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Siri, ¿es esto el fin del mundo?

Presente y futuro. La inteligencia artificial ha empezado la revolución. Ya nada será igual. La sociedad tiene en su mano, ahora, hacer que este progreso nos haga mejores ciudadanos en vez de mejores consumidores

19 jun 2018 / 00:01 h - Actualizado: 19 jun 2018 / 08:25 h.
  • Siri, ¿es esto el fin del mundo?

Siempre que se produce un gran avance tecnológico, se generan espontáneamente dos grandes grupos humanos: los incondicionales que hacen cola para comprar el último chisme y los melancólicos que vaticinan el fin del mundo. El problema con los primeros es que suelen actuar sin el menor filtro crítico sobre el asunto; el de los segundos, que derivan la discusión hacia la melancolía, un lujo que la vertiginosa sociedad del siglo XXI no se puede permitir y que en todo caso tiene la misma eficacia real que el muro de arena que construye el niño en la playa para detener la marea. Google acaba de lanzar sus siete compromisos éticos en materia de inteligencia artificial; otras empresas están trabajando igualmente en sus respectivos códigos deontológicos. La pregunta es cuánto tiene esto de compromiso real y cuánto de propaganda en ese campo de batalla al que llamamos el mercado, que ha hecho de la rapidez un valor y cuyos procedimientos avanzan a un ritmo que impide a la reflexión interponer la más mínima barricada preventiva.

Los tiempos no es que estén cambiando, es que ya han cambiado. Mónica Cernuda, directora de Plataforma Watson y Cloud en IBM España, sostiene que «la inteligencia artificial nos ayuda a comprender los millones de datos que se generan a nuestro alrededor y que pueden ser útiles para cualquier sector». Y ojo: «En estos momentos, estamos trabajando en nuestro país con alrededor de nueve industrias completamente diferentes: administración pública, servicios financieros, compañías de seguros, distribución, educación, turismo, moda, salud... son algunos de los sectores que están aplicando estos servicios». Según Raúl Navarrete, director de Canal Móvil de BBVA España, en el caso concreto de la banca «los clientes son cada vez más digitales». «El 44 por ciento de nuestros clientes en España ya es móvil y el 55 por ciento, digital. La inteligencia artificial revolucionará la manera en que los clientes interactúan con el banco». Ya lo hace. Toda esta avalancha contrasta con lo poco que en realidad se sabe de ella a nivel usuario, que es el más delicado: Miguel Ángel Morcuende, territory manager en Gartner, dice que «aunque todo el mundo habla de inteligencia artificial y en 2020 todas las tecnologías la incluirán, queda mucho trabajo por hacer, ya que todavía nueve de cada diez encuestados señalan su desconocimiento en esta materia como principal barrera para adoptarla». Así de claro quedó en el reciente Google Campus Madrid, organizado por el portal Planeta Chatbot para ver hasta dónde hemos llegado y hasta dónde se supone que llegaremos en breve.

Es cierto que tanto la aún rudimentaria tecnología de la inteligencia artificial y lo limitado de sus aplicaciones dan la sensación de que la cosa no va más allá de facilitar a un paisano el encargo de una pizza a domicilio y cosas así de inocentes. Podría parecer excesivo ponerse uno en guardia ante sus posibles efectos nocivos. Sería como el chiste aquel del pastor que entró en una juguetería y destrozó a garrotazos el tren eléctrico que tenían dando vueltas en el escaparate alegando que a esos bichos hay que matarlos de chicos, porque cuando crecen arrollan a las vacas. Pero claro, después de todo, la pregunta no ha sido contestada: ¿qué pasará con las vacas?

Las películas han acostumbrado a la gente a ponerse alerta ante los posibles riesgos de la inteligencia artificial una vez que esta se desarrolle con todo su esplendor. De vivir hoy, el poeta romano Horacio estaría disfrutando de lo lindo presenciando cómo una civilización tan desarrollada se ha vuelto tan cobardica. Fue él quien dijo que «quien vive temeroso nunca será libre». ¿Funcionará este axioma al revés? Tal vez el gran problema de las sociedades seguras no sea que el miedo obstaculice su libertad, como decía el de la toga, sino que es su entusiasta renuncia a la libertad (a cambio de sentirse razonablemente a salvo) lo que las hace miedosas. Pero las cosas cambian, y el viejo debate acerca de cuánto estamos dispuestos a ceder a cambio de seguridad se ha convertido ahora en cuánto estamos dispuestos a entregar a cambio de comodidad. La respuesta a esta pregunta está siendo la voladura controlada de la intimidad. Las empresas –que son las que disponen de esa tecnología, no se olvide- necesitan saberlo todo de la gente para vender más y mejor. Y no faltan consumidores –antes, ciudadanos– alegremente dispuestos a desnudarse de pies a cabeza si obtienen algo a cambio: un dispositivo más barato o moderno, descuentos, menos quebraderos de cabeza con la burocracia...

A lo largo de las próximas páginas, expertos españoles en inteligencia artificial desvelarán las claves de lo que espera a los usuarios en los próximos meses, qué nuevas máquinas o aplicaciones se convertirán en el no va más de los hogares, qué actitudes y aptitudes ayudarán a sacar partido de estas nuevas tecnologías, qué cosas no sucederán y, ya de paso, si es tan fiero el león como lo pintan. Se repasarán los primeros planteamientos éticos generados al respecto y se aprenderán vocablos imprescindibles para entender a las máquinas o, al menos, para comprender al prójimo cuando las haga suyas. Y se recordará cómo nos previnieron las películas por si finalmente la inteligencia artificial acaba con el ser humano, en cuanto comprenda cómo se las gasta este.

Pero antes de todo eso, ¿qué se puede adelantar sobre lo que ya está aquí y lo que vendrá próximamente en materia de inteligencia artificial a escala usuario? Para empezar, la generación de lenguaje natural ya es un hecho, así como los sistemas de reconocimiento de voz de los que la famosa Siri de Apple es solo un ejemplo. Los chatbots, por supuesto, como agentes informáticos que conversan con el usuario. Los Smart Home Device, esa especie de mayordomos virtuales inteligentes que bajarán las persianas y pondrán la tele. Los análisis biométricos, el marketing automatizado... Y esto es solo el principio. ¿Cómo será el final? De momento, ni siquiera Siri se atreve a predecirlo.


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