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Pero... ¿de qué estamos hablando?

El extendido vicio de usar palabras sin saber lo que significan es un deporte de riesgo, porque, como bien señala el dicho, por la boca muere el pez (y lo que no es el pez). Y lo peor es que nos venden la moto

23 ago 2018 / 07:00 h - Actualizado: 22 ago 2018 / 17:41 h.
  • Un hombre pasa delante de una pintada aparecida en el barrio de Sant Andreu de Barcelona tras los atentados terroristas cometidos hace un año en la capital catalana y Cambrils (Tarragona). / Efe
    Un hombre pasa delante de una pintada aparecida en el barrio de Sant Andreu de Barcelona tras los atentados terroristas cometidos hace un año en la capital catalana y Cambrils (Tarragona). / Efe

A un tirano no se le exige que antes del desayuno haya firmado necesariamente veinte condenas a la guillotina. De hecho, puede ser más bueno que el pan de rosca. Como explica Steven L. Taylor en su sorprendentemente apasionante libro 50 teorías políticas (editorial Blume), esta figura era en sus orígenes griegos ni más ni menos que «alguien que toma el poder en lugar de heredarlo o acceder a él de forma constitucional (una vez tomado el poder, el tirano también puede gobernar de forma justa)». Así pues, ¿quién sería hoy día uno de ellos? Es curioso lo que el desconocimiento de las palabras y expresiones más habituales nos hace decir, sin querer. Salvador Giner, sociólogo español por antonomasia –mejorando lo presente–, en su también reciente obra Ideas cabales (Alianza Editorial), levanta las faldas a muchas de ellas para ver qué es lo que esconden en realidad debajo. Lo hace, entre otros, con el activismo y la militancia: dos sustantivos que, tal vez, no se comprenden del todo bien. Los define como «simplificación de la riqueza y complejidad de la acción humana por vía de especialización», y añade: «Los activistas se dividen entre instigadores, guías, jefes y secuaces, seguidores, o militantes. Se hallan poseídos por certidumbres morales sencillas, por el espíritu de cruzada y encuentran en su militancia sentido y dirección a sus vidas. Los apóstoles de una sola causa, a partir de una segunda generación tras una revelación original, exigen a sus secuaces militancia. Esta requiere la suspensión del espíritu crítico que conlleva la euforia tribal que se siente entre camaradas, compañeros y compinches. La militancia satisface el anhelo de pertenencia e identidad», explica, aunque absuelve a aquella que defiende «causas nobles» –por ejemplo, dice, el tiranicidio, hablando de tiranos–. Pero, por lo general, «la militancia exacerbada y atolondrada entraña fanatismo, monomanía, daño seguro (...). Las formas más militantes de activismo se emparentan con la cruzada, la guerra santa (oxímoron), la militancia ciega (redundancia) y otras expresiones de atolondramiento propias de creyentes mentecatos».

También le da bastante caña al buenismo. «Fariseísmo degradado en mera ideología», dice que es. «A menudo incluye hacer el bien, y practicar altruismo y fraternidad, pero también exhibir la excelencia moral presunta de quien la ejerce. El imperativo moral de ser siempre bondadosos es de arduo cumplimiento, y no debe confundirse con buenismo. Ello explica que quienes no siempre sean espíritus angélicos exhiban su virtud ante los demás, sin medida. El buenismo doctrinario produce intenso asco moral, a despecho de la admiración que sentimos ante la bondad genuina y ante toda conducta altruista (...). Los buenistas son inasequibles a la razón y a la autocrítica, al tiempo que hacen gala de presuntas virtudes, como lo serían el multiculturalismo, la corrección política y el socorro exhibicionista de los pobres». Casi nada.

Hay más variedades de ignorancia; algunas, ciertamente simpáticas, aunque no inocentes. Es posible, por ejemplo, que no exista en España nadie que no haya fingido conocer una palabra de moda, y que luego haya dado gracias a Dios porque no le hayan preguntado acerca de ella. La editorial Vox le publicó hace poco un libro interesantísimo a la periodista Mar Abad donde esta pasa revista al palabreo de las distintas generaciones, y que muy ilustrativamente titula De estraperlo a postureo. Ahí aparece tirar la ficha, que ahora sustituye al clásico tirar los tejos (que no los trastos, como dicen por Madrid y eso). Y está la posverdad, palabra popularizada hace exactamente dos veranos; un neologismo que, como recoge la autora, «hace referencia a las opiniones que muchos ciudadanos se forman sobre un tema atendiendo más a opiniones y emociones que a hechos objetivos. A lo que sienten como verdadero sin que les importen los datos verificados». La típica condena a muerte social que dictan las hordas de Twitter cada cinco minutos sin esperar a tener pruebas de nada guarda un claro parentesco con esta idea. De aquí sale otro término en expansión: el nana. Si el nini ni estudia ni trabaja, el nana no cree en nada ni en nadie. No habla Mar Abad (quizá en su próximo libro lo haga) de la serendipia, otra que todo el mundo dice... sin saber que significa eso mismo: chiripa. De hecho, es la misma palabra, si se fija. Conseguir algo por chiripa, como se ha dicho de toda la vida, ahora es una serendipia, una casualidad favorable. Lo que pasa es que a una comedia romántica protagonizada por John Cusack y Kate Beckinsale, los acomplejados se abstienen de titularla Por chiripa. Cosas del esnobismo.

De vuelta a la áspera realidad, el profesor Giner advierte sobre el sentido cabal de la palabra ciudadanía, que es la «pertenencia consentida a una comunidad política que garantiza el ejercicio del albedrío a todos sus miembros individuales». Pero claro, solo existe «si quienes gozan de ella pueden expresar sus opiniones libremente, votar sin cortapisas y optar por su florecimiento humano según quieran, sin violar la ley». Donde no hay libertad no hay ciudadanía.

Alude también a la cohesión social, otra de las muchas madres del cordero léxico de nuestros días. Con ella se indica que hay «paz entre clases e intereses encontrados, que hay armonía», pero cuidado: «La suelen usar los conservadores de cualquier bando, que así rehúyen referirse a cómo se consigue. Es una expresión ideológica cuando se escabulle de aludir a las tensiones y dominaciones que la mantienen, y a la desigualdad que se tolera. La genuina cohesión social es la que mana de una situación equilibrada con niveles muy bajos de dominio sobre las clases sociales subordinadas. La cohesión social entre gentes de distinta condición no es mala si la justicia social distributiva se respeta y también los derechos humanos, así como los propios de la condición ciudadana o ciudadanía. Una cohesión social mantenida a costa del vasallaje o la desigualdad injusta y forzosa no merece mantenerse». Así que la próxima vez que un gobernante o aspirante a serlo le hable del asunto... muerda la moneda, como solía decirse, antes de metérsela en el bolsillo.

Desarrollo

Probablemente, otra moto que intentarán venderle será la del desarrollo. Y dice Giner: «Mito obsesivo del siglo XX, que sobrevive feroz en el XXI, fundamentado en el crecimiento de la industrialización, del alfabetismo, de las comunicaciones y de la urbanización universal, sin poner en tela de juicio la imposibilidad del crecimiento económico perenne, ni considerar las ventajas del decrecimiento necesario en varios frentes, como el de la producción de armas o la militarización de la ciudadanía (...). El desarrollo indiscriminado es un ideal atolondrado de la modernidad. Normalmente no se tiene en cuenta que una rápida expansión en los bienes y servicios a disposición del pueblo suela conllevar deterioro de su calidad». Ya si eso, de la obsolescencia programada hablamos otro día.

Entre las teorías políticas del libro de Taylor hay muchas palabras de uso corriente y de ignorancia más corriente todavía. Caso de la socialdemocracia, que explicada en tres segundos consiste en defender «que el Estado redistribuya los ingresos y posea empresas». Sobre el fascismo, recuerda el autor que «es un tipo de régimen antiliberal que niega la significación y los derechos del individuo y espera que los ciudadanos funcionen al unísono de manera corporativa para la gloria del Estado». Así que atentos, porque quien no es antiliberal ni niega los derechos del individuo no es un fascista. Será otra cosa, si eso. Aunque siempre se puede usar como insulto.

Quienes se conforman con pensar que la soberanía popular es simplemente democracia representativa y gobierno constitucional, tienen que esforzarse más en historia. El libro de Blume explica que, en sus orígenes, la idea se asoció al contrato social entre mandados y mandantes, así que «el pueblo acepta ser gobernado a cambio de que sus gobernantes protejan su seguridad personal, su libertad y sus propiedades. Si los gobernantes abusaran de su poder, el pueblo tendría derecho a rebelarse». Derecho y deber. De lo cual es vibrante ejemplo el preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos de América.

Importantísimo: la senda. Las hay de crecimiento, de déficit, de los elefantes... Está el Senda, aquel libro encantador de la EGB. Sánchez habla mucho de ella, igual que lo hacía Rajoy, aludiendo al acuerdo de estabilidad que cada país europeo pacta con la UE. O sea, los deberes. Si estamos en la senda de crecimiento, Merkel se pone al teléfono y viene a Doñana y esas cosas.

Y más importante todavía, el sexo y el género. El primero habla de las características fisiológicas que definen a hombres y mujeres, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud; el segundo alude a las características culturales y sociales, o sea, a los roles y atributos que la sociedad considera adecuados para hombres y mujeres.

Hay tantas palabras y tan poca gente que se interesa por lo su significado cabal... El broche a esta breve selección lo pone Salvador Giner hablando de axioma. Que es «aquello que por definición es digno de ser deseado, respetado, querido, venerado. Por ende no solo es distinto del dogma, sino su contrario. En puridad, lo axiomático y lo dogmático son contrarios, aunque no todos así lo perciban. El axioma es evidente, el dogma no, pues exige fe». Por si se lo preguntan.

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