaba 47 primaveras. El diagnóstico fue lo más complicado para ella, porque «siempre uno cree que le va a pasar a otro». Cuando le quitaron el nódulo, pensaba que era benigno, pero no fue así. Una mastectomía bilateral, 17 días aislada en plenas navidades, en pleno cambio de la peseta al euro, y cinco años después, una complicación que llevó a ser intervenida en el pecho izquierdo. Y todo ello, con la preocupación sobrevenida de que su marido arrastraba una enfermedad neurológica degenerativa y todo se complicaba. Ahora vive sin angustias. Y feliz. «Sigo sin mamas porque no se me desaconsejó la reconstrucción. Pero ahí tengo a mi marido, que siempre me encuentra guapa». El marido fue un apoyo, al igual que la religión y, ya en estos últimos años, la Fundación Actitud Frente al Cáncer de la doctora Ana Casas, donde se han creado lazos para «no sentirse en soledad».

A Magdalena, vecina del Polígono San Pablo, le llegó el temido diagnóstico hace poco más de tres años cuando creía ya superado, a sus 67 años y un buen puñado de revisiones superadas con nota, la posibilidad de padecer cáncer. Sus dos hijos, ya mayores, habían volado del hogar. Sólo estaba su marido, que le demostró su amor incondicional en el tratamiento, cuando tenía que ir una y otra vez a quimioterapia, radioterapia o a consulta. Y era su bastón cuando estaba «físicamente deteriorada, sin pelo ni cejas». «Pese a que a él le asustaba los hospitales, no faltó a ninguna cita. Siempre estuvo al pie del cañón», recuerda Magdalena con pena, ya que su marido falleció hace un año de un infarto, sólo semanas después de cumplir los 50 años casados. El próximo martes se somete a su revisión de los seis meses, de la que espera salir con esa esperanza de seguir en la lucha «de la mano del voluntariado» que le acompaña en la asociación Amama.

A Mercedes Pérez lo que más le preocupaba no fue su porvenir, sino el de sus pequeños, de 8 y 9 años cuando se encontró «un bulto en el pecho» y se sometió a una mamografía. Solo quería una solución lo antes posible y eligió acudir al hospital de Valme donde la «han tratado de maravilla». Tanto que ahora le devuelve el favor asesorando a las mujeres que acuden al ala de Oncología. Pues allí, la solución temprana llegó en forma de 35 sesiones de radioterapia, ocho de quimioterapia un largo historial de visitas y consultas. Sin embargo, redirigió su preocupación en tratar que sus hijos –ahora adolescentes– no vieran el sufrimiento por el que estaba pasando. Ni siquiera cuando se quedó sin pelo, que trató de minimizar con su marido que, en solidaridad, se rapó el pelo. «Mi hijo no quiso cortarse el pelo en un año y, cuando lo hizo, se rapó entero, lo que me hizo reflexionar sobre si había actuado bien con mis hijos», se sinceró.

Mercedes insiste en el mensaje de que «se puede salir», pero no se olvida de la letra pequeña: ese 20 por ciento de mujeres que se quedan fuera de esta historia, porque la medicina no pudo llegar a tiempo para salvarles de esta lacra llamada cáncer.


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